Ocios de la juventud

Ocios de la juventud

Introducción

La búsqueda de expresión del alma y sentir criollo encontraron coyuntura con la llegada de la imprenta a la Isla en 1806. A partir de este acontecimiento surgió la acción periodística, y a su vez, el comienzo del quehacer literario puertorriqueño. Tras el primer periódico isleño, la Gaceta de Puerto Rico (1806-1902) se publicaron varios rotativos de mayor sustancia literaria como el Diario Liberal y de Variedades de Puerto Rico (1821-1822). La primera generación de escritores románticos puertorriqueños se dio a conocer en el Boletín Mercantil, periódico capitalino fundado en 1839. La escritora María Bibiana Benítez (1783-1873), primera poeta puertorriqueña, dedicó un saludo en verso al semanario, y hace votos porque aquel nuevo vocero encendiera los entusiasmos de los literatos. En efecto, en sus páginas se inició el quehacer literario local. En la misma imprenta donde se editaba el Boletín Mercantil, se imprimió el Aguinaldo Puertorriqueño (1843), colección de esbozos originales en prosa y verso que señaló el comienzo del Romanticismo en el País. Entre sus colaboradores cabe señalar a Alejandrina Benítez, la primera poeta de la escuela romántica en Puerto Rico. Un año después, un grupo de universitarios isleños en Barcelona, España publicó el Album Puertorriqueño (1844), obra donde cuaja la expresión insular del sentimiento patrio. Entre sus colaboradores, se destacó Manuel A. Alonso (1822-1889), autor de El Gíbaro (1849), obra que inicia el cultivo del criollismo literario puertorriqueño. Otros escritores que mostraron interés literario por lo criollo durante el siglo XIX

La poesía romántica

El cultivo de la poesía romántica comprendió dos épocas diferenciadas. La primera, que se extendió desde los inicios literarios del País hasta el 1880, se caracterizó por la exaltación y extremismo sentimental. Posteriormente, desembocó en un desarrollo artístico que correspondió con el Posromanticismo becqueriano, de decir delicado, tierno y suave. Fue José Gautier Benítez (1851-1880), hijo de Alejandrina Benítez, el máximo exponente de la primera etapa romántica. Su poesía representa una superación que lo aleja de la estrechez estética con que se inicia dicha escuela en la Isla, encadenada a imitaciones de los españoles de moda de entonces — José de Espronceda y José Zorrilla. Su honda expresión de amor patrio quedó recogida en la trilogía dedicada a Puerto Rico: Ausencia, Regreso y A Puerto Rico. Otros autores de la primera época lírica del Romanticismo del País

La segunda época de la lírica romántica puertorriqueña, nutrida de los postulados parnasianos franceses, sirvió de puente en el tránsito hacia el Modernismo. Fue Luis Muñoz Rivera (1859-1916) el más alto exponente del reclamo libertario que surge frente al despotismo del régimen colonial imperante. Lo más característico de su verso corresponde a los temas civiles y políticos. La lírica de Muñoz Rivera se distingue por su pulcritud formal parnasiana. Su poema Sísifo, versos de hondura político-reflexiva, es considerado como la expresión más valiosa en su poesía. Otros poetas importantes del Romanticismo en Puerto Rico

El teatro romántico

Durante segunda mitad del siglo XIX, el teatro se basó en los estilos del Romanticismo y Eclecticismo que imperaba en la dramaturgia española. Fue con Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) que cobró impulso el desarrollo del teatro puertorriqueño. Entre sus piezas teatrales sobresalen: La cuarterona y La parte del león (1880). Después fue Salvador Brau (1842-1912) la figura más destacada en el campo de la dramaturgia decimonónica local. Con obras como La vuelta al hogar (1877) y Los horrores del triunfo (1887) cosechó triunfos de representación escénica. Durante las tres últimas décadas del XIX, resonaron varios dramaturgos que parten de las influencias del teatro posromántico español, tales como Ramón Marín, Manuel María Sama y Gabriel Ferrer Hernández.

La narrativa romántica

Fue, igualmente, Tapia y Rivera la figura de mayor renombre en la narrativa. Sobresalen entre sus títulos La palma del cacique (1862), leyenda histórica sobre el pasado indígena y La leyenda de los veinte años. Además, fue autor de Cofresí y de Póstumo el transmigrado con su segunda parte, Póstumo el envirginado (ambas de 1882), en las cuales pasa revista crítica a la sociedad de su tiempo, poniendo de manifiesto preocupaciones filosóficas e ideas feministas de evidente avanzada en los países hispánicos.

Es también Eugenio María de Hostos (1839-1903) cultivador de la narrativa romántica. Fue autor de La peregrinación de Bayoán, obra considerada como la primera novela verdadera de las letras puertorriqueñas. Hostos es también autor de La tela de araña, novela que presentó en 1864 para un concurso de la Real Academia Española, inédita hasta 1992.

