Luis Manuel Díaz Soler, Humanista del Año 2000

Buenas noches, amigos todos. Agradezco la distinción de que he sido objeto por la Junta Evaluadora de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades de otorgar un premio que, con tanto o más justicia, merecieron nuestros antepasados destacados humanistas, que hoy los estoy invitando no sólo para reconocerlos por sus notorias contribuciones, sino para compartir con ellos la dicha de sentirse honrados por la labor realizada.

I. Algo sobre el que les habla

Nació en San Juan en casa de su abuelo materno, luego fue a vivir con sus padres al pueblo de Barceloneta, donde por algunos años vivió en la abundancia. En dicho pueblo cursó los primeros cinco años de estudios en la escuela elemental Rafael Balseiro Maceira. El sexto grado lo aprobó en la escuela Goyco, de Santurce, cuando por razones económicas sus padres se trasladaron a la zona metropolitana.

El séptimo y octavo grado los estudió en la escuela Rafael María de Labra, donde obtuvo su diploma de octavo grado. Aquellos fueron los años de la seria depresión y Puerto Rico no escapó a aquellas difíciles circunstancias. Su padre, desempleado, fue socorrido por un hermano, que le cedió para vivir una finca abandonada en el pueblo de Vega Baja, a cambio de que la cultivara. Fue entonces que el que habla fue matriculado en el curso de primer año de la Escuela Superior José Gualberto Padilla, que no ofrecía estudios en los años subsiguientes. Ello obligó al joven estudiante a trasladarse a la escuela superior de Bayamón, donde cursó el segundo, tercer y cuarto año de escuela secundaria, obteniendo el diploma correspondiente en 1935. Tendría que ingresar en la Universidad de Puerto Rico. Para poder sostener los gastos de estudios, tanto en la secundaria como en Río Piedras, dedicó su tiempo libre a sembrar vegetales y a la crianza de gallinas; la producción la vendía a los placeros de Vega Baja, a los piragüeros les vendía melao que le regalaba un tío que trabajaba de azucarero en la Central San Vicente. Esos ingresos, aunque escasos, ayudaban al joven estudiante a cubrir los gastos ocasionados por los estudios.

Mientras estudiaba en Bayamón y Río Piedras, vivía en casa de su abuela en San juan. De lunes a viernes se trasladaba de San Juan a Bayamón en lancha y en autobuses de la empresa Valdés que ofrecía el servicio por la bahía y por tierra. Cuando tuvo que ir a Río Piedras, tomaba autobuses diariamente hasta que terminó sus estudios. Bullía en su mente la idea de estudiar medicina, lo que le indicó la necesidad de matricularse en Ciencias Naturales. Pero, luego de dos años, consciente de que no contaba con los recursos para solventar la carrera, se transfirió a la Facultad de Artes y Ciencias para estudiar historia, una segunda alternativa. En agosto de 1939 obtuvo el grado de Bachiller en Artes de dicha facultad con una especialidad en Historia. ¡Y ahora qué hacer! Con aquel diploma no le sería fácil abrirse el camino por la vida y, aunque tarde, se le ocurrió irse a los Estados Unidos a estudiar una maestría en la especialidad que había escogido.

