Evaristo Ribera Chevremont

Evaristo Ribera Chevremont

Evaristo Ribera Chevremont fija su relación de respeto, amor y servidumbre a la poesía desde la introducción al primer libro –Desfile romántico- publicado en 1914. En las “Palabras iniciáticas” adelanta su ideario poético, de artista de vocación consagrado a la poesía, la asemeja a un culto sagrado y misterioso. Al igual que Juan Ramón Jiménez y Francisco Matos Paoli, entre otros, sus entusiasmos alientan una especie de misticismo poético en el que la poesía es la medida de todas las circunstancias humanas, con esencia de eternidad.

Para él, la poesía se apoya en la sinceridad y en la verdad; en la búsqueda y develación de la belleza. La misión del poeta es para él, crear objetos bellos y regenerar ideas, penetrando a la vez en el corazón secreto de las cosas. La busca constantemente como cosa esquiva y la halla fácilmente como objeto próximo. El mar, el árbol, la estrella, todo es motivo de inspiración. La halla de manera particular en sí mismo, como confiesa tantas veces. Es un río volcado: “río que está en mí sin orilla; río que se vuelve mar y mar que se vuelve río”. La poesía como plenitud: un estado de gracia.

No concibe al poeta fuera de una atmósfera de pureza; él, personalmente, gusta de la soledad, del paseo meditativo y motivador, abierto a la naturaleza; al diálogo con la luz y los colores, al encuentro consigo mismo. No es, sin embargo, un evadido de la realidad. Entiende claramente cuál es la función social que le corresponde: el poeta entraña todos aquellos valores que informan el código de la humanidad, el cual lo mueve a hacer su obra y su vida, y son para pueblos y razas la expresión de su alma y su pensamiento. Muchos de los poemas de El hondero lanzó la piedra y de Barro atestiguan este sentido humano y colectivo de su mensaje. Le acompaña una intención moral. La poesía, en fin de cuentas, “no importa cuál sea su orientación, implica una exaltación de los valores humanos”.

Con su extensa obra, escrita en prosa y en verso, Ribera Chevremont (1890-1976) interviene en la vida cultural de Puerto Rico durante más de cinco décadas. Es, ante todo, poeta, con 28 libros publicados, más cinco antologías y dos volúmenes de Obra poética (reunión de 21 libros). Se destaca también, por la producción periodística y de carácter crítico obra dispersa aún en periódicos y revistas.

Su poética no es estática; evoluciona a través del tiempo. Es versátil, se adapta a diversos estilos, se expresa en variadas formas, se ajusta además, al crecimiento interior del poeta. En los dos primeros libros (no incluidos por él en Obra poética) hay algunos signos del espíritu romántico, por el aliento impetuoso, carencia de mesura en el tono y en el lenguaje; idealización de personajes y la consiguiente sublimación del poeta –héroe y visionario. Irrumpe, casi a la par, la actitud esteticista distintiva del modernismo, el interés por los elementos pictóricos, preferencia por los objetos preciosos y algunas muestras de versificación novedosa. Algunas de las notas esenciales del modernismo presentes en su obra son la valoración de la palabra y la atención prestada al estilo, junto al deseo de plasmar un arte puro; la voluntad de ser artista universal, la preferencia por motivos bellos, la convicción de estar en el oficio de poeta, segregado, consagrado a su arte. El sentido general de El templo de los alabastros es la presentación de un mundo de belleza.

Poco después en otra etapa, evidencia un gran entusiasmo por las vanguardias, concordando con el espíritu que en las primeras décadas del siglo agita y transforma la literatura, el arte y el pensamiento. Indaga y experimenta; difunde las nuevas ideas y produce, a la par, una obra de renovación. Se convierte –como afirma Carmen Irene Marxuach- en el más insistente pregonero de la revolución poética en las letras puertorriqueñas y abrió nuevas perspectivas estéticas adecuadas a los cambios suscitados en su época.

