No existe una cultura caribeña. En todo caso, de antemano puede aludirse a varias culturas caribeñas. Referirse a los quehaceres culturales caribeños de manera singular implica anular, quizá en forma inconsciente, la diversidad y heterogeneidad propia de esta localidad del mundo. Si se analizan miles de fuentes documentales, tanto orales, pictóricas y escritas, dicha variedad, a veces barroca, salta a los sentidos sin mucha demora. Ello no significa que no se puedan establecer algunas características generales de la región, su gente, su geografía y sus modos de hacer y pensar. Sin embargo, esbozar ciertas características de ninguna manera debe llevar ni al establecimiento de una generalidad cultural para con la región y mucho menos a entenderla como una de carácter homogéneo. Es por todo lo anterior que hacer un ensayo panorámico general de la cultura caribeña acarrea ciertas dificultades que no pueden ser obviadas.

El concepto de cultura se ha definido de variadas formas y por lo tanto, ha sido eje de múltiples debates teóricos. Por un lado, podría afirmarse que cultura se refiere a todo aquello que se hace y se piensa en un contexto determinado. Sin embargo, esa definición aún es muy simple para explicar o arrojar luz acerca de las realidades concretas de una localidad. Por otro lado, definir el concepto de una manera más específica también podría resultar problemático porque quizá obligaría a que solo escojamos como “culturales” aquellas expresiones que quepan dentro de dicha conceptualización de cultura. Así que, probablemente será mejor evitar querer llegar a conclusiones definitivas y totalitarias en relación con este particular. Lo que seguramente es pertinente en este espacio es, como se mencionó antes, nombrar algunas de las características más sobresalientes de entre la multitud de quehaceres culturales que ocurren en el Caribe.

De manera similar, se encuentran dificultades en relación con la definición de lo que se entiende por Caribe. El Caribe ha sido entendido, al menos desde el siglo XV, como una zona de explotación económica: primero, en relación con la actividad minera, y posteriormente con la agrícola. La región, en ese sentido, era una zona de enriquecimiento a través de la extracción de metales preciosos y de la producción de materias primas como el azúcar, el algodón y el café, entre muchas otras. Eventualmente, ya entrado el siglo XX, la explotación económica de corte agrícola iría de la mano con la industrial. El Caribe sería pensado estratégicamente como una región en la cual algunas filiales de firmas transnacionales ubicarían fábricas para producir, a costos relativamente bajos, toda una gama de mercancías para consumir tanto en el Caribe como en otras partes del mundo. Por otro lado, algunas partes del Caribe han sido importantes en la producción petrolera. Tal es el caso de Venezuela y Trinidad y Tobago, entre otras. Según lo anterior, el Caribe ha sido una zona estratégica a nivel económico, pero también a nivel militar.

Desde el siglo XVI, cuando la corona española estableció con cierta regularidad los viajes de las flotas y galeones —conjuntos de barcos que transportaban oro, plata y otras mercancías hacia España desde el Caribe—, la región comenzó a ser entendida como una que había que resguardar de los posibles ataques enemigos. A partir de esa época, enemigos de España —como Inglaterra— cedían patentes de corso a personas que tenían la encomienda de saquear las posesiones españolas en el Caribe, tanto en tierra como en mar. El Caribe insular, es decir, el referente a las islas, sobre todo a aquellas más cercanas al Atlántico, cobró mucha importancia en relación con la defensa y protección de las posesiones españolas. De ahí que, a partir del siglo XVI, se comenzaron a construir fortificaciones para brindar protección. En tales fortificaciones, conocidas como morros, se destacarían de manera permanente unidades militares fuertemente armadas. El Caribe era muy codiciado y las potencias que tenían posesiones entendían que tenían la necesidad de proteger lo conquistado.

Eventualmente, en 1823 con la proclamación de la doctrina Monroe, Estados Unidos comenzó la carrera por controlar la región declarando su propósito a través de aquella famosa frase: “América para los americanos”. La región se convirtió en una de carácter estratégico en la carrera por consolidar el control estadounidense en todo el hemisferio occidental y, sobre todo, para librarse de las amenazas de las naciones europeas que querían establecer control en esta parte del planeta. El siglo XIX fue uno que evidenció este proceso y que tuvo a la guerra cubano hispanoamericana como punto clave en el cambio de las relaciones de poder que las potencias de la época ejercían con los territorios del Caribe. A partir del triunfo de esta guerra por parte de Estados Unidos, el mar Caribe se convertiría, comparativamente, en el Mediterráneo americano.