El ensayo romántico

Después de la obra de Manuel Alonso, continuó Tapia y Rivera el desarrollo del ensayo. Se debe a este escritor obras sobresalientes como Vida del pintor puertorriqueño José Campeche (1855) y Noticias históricas de Don Ramón Power (1873), empeñadas ambas en dar con la esencia criolla. Además, fue autor de Mis memorias o Puerto Rico como lo encontré y como lo dejo y Conferencias sobre estética y literatura, ensayos considerados como su labor cumbre en el campo de la creación ensayística. Figura Eugenio María de Hostos entre los literatos que inician formalmente el cultivo del ensayo en Hispanoamérica. Hostos expone con mente magistral la problemática de orden social, económica y política en lo que él llama “la patria grande”. Su Tratado de moral social representa la realización cumbre del pensamiento hostosiano. De su autoría, también, se destacan numerosos ensayos de apreciación crítica de las letras americanas y universales. Particularmente a Puerto Rico, Hostos dedicó un volumen de sus Obras completas, titulado Madre isla. Otros ensayistas puertorriqueños de factura literaria romántica

Salvador Brau (1842-1912)

Salvador Brau (1842-1912)

A partir del siglo XIX y principios del XX se dejaron sentir las tendencias del Realismo y del Naturalismo. El Realismo de base europea encontró terreno abonado para su desarrollo en la problemática material y moral imperante en el medio colonial isleño. Correspondió a Francisco del Valle Atiles (1852-1928) la publicación de la primera pieza narrativa de corte realista— Inocencia — seguido de Salvador Brau, autor de La pecadora. Otros novelistas realistas de importancia literaria local fueron Federico Degetau y Abelardo Morales Ferrer. Una década después, comenzó el cultivo de la novela experimental iniciada por Emile Zolá en la literatura francesa. Le tocaría a Manuel Zeno Gandía (1855-1930) el lugar de primacía en el cultivo de la novela naturalista, con la cual este género comenzó un punto de desarrollo de plena madurez en la Isla. Zeno Gandía desarrolló la serie de relatos Crónicas de un mundo enfermo, a saber La charca (1894), la más importante novela de la serie; Garduña (1896), El Negocio (1922) y Redentores (1925). Otros cultivadores importantes de la novela naturalista

La poesía y la prosa del modernismo

Consolidada la personalidad colectiva puertorriqueña y tras los hechos de 1898, la literatura local se convirtió en una fuerza defensiva de la lengua española, y de los caracteres culturales propios. El primer movimiento literario del siglo XX en Puerto Rico, el Modernismo, representó posturas de índole nacionalista e iberoamericana. De forma esporádica se dio la estética preciosista y el exotismo que caracterizó a la primera época lírica de Rubén Darío. La necesidad de afirmar la personalidad hispánica de la Isla, saturaría a este movimiento de política, patria y tradición. José de Diego constituyó una figura de transición, ya que su poética abarcó los estilos del Romanticismo y Modernismo.

Poesía modernista puertorriqueña

Fue Luis Lloréns Torres (1878-1944) la figura central del Modernismo insular, representante de la renovación literaria que encarna en la proposición de nuevas teorías de la poética personal, como lo fueron el Pancalismo y el Panedismo. Tales teorías dieron forma a la serie de poemas “Visiones de mi musa”, contenidos en Sonetos sinfónicos (1914). A la época de 1911 a 1913, pertenecen las composiciones “Velas épicas” y “Canción de las Antillas”, esta última su obra maestra, que lo acerca más a Rubén Darío, y donde muestra el espíritu de renovación del Modernismo. También, cultivó Lloréns una obra modernista de inspiración criolla, reunida en los libros Voces de la campana mayor (1964) y Alturas de América (1940). Otros poetas de la escuela modernista en la Isla lo fueron

Prosa modernista puertorriqueña

La obra de renovación modernista se dejará sentir en la prosa, si bien con menor intensidad y amplitud que la poesía. El cultivo prosístico mostró un deseo de dotar a la palabra de dimensiones y resonancias artísticas de sello personal. Los ensayistas modernistas más sobresalientes fueron

Teatro modernista puertorriqueño

De menor relevancia fue la obra dramática modernista que se realiza en el País, tanto por su volumen como por su calidad. Entre los autores y obras de mayor importancia cabe mencionar a Luis Lloréns Torres por El Grito de Lares y Nemesio R. Canales por El héroe galopante.

Concha Meléndez (1895-1983)

Concha Meléndez (1895-1983)

Constituyen los escritores del 30 la primera generación de intelectuales puertorriqueños que se formó en un nuevo ambiente de vida y cultura tras los acontecimientos históricos de 1898. Fueron éstos quienes desarrollaron las letras al compás del arte de vanguardia. Además, reaccionaron a las campañas de asimilación cultural estadounidense, afirmando los cimientos de lo hispánico y lo criollo. Las orientaciones generales que dan tono al hacer intelectual se centraron en la interpretación a fondo de lo jíbaro como lo incuestionablemente puertorriqueño, movidos, a su vez, por preocupaciones de estética universalista.

