Portada Puerto Rico en el mundo

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La cuestión de si la globalización es un fenómeno benigno o perverso ha dado origen -como es bien sabido- a un debate internacional intenso y cargado de emocionalidad. Al lado de este debate es frecuente encontrar otro, tal vez menos emocional, pero no menos intenso: ¿es la globalización un pro­ceso natural, inevitable e irreversible, o es por el con­trario producto de decisiones —conspiraciones, dirán algunos— de gobiernos, instituciones financieras internacionales, empresas multinacionales y grupos de interés? Decisiones, en esta última visión, que na­turalmente podrán modificarse o revertirse.

Un defensor connotado del primero de esos puntos de vista es el escritor Mario Vargas Llosa, quien nos dice que la globalización es “un sistema tan irre­versible en nuestra época como el sistema métrico decimal”. Y agrega: “La globalización no es, por de­finición, ni buena ni mala: es una realidad de nuestro tiempo que ha resultado de una suma de factores, el desarrollo tecnológico y científico, el crecimiento de las empresas, los capitales y los mercados y la interdependencia que ello ha ido creando entre las distintas naciones del mundo.”

Obviamente no se le puede pedir a un gran nove­lista que además entienda perfectamente la compleja economía política del capitalismo contemporáneo, pero lo cierto es que la caracterización de la globa­lización que propone Vargas Llosa revela una con­fusión fundamental acerca del contenido esencial de la noción de globalización. Para eliminarla se hace necesario explorar lo que podríamos llamar la lógica dual de la globalización.

Mundialización no es igual a Globalización

Mundialización no es igual a Globalización

Por debajo de los fenómenos visibles y men­surables que habitualmente sirven para definir la globalización hay en realidad no uno sino dos pro­cesos distintos, cada uno con su marco conceptual y su propia lógica de funcionamiento y evolución. Aunque están estrechamente relacionados, hay que entenderlos por separado. Incluso puede ser útil distinguirlos semánticamente, para lo cual en la lengua española (como la francesa, pero no así en la inglesa) contamos con dos palabras: globalización y mundialización.

Hay por un lado un proceso de creciente inte­racción entre las sociedades y las economías que podríamos llamar mundialización y que es resultante del progreso científico y tecnológico, especialmente en la tecnología de la información y la comunicación. El ejemplo más espectacular es Internet, pero el fe­nómeno es más general: el progreso en materia de información y comunicación permite un intercambio sin precedentes de ideas, valores y cultura, así como facilita el movimiento de bienes y servicios e incluso la fragmentación y descentralización de los procesos productivos y la internacionalización de la producción. Este fenómeno es, en verdad, inevitable, irreversible y además altamente deseable. Contiene la promesa de un mundo más integrado, más comprensivo y por consiguiente tolerante de las diferencias; más rico en creatividad por la fertilización reciproca de ideas, de experiencias y de tradiciones culturales y sociales; y económicamente más eficiente por la posibilidad de especialización internacional.

Pero, por otro lado, hay un conjunto de políti­cas nacionales e internacionales, que son tanto una respuesta al proceso anterior como un esfuerzo por facilitarlo y orientarlo en ciertas direcciones, y que va acompañado de una ideología que trata de explicar y justificar esas políticas. En este segundo sentido, que podemos llamar globalización, de lo que se trata es de un proceso político en los planos nacional e inter­nacional, que implica escoger opciones de políticas y de acción. Por consiguiente en este segundo sentido la globalización no es ni inevitable ni irreversible, y en la forma en que se esta dando en la realidad, tiene muchos elementos claramente indeseables.

Políticas e ideología de la globalización
Los componentes explícitos de las políticas de globalización son la liberalización, la privatización y la desregulación, aplicadas tanto en el plano nacio­nal como en el internacional. En el plano nacional se expresan emblemáticamente en el llamado Consenso de Washington y en las condicionalidades impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Interna­cional; en el plano internacional, primariamente en las reglas y disciplinas de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La ideología justificativa de estas políticas tiene a su vez dos componentes. Por un lado, la ideología del liberalismo económico, según la cual el mer­cado libre siempre asigna los recursos de manera óptima y la empresa privada es siempre el agente económico más eficiente. Por otro, la ideología del globalismo económico, según la cual en el mundo contemporáneo las fronteras cada vez menos importantes tanto para el funcionamiento de la eco­nomía mundial como para el manejo de las políticas económicas nacionales. En esta óptica la economía mundial globalizada ofrece oportunidades a las em­presas de todos los países en un mercado mundial crecientemente unificado. La tarea de los gobiernos es la de impulsar la globalización facilitando el ac­ceso de las empresas transnacionales al mercado mundial a través de la reducción de las barreras al movimiento de bienes, servicios y capitales. Ello, se­gún la ideología, conduciría a una asignación óptima de recursos a escala mundial y a la optimización del bienestar mundial.

