Portada Puerto Rico en el mundo

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Telephone Booth #905 ½
woke up this morning
feeling excellent
picked up the telephone
dialed the number
of my equal opportunity employer
to inform him: I will not be in
to work today
are you feeling sick?
the boss asked me
no sir, I replied I am feeling too
good to report to work today
if I feel sick tomorrow
I will come in early.

Pedro Pietri

Dos poemas del autor puertorriqueño Pedro Pietri sirven de pretexto a esta discusión: Puerto Rican Obituary yTelephone Booth #905 ½. Dos poemas que parecen cerrar un ciclo y abrir otro: la época de la modernidad “dura”, por decirlo de algún modo, una modernidad asentada en el desarrollo industrial, el consumo, el crédito y el mejoramiento gradual de las con­diciones de vida de los trabajadores; y una modernidad “líquida” o “licuada”, como la han querido llamar algunos teóricos (Zygmunt Bauman). En esta, el trabajo flexible, el imperio del “general intellect”, las intercomunicaciones, la globalización del capital y la disminución de la soberanía del estado caracterizan una puesta en escena diferenciada: al escenario de la gran fábrica “fordista” con trabajadores industriosos tratando de mantener el ritmo de las máquinas, tan bien documentado en nuestra literatura como en nuestra plástica, se le imponen las multinaciona­les, los trabajos a tiempo parcial, la producción de bienes inmateriales y de relaciones sociales. ¿Cuál será entonces el escenario de la época postindus­trial? ¿Quiénes serán sus nuevos personajes?

Entre esos dos puntos mencionados se tiende una línea que he trazado imaginariamente. Pietri difumina los orígenes de esta recta imaginaria al entrelazar dos propuestas éticas que, fundamen­talmente, son dos propuestas estéticas: la del “Obi­tuario”, por seguir con el binomio que he trazado, se trata del trabajo en tanto “Labor”, actividad que sólo reproduce nuestro carácter animal (Aranowitz y Di Fazio, 331-334).

Postrabajadores

Postrabajadores

El sujeto lírico de este poe­ma se lamenta por cuatro trabajadores abocados a un destino ya anticipado por el tono y el título. Son trabajadores que se consumieron ajenos a la bonanza de la época fordista a la que llegaron muy tarde. Son, en fin, aquellos que experimentaron la gran depresión de Nueva York en los años setenta, la fuga de los trabajos diestros y no diestros, pero bien remunerados por las luchas de los grupos sindicales, y el colapso del gobierno municipal. Esta es la historia de cuatro personajes que, como simula el mis­mo texto de Pietri, se sometieron a la jornada laboral y “worked, worked and worked”:

They worked
They never took days off
that were not on the calendar
They never went on strike
without permission
They worked ten days a week
and only paid for five
They worked They worked They worked
And they died broke
They died owing
They died never knowing
what the front entrance
of the first national city bank looks like
(“Puerto Rican Obituary”, 15).

El ritmo del poema encarna la rutinaria jornada, su extensión simula el tedio, el aburrimiento, tal vez, también la incomodidad. Los personajes descritos por el sujeto lírico del poema apostaron al trabajo como instrumento de ascenso social. Sin embargo, no logra­ron asegurarse un destino diferente. Todo lo contrario, el trabajo los llevo por el camino tortuoso al cemente­rio de Long Island en donde quedan entretejidos en un destino común:

And now they are together
in the main lobby of the void
Addicted to silence
Off limits to the wind
Confined to Word supremacy
in Long Island cemetery (22).

Otros, no mencionados por ese sujeto lírico, volvie­ron a su país natal para encontrarse, una vez más, con el mismo panorama veinte o treinta años más tarde.

El otro poema, Telephone #905 ½ , no coincide ni en el tono ni en la longitud con el anterior. El “Obitua­rio” tiene un tono melancólico; después de todo, es un epitafio, una elegía a aquellos que murieron enfrasca­dos en la “ética del trabajo”. Telephone Booth #905 ½, sin embargo, se me antoja como un texto umbral, el anuncio casi imperfecto de una nueva época y una nueva sensibilidad que ya no responde a la ética fordis­ta, al régimen de la fábrica industrial sintetizado en las manecillas de un reloj. Telephone Booth #905 ½ sería quizás el aperitivo de una cena que no podemos sospechar ni anticipar o, tal vez, la primera manifestación de una subjetividad diferenciada que no se siente in­terpelada por la pregunta sobre ¿Qué nos pasa, Puerto Rico?… En Pietri, ni más ni menos, está la semilla, por decirlo con una metáfora totalmente inapropiada para estos tiempos, la semilla del postrabajador. Imperfec­to, sí. Incompleto, también. “Encapsulado en una sola oración”, como señalaba el personaje de Educating Rita,definitivamente. Pero en este poema de Pietri esta condensado el eslabón entre una especie y otra que ya ha comenzado a despuntar en nuestro entorno isleño y del cual podríamos mostrar varios exhibits. El sujeto lírico de Pietri quizás sea el espécimen que inaugura ese nuevo museo de historia natural como desarrolla­ría el mismo autor en otro texto: Perdido en el museo de historia natural.