Ensayo

La Generación del Treinta tuvo como figura máxima a Antonio S. Pedreira (1899-1939), quien se dio a la tarea de definir la personalidad colectiva de Puerto Rico, disgregada por las consecuencias de la intervención estadounidense en el País. Fue expositor de una prosa sobria y precisa, apoyada en el análisis de diversas facetas del vivir puertorriqueño. Consideró, también, aspectos de índole histórica como los expuestos en El año terrible del 87 (1937), incluido en su obra capital Insularismo (1934). Además, realizó estudios de carácter biográfico Hostos, ciudadano de América, 1932, ensayos de estudio literario La actualidad del jíbaro, (1935), y sobre periodismo El periodismo en Puerto Rico, (1941). Complemento de la obra que realizara Pedreira, lo fue el ensayismo de Tomás Blanco (1897-1975). Su Prontuario histórico de Puerto Rico (1935) constituirá, junto a Insularismo, la otra columna sobre la que se asentó el estudio de las esencias histórico-culturales puertorriqueñas. Entre todos los discípulos de Pedreira, es Enrique A. Laguerre (1906-2006) el mejor continuador de su maestro respecto a las preocupaciones y actitudes acerca del destino de la cultura puertorriqueña. En su labor de ensayista, se destaca Hojas libres.

La obra del ensayista Emilio S. Belaval (1903-1972) tomó cuerpo principal en trabajos como Los problemas de la cultura puertorriqueña (1935) y El teatro como vehículo de expresión de nuestra cultura (1940), recogidos en el libro Areyto (1948). Por otro lado, la ensayista Concha Meléndez (1895-1983) se dedicó desde su primer libro — Amado Nervo (1926) — al estudio de diversos aspectos de las letras hispanoamericanas, tales como las obras de Pablo Neruda y Alfonso Reyes.

Compañera de labores docentes de Concha Meléndez lo fue Margot Arce de Vázquez (1904-1990), de estilo prosístico de gran sencillez y mesura. Aparte de su obra de crítica acerca de figuras literarias como Garcilaso de la Vega, Gabriela Mistral y José de Diego, cabe señalar otras obras dedicadas al paisaje de su tierra y de otros horizontes, recogidos en Impresiones: notas puertorriqueñas (1950). Otro ensayista de gran importancia lo fue José A. Balseiro (1900-1991), estudioso de las letras hispánicas y autor de libros como El Vigía; ensayos de crítica literaria y musical. Además se destacaron como ensayistas: Francisco Manrique Cabrera (1908-1978); María Teresa Babín (1910-1989); Augusto Malaret (1878-1967) y Rubén del Rosario (1907-1995). Otras figuras de importancia en el ensayo de los treinta en el País

Poesía

La lírica del treinta surge al calor de los fervores estéticos de los movimientos de vanguardia de la década de 1920. La poesía isleña logró una gran innovación caracterizada por la sencillez expresiva, la depuración formal y la inspiración neorromántica o de afirmación criolla. La generación española del 1927 contribuyó a enriquecer la poética moderna de esta generación. Luis Palés Matos (1898-1959) abrió la trayectoria de creación del verso negrísimo, por cuyo cauce transitaron otros poetas hispanoamericanos. Expone gran parte de este nuevo hacer en el libro Tuntún de pasa y grifería (1937), testimonio de sus preocupaciones ante la realidad del negro en el País y el Caribe. Posteriormente, Palés se acogerá a temáticas de trascendencia cósmica en la búsqueda de respuestas a las eternas interrogantes del ser humano en composiciones como Puerta al tiempo en tres voces y El llamado.

Evaristo Ribera Chevremont (1936-1976) da a conocer su vasta obra en más de una veintena de poemarios publicados. Su poesía se inspira en temas metafísicos y elementos criollos. El autor compuso en verso tradicional y en verso libre. Creación (1951), libro antológico, reúne los mejores versos del poeta hasta el 1951, seguido por una Nueva antología (1966). Otra voz poética de primera magnitud en la poesía de los treinta fue Julia de Burgos (1914-1953). Es su lírica de expresión intimista y erótica. Asimismo, se revela como cantora de la patria, del paisaje, de la naturaleza y de su Río Grande de Loíza. Enfilará, además, su canto hacia la nueva realidad social, anunciando la poesía que se manifestará por los años sesenta. Por otro lado, Juan Antonio Corretjer (1908-1985) consagrará su lírica al culto de la patria, hundida sus raíces en todo cuanto constituye la realidad material y espiritual de Puerto Rico. Otros nombres de ilustres poetas de la Generación del Treinta

Narrativa

Esta generación muestra una intención de superación del tradicional Costumbrismo y del Realismo de estricto enfoque objetivo. A la par, brinda una interpretación más universalista de las personas y su suelo. La realidad que asoma en la narrativa es fundamentalmente agraria, y busca la justicia social, según se da en las obras de Rómulo Gallegos, Ciro Alegría, Jorge Icaza, Juan Bosch, etc. En el terreno del cuento, aparece Emilio S. Belaval (1903-1972) como renovador del género. Es autor de Los cuentos de la Universidad; Cuentos para fomentar el turismo y Cuentos de la Plaza Fuerte. De otra parte, en la cuentística de Tomás Blanco (1897-1975) el argumento pasa a un segundo plano, cediendo primacía a la acción psicológica, a la delineación interna de los personajes y a las reflexiones sobre la conducta humana, como ocurre en Cuentos sin ton ni son. En estos relatos, también se perfila con acusado relieve el escritor Antonio Oliver Frau (1902-1945) por sus Cuentos y leyendas del cafetal (1938).

