La esclavitud, sistema del que fuera testigo protagónico el Caribe, supuso uno de los movimientos migratorios más grandes de la historia. Las referencias documentales de las que se tiene constancia, indican que el primer cargamento de negros africanos transportados a América data de 1518, mientras que el último se registra 355 años después, en 1873. En estos 355 años tomó lugar el comercio y el proceso de traslado coercitivo de esclavos. Se estima que a lo largo de este periodo arribaron a América alrededor de nueve millones y medio de negros africanos con el fin de utilizar sus cuerpos en función de las producciones fundamentales del Caribe insular: azúcar, café y tabaco, añil, algodón y cacao.

Entre estas producciones, el negocio del azúcar, no obstante, fue el responsable de un 65 de cada cien negros africanos importados. El escenario de esta ecuación fue la plantación, lugar destinado como punto de partida para la exportación, el cultivo y el procesamiento de la caña de azúcar, al igual que para la imbricada relación entre los amos esclavistas y los esclavos. La plantación era el lugar donde primaba la explotación humana y la explotación de bienes.

De hecho, la plantación es esa estampa que caracteriza el pasado histórico del Caribe insular. Por esta razón, la mayor parte de los cargamentos de esclavos desembarcaba en las islas del Caribe y no en el Caribe continental. Los intereses de los hacendados de ambas partes de la región se distanciaban considerablemente. El inicio de las diferencias entre ellos ya se avistaba a principios del siglo XVI, cuando el Caribe insular vio agotados sus recursos mineros, junto con la mano de obra del indígena, única exportación antillana posible. De esta premisa parte el inicio de la economía del monocultivo antillano, cimentada primordialmente en el azúcar. Puede tomarse como ejemplo de lo anteriormente expuesto el texto Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena. Allí Balbuena detalla las circunstancias y necesidades de su virreinato, un virreinato que, contrario a las islas del Caribe, no carecía de mano de obra, puesto que en los territorios del Caribe continental las comunidades indígenas no fueron exterminadas. Además, su gestión económica no estaba destinada a la exportación del azúcar, como sucedía en el Caribe insular, sino que iba encaminada a la explotación de los metales preciosos en las minas. Para este trabajo utilizaban un sistema similar al de la esclavitud conocido como mita.

A través de la mita, los españoles impusieron a los indígenas un sistema rotativo de trabajo forzado. Este trabajo, como el de los esclavos, no tenía fecha ni hora de salida. Sin embargo, un factor importante diferenciaba a ambos sistemas: la migración. La mita dependía de la mano de obra indígena que ya poblaba la zona al llegar los españoles, mientras que la esclavitud dependía de la importación de grandes cantidades de mano de obra africana.

Para finales del siglo XVIII la dependencia de la mano de obra esclava de los grandes hacendados de las Antillas ya estaba solidificada con la creciente demanda de nuevos consumidores europeos de productos generados por la plantación. A partir de entonces, puede hacerse la distinción -como dirá Benítez Rojo- entre la plantación y la Plantación. La plantación era más pequeña en tamaño y su producción era mucho más modesta que la de la enorme Plantación, que buscaba responder a los requerimientos de un mercado en crecimiento. Las exigencias del mercado mundial crearon la necesidad de aprovisionar las plantaciones caribeñas con ingentes cantidades de esclavos. La colonia de Saint-Domingue (llamada Haití desde su independencia en 1804) bajo la administración francesa, fue la más representativa de este momento decisivo en la historia del Caribe. Los números que arrojan las estadísticas muestran, como indica Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite, “792 ingenios [azucareros], 197 millones de cafetos, 24 millones de algodoneros, casi 3 millones de pies de cacao y 2,587 fábricas de añil”. Las mercancías generadas por esta impresionante batería de haciendas requería del 63% de los barcos franceses para su traslado hasta los puertos de la metrópoli.