Yo quisiera pensar que esa nueva posibilidad que anucia el poema de Pietri, el postrabajador tan deliciosamente imperfecto, ajeno a los reclamos gerenciales, a favor de cuotas de producción, alejado de la violencia diferida de la huelga (Benjamín), insumiso ante el reclamo de solidaridad sindical o mas bien, indiferente a la política en tanto la política se parece más al “laboro” (Virno), ese postrabajador nos tiene que resultar una monstrocidad porque desarticula un orden aparentemente immemorial, el orden del trabajo (Hardt y Negri). Para atemperar este ensayo a una tónica puertorriqueña, este monstruo se develacomo un “aguzao”, un “jaiba”, un “melindroso”. Incomprendido, vituperiado, despreciado por aquéllos aún estancados en la ética del trabajador, el postrabajador no es exactamente el personaje de Pietri enTelephone booth # 9051/2. En el poema el personaje todavía mantiene un vínculo, aunque laxo, con el trabajo, pero no lo respeta. Ahí está su “No sir” para señalar que no estamos todavía en la utopía futurista, en los “tecnoparaísos” reseñados por Rifkin, que nos exime del trabajo. Responde ciertamente a una sensibilidad aún en ciernes: la salud (y habría que añadir, los años “productivos”, por llamarlos de algún modo) se le dedicarían a actividades deleitosas, al “trabajo”, a quedarse en casa sin laborer. Que la enfermedad se ocupe del “laboro”.

En la utopía que se entrevé en el texto de Pietri, el “laboro” se asocia con la enfermedad social y comotoda enfermedad, habría que extirparla para formar una nueva sociedad. En este relato futurista que quisiéramos imaginar a partir de su texto, ninguno de nosotros trabajará y si lo hacemos, será de una forma tan radicalmente distinta que no lo consideraremos trabajo. Si insistiésemos en trabajar, nuestros vecinos nos evitarían. Cortarían sus gramas a horas imposibles cuestión de no tener que saludarnos o, para no limitar nuestro relato a la población sub-urbana, tomarían el ascensor de carga. A nuestros hijos no los saludarían, y si entrasen en contacto con alguno vacunado contra el trabajo, éstos serían limpiados con detergents anti-bacteriales de modo que no se propague el contagio. Quizás hasta se crearían nuevos sanatorios, o, tal vez pensando desde este presente tan maltrecho, seríamos desatendidos por los gobiernos municicpales. Siempre se podría confiar en que los traseúntes les cerrasen cristales en plenas narices y los evitasen en los semáforos.

Postrabajadores

Postrabajadores

En este relato futurista que hoy narramos, los em­pleados gubernamentales chachareando con sus ve­cinos, los breaks interminables, las esperas abusivas, serán sólo muestras de una época transitoria, serán los primos hermanos del sujeto lírico del poema de Pietri. Desde el futuro, todas estas manifestaciones se verán como expresiones de especies intermedias que, como las que caracterizaron el proceso inicial de la hominización, parecieron indeterminadas, defec­tuosas. Desde el futuro, estas se reconocerán como posibilidades alternas, sus huesos serán buscados en países lejanos con la ilusión de encontrar el eslabón perdido, tal vez una nueva Lucy aparecerá en nuestro horizonte.

Si algo es seguro es que, en el futuro, la mayoría de nosotros no estará sometido a la jornada de ocho horas. Si se celebró como uno de los logros más sig­nificativos del movimiento obrero en su momento, en el futuro resultará como un hecho insólito, como la esclavitud abolida y solo conmemorada una vez al año. Atrás quedarán los pocos vínculos con esa época nefasta de nuestra historia. La tendencia de la tercera revolución industrial será a favor de horas más cortas que parecen tan imposibles desde este presente, el “salario mínimo garantizado”* y otras delicias anun­ciadas por Aranowitz y Di Fazio en The Jobless Future, que harán del trabajo tal y como lo conocemos ahora (en tanto laboro), una manifestación casi inexistente. El futuro nos depara el ocio, el famoso leisure timea hora sólo experimentado por sectores muy exclusivos. O tal vez, el futuro nos vinculará con el tercer sector y muchos de nosotros seremos parte de la “economía social” descrita por Rifkin.