De esta etapa es El hondero lanzó la piedra, libro fundamental de su poética, imagen cabal de la verdadera revolución poética a principios de la década del ’20, quedó inédito hasta 1975. Es novedoso por los temas, por el tono y el lenguaje, porque “la visión de un nuevo espíritu en un nuevo mundo estaba en mí” y porque desea penetrar en lo más palpitante:

“la cuestión no es decir algo, sino apuntar a algo. Llevar la poesía de lo real a lo ideal hasta donde le sea posible alcanzar. Lanzar piedras más allá de mí mismo; más allá, no para herir la superficie de las cosas, sino para tratar de penetrar en el mundo de lo inaccesible y agarrar el secreto contenido en cada cosa, en lo intestable; el secreto que hay en todo lo irrevelado”. (El hondero…p.XIV)

Desea con viveza y convicción ampliar los horizontes poéticos: “¿por qué he de constreñir mi canción, cuando mi corazón pide una anchurosa vía para el vuelo del decir sin límites?” (p.86) Está con la juventud intelectual que en todos los países se esfuerza en alcanzar una belleza nueva, en descubrir nuevos aspectos a las cosas; rompe con normas y orientaciones precedentes: la versificación regular, la poesía descriptiva, los temas exóticos, ciertos aditamentos ornamentales o convencionales y la imitación de los grandes modelos:

“Estamos asistiendo a una revolución lírica que destruirá todo lo que hasta aquí se ha hecho… matemos a los trovadores de laúd… a los que siguen pegados a la ubre de Rubén Darío… Desliteraturicémonos para caer en la naturaleza. Matemos al cisne y al ruiseñor…” (Puerto Rico Ilustrado, 2 de agosto de 1924).

Lanza su grito de ruptura con el pasado y de apertura hacia el porvenir, como se evidencia en el “Llamamento” a los “estudiantes de Puerto Rico” Les propone “una nueva poesía trazada con perfiles extraños de extraño psiquismo” y les incita a buscar “en la nueva alma humana la clave profunda y mágica del nuevo arte que está conmoviendo al mundo”. Se expresa con firmeza. Tiene conciencia del papel que le corresponde en las letras puertorriqueñas como guía y enlace con los movimientos europeos de vanguardia. Sin embargo, hombre estricto, independiente y enemigo de toda estridencia, no se identifica con ninguno de los grupos.

Con el libro Color, (1938), se augura en su obra una nueva etapa literaria, aunque con raíces en la anterior, ahora más interesada por la naturaleza. No buscando en ella lo pintoresco, sino “el empeño de un arte de consistencia”. Explica:

“La naturaleza de mi país se me impuso con un vigor que yo no sospechaba… consciente de que la belleza residía tanto en las cosas como en el hombre, y de que lo objetivo y lo subjetivo se confundían en toda obra de belleza…escribí” (Color, p. 27).

En este libro, según José Emilio González, cuaja definitivamente su poesía; estableciendo con él un punto culminante. Ha llegado a la madurez, confirmada por Tonos y formas, libro del mismo año, elogiado por Concha Meléndez por su perfección formal. Ella destaca del libro los temas del amor, la naturaleza, su estética, la faz moral del cantor, su anhelo y la lengua en que todo se comunica: contenida, diáfana, como labrada en cristal de roca.

A otro momento distinto pertenece el libro Barro (1945) que el autor considera como un alto en el camino, pero que representa más bien un retorno a la realidad social, a ciertos aspectos de la humanidad triste, tratados veinte años antes en El hondero lanzó la piedra. El barro es su imagen: “el barro, el hambre y el hombre –dice el poeta- se agruman en los caminos”.

Con Verbo (1947) retoma el rumbo hacia la poesía esencial iniciado en Tonos y formas, y continuado en La hora del Orífice, orientándose hacia la vida interior, en búsqueda de la luz y la infinitud de la belleza. Retoma una dirección que mantendrá con firmeza –aunque no uniformemente- hasta el final de su creación, y que tiene como referencias más destacadas: Punto final, El semblante y Río volcado.

Adaptado de:

De la Puebla, M. Evaristo Ribera Chevremont: “la poesía es mi vida”. Mairena: Veinte poetas puertorriqueños del siglo XX, p 23-33, Año XX No. 45-46, 1998. San Juan.
Autor: Grupo Editorial EPRL
Publicado: 15 de septiembre de 2014.

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