Estábamos en agosto de 1939, sin dinero y decidido a seguir estudios graduados. Cierta mañana de aquel mes, se levantó el ambicioso jovencito con la decisión de mudarse al norte. Pensaba seguir estudios en la Universidad del Estado de Luisiana, donde su padre se había recibido de Química en 1914. Su hijo no había solicitado admisión y sólo tenía el diploma Bachiller y el expediente académico que le había extendido el registrador. Había que buscar el dinero para trasladarse a los Estados Unidos. El jovencito se presentó en la oficina de Eduardo Soler que era el vicepresidente del Royal Bank of Canada y le solicitó un préstamo por $600.00. Este le entregó los papeles y le dijo que si su abuela lo garantizaba, con su firma tendría el dinero. La abuela dio su consentimiento. De inmediato compró una maleta y se fue a buscar el pasaje. La única opción era abordar el vapor Cuba que venía de Venezuela en rumbo a La Habana. El barco arribaría a San Juan en horas de la noche del 30 de agosto de 1939. El que habla, pasaje en mano, fue a su casa a informar a sus padres, para darles la noticia que aseguraba la ausencia por un año. El barco arribó a San Juan y zarpó a las 2:00 de la madrugada del 31 de agosto. No había iniciado su ruta, cuando se recibió abordo la noticia de que Adolfo Hitler acababa de invadir a Polonia y ordenaba a los barcos alemanes a apagar sus luces y a dirigirse al puerto de Hamburgo. Empezaba la Segunda Guerra Mundial. El Cuba, con destino a La Habana, estaría allí por dos días, dejaría turistas que se dirigían a la Feria Mundial de New York de 1939 y allí el jovencito Díaz Soler dejaría la nave para tomar otra que sólo costaba $11.00 y lo trasladaría hasta Miami; viaje que sólo duraba una noche. Ya en la Florida, debía tomar el autobús de la Greyhound para ir a Baton Rouge, sede de la Universidad del Estado de Luisiana, fin de aquel viaje odisíaco. De inmediato, el joven estudiante se dirigió al Departamento de Historia y se entrevistó con el director, Dr. Walter Phichard. Causó sorpresa la atrevida pretensión del aspirante, que sólo pensaba en que, siendo hijo de un ex-alumno podía ser admitido. Luego de expresarle al director su intención, éste se dirigió al Consejo de Estudios Graduados y al Registrador de la institución para una consulta que era necesaria por la falta de un documento oficial que certificara la admisión. Sería admitido condicionado a la aprobación del programa académico que se le iba a preparar. Si aprobaba los cursos requeridos sería acreedor a la admisión. Era el primer estudiante puertorriqueño que cursaría una maestría en Historia de los Estados Unidos en dicha Universidad. Las clases comenzarían alrededor del 21 de septiembre; llegó el día de matrícula ($67.50 por semestre); tomaría una habitación fuera del campus que compartiría con un compañero chino y que sólo costaba $35.00 mensuales. Llegó el primer día de clases; mientras esperaba en el aula asignada a la asignatura que había tomado; le sorprendía que no aparecieran más estudiantes. Luego de un rato, se presentó el profesor, Dr. Lynn M. Case para informarme que era el único estudiante matriculado en su clase sobre diplomacia europea desde 1870 hasta 1914 (sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial). Entregó una extensa lista bibliográfica sobre el tema y anunció que debía hacer acto de presencia en su oficina para una prueba el 12 de octubre para responder a preguntas relacionadas con la materia; si lo aprobaba, sería admitido al curso. Afortunadamente, y luego de haber leído aquella lista bibliográfica y haber asistido a los otros cursos que completaban el programa de clases, recibí la grata noticia de que había aprobado el examen que el Dr. Case acababa de corregir frente a este servidor. También anunció que el tema de investigación por desarrollar trataría de las relaciones anglo-españolas sobre Marruecos, 1895-1906. Explicó que el trabajo respondía a un plan que comprendía una trilogía de investigaciones relacionadas entre sí sobre el tema de los orígenes de la Primera Guerra Mundial. Otros compañeros trabajaban sobre las relaciones franco-españolas, y las relaciones franco-alemanas. Como este servidor sabía inglés y español, le pareció lógico elaborar el tema que me acababa de asignar. Informó, además, que podía usar el trabajo para presentarlo como tesis de maestría al finalizar el año académico. Eso significaba que debía aplicar las técnicas de investigación que jamás había tenido la oportunidad de aprender. Al Dr. Case y el Dr. Barnhard en su clase de Metodología de Investigación; cabe agradecer el conocimiento de los procesos de investigación que son los que aún utilizó. Es curioso que el primer capítulo del trabajo abundaba sobre las relaciones anglo-españolas durante la Guerra Hispanoamericana (1895-1898). Ese capítulo fue publicado años después en el primer número de la Revista Historia, que fue fundada por este servidor en 1951, junto con Ricardo E. Alegría y Enrique Lugo Silva; fue impresa en la imprenta Soltero, con el apoyo desinteresado y entusiasta de un tipógrafo que puso su empeño y entusiasmo en dar vida a la revista. Era la primera revista de historia que veía la luz en aquellos días en que se preparaba el ambiente para reformas en la Universidad de Puerto Rico.

