Gonzalo F. Córdova, Humanista del Año 2012

Muy buenas noches Sr. Rafael Martínez Margarida, presidente de la junta de síndicos, señores miembros de la junta, Sr. Juan Manuel González Lamela, director ejecutivo de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, Sr. Luis Agrait, director del departamento de Historia, Universidad de Puerto Rico, recinto de Rio Piedras, amigos todos.Jamás pensé que se me concediera este reconocimiento cultural, que fue otorgado por primera vez en 1979 a Concha Meléndez y posteriormente a diez colegas del departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico, por lo cual estoy inmensamente agradecido.

Uno de los catedráticos de historia en mis días entre los pinos y las nieves en St. Francis College opinaba que “un cambio de geografía no cambiaba los males del alma”. Considero que en parte tenía razón, pero lo que no podemos dudar es que el ambiente geográfico, dependiendo de la sensibilidad de la persona, influye grandemente en la formación del ser humano al igual que las personas que nos son cercanas.

Aunque nací en la Clínica Dr. Pila en Ponce fui bautizado e hice la primera comunión en la parroquia de San Blas y de la Candelaria en Coamo el mismo lugar donde mis padres contrajeron matrimonio. Por lo tanto me considero coameño. El origen de Coamo se remonta al 1579 y fue denominado villa en el 1778. La elegante iglesia se terminó de construir para el 1784. Cuenta con un campanario de cinco campanas y un gran altar de madera de estilo clásico, de autor desconocido, pintado imitando mármol. Desde el siglo XIX hasta la década de 1920, una parte de los bancos pertenecían a algunas familias del pueblo y eran para su uso particular.

De niño me llevaban a misa donde acostumbraba sentarme en las escaleritas que llevan de la sacristía al altar mayor con su pintura del Cristo de los olivos de Juan Ríos Rey. Desde allí observaba los ritos. También llamaba mi atención otro altar que, en vez de tener imágenes talladas, exhibía una pintura cuya figura principal era una señora rubia que dormía, algo tensa, rodeada de llamas humeantes. Era el altar de las ánimas del purgatorio. Cuando aprendí a leer vi que había sido donado por doña Dolores Santiago, hija del acaudalado Clotilde Santiago, y había sido pintado por un tal Francisco Oller. No tenía idea entonces de quién era ese pintor pero me llamaba la atención ese lienzo encargado por doña Lola.

La iglesia contaba con un órgano y un coro en el cual cantaba una soprano cuya voz se escuchaba por toda la iglesia sin amplificación alguna. En el coro había varios veteranos del tiempo en que era dirigido por José I. Quintón y en las Navidades acostumbraban a cantar sus villancicos. Para un niño todo resultaba muy teatral en el mejor sentido y creo que esas misas dominicales fueron mis primeras experiencias humanísticas.

Se dice que en los diez primeros años de vida se forma al individuo. En mi caso los pasé casi todos en Coamo, aunque el primer año, debido al trabajo de agrónomo de mi padre Gonzalo, lo viví en la central Constancia de Toa Baja de la cual nada recuerdo y el tercero lo pasé en la central Fajardo de la que tengo algunas memorias. No obstante, del cuarto tengo recuerdos imborrables pues lo vivimos en la cafetalera hacienda Hayales, en la altura de Coamo, propiedad de mis abuelos Santini. Hoy día pienso que fue como si nos hubiésemos trasladado a fines del siglo XIX. Allí pude experimentar lo que luego estudié del pasado. Por ejemplo, la belleza del cafetal, el glacís donde se secaba el grano de café, la pesca de bruquenas y guábaras en el río, el desayunar un huevo de pava, el vuelo del guaraguao y el canto misterioso del pájaro bienteveo. Desafortunadamente, también conocí la pobreza chocante del campesinado. Me fascinaba ver como todos los días les ponían los aparejos a las siete mulas de la finca. Incluso me aprendí sus nombres. Al caminar por la finca me llamaban la atención la consabida tienda, la ruina de una panadería que había operado hasta la década de 1930 y la gallera que allí había existido.

En la hacienda vivíamos en una casa amplia de madera sin pintar, como todas las casas de las haciendas cafetaleras de Coamo, construida en 1914 que contaba con todas las comodidades salvo la luz eléctrica. De la altura bajamos al pueblo a vivir con los abuelos. Yo pasaba mucho tiempo con mi abuelo Santini el cual me llevaba a ver pesar el ganado en su romana. Allí jugaba frente al corral donde se encontraban dos estructuras que llamaban “los obeliscos.” Más tarde me enteré que los obeliscos marcan el lugar de la batalla del 9 de agosto de 1898 de la Guerra Hispanoamericana. Algunos soldados españoles muertos yacen en el cementerio municipal. El gusto por los temas históricos se iba infiltrando en mí sin darme la más mínima cuenta.

