Portada Puerto Rico en el mundo

Portada Puerto Rico en el mundo

Hace cuarenta años que la poesía me acompaña casi a diario. He vivido más tiempo con ella que con mi esposa. La he llamado amante, destino, vocación, misterio; pero no se a ciencia cierta lo que es. Siempre la he sentido, sin embargo, como a una entidad femenina, y por tanto superior. Una diosa quizás. Nunca he pensado en dejarla ni engañarla; pero temo que algún día sea ella quien me abandone por otro más joven y agraciado. Para evitarlo la trato con respeto y me ocu­po cada día en ser digno de merecer sus favores ocasionales.

La poesía no gusta de la falacia ni de los trucos. Tampoco gusta de las excusas, de los relatos largos ni de las palabras huecas. Ama a los números y a la música, y algo sabe de magia. La poesía nunca envejece, vive más que los hombres y sus lenguas, y más que la memoria de las cosas cantadas por ella. La poesía ama a los niños y a los poetas, pero detesta a los declamadores; le teme a los malos poetas, a los novelistas adictos al mercado y a los maestros indiferentes porque son los únicos capaces de dañarla.

Alguna vez escribí que el aula es, con frecuencia, el patíbulo de la poesía. El poema llega allí como una mariposa di­secada con la que se pretende ilustrar, no el movimiento del vuelo creador, sino su fracaso. Resecado, aislado de su fuego central, se procede entonces a la autopsia que determinará si el lepidóptero murió de endecasílabos sáficos o propios, si su organismo estaba contaminado de metáforas o de prosopopeyas, o si la rima consonante fue la causa del fallecimiento. La poesía no puede disecarse; es criatura del aire, casi un aspecto de la respiración. ¿Cómo enseñar entonces el sentido de su movimiento y el sonido de su vuelo? Pero más importante aún, ¿cómo mostrar el destino de ese vuelo?

Ahora que anda tan de moda la enseñanza de valores, habrá que empezar por reconocer el valor de la poesía. El valor de una cosa depende de su capacidad para importarnos. Vale aquello, nos dicen los filósofos, que no nos resulta indiferente. La valía verdadera de una cosa es objetiva, existe en si misma, no depende del gusto, la estima o la opinión de las personas. Habrá a quien no le importe la poesía. Pero eso no quiere decir que ella carezca de valor, sólo significa que hay personas ciegas a su valor, como hay personas ciegas al valor de la divi­nidad o ciegas al valor de la justicia o al valor de la libertad. La poesía vale, repito, porque no nos resulta indiferente. No hay sociedad sin poesía.

La poesía vive en las palabras de la tribu, en el canto del chamán, en la voz del aeda, en la entonación del juglar, en los himnos a la lluvia. La poesía ha vivido y ha importado en todas las lenguas, en todos los tiempos, en todas las latitudes. La poesía -que ha sido egipcia, griega, latina, sajona, germana, árabe, china, rusa…- es una y to­das; es proteica unidad. Vive en la memoria colectiva, en las tablillas del barro de Mesopotamia, en los primores del papiro, en la piel de la vitela, en la tinta de las imprentas, en los grafitos de las paredes, en los virtua­les laberintos de la Internet.

Valor de la poesía

Valor de la poesía

¿Cuánto vale entonces un poema, se me dirá? Si la pregunta inquiere por el precio de la poesía, habrá que responder que un poema apenas vale, que la poesía es pobre mercancía, que su valor cambiario es casi nulo. Desde el punto de vista económico la poesía es invaluable. ¿De qué vale un poema entonces? Un poema no vale de nada, pues en el reino de las cosas útiles la poesía es un albatros sobre cubierta. La vianda tiene pre­cio y sirve de alimento. La poesía ni lo uno ni otro. ¿Y cómo algo que no vale nada y de nada vale, vale tanto, al punto que ninguna sociedad humana ha prescindido de ella?

Los grandes poetas, que algo sabrán del asunto, nunca han dudado del valor objetivo de la poesía. En su discurso de aceptación del Premio Nóbel, en 1982, Gabriel García Márquez pronunció hermosas palabras so­bre la valencia de la poesía.

“Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Ilíada el viejo Homero esta visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos de Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nues­tros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, por su perma­nente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

Casi veinte años antes, en la misma solemne ocasión, Saint John Perse, seudónimo del gua­dalupense Alexis Saint-Léger Léger, el primer antillano en recibir el Premio Nóbel, aceptó el galardón a nombre de la poesía. De su hermoso discurso destaco dos párrafos:

“La poesía no pretende cosa alguna de los beneficios del siglo. Atada a su propio destino y libre de ideologías, se equipara a la vida mis­ma sin justificación alguna. Y con un abrazo, como una sola y gigante estrofa viviente, teje al presente todo lo pasado y todo lo por venir, fu­siona lo humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el universal. La oscuridad que se le cuestiona no deriva de su naturaleza propia, que es la de develar, sino de la noche misma que explora, a la que esta consagrada a explorar: la del alma y el misterio que rodea al ser humano. …y ese reto no es menos exigente que el de la ciencia.

La poesía no recibe honores con frecuencia…. La escisión entre la obra poética y la actividad de una sociedad sometida a las servidumbres materiales parecería ir en aumento. Y este ale­jamiento aceptado, pero no perseguido por el poeta, es algo que existe también para el sabio si no mediasen las aplicaciones pragmáticas de la ciencia…Y de esa noche originaria en que avanzan trémulos dos ciegos de nacimiento, el uno equiparado con el instrumental científico, el otro sólo acompañado por los destellos de la intuición, ¿cuál sale más rápido a flote por­tando una fugaz fosforescencia? Poco importa la respuesta. El enigma es común, y la gran aventura del espíritu poético nunca es inferior a las intensas entradas dramáticas de la ciencia contemporánea”.

Insisto en algunas ideas fundamentales de Saint-John Perse que resonaran en estas pagi­nas: Primero, su afirmación de la marginalidad social de la poesía. Y me pregunto: ¿esa margi­nalidad se refleja también en nuestro corazón, en las aulas escolares y universitarias? En se­gundo lugar, una idea deslumbrante: la poesía es una sola y gigante estrofa viviente que aspira a la totalidad. Desde Homero, desde la epopeya de Gilgamesh, desde los cantos de los poetas aztecas, pasando por el Cid, por Dante, por los romances medievales, por Garcilaso de la Vega, por William Shapeskeare, por Goethe, por Rubén Darío, por Cesar Vallejo, por Luis Pales Matos… la poesía es una gran voz unánime. Y me pregunto: ¿Cuál es, cuál debe ser la responsabilidad de nuestro corazón y de la escuela, si alguna, con esta voz universal? Destaco en Saint John Perse también la idea del viaje, un viaje por la noche oscura del misterio, la noche de lo desconocido. El poeta viaja guiado por la intuición y el científico lo hace guiado por la razón. Ambos métodos, la creación y la investigación, son igualmente válidos. ¿Lo reconoce así, pre­gunto, la institución educativa? La poesía pa­rece tener poco lugar en la academia, pues su contenido primordial es el saber revelado, el salto mortal de la intuición de la cual la razón tradicional tanto desconfía.

José Saramago también habló de la poesía cuando recibió el premio Nóbel, en 1998. En el caso del poeta lusitano, prácticamente autodidacta, fueron los libros sus mejores maestros de poesía. Los libros y los textos escolares no contienen la poesía, pero son, según Sarama­go, medios para su descubrimiento. En aquella ocasión, hablando de sí mismo en tercera persona, dijo:

“De las lecciones de poesía, algunas cosas sabía ya el adolescente aprendidas en sus libros de texto cuando en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba pre­parándose para el oficio que ejerció en el co­mienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros de arte poética en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar libros y catálogos sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre”.

He recurrido a la autoridad del Premio Nóbel para subrayar, por boca de algunos de sus merecedores, la indudable importancia universal de la poesía; para develar su valor, pues el valor de las cosas debe ser descu­bierto en su objetividad. El valor de algo se aparece un día ante nosotros con evidencia incuestionable. Y no se discute. Habrá quien no perciba un valor, pero el valor esta ahí a pesar de la ceguera del contemplador. El valor nutritivo de un alimento no varía, aun­que su sabor nos guste o nos disguste más o menos. Puede ocurrir que un poema nos guste más o menos por la maestría o por la torpeza con que esta escrito, pero nuestra estimación del poema no afecta el valor en sí de la poesía.