Volvamos a los primeros pasos en la Universidad de Luisiana. La tesis de maestría versó sobre Relaciones anglo-españolas sobre Marruecos, 1895-1906, que no pudo estar terminada para fin de curso; el que habla debía regresar a Puerto Rico por la situación de guerra en Europa y por carecer de fondos para mantenerse en aquella institución.

II. Regreso a la Isla: Nuevos planes de investigación

La situación de guerra requería la inscripción militar obligatoria y tratar de lograr algún trabajo que proveyera algunos recursos económicos que necesitaba, aun cuando vivía en casa de mi abuela materna en San Juan. Clasificado IA por la Oficina del Servicio Militar estaba sujeto a ser llamado a servir en el Ejército de los Estados Unidos. Pero las cosas tomaron rumbos distintos. El Departamento de Defensa de Washington, que operaba un Departamento de Ingeniería de los Estados Unidos, debía encargarse de preparar los planes y dirigir la construcción de un esquema de defensa para proteger la entrada de la bahía de San Juan, que podía verse amenazada por los submarinos alemanes. Se abrió una oficina en La Puntilla y allí fue a parar el recién egresado estudiante de maestría. En La a se almacenaban los materiales de construcción que habrían de utilizarse en la proyectada defensa de la Capital de Puerto Rico. Un oficial francés, experto en construcciones militares, de apellido Bibeau, reclutó a un grupo de jóvenes y en el conjunto fue incluido el que habla para ocupar una plaza de “clerk”. Su misión era mantener un tarjetero que reflejaba los materiales de guerra almacenados. El que habla se ganó la confianza del ingeniero Bibeau, quien le ordenó trasladarse especialmente a los sitios escogidos para las defensas (isla de Cabras, el área del Escambrón, Boca de Cangrejos), donde serían emplazados cañones destinados a defender la entrada a la bahía de San Juan que podría ser objetivo de submarinos alemanes desplazados en las aguas del Caribe. Los cañones a establecerse podrían ofrecer un fuego cruzado que los submarinos alemanes difícilmente podrían obviar sin riesgo de verse afectados. Además, a partir de las seis de la tarde, se tendía una cadena de acero por debajo del agua entre el promontorio de El Morro e isla de Cabras, adicional medida de seguridad.

III. Traslados inesperados

Estando en aquella misión, arribó a San Juan un joven oficial, el capitán Clark, quien había estudiado también en Luisiana. Giró una visita a las facilidades en que trabajaba el que habla y le pidió al ingeniero Bibeau que aprobara su traslado al Edificio Federal de San Juan, donde se establecería la Censura Civil de la cual el sería el director. Trasladado a esa dependencia con un sueldo no esperado de $4,500 anuales, había de compartir obligaciones con la Dra. Julie Guzmán, con Emilio Huyke y con un hermano del profesor Reece Bothwell. Curiosamente el Dr. Lynn M. Case trabajaba en un cargo similar en La Censura establecida en Italia. Hasta 1943 estuvo el que les habla en el cargo mencionado para ese año, se sabía que Alemania comenzaba a perder el dominio de la situación en Europa, lo que implicaba el cese de dependencias gubernamentales que ya no serían necesarias.