Se destaca Enrique A. Laguerre como el mejor novelista de la generación y mejor exponente de la novela puertorriqueña. Con su primer relato, La llamarada (1935) dejará la narrativa local de ser una mera proyección de la novela europea tradicional, incorporándose así a la novela hispanoamericana de temas telúricos. Su obra novelística se enfoca en los problemas de los campos y ciudades y en la historia de la sociedad moderna. A partir de Cauce sin río (1962) ofrece una visión analítica del estado material y moral del País. Otras figuras de la narrativa de la Generación del Treinta

Teatro

A finales de los treinta, comenzó a manifestarse la dramaturgia moderna en Puerto Rico, en cuyo desarrollo influyeron el teatro estadounidense y europeo de posguerra. Dos figuras alcanzaron relieves sobresalientes: Manuel Méndez Ballester (1909-2002) y Emilio S. Belaval (1903-1972). El primero constituye el dramaturgo más destacado de su generación y autor de la obra Tiempo muerto. El segundo, Emilio S. Belaval, fue el autor de obras como La Hacienda de Los Cuatro Vientos (1959), considerada su mejor pieza dramática. Se debió a Belaval el dotar al Puerto Rico moderno de un teatro vinculado a la realidad cultural isleña y a las corrientes estéticas de mayor validez en el teatro universal. Otros cultivadores del teatro del 30

René Marqués (1919-1979)

René Marqués (1919-1979)

Esta generación comienza su acción creadora bajo una angustia existencial, tras el lanzamiento de la bomba atómica y la culminación de la Segunda Guerra Mundial. Durante esta época, se produjo un paradójico crecimiento económico, de una parte, y la claudicación de valores espirituales, culturales, morales y sociales, de otra. Estas circunstancias influyeron en esta generación, que se enfocó en el pasado abolido, el vivir vacío de la nueva burguesía, el desamparo del jíbaro y de la nueva clase proletaria, las amargas experiencias del emigrado puertorriqueño y el sentimiento de impotencia ante el problema del estatus político del País.

Cuento

La literatura de esta generación mostró su más extraordinario desenvolvimiento en el género del cuento. El nuevo relato que se escribe a partir del 1945, se orientó hacia las tendencias internacionales de modernidad. En las letras insulares, predominó el ambiente urbano, especialmente las zonas acosadas por la miseria. No obstante, cuando trataban sobre la burguesía, la miseria reflejada era la de índole espiritual. La amplitud de la temática trabajada permitió desarrollar un panorama total de la sociedad isleña, a modo de radiografía de la época. René Marqués (1919-1979) fue la figura principal de los cuentistas de su generación y uno de los mejores narradores de las letras hispánicas contemporáneas. Cabe mencionar sus antologías Otro día nuestro (1955) y En una ciudad llamada San Juan (1960), en cuyos relatos pone particular cuidado en los personajes y la atmósfera.

José Luis González (1926-1996), junto a Abelardo Díaz Alfaro, trazaron los comienzos en Puerto Rico de la transformación de estilo y técnica que sufrió el cuento de su generación. A partir del libro El hombre en la calle (1948) la narrativa de González se enfocó en la problemática vital de la clase trabajadora y del emigrante puertorriqueño en Nueva York. Abelardo Díaz Alfaro (1919-1999) se hace eco en Terrazo (1947) de la situación de los jíbaros y del pueblo, recogiendo los problemas significativos del paisaje y del hombre en el País. Este escritor recrea la realidad rural con conciencia pictórica y escultórica, dando al lenguaje fino lirismo. El simbolismo de su obra refleja una entrañable dimensión humana. Por iguales razones, de arte es de admirar su cuento Los perros. Pedro Juan Soto (1928-2002) reúne en el libro Spiks (1957) cuentos inspirados en el criollo humilde que vive en su ‘submundo’ particular en Nueva York. Su enfoque neonaturalista, de crudo realismo e ironía, refleja la miseria humana y la desintegración moral. Otros cuentistas de la Generación del Cuarenta y Cinco…

Novela

Fueron tres los novelistas más sobresalientes, tanto por las calidades literarias de sus obras como por su amplia labor noveladora. Pedro Juan Soto (1928-2002) inició con sus novelas nuevas temáticas. En Usmaíl (1959) presenta el tema de Vieques y en Ardiente suelo, fría estación (1961), el del puertorriqueño emigrado a Nueva York que regresa a la Isla en busca de sus raíces. Además, trabajó la desnaturalización de los valores y sentimientos de patria y cultura del puertorriqueño en obras como El Franco-tirador (1969). Emilio Díaz Valcárcel (n.1929) afloró a plenitud su talento novelístico con Figuraciones en el mes de marzo (1972). Publicó además: Inventario (1975), Harlem todos los días (1978), Mi mamá me ama (1981), Dicen que de noche tú no duermes (1985). José Luis González (1926-1996) inició el cultivo de la novela con Paisa; un relato de la emigración (1950), pero no fue hasta Balada de otro tiempo (1978) y La llegada (1980) que se adentró en el género. Los dos últimos relatos remontan sus ambientaciones espaciales respectivas a épocas pasadas de la historia isleña. Otros importantes cultivadores de la novela de la Generación del Cuarenta y Cinco…

Poesía

Las corrientes literarias que nutrieron la lírica de la generación fueron el verso súperrealista y el Existencialismo. Esta poesía se enriqueció mediante el empleo de elementos como la imagen, la metáfora y los símbolos. Además, presentó visos de hermetismo y caracteres místico-religiosos, neorrománticos y mítico-indigenistas. El subconsciente también fue un tema de exploración. Fue frecuente el sincretismo de varios rasgos en un solo autor. Los altos méritos de la obra poética de Francisco Matos Paoli (1915-2002) rebasaron los confines insulares. Este autor, nominado para el Premio Nóbel de Literatura (1992), comenzó la renovación lírica del 1945 con dos poemarios de inquietudes místicas y estéticas: Habitante del eco y Teoría del olvido, ambos de 1944. A través de su poética, también denunció los males de la sociedad isleña como se destaca en Cancioneros (1970).

