La literatura ha jugado un papel importante en diversas etapas de la historia, la sociedad y el sujeto. Sobre todo, ha fungido como herramienta clave en la formación de identidades y naciones convirtiéndose en un referente necesario de la cultura, la historia y la sociedad. Cuando comienza a surgir la literatura de un país, surgen con ella las opiniones, los contrastes y los estudios críticos y reflexivos que en su momento servirán para caracterizar y etiquetar las obras de forma tal que puedan ser reconocidas e identificadas como pertenecientes a alguna época o tendencia en particular. Este es el trabajo del canon, dictar el modelo a seguir. El canon el metro con el que se mide en el arte y la cultura; y que, de esta manera, establece lo que se debe leer.

En la literatura se define al canon como una lista breve, pero muy selecta, de lo que generalmente se llaman obras clásicas, o sea, aquellas que trascendieron y se siguen leyendo aún cuando son de procedencia muy antigua. En el canon no existen grandes variaciones a través del tiempo ya que las obras escogidas gozan de gran prestigio social. Para que una obra literaria alcance dicho nivel de “prestigio” y se convierta en una pieza canónica, dependerá de dos factores importantes: el gusto o valor estético, y la necesidad pedagógica. Estos son los factores a considerarse al momento de establecer los cánones literarios, sin olvidar el valor universal que deben poseer dichas piezas representativas. El factor estético es el que toma en cuenta el valor propiamente artístico de la obra, seleccionando bajo este criterio las mejores, mientras que por otro lado, la necesidad pedagógica atiende el valor educativo de las obras prevaleciendo aquellas que se consideren dignas para mostrar y enseñar en instituciones educativas. En síntesis, el canon es aquella lista de referencia que ha de servir de guía para la cultura a lo largo del tiempo y del espacio.

La creación de los cánones literarios siempre ha sido un tema álgido de debate ya que en muchas ocasiones la crítica tradicional, elitista y conservadora ha resultado excluyente al momento de reconocer obras. Además, frecuentemente la crítica tradicional propende a tomar una posición intransigente al momento de admitir revisiones y cambios, como bien se comenta en diversas fuentes electrónicas dedicadas a los cánones literarios. Muchos de estos cánones resultarían ser paternalistas y jerarquizantes, como en el caso de Puerto Rico, señalado por Juan Gelpí en su libro, Literatura y paternalismo en Puerto Rico.

Para analizar los cánones del Caribe es necesario considerar múltiples factores. En primer lugar, hay que reconocer que el Caribe es una creación del siglo XX, como bien apunta Joaquín Santana Castillo en su ensayo, “Repensando el Caribe: valoraciones sobre el gran Caribe hispano”. Según Santana Castillo, el conglomerado denominado Caribe surge de la existencia de una cultura y de una historia común o con fuertes nexos comunicantes en el marco de un región pluriétnica-multirracial y diversa desde el punto de vista lingüístico. Desde el aspecto lingüístico, el Caribe está dividido en tres: Caribe hispanohablante, Caribe anglófono y Caribe francófono.

Para hablar de nacionalismos y formaciones de cánones literarios en el Caribe es necesario reflexionar en torno a la identidad y la unidad de lo diverso, como bien reconoce el premio nobel colombiano, Gabriel García Márquez, ya que el Caribe posee una identidad cultural dentro de la diversidad y heterogeneidad que lo componen. Esta identidad se construye a través de procesos socioculturales compartidos (experiencia colonial, resistencias populares) en donde la matriz socioeconómica es el sistema de plantación; sistema que juega un papel protagónico por considerársele como el terreno, o más bien el centro de unificación de todos los factores que conforman y caracterizan lo que hoy se reconoce como el Gran Caribe. Con la plantación se introduce la esclavitud africana y con ella se dan las circunstancias para el análisis del elemento racial, étnico. Así como también da ocasión para el cuestionamiento del surgimiento de la identidad y los nacionalismos culturales.

Bajo el contexto de la construcción de los cánones literarios, al tratar el tema del nacionalismo se debe hablar de la patria —de los “textos de la patria” nombre que da título a un libro del fallecido escritor argentino, Fernando Degiovanni. Esta literatura de la patria es la que se encarga de construir una identidad nacional muchas veces trazando o simplemente bajo la estela de algún ideal político. Al reflexionar sobre este canon se puede recorrer una ruta por donde ha transitado la lucha de poderes. De lo que se trata entonces es de intentar proponer y entender la identidad de un pasado que ha trascendido hasta transformarse en una identidad nacional colectiva con cimientos más fuertes.

Muchos de los cánones literarios caribeños resultan ser paternalistas, esta actitud es legitimada según Juan Gelpí por tres factores principales: (1) la necesidad de establecer reglas frente a una situación de amenaza de identidad; (2) el nacionalismo cultural; (3) la teoría de las generaciones. En cuanto a lo primero, Emilio Ceruti apunta en su ponencia, Breaking down the pater familiae patterns: The castration of the Latin “macho” in the Nuyorican literature, citando a Peter Roberts, que la mezcla de razas y su coexistencia es enemiga de la noción de la identidad nacional. Ceruti argumenta que el nacionalismo cultural se convierte en la manifestación de ese discurso paternalista y, en plan de autodefensa, crea escalas jerárquicas que dividen entre lo que es superior y lo que debe ser subordinado.

La literatura caribeña, escrita en español, inglés, francés, holandés y forjadora de identidades, abarca temas como la esclavitud, la emigración —tanto fuera del país como dentro (del campo a la cuidad)—, el colonialismo y la descolonización, además de la naturaleza y los aspectos criollos de la cultura y la sociedad.