A partir de 1898, la región fue directa e indirectamente controlada por los Estados Unidos. El establecimiento gradual de diversas bases militares a lo largo y ancho de la región evidenciaría, en parte, tales intenciones.

En 1945, a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, el Caribe entró en la lucha conocida como la Guerra Fría —protagonizada por los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas—. A principio de los años sesenta, la denominada crisis de los misiles convirtió al Caribe en la zona de tensión nuclear de mayor notoriedad cuando misiles atómicos soviéticos fueron ubicados en Cuba en dirección hacia Washington. El Caribe, otra vez, fue escenario de lucha y confrontación de las grandes potencias. La región se convirtió en escenario atómico. El Caribe también tuvo importancia como punto de lanzamiento estratégico de misiles en caso de estallar una guerra de proporciones catastróficas. En la medida en que, a partir de 1990, la Guerra Fría no tendría ya mucho sentido, la región comenzó a perder paulatinamente su importancia estratégica militar.

Como región geográfica, el Caribe también ha sido definida de distintas maneras a lo largo y ancho de, al menos, cinco siglos. Las definiciones de aquello que geográficamente compone al Caribe, por un lado, provienen, y seguirán proviniendo, de los centros de poder políticos y económicos en Europa y Estados Unidos. En ese sentido, a partir del siglo XV, el Caribe consistía —en la mente de los europeos— en un conjunto de islas que se ubicaban en lo que hoy día se conoce como mar Caribe. Dichas islas, también conocidas con el nombre de Indias occidentales —para diferenciarlas de las Indias orientales— eventualmente fueron divididas en dos grupos principales. Algunos han preferido llamar a cada uno de estos dos grupos Islas de Sotavento y de Barlovento. Otros han optado por simplemente llamarlos Antillas Mayores y Antillas Menores.

Desde esta perspectiva, la identidad primaria que se le adjudicaba a todos los territorios del Caribe estuvo relacionada con su condición de islas y sus roles en las producciones económicas principales. Muchas de esas islas fueron pensadas como lugares en los cuales las economías de plantación florecerían y generarían ganancias abismales para muchos inversionistas provenientes de distintos lugares de Europa. Aunque no fue el único producto, el azúcar se convirtió en la materia prima más importante y provechosa que de estas tierras se extrajo. Por mucho tiempo, las islas del Caribe se consideraron como las islas del azúcar, aunque en ellas también se cultivara algodón, café y jengibre, entre otros productos agrícolas. Curiosamente, las producciones de azúcar causarían amargura a millones de personas que estuvieron vinculadas a esta industria en el Caribe. El tener que depender económicamente de la producción y venta de un solo producto fue parte del legado colonial en muchos territorios, que después de que consiguieron sus independencias, no tuvieron más remedio que continuar con las mencionadas estrategias económicas hasta agotarlas.

Si la presencia de las economías de plantación otorgaron la identidad central de aquello que geográficamente se consideraría como Caribe, ello implicó que eventualmente habría que incluir en dicha categoría —la de Caribe—, a toda una serie de lugares que, aunque no serían las islas, bien podrían “cumplir” con aquella condición que parecía inevitable. De ahí que, en cualquier parte en donde se perfiló la economía de plantación, la distinción de Caribe pudiese ser aceptada para ser aplicada. Territorios como la parte nororiental de Brasil, una parte del sur de los Estados Unidos, la parte oriental de Centroamérica y la parte norte de América del Sur cupieron muy bien dentro de dicha clasificación. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no hay nada esencialmente caribeño. Las distinciones geográficas que se han mencionado son de carácter arbitrario e histórico. Han sido hombres y mujeres los que han construido dichas clasificaciones, lo cual lleva a que no se dé por concluida la redefinición de lo que comprende el Caribe a la luz de los cambios, tanto en la región, como en el resto del planeta.

No obstante, el Caribe es mucho más que plantaciones. De eso no debe caber duda alguna. Pero sería desacertado obviar la importancia medular que tuvieron las economías de plantación como “caldos de cultivo” de muchas de las características que posteriormente fueron entendidas como muy propias del Caribe. Aunque no todas las personas que entre el siglo XV y el XXI llegaron y siguen llegando al Caribe lo hicieron para directamente trabajar en plantaciones, es innegable que, indirectamente, las plantaciones sirvieron como imanes que atrajeron a millones de personas, las cuales, con sus vivencias o supervivencias impregnaron a la región de cualidades culturales e históricas bastante específicas. Lo que les dio vida y presencia a estos territorios ante los ojos del resto del planeta fue precisamente su rol como productor de materias primas. Con esto no se están justificando los esquemas de explotación económica, el modo de producción esclavista ni la colonización. Sin embargo, aunque no sea del todo agradable, todo ello, en su conjunto, promovió formaciones ricas y heterogéneas.