Entre los poetas más destacados de la Generación del 45, cabe mencionar al grupo de los trascendentalistas. Surgieron, según su manifiesto de 1948, como reacción al cientificismo burgués y al materialismo. Este movimiento propuso “elevar al Hombre a un plano de alta espiritualidad, sin olvidar su realidad humana”. Se observó en este grupo una especie de existencialismo cristiano. Lluch Mora (1924-2006) se reveló inicialmente como poeta neorromántico, pero tras el fallecimiento de su hijo cambió dicha orientación erótica para plantearse el problema de la muerte tal como refleja en su libro Del barro a Dios (1954) y la elegía Canto desesperado a la ceniza (1955). Luego regresó a la poética optimista de gusto por la vida, pero quedó un sedimento de pausada reflexión. De esta época es también su Canto a Yauco (1956).

Félix Franco Oppenheimer, voz poética densa, angustiada y mística, se centró en su poemario El hombre y su angustia (1950) en la problemática del ser humano ante su ser y su destino. En sus últimos libros, muestra un creciente espíritu de religiosidad y humanismo. Su cima poética la alcanzó con Estas cosas así fueron. Jorge Luis Morales (1930-1997) se inició como poeta con Los versos de Metal y piedra (1952) de factura surrealista. La obra posterior mostró sentimientos religiosos y una reinterpretación estética de la naturaleza. Con Los ríos redimidos (1969) obtuvo el primer galardón en el Encuentro Mundial de Poetas (México, 1968). Otra cumbre en la trayectoria poética de Morales lo es su Discurso a los pájaros (1966).

Entre las voces del parnaso femenino del 1945 sobresale Violeta López Suria (1926-1994). Sus versos iniciales, recogidos en Gotas en mayo (1953), muestran una inclinación por lo infantil, diminuto y tierno. Posteriormente, su poética se centró en la complejidad de su mundo anímico y en su visión madura de las cosas, inspirada en el recuerdo, el paisaje, el dolor de la patria, Dios y la muerte. Además, trató temas como la inquietud social en La piel pegada al alma y el amor, en poemarios como En un trigal de ausencia, Poemas de la yerma virgen y Amorosamente. De su cosecha más reciente lo fue su obra Polvorín de Santa Elena (1992). Otros poetas de esta generación…

Teatro

La dramaturgia insular correspondiente al 1945 siguió las pautas de importantes figuras del gran teatro europeo y estadounidense. En el arte de la representación, fraguado en la época de posguerra, operaron influjos que procedían del Neonaturalismo, Superrealismo y Existencialismo. Además de aprovechar los recursos técnicos vigentes del teatro mundial de la época, los autores isleños utilizaron novedosas formas de escenografía y luminotecnia. Respecto del estilo, evolucionaron desde el realismo social de los treinta, hacia el realismo poético. Después de 1958, surgió una tendencia ligada a la problemática de la esencialidad puertorriqueña en equilibrio entre lo autóctono y lo universal.

En la historia del teatro local, es René Marqués (1919-1979) el autor de más alto relieve en la dramaturgia moderna. Su nivel de creación complejo y maduro, le permitió logros de maestro en el manejo de los recursos teóricos, imprimiendo fuerza trágica y genio poético a la expresión literaria. Entre sus obras más importantes se encuentran La carreta; Los soles trucos y Mariana o El alba. El otro gran dramaturgo lo fue Francisco Arriví (1915-2007). Su primera etapa se caracterizó por motivaciones universalistas, como en el drama María Soledad (1947). En una segunda época, se encaminó hacia planteamientos sobre la historia y conducta colectiva puertorriqueña, rastreando sus cimentos étnicos y culturales. Así se observa en piezas como Bolero y plena (1956), Sirena (1959) y su obra maestra, Vejigantes (1958). Otros dramaturgos del 45

Ensayo

René Marqués, portavoz de esta generación, trabajó en su ensayística la esencia cultural, social y política isleña, ofreciendo un cuadro panorámico de la problemática moral y ética. Fue su libro Ensayos (1972), de la misma línea de Pedreira, así como El puertorriqueño dócil (1960). José Luis González, en su obra El país de los cuatro pisos y otros ensayos (1980) expone que en el desarrollo cronológico del medio insular se han sobrepuesto cuatro “pisos” que integran diversas fuerzas de formación cultural. Sus escritos se desarrollan desde un pesimismo existencial —propio de su generación— que desemboca luego en el optimismo, característica de la Generación del Sesenta.