Coincidentemente, una mañana recibió el que habla una llamada telefónica de doña Pilar Barbosa, entonces directora del Departamento de Historia para ofrecerle una oportunidad de desempeñar una plaza de Instructor Interino de Historia sustituyendo al profesor Antonio Rivera, que se iba a Méjico para completar los estudios doctorales. Ella preguntó sobre su sueldo y al enterarse del que recibía en la Censura, estuvo tentada a retirar su oferta pero el que habla aceptaría los $1,500.00 por 10 meses y el nombramiento de instructor interino. Aquella era la oportunidad de desempeñarse como profesor de Historia y la situación requería de algún tipo de sacrificio. Además, era de esperarse que el servicio militar obligatorio llamara a las filas tan pronto vacara mi cargo en la Censura, donde estaba exento del servicio militar. El Ejército actuó de inmediato pero la escasez de profesores en la UPR era tal que el rector solicitó el diferimiento por 6 meses, que fue concedido, aplazándose el reclutamiento. Surgía la posibilidad de usar sus servicios durante el verano subsiguiente. Estaba este servidor en el cine cuando se anunció que se había lanzado la bomba atómica en Japón y se esperaba la rendición del eje Roma-Berlín-Tokio poniendo fin a la guerra. Regresaría el profesor Rivera y doña Pilar tuvo la entereza de proponer a este servidor para la plaza que ya se había ofrecido a otra profesora que contaba con el respaldo del partido político en el poder. Habría de hacerse cargo del curso de Historia de las Américas, que por tener una alta matrícula, se ofrecía en el anfiteatro de Estudios Generales, lo que obligaba al novato instructor a preparar dos juegos de exámenes para evitar que aquella muchedumbre de estudiantes pudiese copiarse.

IV. Nace una historia de la esclavitud negra

“El aguijón de la investigación habría penetrado hondo”. Al regreso a la Isla en agosto de 1940 el que habla traía en mente realizar una investigación sobre la esclavitud. Había estudiado en un estado del sur de los Estados Unidos; le parecía que la institución allá había sido distinto a la que había funcionado en Puerto Rico. Mientras trabajaba en el Gobierno federal, en el esfuerzo de guerra, usó su tiempo libre para investigar sobre la esclavitud en la Isla. Aplicaría responsablemente las técnicas aprendidas. No fue sorpresa la existencia de la diferencia; allá los amos preparaban y aplicaban con rigor los Códigos Negros preparados por ellos, sin intervención alguna del Gobierno de Londres o de las asambleas coloniales. En Puerto Rico y en las demás colonias españolas la esclavitud se regía por códigos promulgados
 por España y por reglamentaciones que preparaba el Gobierno español en sus colonias tomando en consideración las diferencias, que el ambiente aconsejaba. En los Estados Unidos, el esclavo era una cosa; en las colonias españolas, era un ser humano al que se le reconocía el uso de razón.

Cabe explicar que en la Isla, excepto a principios de la década de 1530, la población esclava era escasa; tampoco hubo suficiente población española durante los cuatro siglos de dominación de España en la Isla. Ello contrastaba con la numerosa contingencia de esclavos en las grandes haciendas y latifundios en Brasil y en Cuba. En Puerto Rico lo que existía eran pequeños minifundios que completaban la fuerza trabajadora con obreros libres. Ante la escasez de esclavos, hubo necesidad de limitar los castigos violentos que pudieran privar a los amos de trabajadores que se habría de reflejar en una limitación del potencial productivo. Esa circunstancia obligaba a los amos a ofrecer el mejor trato que las circunstancias permitían, lo que no ocurría en los Estados Unidos, ni en las otras colonias españolas con grandes conglomerados de esclavos. Las investigaciones del que habla son producto del esfuerzo individual. Por espacio de diez años el que se dirige a ustedes llegó a producir lo que se consideró una obra pionera, que serviría de base a otros trabajos sobre un tema considerado tabú. En aquellos años —cuarenta y cincuenta— nadie hablaba o daba relevancia a un tema considerado escabroso.