La crueldad de los capataces, las inmensas y duras jornadas de trabajo de los esclavos, el encierro de estos en los barracones, la pobreza de la vida cotidiana, la falta de una alimentación adecuada, los anhelos de ser alguien diferente, las terribles condiciones de trabajo de los obreros libres, el racismo institucionalizado en las colonias, las rebeliones multitudinarias, el monopolio del poder en los territorios, las oligarquías, los latifundios, la dificultad de la movilidad social, el empobrecimiento del trabajador como resultado de la riqueza del dueño de la plantación, la bipolaridad de la riqueza social, la marginación sistemática y la represión, entre otros aspectos, fueron los que quedaron en la base de las vivencias de personas que con sus vidas harían de esta región su propio lugar en el mundo.

Las respuestas que millones de personas encontraron que eran las meritorias ante todo lo anterior fue lo que sirvió como acicate para definir y distinguir al Caribe. Dichas respuestas fueron las que se utilizarían como herramientas para que la vida en contextos tan difíciles se pudiese preservar. Hubo que sacar provecho de todo lo disponible porque se trató, en cierta medida, de crear formas culturales y de vida de donde no había muchos referentes. Aunque la región estuvo poblada antes de la llegada de los europeos, lo que hoy se conoce como Caribe no hubiera sido posible solo con las agencias culturales de los taínos, por ejemplo. De esta forma, sin querer caer en absolutismos, el Caribe tuvo que partir desde su propio grado cero; hubo que crear todo lo que alguna vez simplemente no existía. Dicha tarea recayó sobre muchos seres humanos y fue la fuerza motriz de la gestación de una zona multi e intercultural como lo es el Caribe.

Si la anteriormente mencionada fue la fuerza motriz, la plantación, en tanto fenómeno, fue el imán que atrajo hacia su propio centro multiplicidad de poblaciones, saberes, concepciones religiosas, estructuras de gobierno, jerarquías sociales, roles de género, alimentos, formas de cocción, danzas, etc. Todos ellos, y además los que no se mencionan, que ya venían de procesos culturales en los cuales el sincretismo parecía ser su característica principal de formación, llegaron a geografías en las que habría que refundir todo nuevamente. Es por esto que algunos han entendido a las culturas o las configuraciones culturales del Caribe como formaciones supersincréticas. El proceso de sincretismo —el cual volvió a tomar lugar en el Caribe— se define como la convergencia y mezcla de elementos distintos para dar paso a la creación de nuevas formas culturales. La sincretización de aquellos elementos, que ya eran sincréticos en sí, es a lo que se alude con la categoría supersincrética.

Este interplay o interacción de formas sincréticas en el Caribe fue la causa de, por ejemplo, la africanización de las culturas que en esta región irían tomando estructura. La africanización, consciente o inconsciente, fue el proceso de aportación que millones de africanos hicieron. Sabor, ritmo y movimiento serían algunos de los aspectos en los cuales las distintas africanizaciones serían efectivas. De igual manera, en ese interplay hubo un número incontable de aportaciones provenientes de sitios disímiles, pero que en las geografías se convertirían en puntos comunes de partida.

Entonces, en el Caribe se fueron gestando, además de la supersincrética, otros dos tipos de dinámicas culturales: la de resistencia y la caótica. La dinámica cultural de la resistencia se hizo evidente al mismo tiempo que se expresaba con meridiana claridad que la mayor parte de los habitantes de esta región estaban sometidos a estructuras sociales, mentales y de producción económica que estaban en función de la dominación física, moral y económica ejercida por unos pocos.

Las distintas sociedades coloniales caribeñas fueron escenarios del despliegue de tecnologías del poder. Entre estas, se hallarían los infames códigos de esclavos que dictaminaban todas las obligaciones y directrices de cómo debía ser el comportamiento de estos en sociedad y de los castigos a los que serían expuestos si violaban dichas estipulaciones morales y éticas. Todos los habitantes tendrían alguna identidad ante las estructuras de poder. Dichas identidades, curiosamente impuestas desde “arriba” a nivel social, parecerían como armaduras de las que nadie podría deshacerse. Todo parecía estar dispuesto de tal manera que no pudiese ser alterado. Sin embargo, difícilmente esto podría mantenerse así. El ejercicio del poder, a todos los niveles, encontraría gran cantidad y calidad de desafíos. Dichos retos, provenientes de múltiples sectores, serían ingredientes formidables para ir generando formas culturales en las cuales la desobediencia y el desafío tendrían posiciones ilustres.