Entre los siglos XVI y XIX, la poesía y la autobiografía fueron los géneros más desarrollados en el Caribe. Las obras de este periodo introdujeron temas comunes: el exilio, la emigración, el desplazamiento y la búsqueda de una identidad. La obra canónica más significativa de las escritas en inglés es The History of Mary Prince, a West Indian Slave, contada por ella misma. Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván (República Dominicana), evoca una sublevación indígena contra los españoles en los primeros momentos de la colonización. En cuanto a las primeras novelas del Caribe francófono, apareció en Haití a mediados del siglo XIX: Stella (1859) de Eméric Bergeaud sobre la liberación colonial.

Como confirman muchas fuentes históricas, teóricas y literarias, todavía al iniciarse el siglo XX muchos países caribeños no habían alcanzado su independencia, por lo que el desarrollo de las tradiciones literarias nacionales no había comenzado en sí. Así, por ejemplo, Jamaica se independizó en 1962, Guyana en 1966, Granada en 1974, Bahamas en 1973, Dominica en 1978 y Belice en 1981.

En el Caribe de habla francesa surgió la novela Batouala (1921), de René Maran. Obra que en su llamado a la identificación con la cultura negra anticipa el término de la negritud, movimiento de la década de 1930 que exalta la cultura y los valores africanos. El movimiento negrista del Caribe de habla hispana recoge temas africanos que de forma exótica buscaban la inspiración en la identidad africana y negra, como en el caso del puertoriqueño Luis Palés Matos y su Tun tun de pasa y grifería o en el caso de Cuba con Alejo Carpentier y su novela El reino de este mundo.

En los años sesenta todavía muchos países no habían conseguido su independencia política cuando emergió una generación de escritores que se abrió espacio a través de sus deseos de libertad que quedaron plasmados en sus obras por medio del retrato de las características de la cultura caribeña. La novela New Day, del jamaicano Vic Reid, refleja el anhelo del gran día en el que pueda vivir la independencia. El también jamaicano Roger Mais retrata la población urbana desplazada y oprimida del Caribe en las novelas The Hills Were Joyful Together. George Lamming, de Barbados, publicó en 1953 In the Castle of My Skin, una de las primeras y más importantes aproximaciones de la literatura caribeña al mundo de la infancia y la adolescencia en un contexto colonial. Esta novela trata sobre el enfrentamiento de tres muchachos con la educación colonial, el cambio social, la pobreza y la búsqueda de la identidad, centrando sus esperanzas en la emigración a la urbe. En el caso de Panamá, Joaquín Beleño narró la situación que padecieron los braceros que trabajaban en la Zona del Canal en sus obras, Luna verde (1951) y Gamboa Road gang o Los forzados de Gamboa (1960).

Un caso que sobresale frente al resto de la literatura nacional del Gran Caribe es el de Puerto Rico debido a su condición colonial, condición que la mantiene lejos de poder constituirse como una nación propiamente independiente. Muchos críticos y estudiosos han considerado que esta situación política colonial es sinónimo de un conflicto de identidad, e inclusive la señalan como responsable de cierta crisis nacional. Sin embargo, cuando se investiga y reflexiona más a fondo, se puede argüir que dicha crisis influyó en la creación propia de la literatura canónica paternalista puertorriqueña de los años treinta. Esta literatura fue dirigida por los letrados del país, quienes en su intento por salvar su hegemonía y posición hacendada venida abajo por la nueva hegemonía industrial de los EE UU, la convirtireon en literatura de propaganda y demagógica. Inventaron máscaras y se apropiaron de discursos y elementos patrióticos que no les correspondían. Por ejemplo, se apropiaron de la imagen del jíbaro (campesino puertorriqueño) y de su sueño tranquilo en la hamaca del bohío. Se trató de una identidad y de un nacionalismo cimentado por medio de la ficción y de la nostalgia de lo que los puertorriqueños habían dejado de ser, y que los literatos de la clase dirigente nunca fueron: jíbaros, como bien señala y documenta Otero Garabís en un artículo sobre Luis Lloréns Torres, publicado en la Revista de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico.

Lejos de sufrir una crisis de identidad nacional, lo que se sufrió en Puerto Rico fue una crisis económica y una transición del sistema económico de plantación al sistema industrial. Pero ya para finales de los años treinta y principios del cuarenta figuras como la poetisa Julia de Burgos comenzaron a construir y a caracterizar en su poesía la figura de un sujeto puertorriqueño con una identidad forjada de distinta manera y en constante movimiento. Se trata del sujeto caribeño que se extiende y se mueve y se transforma y se transporta por ese mar que ya no es un impedimento, sino una oportunidad y una extensión de su identidad trascendente. Ya en esta literatura se rompen los esquemas tradicionales y la identidad se mezcla con el flujo del agua. Y entonces el mar se convierte en motivo, en vía, en propulsor y en el culpable de la mezcla que constituye hoy al Gran Caribe. No se trata del mar enemigo como pudo verse en otros textos canónicos, sino del mar como devenir.

En fin, es necesario reconocer que al momento de analizar la literatura nacional caribeña no es posible hacerlo de la misma perspectiva en que se analizaría un discurso político o un tratado propiamente histórico. Ya que la literatura se considera un arte, como tal posee unas características y unos elementos que deben ser reconocidos y valorados estéticamente en sí mismos. Pero lo que no se debe pasar por alto es la importancia que tiene la literatura como reflejo de una realidad histórica, cultural, social y política de un país. Y mucho menos, desvincular la literatura del papel que ha jugado en la construcción de la identidad y el debate de los nacionalismos en el Gran Caribe, por ser un elemento clave y un referente necesario para la cultura nacional y universal.
Autor: Zahira Cruz
Publicado: 20 de diciembre de 2011.

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