En tanto políticas e ideología, la globalización esta siendo objeto de una crítica profunda por parte de analistas académicos. Quien mejor encarna esa crítica es el economista estadounidense Joseph Stiglitz, profesor de la Universidad de Columbia, ex Vicepresidente y Economista Jefe del Banco Mundial, ex Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de los Estados Unidos y Premio Nóbel de economía del 2001. Dos citas pueden resumir sus críticas. En su último libro Stiglitz escribe:

“La receta de Consenso de Washington se basa en una teoría de la economía de mercado que supone información perfecta, competencia perfecta y mercados de riesgo perfectos –una idealización de la realidad que tiene muy poca relevancia para los países en desarrollo en particular… Los progresos de la teoría económica en los años setenta y ochenta clarificaron los límites de los mercados; mostraron que los mercados irrestrictos no llevan a la eficiencia económica cuando la información es imperfecta o los mercados son incompletos”.

Y en su best seller de 2002 había afirmado:

“He escrito este libro porque mientras estuve en el Banco Mundial pude ver de primera mano el efecto de­vastador que la globalización puede tener en los países en desarrollo y especialmente en los pobres dentro de esos países… la manera en que la globalización ha sido manejada, incluyendo los acuerdos comerciales inter­nacionales… y las políticas que han sido impuestas a los países en desarrollo en el proceso de globalización, tienen que ser repensadas radicalmente”.

A las críticas de Stiglitz se pueden añadir otros ele­mentos. La ideología liberal fundamentalista contiene una contradicción interna en la medida en que postula que el objetivo de que sea el libre mercado quien asigne los recursos se realiza a través de la acción de la em­presa privada, y en particular el capital internacional, las empresas transnacionales. Con ello incurre en una de las confusiones más fundamentales del discurso eco­nómico ortodoxo contemporáneo, que es igualar la libre competencia y la empresa privada; fue nada menos que Adam Smith quien primero observó la tendencia natural del capitalista privado hacia el monopolio.

El conflicto entre el mercado libre y la empresa privada es particularmente agudo cuando se trata de empresas transnacionales, cuya tendencia al monopolio se ve exacerbada por su tamaño y el ámbito de sus operaciones. La sospecha, no solamente de parte de los manifestantes callejeros contra la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario In­ternacional (FMI y el Banco Mundial sino de analistas rigurosos e imparciales, es que la globalización, como conjunto de políticas para facilitar la mundialización, esta primordialmente dirigida a hacer posible la ex­pansión y la penetración del capital transnacional, y que cuando ese objetivo entra en conflicto con el mer­cado libre, es el interés de las transnacionales el que prevalece. Así por ejemplo la inclusión en la OMC de la temática de la propiedad intelectual -una institución que es lo opuesto del libre mercado, en la medida en que tiene por objeto crear rentas monopólicas para los inventores- es generalmente interpretada como producto de la presión de las compañías farmacéu­ticas de Estados Unidos. Asimismo la exclusión de las negociaciones de la OMC del área de política y legislación de competencia, cuyo objeto es prohibir los monopolios, y el lento progreso en la implementación de la liberalización de los movimientos temporales de trabajadores, en contraste con el rápido progreso en la liberalización de los servicios financieros, se perciben como producto del poder del capital internacional para establecer la agenda negociadora de la OMC.

Y así llegamos al último, y acaso políticamente más importante, punto de crítica de la ideología de la glo­balización. La ideología del globalismo económico es errónea en su descripción de la realidad de la econo­mía contemporánea, que lejos de haberse integrado en un espacio económico único sigue funcionando sobre la base de fronteras nacionales y de actores económicos nacionales: la vasta mayoría de las tran­sacciones económicas en el mundo de hoy tienen lugar dentro de territorios nacionales. Por ello mismo la cuestión de la nacionalidad de los que controlan el capital esta siendo un tema más y más importante en los debates políticos no solo en los países en de­sarrollo lino también en los países industrializados. También lo es la cuestión de como se reparten los beneficios de la actividad económica globalizada en términos de actores nacionales: trabajadores, empre­sarios, consumidores. Para un trabajador en un país en desarrollo cuyo puesto de trabajo ha desaparecido porque la empresa decidió trasladarse a otro país de costos laborales más bajos es dudoso consuelo el saber que ello hace que la economía mundial en su conjunto sea ahora más eficiente.

Recurro nuevamente a Stiglitz:

“Una de mis críticas a las instituciones económicas internacionales es que trataron de pretender que no había ni ganadores ni perdedores -un solo conjunto de políticas dejaba a todo el mundo mejor- cuando a esencia de la economía es el escoger, el hecho de que hay alternativas algunas de las cuales benefician a algunos grupos (tales como los capitalistas ex­tranjeros) a expensas de otros, algunas de la cuales imponen riesgos a algunos grupos (tales como los trabajadores) para ventaja de otros”.

