¿Qué une a los puertorriqueños?

¿Qué une a los puertorriqueños?

Esta serie de ensayos tratan sobre temas que, la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades entiende, sirven al pueblo puertorriqueño como elementos de cohesión social. Su propósito es proponer una amplia conversación sobre los mismos. Los elementos examinados por los autores de los ensayos son la identidad, la tradición democrática, la gastronomía, la música, el sentimiento religioso y el deporte. Cada ensayo plantea la perspectiva de su autor sobre la manifestación de estos elementos en la sociedad a través del crisol de los valores que comparten los puertorriqueños. Estos trabajos representan la base textual de las conversaciones llevadas a cabo en los programas de televisión y radio que acompañan a este libro.

En el proyecto ¿Qué une a los puertorriqueños?, se destaca la necesidad de identificar elementos socialmente distintivos que expresen un consenso. Se considera que los consensos, entre otras cosas, pueden facilitar el que se conjuguen condiciones que viabilicen una mayor cohesión social, así como el fortalecimiento de los procesos democráticos.

Se espera que este intercambio permita resaltar aquellos valores en los cuales los puertorriqueños pueden coincidir a pesar de diferencias ideológicas, económicas o sociales. Se valoriza una conciencia de afinidad para generar una unión de propósito colectivo que posibilite el éxito de proyectos alternos que beneficien todos los sectores de esta sociedad. La iniciativa de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, el patrocinio del Programa We the People del National Endowment for the Humanities y la participación del Sistema Universitario Ana G. Méndez para realizar esta labor de aclaración de valores compartidos representa un esfuerzo de vital importancia para explorar, investigar y profundizar en asuntos contemporáneos internacionales, como la globalización y el multiculturalismo. Por otro lado, permite examinar y afrontar otros asuntos presentes locales como la tribalización política, la violencia social y la desconfianza ciudadana hacia personas e instituciones. Se espera que este proceso de aclaración haya servido también para visualizar la posibilidad de pensar y crear un futuro alterno insular.

Para desarrollar los textos fueron seleccionados especialistas, investigadores y creadores que aportaron sus ideas con el propósito de inducir a un diálogo público alejado de frases e ideas trilladas y coreadas rutinariamente con exigua reflexión. Estos ensayos, y los programas en radio y televisión que los acompañan, servirán de recurso para contribuir a una comprensión de la experiencia de Puerto Rico y su gente en el contexto de su historia en su estrecha relación con la historia de los Estados Unidos de América y de España. El contexto social e histórico que enmarca la lectura de los ensayos incluye, entre otros temas, la expansión del estado liberal, la movilización de las minorias –comenzando con la afroamericana–, la liberación sexual, la liberación femenina, las batallas contra la pobreza, y la multipolaridad mundial.

En este libro, se inicia una conversación donde surgen los siguientes temas de argumentación: la diferenciación de los puertorriqueños como etnia ante la inminente posibilidad de una uniformidad mundial cultural, la globalización económica, los cambiantes paradigmas políticos y las migraciones masivas; la preferencia por los procesos democráticos como vehículo para la resolución de conflictos políticos; la inclinación hacia la producción y el consumo de productos nativos y el desarrollo de una gastronomía criolla; el gusto por la expresión musical como síntesis de múltiples herencias culturales e historias sociales; la adaptación de diversas maneras de expresar el sentimiento religioso; y, el uso de símbolos políticos formales para celebrar colectivamente los triunfos deportivos. Los autores proponen explicaciones sobre algunos elementos socialmente compartidos en Puerto Rico, proveen claves para iniciar un diálogo en cuanto al sentido de unidad que pueden proporcionar cada uno de los valores que se derivan de los mismos y sirven de ejemplo para continuar una búsqueda que identifique otros valores que puedan reflejar un consenso social.

¿Qué une a los puertorriqueños?

¿Qué une a los puertorriqueños?