Con esto no quiere expresarse que todo caribeño sea desafiante de manera absolutamente consciente. Lo que se quiere establecer es que las diversas culturas que en el Caribe coexisten hasta nuestros días tuvieron a la resistencia, la desobediencia y el desafío entre sus ingredientes más importantes. De no ser por estos tres aspectos, no sería posible hablar del vudú en Haití y en Nueva Orleans, ni de la bomba en Puerto Rico, ni del calipso en Trinidad y Costa Rica, ni del reggae en Jamaica, ni de la poesía de Edward Kamau Brathwaite en Barbados, ni de los trabajos literarios de Derek Walcott, Juan Antonio Corretjer y Reinaldo Arenas, por solo mencionar algunos. Para que todo lo anterior se desarrollara hubo que desobedecer las imposiciones rítmicas, tonales, estéticas, dogmáticas y formales provenientes de Europa e impuestas sistemáticamente a lo largo de siglos a muchos seres humanos.

En el Caribe contemporáneo el reguetón es un ejemplo de lo anterior. En el caso de Puerto Rico, ese tipo de música, en muchas ocasiones, se relaciona arbitrariamente con el trasiego de drogas, asesinatos, peleas, armas de fuego, arrogancia y muchas otras características desagradables. De igual manera, la base rítmica de esta música (beat) resulta estridente, chillona e inescrupulosamente metálica para muchos. Las formas de bailar esta música también han sido eje de acusaciones de corte moral. Todo lo anterior se menciona porque es innegable que tanto la música y sus líricas, como los pasos de baile del perreo son resultados culturales de actitudes de resistencia y desafío a nivel social.

La otra dinámica que ha fungido como distintiva en la formación de configuraciones culturales en el Caribe hasta nuestros días es la caótica. Generalmente, la palabra caos refiere a desorden. Comúnmente la utilización de dicha palabra, tanto en castellano como en inglés, no es pensada y ni siquiera analizada a partir de sus condiciones y posibilidades. Es decir, la mayor parte de las veces que se utiliza esa palabra refiere automáticamente a un desorden generalizado y, por tal razón, su utilización lleva consigo la estigmatización de aquello que se considera caótico. Sin embargo, caos no simplemente significa desorden puro. Más bien, esta palabra alude a la falta de un orden deseado. Un grupo de personas que vive en un territorio en el cual existen formas sociales que no son deseables para ellas bien podrían expresar que en dichos contextos reina el caos. Pero como bien puede desprenderse, para esa gente el caos remite a la ausencia de todo aquello que sería agradable y deseable.

Por otro lado, una vez que se ha aclarado el punto anterior y que con dicha aclaración se elimina la posibilidad de que se entienda que el Caribe es caótico porque no es posible establecer un orden duradero en él, es meritorio analizar históricamente en qué medida el caos puede ser entendido como condición y posibilidad de análisis de las culturas de la región que nos atañe.

Desde el siglo XV el Caribe fue una región altamente codiciada por varias potencias europeas. La primera que se estableció en estas tierras fue la Corona española. Entre los siglos XV y XVI, España tenía o pretendía ejercer su poderío con carácter de exclusividad sobre la región.

En el siglo XVII, Inglaterra, que desde hacía muchos años estaba ansiosa por ocupar algún territorio en el Caribe, notó que muchas de las tierras que España reclamaba como suyas no estaban siendo “debidamente” pobladas por súbditos de dicha corona. Ello bastó para que Inglaterra, utilizando el artilugio de la ocupación efectiva, pusiera en aprietos a la Corona española dejándole saber que si ella no ocupaba esos territorios, estos serían poblados por súbditos de la Corona inglesa. España, al no poder actuar de manera favorable para ella misma, tuvo que lidiar con la ocupación de territorios por parte de los ingleses. A partir de dicho proceso, el Caribe sería también el eje del deseo de la Corona francesa y de otras potencias europeas de la época. En la medida en que los diversos sistemas coloniales se fueron organizando y consolidando, fue cada vez más evidente el hecho de que las colonias del Caribe estaban pensadas para funcionar a partir del deseo de las metrópolis europeas que las dominaban. En el siglo XVII, Jea-Baptiste Colbert elaboró desde Francia toda una serie de postulados en los cuales se establecieron los roles que las colonias debían ejercer de acuerdo con los intereses de las potencias europeas.