En ese futuro que hoy describo, habrá museos de­dicados a esfuerzos inútiles donde se exhibirán dio­ramas de especies en peligro de extinción y otras ya extintas. Algunos de los recintos más visitados serán aquellos donde se expondrán a quienes se creyeron inmunes a la nueva economía post-fordista: ingenie­ros, doctores, arquitectos, profesores. Habrá otros recintos para trabajadores manuales e in­dustriales, pero estos estuvieron conscientes de su desplazamiento y se acomodaron con ma­yor facilidad a las nuevas tendencias del mercado. Lo que experimentaban ahora, ya lo habían experimentado sus abuelos, en la primera instancia de la racionalización del trabajo, cuando las máquinas los desplazaron rápidamente y los des­calificaron como artesanos, relegando sus tareas a pequeñas dosis de trabajo rutinario e insignificante. Es­tos ya no sienten la vergüenza de algunos primerizos iniciados recientemente en el arriesgado negocio de la desocupación. Se han acoplado bien a las nuevas ma­nifestaciones. Otros, menos afortunados, tendrán que entrar a programas detox auspiciados por los gobier­nos municipales. Pero no queremos abundar. Nuestro relato debe ser parco sobre la inadaptación social. No queremos que algunos se sientan ansiosos respecto a esas posibilidades. Después de todo, puede que los ejecutivos de un banco local, luego de aligerar la muerte del trabajo, no puedan dormir si no subsanan su mala conciencia con una exhibición de la historia de esta actividad ya desaparecida. Tal vez, en algún momento de la noche, su director pensará en un “salario de vida” que les permita a los trabajadores hacer una transición pacífica hacia el ocio luego de que estos fueran desplazados por máquinas es­pecializadas en el cálculo racionalizado, pero eso resultaría oneroso para cualquier banco. Una cosa es el sentimiento patrio y otro es la mera estupidez. Nuestra segunda revolución pacífica será precisamente eso: el desplazamiento del trabajo (cualquiera que fuera) ha­cia nuevas formas de ocupación que auguren un futuro más prometedor.

Pero ¿qué válvulas de escape se encontrarán para esta nueva revolución pacífica? Porque si bien la pri­mera revolución pacífica dependió de la migración de miles de trabajadores a los barrios del norte, ¿qué incentivos tendrán ahora que aquí, en su isla, pueden subsistir sin entregarse a labores imprescindibles? ¿Se reconocerá finalmente la labor vanguardista del esta­do benefactor en la creación de una nueva conciencia post trabajo o se le seguirá culpando por crear una generación de postrabajadores, llamados despectivamente “vagos”? Es obvio que nuestra “tradición pacifista” impondrá medidas menos violentas que las que se impusieron en el Cono Sur durante los años setenta. Pero, ¿quién nos garantiza que todos quieran desvincularse de su trabajo con tanta complacencia? ¿O habrá que hacerse otras preguntas? ¿Es que hay objetivamente suficientes trabajos para toda la población capacitada o es que no hay y que como ciertos sectores han acostumbrado, han hecho su cálculo y no vale la pena trabajar? ¿No exhibirán los comensales de Borders esta nueva modalidad postrabajo? Realmente yo no lo sé.

Lo evidente y penoso es que, desde los años sesenta en Estados Unidos, se hayan articulado propuestas para atender la desocupación que generaría la implantación de mayor racionalización en los procesos productivos y no se hayan incorporado ninguna de sus recomen­daciones como: un “salario mínimo garantizado” inde­pendiente del trabajo, un impuesto sobre las industrias relacionadas con esta tercera revolución industrial que se pueda distribuir entre aquellos sectores desplazados, un mayor apoyo al tercer sector y a organizaciones no gubernamentales (ONG). Quizás habría que darle un vis­tazo a estas propuestas para dejar de increpar a aquellos que han tenido que mutar para poder sobrevivir en una nueva era. Después de todo, si seguimos con la metáfora biológica, la inadaptación hizo posible el brinco hacia la humanización. Puede entonces que este nuevo “inadap­tado monstruoso” augure un futuro esperanzador.

Maribel Ortiz
Profesora Facultad de Estudios Generales
Universidad de Puerto Rico- Río Piedras

 

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 27 de septiembre de 2010.

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