En el ensayo El Laberinto de la identidad, Roberto Gándara dilucida los problemas que plantea a nuestra diferenciación como etnia la posibilidad inminente de una uniformidad mundial cultural, la globalización económica, los cambiantes paradigmas políticos y las migraciones masivas. También plantea, como le sugiere el escritor alemán Günther Grass, la posibilidad de la coexistencia de dos definiciones del concepto identidad; estas son: la identidad política nacional y la identidad cultural. Ambos autores coinciden en que una no responde a la otra. Siguiendo el planteamiento de Grass, Gándara subraya el valor de la identidad cultural como uno predominante para los puertorriqueños, no importa el lugar donde residan. Como ejemplo él destaca en su ensayo: “Es harto conocido el empeño que generalmente ponen los individuos y las familias puertorriqueñas que emigran a Estados Unidos, por mantener símbolos identitarios que los aten emocionalmente con su cultura de origen. Además de privilegiar la proximidad física de lugares de convivencia y diversión, se valora de forma obsesiva el idioma, las costumbres familiares, el arte popular, en especial la música, y la gastronomía, elementos que se convierten para la diáspora en ataduras de identidad cotidianas.” La situación aquí citada no es exclusiva de los puertorriqueños de la diáspora porque también se observa entre los puertorriqueños insulares de diferentes tendencias políticas, clases sociales, razas y géneros, así como en otras etnias.

En La tradición democrática en Puerto Rico, Luis González Vales muestra la predilección de los puertorriqueños por utilizar procesos democráticos como vehículo para expresar sus preferencias sobre la dirección a seguir en el gobierno del país. El autor aporta a la conversación sobre los elementos de cohesión social una breve historia sobre la participación de los habitantes de la Isla en procesos políticos a partir de 1809. Entre otros, llama la atención a la evolución del término votante en los pasados 200 años y al interés por otorgar voz a las minorías con la Ley 83 de 1912. Destaca el uso de las candidaturas independientes desde 1928, y el constante incremento en las tasas de participación en las elecciones generales de la Isla. El autor también subraya la forma ordenada mediante la cual la mayoría de los puertorriqueños participó en la elección de los miembros de la Asamblea Constituyente para la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico en 1952, y el comportamiento conciliador de los miembros de la misma a pesar de representar preferencias políticas divergentes. González Vales propone como una constante en nuestra vida de pueblo “… la tendencia marcada de los puertorriqueños de preferir el camino de la legalidad como medio para lograr cambios significativos en las estructuras de gobierno unido a un rechazo casi universal al uso de la violencia para dichos fines.”

Magali García Ramis trabaja el tema de la alimentación en Al son de la lata baila el chorizo: Estampas del comer boricua. En este ensayo expone nuestra inclinación por los productos nativos y su elaboración mediante el desarrollo de una gastronomía criolla. Provee un recuento de cómo se fue estructurando el recetario puertorriqueño. Según afirma: “Desde los albores históricos de nuestro quehacer culinario tenemos alimentos que llegaron de otros lugares.” También menciona algunos ingredientes excluidos (“…iguanas, no…”) por no responder a la idiosincrasia de los nuevos grupos migrantes que fueron arribando e integrándose culturalmente en el transcurso de la historia de Puerto Rico. Mediante el ejemplo de la evolución de nuestra gastronomía, García Ramis provoca una reflexión sobre el proceso de construcción de la cultura puertorriqueña. La autora propone como elemento de cohesión social la criollización de platos culinarios a base de recetas e ingredientes adaptados a la realidad agrícola y comercial puertorriqueña. ¿Qué es para ella comer en puertorriqueño? Pues, comer “… el matrimonio perfecto… el arrocito blanco … con la habichuela colorá, … el grano icónico oriundo de la China y traído por España, mezclado con el grano rojo gustoso cuyos orígenes se disputan México y Perú, llegados ambos de afuera, pero apropiados por nosotros…”.