El Caribe entró formalmente, desde el siglo XV, pero con mayor fuerza desde el XVII, en una relación de centro y periferia con Europa occidental. Es decir, el Caribe tuvo que “navegar” alrededor de su “centro” de mando que estaba a muchas millas de distancia. Cada potencia europea obligaba a que sus colonias giraran en torno a ella misma (la potencia). Ello provocó que entre los territorios dominados por distintas potencias se generara y consolidara un inter-aislacionismo. Las colonias inglesas estaban más pendientes a los acontecimientos en Londres, Bristol o Liverpool que a aquellos que ocurrían en algún territorio que geográficamente se encontraba cerca. Lo mismo ocurría en otras colonias. Al presentar, en términos generales, condiciones de vida terribles y no pudiendo satisfacer las necesidades de las clases criollas, las colonias del Caribe se convirtieron en satélites que giraban en torno a un núcleo: Europa occidental. De ahí que muchas ciudades europeas se convirtieran en el centro de todo. Las interacciones entre territorios del Caribe pertenecientes a distintas potencias coloniales no figuraban en las mentalidades o en los planes de quienes dominaban la región.

Una de las formas mediante las cuales lo anterior fue desafiado continuamente fue a través de las actividades propias de los piratas, bucaneros y filibusteros. Todos estos tipos de navegantes o comerciantes clandestinos fueron los que llevaron a cabo aquellos actos que pondrían en contacto, de manera ilegal, a las colonias que no pertenecían a una misma potencia. El contrabando, como se le llamó al comercio ilegal de mercancías de todo tipo entre territorios caribeños, fue el que comenzó a quebrar silenciosamente aquel sistema de centro y periferia que había sido impuesto sobre la región. Piratas, filibusteros y bucaneros servirían como enlaces clandestinos entre territorios. Todos ellos buscaban ganancias. Los enlaces no eran resultados de labores filantrópicas o altruistas. Sin embargo, el Caribe, que había sido pensado desde algunos centros de poder político y económico a partir de relaciones verticales (el Caribe abajo y Europa arriba), como resultado de las acciones de los piratas, filibusteros y bucaneros, comenzaría a presenciar relaciones entre sus propios territorios ahora de forma horizontal (colonias británicas–colonias francesas–colonias españolas, etc.).

Durante el siglo XIX aparecieron pensadores que desafiaron las relaciones de centro y periferia desde diversos territorios caribeños. Puede afirmarse que algunos de los más notables fueron José Martí y Ramón Emeterio Betances. Betances, por ejemplo, con su frase célebre: “Las Antillas para los antillanos” abogaba por la integración a partir de intereses comunes entre diversos territorios caribeños. Tanto para Betances como para Martí, la condición ineludible para la concreción de lo anterior sería la descolonización. Habría que alcanzar libertades para poder negociar y relacionarse de maneras soberanas.

A partir de todo lo anterior es que cobra sentido la caracterización de lo caótico en relación con las dinámicas culturales caribeñas. Hasta nuestros días, la región ha vivido migraciones diversas de unos lados para otros, como por ejemplo: de haitianos hacia la República Dominicana, de dominicanos hacia Puerto Rico, de puertorriqueños a algunas partes del sur de los Estados Unidos, de cubanos a Miami y a Puerto Rico, etc. Dichos movimientos de personas entre territorios en la región se han hecho más intensos en la medida en que las condiciones de vida de los emigrados en sus territorios de origen son cada vez más difíciles. Tales condiciones no solo han hecho más intensas dichas migraciones, sino que incluso mucho más recurrentes.

El Caribe se va relacionando con el Caribe. En lugar de responder al movimiento de fuerzas centrífugas (se alejan del centro) todo el tiempo, las diversas localidades de la región responden hacia lo centrípeto (se mueven hacia el centro). El Caribe se hace referente central del Caribe. Mientras más intensidad cobre esta dinámica, en la cual no hay centro ni hay bordes ni periferias, menos la región puede considerarse dentro de los márgenes de aquel orden deseado por los centros de poder en Estados Unidos y Europa: menos vertical aparece y mucho más horizontal se comporta. Precisamente ahí radica lo ricamente caótico de muchas de las dinámicas culturales de esta región. Si de la mezcla de la salsa con el reguetón surge el salsatón, ello es posible porque los paradigmas y modelos se van generando a partir de que las intenciones miren más hacia la región en busca de posibilidades y no únicamente hacia fuera. El Caribe sigue abierto al resto del planeta, pero se hace caótico cuando culturalmente no depende del resto del planeta, y mucho menos de sus antiguas y contemporáneas potencias colonizadoras, para ser de formas diversas y a la vez, específicas.
Autor: Dr. José Alberto Cabán Torres
Publicado: 27 de diciembre de 2011.

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