¿Cómo podrá hablar de poesía, cómo podrá escribirla con dignidad, cómo podrá enseñarla, al menos con cierta eficacia, quien no este convencido de su valor y de su lugar en la jerarquía de los valores? Es cierto, ya se ha dicho, que la poesía no tiene valor utilitario ni económico. Probablemente tampoco tenga valor científico. ¿Significa eso qué la poesía no vale? Sólo significa que en la jerarquía de los valores la poesía ocupa otro lugar.

La poesía, digámoslo ya, es un valor estético; pero más aún, es un valor espiri­tual. En tanto que arte, es fusión de sonido y sentido. Pero su finalidad transciende el efecto de lo bello y alcanza, como dijo García Márquez, poderes de adivinación; explora, como dijo Saint-John Perse, la noche del alma y el misterio que rodea al ser humano.

Así las cosas, insisto: ¿es posible enseñar la poesía? ¿es posible enseñar en que consiste la esencia o, al menos, la definición probable de la poesía? Vale la pena intentarlo y, en parte, estas páginas se proponen alimentar el fuego del entusiasmo.

Gonzalo Rojas, el intenso poeta chileno que ha merecido recientemente el Premio Cervantes, dijo alguna vez:

“Mi poesía es aire: hay que leerla respi­rantemente, echar a Píndaro por la nariz de modo que entre centelleante en la endofila de la oreja, pero es ojo a la vez. Ojo de ver y de transver (…) De ahí que, cuando escribo mis líneas menesterosas de aprendiz inter­minable, lo primero que hago es ponerme en pie y leerlas en voz alta”.

Y tiene razón el poeta. La poesía es aire, sonido articulado y grafía, es decir, letra sobre papel. El poema, y con el la poesía, nos entran por la oreja y por el ojo, y ello simultáneamente. Leer un poema es escu­charlo, oírle las sonoridades, las pausas, las entonaciones, las recurrencias. Del mismo modo, para el buen entendedor, escuchar un poema es casi verlo escrito en el aire, adivinar su disposición gráfica, entrever sus renglo­nes cortos o largos, sus pies quebrados, sus letras colgando al final de los versos o de los hemistiquios. Ojo y oído, sonido y sentido enmadejados, esa es el poema.

El poema, escuchado o leído, viene a nosotros como una ola, como una masa de agua sonante y nos arropa con su abundancia, donde el sentido es un pez nadante. Pero cuántas veces una mala lectura, un pecado de entonación, mata de entrada al poema y a su poesía. El adjetivo, dijo Hui­dobro, cuando no da vida, mata. Asimismo la lectura de un poema, silenciosa o en alta voz, suscita la vida latente en él, o lo mata. Escuchar un poema es entrar a la zona de su encantamiento, someterse a su magia, y a la vez, rendirle nuestra voluntad a su don de plasmación. Pero ello requiere del lector unas precauciones mínimas de lectura: destacar los acentos melódicos, respetar la entonación y las pausas finales de los versos, enlazar con eficacia los encabalgamientos, reconocer, sin énfasis mayor, los efectos sonoros de la rima, si la hubiese, el conjunto de amoríos que establecen las palabras entre sí, en fin, requiere del lector la correcta interpretación de la partitura preparada por el poeta.

Pero la lectura de un poema impone exi­gencias ulteriores. Un poema requiere no sólo ser sentido, escuchado, paladeado, disfruta­do; exige también ser entendido. Digámoslo de otro modo, el poema no se opone a nues­tra necesidad intelectual de comprender, an­tes bien colabora con nosotros en la aventura del conocimiento. Ella supone, sin embargo, un reto a las potencias de la inteligencia.

La poesía no se entrega coma una criatura fácil; más bien ofrece sabrosa resistencia. Sólo lo difícil es estimulante, ha dicho José Lezama Lima, ese buceador de la oscuridad.