Terminada la guerra en 1945, el que habla solicitó una extensión de tiempo para terminar la maestría, someterse a los exámenes escritos y orales que administraba el profesorado de historia y ciencias políticas. Cumplidas esas exigencias en agosto de 1947, debía presentarse a recoger el grado en los ejercicios de graduación de junio de 1948. Cumplidas las exigencias de la maestría, hubo necesidad de partir para la Biblioteca del Congreso con el manuscrito de la historia de la esclavitud, que debía completar con materiales existentes en la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California, en las bibliotecas de las universidades de Chicago y de Columbia y, desde luego, cernir los archivos de la Biblioteca del Congreso.

Estando en esta última, fue abordado por varios de los profesores de la Universidad de Luisiana que desearon enterarse de lo que estaba haciendo en aquel recinto. Al mostrarle el trabajo que ya había realizado en Puerto Rico y explicarle el propósito de publicar el mismo una vez terminado, insistieron en recomendar al Departamento de Historia de Luisiana que aceptara la labor realizada que estaba por ser terminada, como disertación doctoral. A su regreso a la Universidad en Puerto Rico, escribieron al rector Benítez sobre la posibilidad de otorgarle una licencia para seguir estudios doctorales. Además, se comprometían a ofrecerle una designación de auxiliar de instructor con el sueldo correspondiente, a fin de ayudarle a terminar la disertación. El rector no tuvo reparo en recomendar una licencia con sueldo y para septiembre de 1948 ya estaba el que habla en los Estados Unidos. En año y medio tomó los cursos exigidos, aprobó las pruebas de conocimientos de portugués francés, además de defender la disertación ante el profesorado de Historia y Ciencias Políticas. Se recomendó otorgar el grado de Doctor en Filosofía con especialidad en América Latina en enero de 1950 y este servidor regresa a la cátedra de la Universidad de Puerto Rico. Tres años después (1953), con motivo de la celebración del cincuentenario de la UPR, se escogieron libros y escritos que ameritaban publicación. La historia de la esclavitud negra en Puerto Rico fue seleccionada, luego de haber sido revisada por el autor, las 719 páginas que tenía al ser presentada como disertación doctoral, se redujeron a 439, incluyendo su extensa bibliografía e índice de materias para ser más atrayente la lectura del texto revisado y publicado por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. El tema estaría ahora asequible al público lector, que lo desconocía, al profesorado y al estudiantado. El erudito extranjero respondió con verdadero entusiasmo y con excelentes críticas. La bibliografía seleccionada, manuscritos, colecciones documentales, fuentes locales, folletos, periódicos relevantes al tema, fueron responsablemente escrutados. No faltaron las obras del brasilero Arthur Ramos, de los cubanos José Antonio Seco y Fernando Ortiz, entre otros. Era realmente un pionero de nuestra literatura histórica, que recibió el elogio de los colegas del extranjero y el silencio de los nuestros que la leyeron, pero nada dijeron. Sin esperarlo ni buscarlo, la obra mereció el Primer Premio de Literatura de 1953 que otorgaba el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Hoy la obra ha alcanzado seis impresiones y se prepara la séptima edición para mayo próximo. Fueron diez años de trabajo investigativo responsable que tanto el pueblo de Puerto Rico como los intelectuales de otros países han sabido aquilatar.