Las cifras que arrojó el censo de Saint-Domingue para 1789 muestran correspondencia directa entre las mercancías exportadas y los esclavos importados. Mientras que la población de blancos, mulatos y negros libres apenas rozaba los 70,000, la población esclava ascendía a 452,000, es decir, el 90% de la población total. En otras palabras, el desarrollo azucarero dependía del comercio de esclavos. Los colonos ingleses entendían claramente el funcionamiento de esta interdependencia. Los colonos decían, según The Present State of the Sugar Plantations consider’d: but more especially that of the Island of Barbadoes (1714): “Estos dos comercios son como causa y efecto, y uno no puede subsistir sin el otro. Si las colonias carecen de suministro de negros, no pueden producir azúcar […]”. El panorama de Cuba, una de las islas líderes en la producción de caña, puede dar una idea más clara de la situación. Según el historiador Hugh Thomas, para 1748 la English South Sea Co. de Jamaica, empresa dedicada a la trata de esclavos, aseguraba haber vendido en La Habana 3,700 negros en solo 18 meses.

Sin embargo, todas estas cifras no forman un cuadro claro de las condiciones de vida de los esclavos en la plantación. La esclavitud creó una estructura social clasista, cuyas contradicciones y arbitrariedades fueron llevadas a su expresión más simple: una masa enorme de trabajadores obligados y abusados, sin paga, con una calidad de vida deplorable, con necesidades alimentarias y de salud no cubiertas, sin educación, ni casa, ni familia, salía al campo a trabajar de sol a sol para satisfacer las exigencias de un pequeño grupo de amos con poderes omnímodos. Para el amo, un esclavo no era más que maquinaria de producción, y en el caso de las mujeres, de reproducción, ya que podían procrear más esclavos. En el esclavo se invertía solo lo mínimo, para hacer el negocio rentable.

La productividad y estabilidad de la empresa dependían del carácter carcelario y la incomunicación que los hacendados impusieran a los esclavos. Esta medida pretendía evitar que los africanos establecieran vínculos afectivos, culturales y de identidad. Durante la compra de un esclavo se guardaba el cuidado de no adquirir esclavos del mismo nexo familiar o del mismo origen tribal. Tampoco era aceptable que un esclavo tomara nupcias sin el consentimiento previo del amo. Por otra parte, las pocas familias de esclavos que se estructuraban bajo el sistema esclavista se encontraban bajo la constante amenaza de ser inexorablemente separados y no podían ejercer la jerarquía de la consanguinidad.

La Iglesia católica también participó en la consolidación de la estabilidad de la plantación a través de la “domesticación” y cristianización de sus esclavos. La Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los negros bozales (1823) de Nicolás Duque de Estrada, muestra cómo la Iglesia se aproximó al problema de cristianizar a los africanos bozales que ni hablaban, ni entendían castellano, y que poseían las religiones que trajeron consigo al cruzar el Atlántico. La Explicación de la doctrina cristiana establece una comparación entre Dios y el amo que buscaba acomodar los artículos difíciles de la fe cristiana al nivel de entendimiento de los esclavos a través de referencias con las que ellos estuvieran familiarizados. No obstante, detrás del uso del vocabulario Dios/amo había un propósito que iba más allá de facilitar la comprensión de conceptos teológicos. A partir del lenguaje estratégico del catecismo, se confirma y se reproduce el sistema esclavista cuyo centro es la plantación.

Basada en la desigualdad del esclavo y el ser libre, la retórica cristiana defiende el régimen esclavista en Hispanoamérica como parte de la voluntad divina, a la vez que predica la resignación del esclavo a su condición, ofreciéndole la muerte como la única posibilidad de conseguir la libertad y la salvación espiritual. Muchos esclavos, al menos aquellos que corrían con la suerte de recibir alguna remuneración económica por su trabajo, intentaban comprar su libertad terrestre primero, o pagar por la libertad de sus hijos. No obstante, es lamentable observar que, en la mayor parte de los casos, los ahorros de toda una vida de trabajo sacrificado, no alcanzaban para pagar el oneroso costo de la libertad.

Otros esclavos optaban por huir de la plantación, pero casi todos eran “cazados” por el capataz o mayoral —el encargado de la plantación y de velar por el cumplimiento de las reglas que regían el comportamiento de los esclavos—, los peones y los perros entrenados especialmente para esa empresa. Cuando un esclavo era capturado tras su huida, sufría un sinnúmero de castigos y torturas especialmente diseñadas para disuadirlo de reincidir. Al esclavo que escapaba se le denominaba cimarrón. Se dice que, en los montes de las islas, llegaron a asentarse comunidades compuestas de cimarrones. Ahora bien, escapar de la plantación suponía un delito grave, puesto que se entendía como un hurto contra el señor hacendado: si el esclavo huía robaba el cuerpo que servía de objeto de trabajo y que había sido legalmente comprado.