Convendría al lector de poesía estar bien aviado y advertido antes de iniciar el viaje hacia la noche del poema. Pocos objetos de lectura nos retan tanto como un poema o un problema verbal de matemática. Ambos cifran una gran cantidad de información en muy poco espacio. Doce versos, poco más de sesenta palabras, en la rima de Bécquer; cuatro o cinco oraciones en un típico proble­ma matemático. Los signos lingüísticos, en ambos casos, establecen entre sí relaciones estrechas e intensas. El poema es como un microprocesador que almacena una inmensa cantidad de información en reducido espacio El lector no tiene, en este caso, la apoyatura de la extensión explicativa más bien recibe el fogonazo de lo develado. El poema no procura informar ni entretener; tampoco el problema verbal de matemática.

Informa una noticia periodística, entretiene una novela. Sin embargo, desentrañar el código de un poema, resolver un problema matemático es una experiencia gratificante. Ambos, el poema y el problema matemático, remiten aún más allá del texto, a una magnitud o a una idea que el lector procura descubrir. Ambos se acercan a la cualidad del enigma. Ambos son textos idóneos para la gimnasia del leer y del pensar. Quien posea las herramientas intelectuales para entender un soneto o para resolver airosamente un problema verbal de matemática estará mejor preparado para leer el texto cifrado de la vida.

Evitar a la poesía por reputarla de oscura, es un crimen de lesa formación que perpetúa la verdadera oscuridad de la indolencia. ¿Excluiremos entonces de nuestra vida y de los currículos escolares, por la misma razón, el álgebra, el cálculo, la física, el solfeo? Ante la frustración que arropa la educación contemporánea, los teóricos de paso a veces proponen la pertinencia como fórmula. La pertinencia, cuando es hedoísmo disfrazada, se viste a la moda y sólo entraña el repaso fácil y tautológico de los temas inmediatos. En vez de la pertinencia viva del clásico, se propone su facsímile irrazonable. En vez de las fuentes vivas, las fórmulas natimuertas del mercado de turno. Pertinente es aprender a leer, a pensar, a escribir y a hablas bien. Pertinente es comprender lo que el número y el poema dicen, y aceptarlos como son.

En uno de sus apasionados libros sobre la poesía, Johannes Pfeiffer, tomó tan bien el toro por los cuernos, que conviene recordar sus palabras:

“La lírica nos enseña que es difícil utilizar la poesía como distracción, pues un poema lírico no es divertido, sino más bien aburrido. La lírica nos enseña que es difícil relegar la poesía a la calidad del sustituto de la vida, pues un poema lírico no es emocionante, sino más bien monótono. La lírica nos enseña que es difícil concebir la poesía coma filosofía disfrazada, pues un poema lírico no es claro como el entendimiento, sino más bien un crepúsculo indeciso alumbrado por el temple de ánimo. … la poesía no es distracción, sino concentración, no (es) sustituto de la vida, sino iluminación del ser, no (es) claridad del entendimiento, sino verdad del sentimiento”.

Pero asir la sierpe del sentido que se mueve entre versos y oraciones, no basta. Ocurre que el poema también se compone de palabras repletas de significación. Palabras sometidas a la intensidad de la poesía, rozándose las unas con las otras en el cerco sonoro y ceñido del poema. Y en esa promiscuidad, las palabras sufren peripecias semánticas, suscitan ecos, provocan alianzas, sinónimas, analogías y giros semánticos insospechados que iluminan las zonas oscuras de la revelación. Lezama Lima lo ha dicho hermosamente:

“Es uno de los misterios de la poesía la relación que hay entre el análogo, o fuerza conectiva de la metáfora, que avanza creando lo que pudiéramos llamar el territorio substantivo de la poesía, con el final de este avance, a través de infinitas analogías, hasta donde se encuentra la imagen, que tiene una poderosa fuerza regresiva, capaz de cubrir esa substantividad. … La imagen es la realidad del mundo invisible. …Yo creo que la maravilla del poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente clavada entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones, y una imagen final que segura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis”.

La poesía, dice Lezama, crea un cuerpo, una sustancia semántica que avanza mediante la fuerza conectiva de las analogías hasta mostrar la realidad del mundo invisible. La aventura de leer es también recorrer ese camino iniciativo al mundo de lo invisible que la poesía abre para nosotros. Tal es la noche que la poesía explora, según Saint John Perse; lo que García Márquez llama sus virtudes adivinatorias.

José Luis Vega
Poeta y Profesor
Director del Instituto de Cultura Puertorriqueña
Presidente de la Academia de la Lengua puertorriqueña

 

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 16 de enero de 2008.

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