En otras palabras, la ideología globalista olvida -o esconde- el enfoque fundamental de los antiguos economistas políticos, de Smith, de Marx, de Ricardo, según el cual todo proceso económico tiene efectos políticos y es a su vez influenciado por las fuerzas políticas y por las luchas de poder.

La economía política de la globalización ha retor­nado a la palestra a través de la reemergencia del nacionalismo económico. El fenómeno se presenta de manera más visible en América Latina, pero tiene también expresiones en otros continentes, e incluso en los países desarrollados. Implica esencialmente una reafirmación de la importancia de las economías nacionales y los actores económicos nacionales en el mundo globalizado. Rechaza la noción de que la localización de la producción y la propiedad y el control de la capacidad productiva carezcan de im­portancia. Afirma, al contrario, la validez de proyec­tos de desarrollo animados por actores nacionales, empresarios y trabajadores, acompañados por un Estado cuyo papel es proveer el marco institucional y jurídico para el funcionamiento del mercado, promover la inversión y el uso productivo de los recur­sos y corregir las deficiencias del mercado cuando los costos y beneficios sociales no coincidan con los costos y beneficios privados.

Esta respuesta no esta exenta de peligros: el na­cionalismo puede despreciar las potencialidades que la mundialización ofrece o incluso caer en la intole­rancia y la xenofobia. Debe, por consiguiente hacerse un esfuerzo porque -como planteó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) en 2004- este nacionalismo redescubierto sea un “nacionalismo abierto, que se mantenga fir­memente dentro de los límites legítimos de la defensa del interés nacional en el contexto de una sociedad mundial crecientemente interdependiente, en que el flujo libre de ideas y de bienes, el compartir metas y aspiraciones, el construir colectivamente proyectos sociales y económicos y el dialogo y la coexistencia de culturas y valores sean el objetivo último.”

En los círculos políticos de la economía global se suele hacer referencia al “Consenso de Washington”. La expresión fue acuñada por el economista John Williamson, investigador del Institute for International Economics de Washington en un artículo publicado en.1990. El artículo define lo que en Washington se consideraba como un conjunto de reformas de política económica deseables para los países Latinoamericanos. Por Washington se entendía “el Washington político del Congreso, de los miembros de la Administración, y el Washington tecnocrático de las instituciones financieras internacionales, los organismos económicos del gobierno de Estados Unidos, la reserva Federal y los think tanks de la capital estadounidense”. Según Williamson el Consenso se componía originalmente de diez políticas:

  1. Disciplina fiscal
  2. Eliminación de subvenciones y reorientación del gasto público hacia la educación, la salud y la infraestructura
  3. Reducción de la tasa marginal de impuestos y ampliación de la base tributaria
  4. Liberalización de las tasas de interés
  5. Tasa de cambio competitiva (devaluación)
  6. Liberalización del comercio
  7. Liberalización de las corrientes de inversión extranjera directa
  8. Privatización
  9. Desregulación
  10. Garantía de los derechos de propiedad

En un artículo posterior Williamson reconoce que el término se emplea como sinónimo de lo que suele llamarse neoliberalismo, o lo que Georges Soros llama “fundamentalismo del mercado”.

Es común en el mundo de hoy usar los términos globalización y mundialización como sinónimos. Aunque están estrechamente relacionados, son en realidad dos procesos distintos que deben entenderse por separado.

Mundialización es el resultante del progreso científico y tecnológico, especialmente de la información y la comu­nicación. El ejemplo más espectacular es Internet. El progreso en materia de infor­mación y comunicación permite un intercambio sin precedentes de ideas, valores y cultura, así como facilita el movimiento de bienes y servicios e incluso la fragmen­tación y descentralización de los procesos productivos y la internacionalización de la producción. Este fenómeno es, en verdad, inevitable, irreversible además altamente deseable. Contiene lo promesa de un mundo más integrado, más comprensivo y por consiguiente tolerante de las diferencias; más rico en creatividad por la fertilización recíproca ideas, de experiencias y de tradiciones culturales y sociales; y económicamente más eficiente por la posibilidad de especialización internacional.

Globalización es en cambio un conjunto de políticas nacionales e internacionales que son tanto una respuesta al proceso anterior como un esfuerzo por facilitarlo y orientarlo en ciertas direcciones, y que va acompañado de una ideología que trata de explicar y justificar esas políticas. En este segundo sentido, la globalización, en un proceso político en los planos nacionales e internacionales, que implica escoger opciones de políticas y de acción. Por consiguiente la globalización no es ni inevitable ni irreversible, y en la forma en la que se está dando en la realidad, tiene muchos elementos claramente indeseables.

Carlos Fortín
Economista y jurista chileno
Profesor visitante, Escuela de Derecho
Universidad de Puerto Rico-Río Piedras

 

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 16 de enero de 2008.

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