Las migraciones internacionales de nuestro tiempo representan oportunidades, desafíos y dilemas para los Estados nacionales, sus Gobiernos y las organizaciones humanitarias mundiales. En el Caribe, como en otros lugares, los procesos migratorios son inseparables de las condiciones políticas y económicas de las sociedades de la región. No es arriesgado relacionar el aumento de la movilización poblacional actual con el grado de desarrollo económico de los países caribeños y sus ajustes para la integración en una economía global.

El Caribe insular ha experimentado importantes cambios económicos en tiempos recientes. El sociólogo Emilio Pantojas García ubica dos grandes momentos: primero, en los años ochenta, la zona pasó a ser exportadora de productos agropecuarios y minerales a base de exportaciones mundiales para las industrias de ropa y alimentos; segundo, en los años noventa, y como consecuencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y de la creación de la Organización Mundial del Comercio, se transformó en un área para el establecimiento de industrias de servicios internacionales vinculados al turismo y al entretenimiento. Pantojas García cataloga los cambios como el tránsito de la plantación al resort, pues, de hecho, es el sector turístico el más dinámico en las economías caribeñas.

Sin embargo, más que interdependencia económica, los países caribeños continúan dando indicios de dependencia periférica y bajo desarrollo. Los niveles de pobreza y subdesarrollo no han sido superados. Coexisten planes y prácticas tendientes al desarrollo económico con problemas estructurales crónicos. La reducción de la pobreza es un punto en la agenda inconclusa de las administraciones gubernamentales de turno.

Los factores socioeconómicos y políticos empujan la migración caribeña, mientras las condiciones en los países receptores la atraen. Cuba, Haití y la República Dominicana son exportadores netos de emigrantes; Puerto Rico es importador, aunque históricamente ha tenido emigrantes en varias direcciones, incluso los destinos antillanos anteriormente mencionados y, durante todo el siglo XX, la metrópoli estadounidense. En general, la región se ha convertido en una exportadora de emigrantes, pero el flujo entre los países insulares caribeños no es homogéneo ni históricamente se ha caracterizado por exportar grandes masas de personas a otros países. Además, son distintos los niveles de ingresos de los emigrados, como también la formación educativa y los espacios geográficos internos de procedencia. Pero, sin duda alguna, el Caribe exporta capital humano a la vez que atrae beneficios económicos mediante remesas y otros medios económicos y de destrezas que aportan los regresados, porque, como indica Rafaello Benetti: “las remesas son una fuente cada vez mayor de recursos “externos” que llegan a América Latina y el Caribe, y sirven para apoyar el consumo, el ahorro y la inversión en la región. La circulación de profesionales y empresarios, si involucra flujos de retorno de tecnología, capital, nuevos mercados y contactos, será beneficiosa para los países de origen”.

El sostenimiento de las grandes diferencias económicas entre los países de la región y la presencia de oportunidades de empleo en otros lugares más lucrativos constituyen incentivos para la emigración. Es una tendencia regional la estrategia de crecimiento basado en bajos salarios y costos laborales, así como también, atrasos en el desarrollo tecnológico. Si estas características son acompañadas por políticas migratorias restrictivas, lejos de frenar la migración mediante el desarrollo económico, la fomentan.

El Caribe es una de las subregiones mundiales con los más altos índices de emigración. Junto con el resto de la América Latina, la región comparte la cifra de 25 millones de latinoamericanos y caribeños que se encuentran fuera de sus países de origen. No obstante, “en el Caribe, la tasa promedio de emigración de los cinco países con mayor proporción de emigrantes alcanza el 39.5% de la población, cifra muy superior a la de los cinco países que tienen más población emigrada en América Latina”. En los años reciente el incremento ha sido considerable: de más de 21 millones en el año 2000, a cerca de 25 millones en el 2005.

Los principales países extrarregionales para los emigrantes caribeños son los Estados Unidos de América, España, Canadá y el Reino Unido; preferentemente, los Estados Unidos, donde la mitad de los latinoamericanos y caribeños vive indocumentada. En total, allí habitan unos cinco millones de caribeños y centroamericanos. Canadá posee también relevancia migratoria como destino de emigrantes caribeños, dado que la cantidad de jamaiquinos, haitianos y trinitenses que han emigrado allá es considerable, al punto que representa el 80% de los inmigrantes caribeños en ese país.

Vista en cifras, la migración puede considerarse un hecho de consecuencias riesgosas para las sociedades caribeñas en cuanto a la exportación de recursos humanos, es decir, trabajadores en edad productiva. Sin embargo, es imperativo reconocer también los efectos económicos individuales o colectivos de las remesas enviadas por los emigrados, que son devengadas por los trabajos que desempeñan en los países destinatarios, donde aportan a sus respectivas economías. La región caribeña aglutina la mayor parte de las remesas del mundo. Existen pocos estudios sobre el papel que las remesas desempeñan en el desarrollo económico del Caribe, pero la información disponible permite afirmar que causan efectos sociales y económicos mixtos, es decir, actúan en función del bienestar de quienes las reciben, aunque también agudizan relaciones de dependencia de los países del sur subdesarrollado con los del norte desarrollado.

