Los himnos no bajan del cielo. Son producto de las vivencias de fe y de la vida cristiana de sus autores y compositores ubicados en diferentes circunstancias y momentos particulares. Su contenido teológico refleja el pensamiento y doctrinas de la Iglesia según el contexto particular en que surjan. Es una manera artística de expresar la fe, de comunicar el Evangelio, y de adorar a Dios. Muchos himnos tienen la particularidad de ser pertinentes más allá del contexto en que fueron escritos y hasta se les canta universalmente. Otros tienen una pertinencia más limitada. Las iglesias protestantes puertorriqueñas se nutrieron de primera intención de una rica himnodia extranjera, la cual sirvió muy bien a sus necesidades evangelizadoras y litúrgicas. Al correr del siglo, las iglesias han sentido la necesidad de crear nuevos himnos, ya sean estos de origen extranjero o local. A medida que las iglesias han desarrollado su pensamiento teológico, desarrollando su actividad litúrgica y teniendo en cuenta su entronque cultural, compositores y autores han comenzado a crear nuevos himnos que respondan a estas nuevas necesidades y enfoques eclesiales. Este fenómeno se puede interpretar como una consecuencia natural del desarrollo de las iglesias y como resultado de una buena formación misionera a través del legado de los modelos hímnicos.

Una modesta himnografía puertorriqueña se desarrolló a partir de los años 30 durante el llamado avivamiento, especialmente entre las iglesias Discípulos de Cristo. Aunque en su contenido teológico no hay mayor novedad, llama la atención que algunos de estos himnos utilizan los ritmos de la música popular, tales como el vals, el bolero, la criolla, la guaracha y otros. La mayor parte de los compositores fueron músicos aficionados con destreza en la ejecución de instrumentos como la guitarra y el cuatro. Se descubre por fin que estos instrumentos también son adecuados para la liturgia de la Iglesia. Hasta entonces se había preferido usar el órgano o el piano, o cantar sin acompañamiento, ya que a los instrumentos como la guitarra y el cuatro se les asociaba con la música popular, la cual rechazaban como mundana, en preferencia por los himnos de la Iglesia.

Después de éste inicio, la musa himnódica puertorriqueña produjo nuevas expresiones hímnicas. Rafael Cuna produjo en la década del cincuenta su himnario Cuna de flores, lo que puede llamarse la primera colección de himnos puertorriqueños de un solo autor. En esta colección se destaca un himno El que habita al abrigo de Dios, primer himno puertorriqueño en publicarse en un himnario de circulación internacional. Este será el inicio de la presencia puertorriqueña en los himnarios, tanto en español como en inglés. Otros autores contribuirán al desarrollo de la himnodia protestante tales como ángel M. Mergal, Luis ángel Toro, Noel Estrada, Juan Pacheco, Juan Concepción, Antonio Rivera Martínez y, más recientemente, Bienvenido Güisao, Carlos Pastor López y Pablo Fernández Badillo.

Sin descartar el uso de los himnarios regulares tales como Himnos de Gloria, Himnos de la vida cristiana, y El nuevo himnario evangélico, algunos líderes eclesiales vieron la necesidad de publicar los nuevos himnos en ediciones de texto solamente incluyendo una colección de los más conocidos himnos, especialmente de Himnos de Gloria. Entre estas se destacan Nueva salmodia evangélica (1938) del Rvdo. Virgilio I. González de la Iglesia Discípulos de Cristo; Himnos de salvación, santidad y servicio (2da edición, 1944), del Rvdo. Mateo Cruz de la Iglesia Defensores de la Fe; Himnario voz de júbilo y salvación, (4ta edición 1964) del Rvdo. Benigno R. Colón, usado ampliamente en las iglesias pentecostales; y Lira misionera (s.f) de la Iglesia de Cristo Misionera. La más interesante colección de himnos de este tipo lo es Ecos de vida, publicado en Nueva York en la década del sesenta por Juan Concepción, de la Iglesia de Dios Pentecostal. La mayor parte de los himnos son de autores hispanos, especialmente del mismo editor, Juan Concepción y su colaborador William Lugo. Lamentablemente es una edición de texto solamente, pero el editor tuvo el cuidado de identificar el autor de cada himno. Muchos de estos himnos serán ampliamente conocidos y cantados en las iglesias pentecostales.

A partir de la década del sesenta, en medio del fervor de la renovación litúrgica, tanto en la Iglesia católica romana, como también en las protestantes, la música recibió especial atención por parte de los liturgistas y artistas. Los instrumentos, además del órgano y el piano, fueron recibidos en la Iglesia con mayor tolerancia. Un nuevo interés por el uso de los elementos musicales del folclor produjo un innovador repertorio música litúrgico. Algunos líderes litúrgicos clamaban por nuevos himnarios que ofrecieran una himnodia refrescante y más amplia en su temática. La eventual restauración de la celebración del año cristiano en la liturgia de las iglesias hizo nuevas exigencias al contenido de los himnarios. Los textos de los himnos comenzaron a reflejar los nuevos enfoques teológicos no solo en Puerto Rico, sino también en otros países del hemisferio. Diferentes denominaciones comenzaron a trabajar en la revisión de sus himnarios y a incorporar lo mejor de la cosecha de la nueva himnodia latinoamericana y española. Los primeros en hacer esto, aunque muy tímidamente, lo fueron el himnario Cántico nuevo, en 1962, e Himnos de la vida cristiana, en su edición de 1967. Este último fue el preferido por las iglesias ya que se trataba de una revisión de la edición del 1939, con un amplio contenido de los más favoritos gospel songs, y se publicó también en una edición de texto solamente, preferida por la gente a la edición con música.

Este artículo fue adaptado por el Grupo Editorial.

 

 

 

Autor: Luis Oliveri
Publicado: 30 de marzo de 2016.

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