Carente de familia, tiempo libre para el ocio, propiedad privada o concepto de economía personal, la visión de mundo del esclavo quedaba reducida al contexto de la plantación con sus cañaverales y su batey. Pero es precisamente esta visión de mundo la que hoy aspiramos a conocer mejor. La historia siempre ha sido contada desde la perspectiva del blanco europeo mientras que la perspectiva del esclavo quedó reprimida porque no sabía leer y escribir, porque no tenía los medios para contarla y porque su versión, dentro del sistema esclavista, no importaba. Son escasos los textos que registran, en la versión histórica, la mirada del esclavo. Como consecuencia, muchos saberes y narraciones se perdieron para siempre.

Se conservan, a pesar de todo, dos textos esenciales: la Autobiografía de Juan Francisco Manzano, escrita por él mismo, y Cimarrón, historia de un esclavo, escrita por Miguel Barnet, a partir de sus conversaciones con Esteban Montejo. Estos textos no solo sirven para aproximarnos, en alguna medida, a los saberes y narraciones de Juan Francisco Manzano y Esteban Montejo, sino que además sirvieron de pie forzado para que escritores, artistas y directores cinematográficos del Caribe imaginaran o pensaran al esclavo a través de la memoria cultural. La novela-testimonio, estrechamente ligada al género denominado narrativa del esclavo, registra la vida del esclavo como protagonista y narrador, en lugar de objeto de trabajo.

La Autobiografía del cubano Juan Francisco Manzano se escribió por encargo del intelectual criollo Domingo del Monte, quien eventualmente colaboró con la manumisión del esclavo. El texto de Manzano ofrece la experiencia vital del esclavo, descrita y escrita por él mismo. Seguramente su texto sirvió de inspiración para Anselmo Suárez y Romero, quien en 1947 publicó su Francisco, el ingenio o las delicias del campo. En ambas novelas, la del Francisco histórico y la del Francisco ficticio, la memoria de los sufrimientos juega un papel muy importante. Los Franciscos protagonistas muestran una tristeza y melancolía imborrables por los recuerdos de los martirios sufridos bajo el dominio del ama.

Ahora bien, no debe olvidarse que, a pesar de todo, ambos textos son esencialmente diferentes, puesto que uno fue escrito por el esclavo mismo, mientras que el otro es una versión imaginada y reapropiada por un criollo. El de Manzano es un texto que quiere ser documento. Un texto que no quiere “pintar” costumbres, sino contar hechos. En contraste, el texto de Suárez y Romero busca la afectación y el maquillaje propio de la ficción. La brecha que hay entre los dos es solo una muestra de lo lejanas que están las experiencias del esclavo y del criollo.

Estas experiencias, la del esclavo y el hombre blanco, se cruzan en Cimarrón, historia de un esclavo. La novela-testimonio Cimarrón gira en torno al encuentro que, en 1963, Barnet tuvo con un exesclavo. Barnet conoció en Cuba al último cimarrón superviviente de América que logró huir a las cimas de los montes de la provincia de Las Villas: Esteban Montejo, de 103 años de edad. Durante más de tres años, Barnet apuntó la historia de su vida, dándole un orden cronológico, y la escribió con fuerza documental y literaria, mientras intentaba conservar el sabor y el color del lenguaje de su protagonista. Documento único e irrepetible en el Caribe, Cimarrón cuenta desde la dureza de la vida del esclavo, la huida y el aislamiento, el trabajo en las plantaciones de caña de azúcar, las costumbres o las ceremonias de los santeros de las religiones afrocubanas, hasta la guerra de Independencia de España.

Si bien todo lo anterior representa una aportación de valor incalculable para el estudio del tema de la esclavitud y la plantación, es importante señalar que, en el texto de Barnet, la voz del esclavo está mediatizada y aderezada al juicio del escritor. El testimonio de Esteban Montejo pasa por el filtro de los valores del etnólogo, ensayista y novelista. Quizás todo ello contribuya a la riqueza del texto. A fin de cuentas, esta mezcla racial y cultural, que se encuentra en la frontera de las subjetividades, inherente en el texto de Barnet, es la que, sin lugar a dudas caracterizan y enriquecen al Caribe.
Autor: Thelma Jiménez-Anglada
Publicado: 20 de diciembre de 2011.

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