Algunos países caribeños dependen casi exclusivamente del flujo de las remesas para su funcionamiento económico, ya que constituyen una buena parte del producto interno bruto: Granada, el 31,2%, Haití 21,1% y Jamaica 18,3%. La República Dominicana es el principal receptor de remesas del Caribe ($3.200 millones en 2007) y el sexto entre los países latinoamericanos. Los envíos de remesas de los dominicanos, igualmente de los haitianos, cuadriplican la cantidad de fondos que recibe ese país por concepto de ayuda exterior. Hay que añadir que el 40% del turismo en esa nación antillana está compuesto por dominicanos que residen en el extranjero, principalmente en Estados Unidos.

Por otro lado, Cuba es otro caso ilustrativo del Caribe. Su economía socialista está afectada tras la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la continuación de la política externa restrictiva de Estados Unidos hacia la isla. Las remesas llegan para aliviar la situación económica y tienen la misma doble función que en otros países: nutrir los presupuestos de las familias de bajos recursos económicos y ser una fuente de divisas para el Estado. El informe del año 2008 del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola de las Naciones Unidas estima que el país recibe $983 millones de dólares anuales en remesas que proceden, en su mayoría, de los inmigrantes cubanos en Estados Unidos. Probablemente sería mayor el monto de remesas si llegara a regularse tanto la situación tensa entre Cuba y Estados Unidos como las circunstancias políticas y económicas internas que viven los cubanos.

Se observa una influencia directa de las remesas en el mejoramiento económico de los pueblos caribeños estudiados. El trabajo de los migrantes rinde sus frutos doblemente: primero, la utilización de su fuerza laboral como instrumento de superación personal y familiar mediante la migración —con todas las faenas y durezas que la vida de un inmigrante acarrea—; segundo, convierte en agente activo (aunque ausente físicamente) el desarrollo económico del país de origen por el envío de las remesas. Cuando esa migración aprovecha o es aprovechada por las condiciones productivas de la integración de los países a la economía global, incorpora la globalización mediante la emigración, hecho que puede ser interpretado desde diversos ángulos y que no está exento de contradicciones.

Se advierte, por ejemplo, la necesidad de analizar el aumento del flujo de las remesas y sus efectos en las economías nacionales. Rudi Robinson discurre sobre el descubrimiento o redescubrimiento reciente del papel activo de los inmigrantes transnacionales en la producción de un mercado de remesas que reconoce poco el protagonismo de los migrantes. Son ellos quienes han producido —directamente por sus trabajos e indirectamente por la demanda de negocios para el envío de las remesas— un mercado valorado en miles de millones de dólares que es una pieza importante del rompecabezas financiero global.

No es menos importante detener la mirada en los destinatarios de las remesas. Estudios reflejan que sus receptores son miembros de familias de clase media o baja. El Dr. Manuel Orozco resalta el impacto en los niveles de satisfacción de las necesidades básicas, así como también en otros hábitos de consumo y en la reducción del gasto público en los programas de beneficencia. Interesantemente, las remesas producidas por los emigrados contribuyen a la estabilidad socioeconómica de los Estados que abandonaron en búsqueda de mejores condiciones de vida.

En síntesis, el movimiento poblacional laboral o la exportación de mano de obra, planificada o no, afectan los indicadores económicos nacionales e internacionales en cómo inciden en las vidas personales y familiares. Ocurre una participación en la globalización desde los migrantes o la “globalización desde abajo” que clama por una visión crítica que evalúe la magnitud del problema y justiprecie el valor de las remesas como iniciativas individuales de los emigrantes que no sustituyen los planes de desarrollo nacional y el apoyo de las instituciones internacionales.

La migración laboral internacional en el Caribe insular antillano transita a un ritmo acelerado en la era de la globalización. Antecede a una historia de ires y venires. La movilidad laboral y la globalización confluyen ahora en el devenir histórico y son acompañadas por un inmigrante previsible: la integración económica mundial. La diversidad de factores que propician la migración caribeña apunta hacia la transformación de las condiciones económicas en la región y la apertura de oportunidades atrayentes en otros países, así como también, a las nuevas posibilidades ofrecidas por el desarrollo tecnológico en los campos de las comunicaciones y el transporte.

Las estrategias de crecimiento económico basadas en los bajos salarios y costos laborales empujan la emigración, en particular, la fuga de cerebros. Si la economía mundial apuesta a la apertura e integración de los mercados nacionales en un único proyecto global —no queda claro que sea posible algún día—, sus promotores oficiales deben impulsar cambios en las visiones peyorativas contra los inmigrantes que están presentes en las políticas migratorias de algunos países receptores. Además de fomentar una distribución más racional y equitativa de la localización de los centros internacionales de producción, así como también el respeto a los migrantes, que no deben ser vistos como piezas de un engranaje productivo, sino como seres humanos y protagonistas activos de la globalización misma.

Los efectos variados del vertiginoso panorama global se constatan en la migración laboral caribeña. Resalta la vinculación de los emigrados con sus comunidades de origen que resultan beneficiadas, no solamente por las remesas, sino además por la presencia virtual o el regreso esporádico mediado por las nuevas tecnologías de la informática y los medios de comunicación, como también por el transporte rápido. La psiquis humana que se esfuerza por adaptarse al nuevo contexto cultural y laboral, y quienes aguardan por el regreso de quienes se han ido, hayan modalidades distintas de atenuar el paso del tiempo y la distancia que los separa. Finalmente, la emigración laboral caribeña no es causa directa de la globalización, pero sí está influida por ese fenómeno abarcador que apenas comenzamos a entender.
Autor: Martín Cruz Santos
Publicado: 9 de enero de 2012.

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