La casa de los abuelos tenía un gran patio rodeado por una muralla para proteger la residencia de los fuegos donde residía un gallo quiquiriquí con un plumaje de gran gallardía. Mi abuela había sembrado un pino en el jardín que se adornaba con luces de colores en las navidades. Como ella había estudiado la escuela superior en una escuela católica de niñas en Ohio, Santa Claus coexistía felizmente con el Niño Jesús y los Reyes Magos y también celebrábamos el Día de Acción de Gracias con pavo y salsa de arándanos. En la sala había un piano de cola Mason & Hamil en el cual mi tía Matilde, discípula de Cecilia Talavera, tocaba piezas de Chopin. Esa música me interesaba algo y tomé algunas lecciones de piano, pero el interés duró bien poco, aunque no así mi gusto por la música clásica. Euterpe, la musa de la música, me empezaba a cautivar.

Los primeros grados de la escuela elemental los hice con las monjas de la Santísima Trinidad en el colegio Nuestra Señora de la Valvanera fundado en 1929. Allí se encuentra la célebre ermita construida en 1685 y el óleo de la Valvanera pintado en San Juan a fines del siglo XVII. La campana vino de Barcelona a fines del siglo XIX. El colegio contaba con un auditorio, anteriormente el hospital del pueblo, donde se presentaban veladas variadas que enriquecían la cultura de la comunidad. Los niños jugábamos felices en el patio aledaño sin saber que lo hacíamos sobre un rico yacimiento arqueológico, el cementerio de la villa hasta mediados del siglo XIX.

El casino, establecido en el 1882, contaba con una biblioteca de gran calidad. A los niños hijos de sociosse nos permitía hojear unas grandes enciclopedias de mediados del siglo XIX, pero lo más importante que tenía era la colección del Diario de las Cortes Españolas hasta el 1898. El gusto por los libros se adquiría curioseando y de forma entretenida. En el casino además se celebraban muchas fiestas de niños incluso la de Halloween.

Para mitigar los veranos coameños las familias que se lo podían permitir veraneaban en Aibonito o en Barranquitas. Recuerdo la quinta de Ramiro Lázaro en cuyo sótano había instalado lo que coleccionaba. Entre otras cosas, tenía unos candelabros de su tío Cipriano Castro, presidente de Venezuela que murió en San Juan, y parte del cráneo del difunto del último duelo que se dio en Puerto Rico. Pero no todo el tiempo lo pasaba lejos de San Juan. La abuela Córdova y sus hijos vivían en la calle Robles, en la parada 19 en Santurce, paralela a la calle Canals al igual que muchos familiares del clan paterno provenientes de Manatí y Vega Baja. Los Córdova eran asiduos lectores. Recuerdo que un día descubrí unos grandes tomos ilustrados de la obra de Thiers sobre la revolución francesa y Napoleón. Eran los restos de la gran biblioteca que el bisabuelo Gonzalo había formado en Jayuya y Utuado donde ejerció la medicina y donde estuvo activo en la política autonomista republicana y en la masonería. Fue en dicha biblioteca que su primo hermano doble, Félix Córdova Dávila leyó con dedicación los libros formativos.

El tío Fernando estudiaba medicina en Georgetown y ya coleccionaba discos de ópera. Un día puse una grabación de Rigoletto y lo único que recuerdo es que una parte tenía la música de “Doña Panchívida se cortó un débido…” En esos años me llevaron al museo del Parque Muñoz Rivera, al Capitolio, al Morro, al cementerio de San Juan y al museo de la escuela Superior Central donde aprendí quién era Antonio Paoli. Los temas de las humanidades seguían fortaleciéndose.

El cuarto y quinto grado los cursé en Ponce pues allí nos mudamos. Ya hacía tiempo que me regalaban libros. También heredé de un primo una colección argentina de libros para niños. Me interesaron mucho las historias de los grandes exploradores, conquistadores y libertadores. La casona del Condado de mi tía abuela Consuelo Córdova de Sifre también fue una fuente de inspiración, sobre todo la sala, el comedor y la biblioteca pues parecían ser parte de un castillo renacentista español como los que se veían en las películas españolas de la productora Cifesa. Me impactaba una colección numerosa de piezas de marfil que ella había formado selectivamente. Lo más que atesoraba la tía Consuelo era un retablo del calvario de su abuelo Dávila de Vega Baja que la familia guardaba desde el siglo XVII. La biblioteca era muy especial pues ella intentó recrear la de su padre. Contaba con la historia monumental de España en 29 tomos ilustrados de Modesto Lafuente, más otras colecciones encuadernadas. Me entretenía hojeando estos libros.