En su ensayo La música puertorriqueña como “terreno común” para intercambios, negociaciones y proyectos compartidos, Angel G. Quintero propone el gusto del puertorriqueño por la expresión musical como elemento integrador de múltiples herencias culturales y niveles sociales. Utiliza como ejemplo para ilustrar el proceso de criollización musical, la integración del lenguaje rítmico africano al de otras herencias musicales que convergen en Puerto Rico. Al hacerlo, coloca la música afroboricua en un lugar privilegiado porque presenta ésta como la piedra angular de la música puertorriqueña. Describe también la cultura puertorriqueña como una caribeña, dinámica y creativa, así como cimarrona, a la que los pobladores españoles impusieron una división social fundada en una jerarquía racial. Según él estima, socialmente esa división no tuvo el arraigo deseado por la etnia hegemónica. También observa en la música la manifestación de un cimarronaje cultural y la valorización de la heterogeneidad por medio de la inclusión de variadas raíces culturales en su propio lenguaje musical. Además, considera la inclusión una característica de la cultura isleña, aunque reconoce la existencia de luchas y negociaciones durante el proceso de integración de los diferentes lenguajes musicales. En El Gíbaro de Manuel Alonso, una de la primeras obras literarias puertorriqueñas escrita en el siglo XIX, Quintero percibe una lucha entre lo blanco hegemónico y lo negro marginado. Para evidenciar esta lucha rescata del olvido colectivo dos clasificaciones de la música popular local presentes en la obra de Alonso: música para bailes de sociedad y bailes de garabato. Establece la exclusión de los bailes de bomba mulatos porque no eran, según Alonso, comúnmente aceptados.

Quintero nos informa que estudios actuales contradicen esta percepción de Alonso ya que se ha logrado identificar el uso de toques de bomba en ambos bailes populares blancos. A pesar de la llamada lucha entre lo español y lo africano, el lector puede concluir que ni los bailes de blancos son ya exclusivamente españoles, ni los bailes de negros y mulatos son ya bailes exclusivamente de africanos. Ambos en ese momento son bailes de Puerto Rico, bailes criollos. Quintero concluye su ensayo describiendo la música puertorriqueña como caracterizada por una “…tradición cultural inclusiva [que] ha logrado incorporar a nuestras prácticas de creación artística musical y su lenguaje, formas de elaboración sonoras originadas en otras sociedades.”

Marcelino Canino en su ensayo La Religiosidad popular en Puerto Rico y la herencia africana expone una predilección en los puertorriqueños por expresar sus sentimientos religiosos mediante formas de culto no exentas de cierto grado de sincretismo. Como ejemplo, Canino provee un recuento de algunas prácticas religiosas africanas y su mezcla con la religión oficial del estado español: el catolicismo. Le recuerda al lector que los africanos son traídos a la fuerza desde su continente y que resisten la imposición de la cultura oficial mediante el cimarronaje, el cual incluye un sincretismo religioso que facilita disfrazar sus creencias al combinarlas con a las prácticas del cristianismo. El autor provee un número considerable de ejemplos de estas prácticas. Además, ofrece un ejemplo para demostrar que este intercambio no fue unidireccional sino multidireccional, los africanos igualmente hicieron suyas formas externas de religiosidad de otras etnias a tal grado de ser consideradas hoy en día prácticas de origen africano. Tal es el caso del baquiné o ceremonia de entierro de niños o angelitos que según alega Canino, a base de sus investigaciones, es de origen europeo y no africano. En resumen, Canino conduce al lector a concluir que en los diversos sectores y etnias fundacionales del pueblo de Puerto Rico, que integran su sociedad, existe una inclinación a criollizar múltiples prácticas religiosas. Por ello concluye su artículo afirmando que “… el negro fue asimilado forzosamente a la cultura hispánica de las clases dominantes. Adoptaron y adaptaron creencias y prácticas religiosas del catolicismo. Igualmente, a partir de 1898, con la invasión militar estadounidense a la Isla, muchos de los puertorriqueños negros, así como otros miembros de la comunidad mestiza y blanca se afiliaron a los credos e iglesias evangélicas que a partir de ese momento se iniciaron en Puerto Rico.”