Otros ensayistas abordaron el tema de la esencia de lo puertorriqueño desde una perspectiva histórica. Entre éstos, se encuentra Eugenio Fernández Méndez, quien la interpretó desde una mirada antropológica; Salvador Tió y Ricardo E. Alegría, este último define científicamente los perfiles e ingredientes de la identidad isleña. Manuel álvarez Nazario (1919-2001) llevó a cabo una colosal obra de investigación histórico-lingüística acerca del español puertorriqueño a través de sus libros publicados desde 1957 a 1992. Su propósito fue esclarecer los diversos ingredientes culturales de la expresión insular. Sus investigaciones fueron recogidas en Historia de la lengua española en Puerto Rico (1992), primer libro de su clase en Hispanoamérica. Otros ensayistas importantes de esta generación

Revista Guajana

Revista Guajana

El pensamiento marxista, a raíz de la Revolución Cubana, constituyó un factor determinante para el desarrollo de la ideología político-literaria izquierdista que sustentó la nueva generación de escritores insulares. Estos propusieron un nuevo concepto estético apoyado en propuestas de intelectuales socialistas y en las de autores politizados iberoamericanos, así como en las ideas del Boom hispanoamericano.

Los escritores del sesenta promovieron el cultivo de una literatura de compromiso político y social, obligada con las causas de la independencia nacional y del socialismo. La literatura pasó a ser un arte para el pueblo opuesto al concepto de “arte por el arte” o “arte burgués”. Los autores comenzaron por desacralizar la lengua y los elementos narrativos tradicionales y por desacreditar las estructuras sociales, resultando en una literatura de espíritu crítico.

Poesía

La innovación poética de esta generación tuvo sus inicios en la revista literaria Guajana, fundada en 1962 por universitarios riopedrenses. La publicación, la cual materializó una revolución poética, se caracterizó por el verso politizado y comprometido con la independencia de la Isla. Además, se declaró antiburgués y solidaria con la clase obrera y los marginados. Figuraron en Guajana importantes poetas entre los que se destacaron José Manuel Torres Santiago, Vicente Rodríguez Nietzsche y Andrés Castro Ríos. Nutrida de las teorías estéticas e ideológicas del marxismo, será la poesía de Hugo Margenat el punto de partida de la lírica rebelde y combativa insular.

Esta generación echó mano del habla coloquial de acentos populares y de la expresión beligerante. Sus cultivadores prefirieron el verso libre, la décima y la copla, éstas últimas de arraigo tradicional hispánico. Otra publicación importante lo fue Mester, fundada en 1967. Del núcleo de poetas integrantes de la revista fue el principal Ruscalleda Bercedóniz. Su verso manifiesta inquietudes sobre los problemas de la patria y la sociedad. Al comenzar la década del setenta, apareció el cultivo del verso feminista, de veta autobiográfica, confesional y testimonial que busca el ser interior y de la circunstancia histórico-social. Alejadas del intimismo de la poesía del 30 y del 45, estas poetas se encaminaron hacia un decir lírico, en el que se conjugan la lengua cotidiana, la expresión ‘desacralizadora’ y el lenguaje poético de acentos barrocos (así en Rosario Ferré, Fábulas de la garza desangrada). También, se cultivó en los versos la comunicación hermética de notas surrealistas (como en El sombrero de Plata de Olga Nolla, y en Razón de lucha, Razón de amor de Magaly Quiñónez), el lenguaje de nota criolla fundida con la expresión erótica (como en María Arrillaga y Loreina Santos Silva) y algunas expresiones míticas (como en Monólogos a la intemperie de Mili Mirabal).

Narrativa

La narrativa del 1960 experimentó una rápida transformación a partir de 1971 al incorporar las pautas del relato hispanoamericano del Boom, introducidas en la Isla por Manuel Ramos Otero, Tomás López Ramírez, y Carmelo Rodríguez Torres. Con el deseo de redescubrir su idioma, esta generación impulsó una ruptura lingüística, y se apoyó en el Barroco, el Surrealismo, el Simbolismo, el Existencialismo. Además, rompió con la forma lineal de la narrativa, e integró la fantasía, el mito, la parodia, el humor y la música. Un nuevo giro en la cuentística que a la par que marca el inicio de la importancia de la mujer como narradora en Puerto Rico, lo establece Rosario Ferré (n. 1938) con la publicación de Papeles de Pandora (1976), cuaderno de cuentos y poemas que presentó la decadencia moral de la burguesía del País. Además, se enfocó en la opresión y explotación de la mujer, sometida a un orden de valores masculinos.

Ana Lydia Vega (n. 1946), en colaboración con Carmen Lugo Filippi, publicó Vírgenes y mártires (1981), testimonio crítico de aspectos de la vida social puertorriqueña, seguido luego, de su sola pluma, por Encancaranublado y otros cuentos de naufragio (1983) y Pasión de historia (1987). En éstos, conjuga el habla urbana populachera y vulgar, el “spanglish” y el feísmo expresivo. Es este lenguaje matizado por la sátira, el humor, el tono lúdico y lo grotesco lo que caracteriza su obra. En su libro, Falsas crónicas del Sur (1991), cambió su estilo por una expresión culta y poética aunque integra la lengua popular.

Olga Nolla (n.1938) publicó en 1990 el libro Por qué nos queremos tanto. Estos relatos emparientan con los de Rosario Ferré en cuanto al enfoque del ambiente y problemas de la clase burguesa, pero se diferencian por el estilo personal de cada una de estas escritoras. La renovación novelesca del 1960 comenzó con la novela corta Veinte siglos después del homicidio (1971) de Carmelo Rodríguez Torres, manifestación plena del Boom hispanoamericano en la Isla. Reaparecen en esta pieza la isla de Vieques, el negro y la dimensión mítica. El relato posee un lenguaje poético conjugado con uno grosero. Sin embargo, en Este pueblo no es un manto de sonrisas (1991), se alejó Rodríguez de su estilo anterior, integrando el habla coloquial con profundo contenido poético.