Nos mudamos a Santurce al comenzar el sexto grado. Una matiné fuimos al Teatro Tapia a ver la zarzuela La del soto del parral. Aquí parece que experimenté una especie de encantamiento pues me cautivó la magia del teatro lírico. Ese año asistí a la Academia San Jorge y mi maestra de salón fue Mrs. González, así en inglés, que también enseñaba historia mundial. En esta clase se cristalizó mi afecto por esta disciplina. Mi primer trabajo de investigación para la musa Clio, quien regenta la historia, fue un álbum sobre Egipto. Este modesto trabajo me abrió los ojos al arte colosal faraónico que finalmente pude ver en persona ya de adulto. Cabe señalar que cuatro años antes, Mrs. González había tenido como alumno en la clase de historia a un niño de nombre Fernando Picó.

Los próximos tres grados los cursé frente a las ruinas de Caparra en la Academia San José. Consuelo, hermana de mi padre, me invitó a un inolvidable Don Juan Tenorio con el gran actor Alejandro Ulloa. Ella también me llevó, por primera vez, al Festival Casals a escuchar a Victoria de los ángeles. Para esos años mi padre me llevó a ver Carmen en el teatro de la Universidad de Puerto Rico. Este me había donado una modesta colección de discos de 45 RPM que disfrutaba mucho. Entre ellos había grabaciones de Caruso y otras de Miguel Fleta, famoso por ser el primer intérprete del Nessum dorma, quien había cantado en el Tapia en el 1929.

Mi abuela materna, Antonia, valoraba mucho la educación pues su padre además de agricultor había sido maestro. El bisabuelo, Antonio Colón, había pasado un verano a principios del siglo XX en la Universidad de Cornell para mejorar su conocimiento del inglés. Creía que el monolingüismo era una manifestación de oscurantismo cultural que condenaba al país al subdesarrollo económico. Como barranquiteño de su época era además un muñocista ardiente. Mi abuela también se encargó de llevarme a Nueva York durante dos veranos para asistir a un campamento en Connecticut. El tío abuelo Luis nos recibió en la urbe donde residía desde 1919 y ejercía como dentista. Era un apasionado de la música clásica y nos llevó a un concierto de Renata Tebaldi con la filarmónica de Nueva York. Había escuchado a Caruso, a Claudia Muzio y a Toscanini dirigiendo la Orquesta de La Scala, entre otros. Me hablaba sobre la Pavlova y las obras de Shakespeare presentadas por la compañía inglesa Old Vic. Jamás olvidaré todas sus anécdotas.

Al deshacerse de sus discos de 45 RPM mi padre había adquirido un equipo para discos de 33 RPM. Yo, poco a poco, desarrollé el gusto o vicio por coleccionar discos de ópera y música sinfónica en forma exagerada, algo que continúa hasta el presente en que cuento con sobre cuatro mil discos compactos. Nunca termina uno de obtener grabaciones de los grandes intérpretes, especialmente los de ópera, de los primeros cincuenta años del pasado siglo. No olvido como en la última temporada de ópera de 1958 debuté como extra en varias funciones. Serví de soldado acompañando al tenor y a la soprano a la guillotina en Andrea Chenier. El tenor se lo merecía pues soltó varios gallos en el dúo final. Fue mi debut y despedida.

Finalmente, entré al Colegio San Ignacio para concluir la escuela superior. Allí, como creía que tenía una voce formé parte del primer coro que estableció el padre Juan Montalvo. Una noche en la plaza San José escuché mi primer concierto de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico y también me aficioné a asistir a algunos conciertos del Festival Casals. Con los años escuché a los grandes solistas que nos visitaban y asistí a actividades culturales auspiciadas por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. En el Tapia disfruté de la actuación del legendario Boris Karloff en Arsenic and Old Lace. La música, el teatro y la literatura ya eran parte integral de mi vida.

Al graduarme de San Ignacio mi padre me ofreció un automóvil si me quedaba a estudiar en el recinto de Rio Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Como soñaba con ir al Metropolitan Opera, decidí no aceptar el automóvil e ir a estudiar al norte. Mi padre me aconsejó estudiar comercio en un colegio pequeño y luego continuar derecho. De momento, el consejo me pareció razonable y con los $60 que me regaló mi abuela Santini me compré una radio FM para poder escuchar las trasmisiones sabatinas del Metropolitan las cuales ya no se daban en la isla como era usual en los años treinta. Religiosamente escuché las veinte óperas de la temporada. El sueño se hacía realidad. Iba a Manhattan cada vez que nos daban vacaciones. De esa manera presencié funciones memorables con las estrellas de la época como Milanov, Tebaldi, Price, Nilsson, Corelli y otros. Eran los días de gloria de la compañía antes de mudarse al Lincoln Center en 1966.