En el ensayo Deporte e identidad en Puerto Rico, Félix R. Huertas destaca el uso de símbolos formales colectivos para celebrar los triunfos deportivos. El escrito propone al deporte como una de las fuerzas unificadoras de los puertorriqueños y la identifica como tal a partir de 1930. Presenta una relación entre los triunfos deportivos y el uso de los símbolos políticos formales colectivos –la bandera y el himno de Puerto Rico—como elementos identitarios. Ambos símbolos se declararon oficiales en Puerto Rico a raíz del establecimiento del Estado Libre Asociado de Puerto Rico en 1952. Esta bandera del Estado Libre Asociado tuvo su origen en 1897 como símbolo puertorriqueño en una reunión celebrada en Chimney Hall, Nueva York, por la sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano, presidida por Julio J. Henna. La importancia que tiene el deporte como elemento de cohesión social para Huertas estriba en que “… el deporte se convierte en una especie de vínculo comunitario, en donde la identidad y las experiencias en común emergen o simplemente se desarrollan.” Además, destaca que “Señalar a Puerto Rico como una nación, en términos políticos, siempre ha traído conflictos…” más no ocurre lo mismo si se le clasifica como nación exclusivamente en términos deportivos. Recordemos que Günther Grass afirma que existe la identidad política y la identidad cultural, y que una no responde a la otra. Habría que añadir que, para Huertas, el deporte está estrechamente ligado a la identidad cultural del puertorriqueño.

¿Qué une a los puertorriqueños?

¿Qué une a los puertorriqueños?

En conjunto, estos ensayos destacan unos elementos de cohesión social de los cuales se derivan varios valores compartidos, entre los que cabe destacar: la valorización del terruño, el énfasis en la criollización y la preferencia por la participación democrática.

El tono de todos los autores, indistintamente del tema que traten, refleja un orgullo por lo propio, por la tierra que habitan. Este apego y defensa del terruño se perfila en las acciones de los habitantes de Puerto Rico desde los comienzos de la colonización española, al menos desde 1530. En esta década finalizó la etapa minera de la Isla. Por tal motivo, sus primeros habitantes debieron escoger entre retomar la minería en regiones de grandes yacimientos de metales preciosos como el Perú o permanecer en esta tierra y cambiar su actividad principal por otra que fuera económicamente lucrativa. Un grupo de 330 españoles aceptaron el reto y permanecieron en la Isla. Al así hacerlo sentaron las bases del pueblo puertorriqueño. Como consecuencia de su estadía tuvieron que soportar los embates de los huracanes y reconstruir sus fincas después del paso de varios de estos fenómenos, algunos de ellos azotaron la Isla durante un mismo año.

Esta predisposición a quedarse y conservar la tierra la resume en el siglo XIX Salvador Brau, Historiador Oficial de Puerto Rico, al dirigirse en 1893 al Ministro de Ultramar de España para solicitar autonomía política para la Isla. Brau le recuerda al señor Ministro cómo los habitantes de Puerto Rico resistieron ataques corsarios franceses en 1528, 1538 y 1550, corsarios ingleses en 1595 y 1797 y corsarios holandeses en 1625 mientras otras Antillas Mayores y Menores cambiaban de bandera. Además, destaca, usando como ejemplo el ataque inglés del 1797, la valorización del terruño por parte de los habitantes y la unidad de sus habitantes fuera de líneas ideológicas y sociales con el fin común de expulsar a los corsarios. Expresa su percepción informando al Ministro que el paisanaje de Puerto Rico hizo huir a los ingleses hacia Trinidad “…sin vacilación, blancos y negros, propietarios y esclavos…”.

Este mismo entusiasmo por el terruño lo ilustra el Presbítero Diego de Torres Vargas al escribir, en el siglo XVII la primera historia de Puerto Rico. El escrito demuestra, por primera vez, lo adelantado que estaba en la Isla el proceso de criollización porque Torres Vargas escribe para dar a conocer los logros de los hijos del País. Este impulso por enaltecer el terruño no ha cedido todavía. Continúa vivo en el campo deportivo al enarbolarse la bandera del país ante los triunfos deportivos en eventos internacionales.