V. Una inesperada biografía

La biografía es el género histórico más difícil de trabajar y el más cuestionado por los lectores de ese tipo de literatura. El que habla lo considera su más prestigiosa contribución a la historia puertorriqueña. Sin proponérselo, el autor se encontró inmerso en un estudio de un ilustre y, para muchos, uno de los más controversiales de los pensadores puertorriqueños de fines del siglo 19 y primeras décadas del 20. Todo sucedió en forma inesperada; cierta mañana recibió el que les habla una llamada telefónica de dos queridos condiscípulos de quinto grado de la Escuela Rafael Balseiro Maceira de Barceloneta. Se trataba de ángel y Josefina Acosta Matienzo, que ahora eran profesores de la UPR, quienes deseaban el consejo del que les habla; entonces director del Departamento de Historia, para proceder a disponer de los papeles y demás documentos de su abuelo, que estaban almacenados en su residencia en el campo cercano a Río Piedras. Luego de una vista rápida de los papeles se recomendó su utilización en una biografía que debía dar a conocer la ingente labor de un excepcional pensador, filósofo, orador extraordinario, libre pensador, masón y espiritista, político y amante de su patria, que sería realmente Rosendo Matienzo Cintrón, de todos olvidado. Visité la familia de don ángel Acosta Velarde y esposa, doña Josefina Matienzo, hija del prócer y se acordó trabajar en una biografía del ilustre hijo del país. Pero los documentos que ellos tenían, que sería el cuerpo del futuro trabajo, había que completarlos con investigaciones adicionales que el que les habla debía conseguir dondequiera que existieran. Aprovechando un viaje de estudios a Europa, ofrecido a estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, auspiciado por la administración del rector Benítez, convencido de que ello contribuiría al acerbo cultural de los jóvenes estudiantes, hizo la designación del que les habla para dirigir el viaje en cuestión. Y ello lleva al joven instructor a girar una visita a la Universidad de Barcelona, donde estudió Derecho el joven Rosendo. Grande fue el asombro cuando el secretario de dicha institución llevó a este servidor al repositorio donde se conservan los expedientes académicos de los estudiantes que cursaron sus carreras en dicho plantel. Tomó el expediente de Rosendo y tuvo la gentileza de llamar a una oficina que le hacía trabajos de fotocopia para que reprodujera el expediente de Rosendo Matienzo Cintrón y lo devolviera con el que habla al día siguiente. Todo salió a pedir de boca; estaba en mi poder la copia de documentos tan fundamentales. El regocijo no tenía límites y la confianza depositada merece el más sincero elogio —aquel y otros documentos localizados en otros archivos, contribuyó a la creación de un trabajo que puede entenderse como el más valioso aporte del autor a la bibliografía puertorriqueña—. Para muchos que lo han leído, el trabajo es una joya de investigación.

La obra consta de dos tomos: el estudio biográfico y una compilación de su obra escrita, que muy bien puede ser objeto de nuevas investigaciones sobre el pensamiento vivo del ilustre puertorriqueño. Muchos han leído su contenido pero nada dicen sobre el valor o fallas del trabajo, que bien podría ser beneficioso para un pueblo necesitado de conocer su historia. Doce años de investigación, no deben echarse al olvido por un pueblo que la desconoce.

El Instituto de Literatura Puertorriqueña, que asignó el fondo para su publicación, le negó el premio que según ellos le correspondía, aduciendo que por ser ellos quienes auspiciaron su publicación, podía ser visto como un conflicto de intereses si ellos también le otorgaban el premio que indiscutiblemente se merecía. El pueblo está en estos momentos pidiendo su reimpresión y el director D’Alsina, de la Editorial Universitaria, ha ofrecido responder afirmativamente a reclamo tan justo.

En el caso del que les habla, los premios le han llegado sin buscarlos. Los premios realmente importantes son los que otorgan los lectores cuando leen lo que se escribe.

VI. El que habla no cesó en su empeño de dar a conocer documentación que podría dar luz sobre los asuntos de la Isla. Preparó una edición con introducción y notas del famoso documento sometido ante la Junta de Información, el 10 de abril del 1867, sobre la Abolición de la Esclavitud en Puerto Rico, publicado en 1959: consta de 108 páginas. Incluye una introducción de este servidor y 28 páginas de notas al calce. Una segunda edición fue preparada por la Editorial Edil de Río Piedras en el 1978, que consta de 101 páginas. Mientras se trabajaba en dicha edición, el que habla venía ofreciendo cursos de Historia de Puerto Rico e Historia de América en la cátedra universitaria. Fueron tantos los años dedicados a realizar investigaciones de la historia del país, que aconsejaron al autor a preparar un tomo sobre historia de Puerto Rico que cubriese el periodo colonizador discutido en sus clases por espacio de casi 45 años.