Edgardo Rodríguez Juliá (n.1946) introdujo el tema histórico en la narrativa puertorriqueña contemporánea. Así en las novelas que titula La renuncia del héroe Baltasar (1964) y La noche oscura del niño Avilés (1984), escritas ambas en un barroquismo caribeño. Luis Rafael Sánchez (n.1936) abrió una nueva ruta en la historia del relato local con La guaracha del Macho Camacho (1976), en la que emplea expresiones coloquiales, populacheras y vulgares, con los que retrata el feísmo social. Permea, además, en toda la novela el humor que va de lo lírico a lo grotesco.

Otros cultivadores del género novelesco de la Generación del 60 lo son: Rosario Ferré (n. 1938) — autora de Maldito amor y La batalla de las vírgenes — Mayra Montero, Manuel Ramos Otero y Tomás López Ramírez, Jorge M. Ruscalleda Bercedóniz, Roberto Cruz Barreto, Iris Zavala, Jaime Carrero y Ramón Felipe Medina.

Teatro

Los dramaturgos de la Generación del Sesenta prosiguieron la renovación ya establecida en el medio isleño desde los finales del treinta. Se dio una ruptura respecto del realismo poético que los precediera, valiéndose de la incorporación de técnicas de vanguardia. Aprovecharón los recursos que toman del teatro épico brechtiano, de la Commedia dell”Arte, así como influencias que derivan del anfiteatro de Luigi Pirandello y del teatro del absurdo. Corresponde a Luis Rafael Sánchez figurar también como el dramaturgo más destacado de su generación. La pasión según Antígona Pérez, y Quíntuples, son las realizaciones teatrales de mayor valor artístico de este autor. (1984) Otros autores de esta generación lo son: Myrna Casas, Jaime Carrero, Luis Torres Nadal, Walter Rodríguez, Juan González y Jacobo Morales.

Una segunda promoción de dramaturgos de esta generación inició el nuevo teatro popular puertorriqueño, cuyo propósito fue concienciar sobre los conflictos fundamentales del País. Se fundaron diversos grupos teatrales como El tajo del alacrán, Moriviví y Anamú, cuyas piezas mostraban un entrecruce de lo tradicional y el espíritu de vanguardia, apoyados en el teatro brechtiano. Sus espectáculos eran representados en barrios, caseríos, calles, plazas, centros comunales, etc. Sobresalen en este quehacer Lydia M. González y Pedro Santaliz.

Ensayo

La ensayística del 60 se dio a la crítica abierta de la sociedad. A la luz de ideas marxista, se exaltó el criollismo cultural con especiales empeños de revitalización de las raíces indígenas y africanas. En relación con la crítica literaria, los ensayistas se basaron en los criterios historicistas y en los nuevos conceptos e ideas de teóricos como George Lukács, Herbert Marcuse, Lucien Goldmann, Roland Barthes. Entre los ensayistas dedicados a la crítica literaria, los más destacados fueron: Arcadio Díaz Quiñónez, José Ramón de la Torre, Rosario Ferré, Efraín Barradas y Luis Rafael Sánchez. Otros ensayistas del sesenta cultivaron temas sobre preocupaciones políticas y sociales, entre ellos Manuel Maldonado Denis, Juan A. Silén y Edgardo Rodríguez Juliá. Otros ensayistas puertorriqueños de la Generación del Sesenta…

Olga Nolla (1938-2001) y Rosario Ferré (n.1938)

Olga Nolla (1938-2001) y Rosario Ferré (n.1938)

Los nuevos escritores tomaron como obligación denunciar, criticar e ironizar sobre los males sociales de su tiempo. Elevaron en consecuencia a categoría estética anécdotas diversas de la vida cotidiana.

Poesía

Al amparo de las ideas de Nicanor Parra (poeta chileno), la poesía se inspiró en la condición humana, en el suceder cotidiano y en la solidaridad y compromiso con el prójimo y la patria. La poesía se identificó con fundamentos telúricos, con la búsqueda del ser nacional, de sus raíces y el pasado indígena. Esta lírica se forja en actitudes procedentes del neorromanticismo. El lenguaje reveló preferencia por el decir cotidiano de expresión realista, directa y explícita, sin excluir la nota de delicadeza y profundidad apoyada en el sentimiento. De otra parte, no impide ello rasgos de un decir desacralizado, herencia de la generación anterior.

José Luis Vega (n. 1948) — señalado como el poeta de más altos méritos en su generación— inició la renovación lírica. En la serie de artículos óptica de la poesía, expresaron Vega y algunos compañeros la necesidad de lograr una poesía que diera cabida a todas las modalidades de la poesía puertorriqueña contemporánea. Vega comenzó con una lírica de acentos neorrománticos que avanzó hacia manifestaciones de creciente realismo humano, según lo demuestran sus obras Las natas de los párpados (1974), La naranja entera (1983) y Tiempo de bolero (1985). Otros poetas importantes de la Generación del 75

En el grupo de la poesía femenina de esta generación figuran Aurea M. Sotomayor (n. 1948); Vanessa Droz (n. 1952); Elsa Tió (n. 1951); Etnairis Rivera (n. 1949); Dalia Nieves Albert (n. 1948); Luz Ivonne Ochart (n. 1949) y Lilliana Ramos Collado (n. 1954).