Unido a esta valorización del terruño se encuentra el proceso de criollización. Por ejemplo, en lo que respecta al aspecto del sentimiento religioso, cabe citar la explicación de un hecho singular mediante la admisión general de un milagro en la Isla, según los cánones de la religiosidad popular católica de la época. Según el Presbítero Torres Vargas, este evento singular ocurrió en el pueblo de Hormigueros a un hombre a quien se le extravió su hija de ocho años y “… al cabo de 15 días hallaron la niña buena y contenta, y la ropa sana, como cuando se perdió: y preguntándola como había vivido sin sustentarse, dijo que una muger la había dado de comer todo aquel tiempo… de que entendió ser la de misericordia y Virgen de Monserrate…”. Para explicar la aparición de la niña, luego de ser dada por perdida, se recurre al recurso de un milagro realizado por la Virgen de la Monserrate, venerada por los residentes de la Isla.

También, durante este mismo siglo XVII, Damián López de Haro provee un ejemplo de criollización por medio de una de las primeras descripciones de la alimentación puertorriqueña y su agro al afirmar que “… ay arroz en la mesa que lo lleba esta tierra que en muchas partes del mundo no tienen otro pan, no faltan algunos biscochos y una fruta que llaman plátanos de que hay grande abundancia y diferencias en los campos, y es el sustento ordinario…porque los maduros les sirven de pan y frutas y de los verdes asan como allá las batatas o zanahorias, los labradores las cuezen como castañas y hacen muchos guisados de ellos echo en cazuelas morfies, es una comida sana…”.

Según demuestran las actas de los cabildos o asambleas municipales de San Juan y San Germán del siglo XVI, la participación política en Puerto Rico comienza a fraguarse desde comienzo de la conquista española de la isla. Aunque ambos cabildos sólo otorgaban voz y voto a la oligarquía local, hay que reconocer que también consentían, por razón del mecanismo de cabildo abierto o general, la oportunidad de que otros vecinos también participaran en las deliberaciones. La historiadora puertorriqueña Aida Caro Costas, describe que el cabildo abierto: “se celebraba con asistencia de los vecinos más calificados para resolver cuestiones de gran interés para la comunidad.”

En un sinnúmero de ocasiones las actas de ambos cabildos revelan un intento de diálogo y negociación con las autoridades que ordenan a nombre de emperadores como Carlos V. Sus actas exhiben una extensa legislación realizada por iniciativa propia con el propósito de reglamentar asuntos estrictamente locales. Gracias a la tradición existente en los cabildos isleños resulta, por tanto, muy natural la participación de la élite criolla durante el primer régimen democrático español (1809) inspirado en el sistema republicano de la recién independiente república de Estados Unidos. Por otra parte, estos cabildos también reciben con gran júbilo el poder de participar en la elaboración de la primera constitución de España, la de 1812, y de ser cobijados por ella como consecuencia de la aplicación de ésta en la Isla. Hay que destacar que, como resultado de la aplicación de esta constitución, Puerto Rico advino a ser provincia de España, igualándose a las otras de la península ibérica. Esta preferencia por participar pacíficamente en los procesos políticos se prolonga a través de la siguiente centuria. Luis Muñoz Marín, primer puertorriqueño electo gobernador de la Isla, enfatizó esta preferencia haciendo uso de un personaje literario, Nicanor Guerra, real para unos y ficticio para otros. Este personaje, según Muñoz Marín representaba a la gran masa del pueblo puertorriqueño y debía tomarse en consideración al proponer cambios políticos porque temían que los mismos produjeran “…violencia, atropellos y estragos hostiles a toda esperanza de progreso y de justicia a toda la masa del pueblo.”

Los elementos de cohesión social que se han propuesto en este proyecto ilustran una constancia de intereses y de propósitos a través de la historia de Puerto Rico. Los mismos se encuentran representados por algunos valores que, a base de negociaciones y consensos entre sus etnias fundacionales, el pueblo de Puerto Rico ha ido formando desde 1508. En particular se identificó la identidad cultural enraizada tanto en el terruño como en la mezcla étnica, con sus costumbres y formas de hacer. Esta tolerancia por la otredad muestra una forma de estimular la inclusión de todos en una cultura que, en el fondo, forja continuamente una cohesión social a base de los valores que han germinado durante su historia.

 

Autor: Dra. Mercedes Casablanca
Publicado: 28 de septiembre de 2010.

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