VII. Así surgió la idea de preparar un tomo de Historia de Puerto Rico, desde sus orígenes hasta el cese de la soberanía española en la Isla (1898) que consta de7l8 páginas de texto, con el respectivo índice que facilita encontrar los datos sobre los cuatro siglos de estancia de España en Puerto Rico, y una bibliografía que se encuentra distribuida al calce de los veintitrés capítulos de que consta el libro. Es producto de tantos años consagrados a explicar la asignatura. El autor la percibió consciente que preparaba un libro que sirviera a profesores, estudiantes y al pueblo del país para que aprendiera algo de la historia de su tierra. El libro tiene una bibliografía selecta por capítulo y un índice de contenido para localizar los datos que se requieran. No hay libro perfecto ni contenidos completos. En Puerto Rico se necesita una mayor cantidad de textos de Historia y mayor interés en la disciplina. Fíjense en los Estados Unidos, donde se producen cientos de textos que se utilizan en las instituciones y se leen por el pueblo ávido de conocerse a sí mismo. Debemos aplaudir la preparación de la mayor cantidad de textos y trabajos de investigación sobre nuestra historia; debemos dejar de ser un pueblo ahistórico.

VIII. Una historia sobre el siglo XX

Una importante aportación del que habla trata sobre la Historia del siglo XX sobre las “luchas de un pueblo por alcanzar estabilidad económica, definición política y afirmación cultural” que lleva el recuento hasta el 1996. Son 643 páginas de texto, con sus respectivas bibliografías al fin de cada capítulo, que permiten al lector consultar los temas que le preocupan. Tiene, como es aconsejable, su índice de
contenido al final, lo que facilita la consulta. Y como todo, está sujeto a la crítica adversa o favorable de su contenido. El problema de esta Isla es económico. La escasez de recursos naturales y la política de consumismo de los productos estadounidenses que compiten con los nuestros son en parte responsables de lo precario de la vivencia de nuestro pequeño país. A cuatro siglos de coloniaje español, ha seguido un siglo de coloniaje estadounidense. Nuestra gente trabajadora es nuestro caudal de riqueza. Ante la competencia de los Estados Unidos, tiene que depender de la ayuda que le pueda ofrecer la nación dominadora; cruzarse de brazos o emigrar a los Estados Unidos. La dependencia total en todos los renglones de vida, no nos permite vivir con seguridad ni enorgullecernos de lo que somos. La alternativa es emigrar para contribuir a aumentar la población de aquel país, a unirse al “ghetto” para gozar de algún bienestar social con los suyos que partieron con anterioridad.

IX. Unas sentidas palabras

En este amado terruño, no existe crítica responsable. No hay que dudar de que todos los textos publicados se leen pero no hay crítica que ilustre a los lectores. Los autores no tienen aliciente alguno para conocer los defectos y puntos positivos de sus obras, son tan necesarios para ellos y para el público lector. Merecen reconocimiento, premios, felicitaciones los que se ocupan de escribir sobre nuestra historia a base de investigaciones serias. Se escribe como se piensa, se piensa en lo que uno es, con un profundo sentimiento de lo que significa para el que lee lo que se escribe.

A ustedes, distinguidos amigos, debo agradecerles su presencia y su atención al que ha tenido la honra de dirigirse a ustedes, en tan significativo acto. Buenas noches…. y muchas sentidas gracias.

Luis M. Díaz Soler

 

Autor: Luis Manuel Díaz Soler
Publicado: 27 de abril de 2015.

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