Narrativa

La nueva narrativa del 75 presentó las preocupaciones de los valores de la clase media urbana, expresada en narraciones al estilo del realismo cotidiano que cultivan Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno y Salvador Garmendia. Otra diferencia fundamental que marca el relato del 75 tiene que ver con el manejo del lenguaje, ya que estos escritores prefieren el empleo de la expresión de la burguesía media con matices coloquiales. Se presenta el mundo de las urbanizaciones, se enfoca en personajes jóvenes y en la mujer como protagonistas.

La figura literaria más destacada de esta generación en la narrativa lo fue Magali García Ramis (n.1946), quien con su libro de cuentos La familia de todos nosotros (1976) abrió nuevos cauces por la novedad temática como por el tratamiento de la misma. En estos seis relatos se presenta la imagen colectiva de la vida insular de tiempos modernos en las grandes urbanizaciones de clase media. También se inspiraron en este mundo urbano Edgardo Sanabria Santaliz (n. 1951) y Juan Antonio Ramos (n. 1948). Otros cuentistas de la esta generación…

En el campo de la novela, Magali García Ramis comenzó con Felices días, Tío Sergio (1986) el cultivo de un realismo cotidiano que ya había puesto en boga diez años antes con sus cuentos. Es ésta una crónica de la vida de una familia de clase media de Santurce en los años cincuenta y sesenta. El relato integra armoniosamente hechos históricos en el acontecer del momento. Otro novelista importante de esta generación lo es Edgardo Jusino Campos (n.1951), autor de Los reptiles incautos, El más azul de todos tus príncipes y de Cita para la fiesta. También Juan Antonio Ramos (n. 1948), antes visto como cuentista, aborda la novela con la obra Vive y vacila (1986).

Teatro

Con el nuevo teatro de esta generación se produjo un nuevo realismo en profundidad que tiene su origen en las influencias de los grupos del Teatro Popular. Es Roberto Ramos Perea (n.1959) el autor dramático más representativo y sobresaliente de su generación, autor de Malasangre y Miénteme más. Otra figura importante lo es Carlos Canales (n.1955) autor de por La casa de los inmortales (1986), pieza que penetra en el mundo de la fantasía y el misterio. Esta trae el tema de la reencarnación, sin que se dé por ello una ruptura total con el realismo social. Otros dramaturgos importantes

Ensayo

Los ensayistas del 75 compartieron las mismas inquietudes de la generación anterior: el problema político del País, la identidad cultural criolla, el estado de descomposición general de la vida en el ámbito colonial isleño, la conciencia de clases, la justicia social, la enajenación de las masas, la mujer en la sociedad y la crítica literaria. A los trabajos de análisis literario pertenece gran parte del caudal ensayístico dentro del que se destacan: José Luis Vega y Ramón Luis Acevedo, autor del libro Del silencio al estallido: narrativa femenina puertorriqueña (1991).

Por otro lado, fueron significativas las obras de José Ramón Meléndez, autor de Poesíaoi: antología de la sospecha (1978); Ivette López Jiménez, autora del ensayo El cuento al día; Roberto Ramos Perea, autor de Perspectiva de la nueva dramaturgia puertorriqueña (Ensayos sobre el nuevo teatro) (1989) y Edgar Heriberto Quiles Ferrer quien publicó Teatro puertorriqueño en acción (1990).

Abundaron también los escritores jóvenes que se dedicaron a la crítica literaria: Salvador Villanueva, Reinaldo Marcos Padua, José M. Encarnación, Lilliana Ramos Collado y Aurea María Sotomayor, etc. Otros ensayistas van más allá de la consideración de los fenómenos literarios: Juan Flores, autor de Insularismo e ideología burguesa; Juan G. Gelpí, autor de Literatura y paternalismo en Puerto Rico y José Luis Méndez, autor de Para una sociología de la literatura puertorriqueña (1983).

El ensayo sobre inquietudes sociales y políticas encuentra estudiosos con Yamila Azize, autora de Luchas de la mujer en Puerto Rico: 1898-1919 (1979) y Ricardo Alegría, quien escribe ¿Democracia en la dependencia? (1982). Entre otros autores con trabajos publicados cabe nombrar los siguientes: Angel G. Quintero Rivera, Patricios y plebeyos: burgueses hacendados, artesanos y obreros (1988) y Fernando Picó, quien escribe Al filo del poder (1993).

El nuevo siglo anuncia nuevos formatos, influencias y voces que cultivan la literatura desde el taller, el mundo cibernético y el ámbito editorial.

Este artículo fue adaptado para formato electrónico por el equipo editorial de la EPR. El mismo fue publicado anteriormente en el libro Historia y Cultura de Puerto Rico Desde la época colombina hasta nuestros días. Alegría Ricardo y Rivera Quiñones Eladio editores, Fundación Francisco Carvajal, Ediciones Puerto, 1999.
Autor: Josefina Rivera
Publicado: 15 de septiembre de 2014.

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