Los cuatro años en St. Francis no resultaron en lo que mi padre deseaba. No había heredado los genes comerciales de mi abuela Santini y los cursos de comercio me resultaban insoportables. La historia era lo que me interesaba. Las leyes estaban todavía en el futuro. Al llegar ese momento descubrí que me aburrían más que el comercio. Ni siquiera imaginaba que mi futuro estaba en la enseñanza como el padre de mi abuela materna. Pero había que continuar estudiando. Escogí la maestría en Estudios Latinoamericanos que dirigía William Manger en la Universidad de Georgetown en Washington, DC, ciudad donde habían estudiado varios familiares. Al graduarme de bachiller, pregunté a mi padre por el regalo correspondiente. Lacónicamente me expresó que “no me había graduado de nada”. Años más tarde le preguntaron si era él el autor del libro de Santiago Iglesias. Contestó entonces, con cierto orgullo, que no, que ese Gonzalo Córdova era su hijo. Sin embargo, no me quedé sin regalo, pues mi tía abuela Margarita Santini y sus hijas me regalaron la obra de Cruz Monclova de la historia de Puerto Rico en el siglo XIX.

Como había decidido proseguir hacia el doctorado en Historia, para graduarme de maestría tenía que escribir una tesis la cual fue dirigida por el profesor de historia de América Latina, Luis Aguilar León. él entonces preparaba un libro sobre el marxismo en dicha área que incluiría un escrito de Santiago Iglesias. Me sugirió que escogiera a ese personaje como tema de mi tesis ya que el tema del proletariado yacía entonces olvidado en la historiografía borincana. Este consejo me encaminó por una ruta afortunada. Inicié la investigación al regresar a la isla en octubre de 1966. La recién mencionada tía abuela Margarita Santini conservaba la biblioteca de su esposo Rafael Rivera Zayas, graduado de la escuela de derecho de Georgetown, quien había sido representante socialista durante la coalición. Allí encontré la autobiografía de Iglesias y otros libros de importancia. Guardaba también varias cartas manuscritas de Muñoz Rivera a su primo hermano Rivera Zayas. Estas se conservan ahora en la Fundación Muñoz Marín. La estimada tía llamó a Igualdad Iglesias para preguntarle si me podía ayudar. Doña Igualdad me recibió muy gentilmente, me orientó y me dio acceso a su archivo. Gran parte de la investigación la hice en la Colección Puertorriqueña de la Universidad de Puerto Rico. Comencé entonces a explorar nuevas fronteras historiográficas fascinantes.

Al estudiar la historia de Puerto Rico, especialmente cuando se investiga cuidadosamente, uno se percata rápidamente de que no somos un país invisible ni inmaduro. Esto es así porque las raíces de la isla son profundas y enérgicas. La responsabilidad del historiador es escudriñar la documentación existente para tratar de llegar lo más cerca posible de la verdad histórica. Mi interés al escribir una biografía no es meramente narrar la vida de un prócer. Esta tarea se emprende concienzudamente para analizar la evolución de nuestro pueblo. De esta manera se puede clarificar, aún más, nuestra historia no solo para comprenderla mejor sino para evitar los errores del pasado y encaminarnos hacia un futuro digno.

Una fresca noche de noviembre mi padre me indicó que, además de investigar, tenía que trabajar. Supe que en la Universidad Interamericana, recinto de San Juan, se había establecido recientemente un departamento de Historia. Un buen día me presenté al departamento y conocí a Gustavo Mellander, quien al explicarle mi situación me asignó dos cursos en Fajardo. Posteriormente Mellander fue designado decano académico y me ofreció un contrato como instructor en el 1967. Así se inició mi carrera profesional como profesor e historiador.

En los próximos dos años me envió a Europa a cargo de los viajes de estudio de los estudiantes. Las visitas a Europa fortalecieron mis gustos por los temas humanísticos. Las experiencias vividas hasta entonces me habían enseñado que las humanidades se disfrutan, se aprecian, se viven y producen en nosotros infinidad de emociones inesperadas, a veces inexplicables e incluso contradictorias. Las humanidades crean nexos entre ellas, fortalecen la cultura y la orientan hacia el bienestar común. Comprendí que las humanidades trascienden fronteras y por eso deben aspirar a estar libres de asuntos partidistas.

Al regresar a Georgetown para cursar el doctorado lo primero que hice fue obtener un abono estudiantil para la temporada de la National Symphony Orchestra. Recuerdo una gloriosa noche en que Leopold Stokowski, con 89 años, dirigió la orquesta como el mago musical que era. En el Kennedy Center y en Wolftrap presencié innumerables funciones que fueron de gran impacto para mí. No olvidaré a la célebre Ingrid Bergman en una comedia de Bernard Shaw. Si todavía quedamos impactados al verla en las películas que hizo, puedo decir, que en persona era cautivadora. Poseía esa áurea legendaria que dicen tuvo Sarah Bernhardt.

En ese periodo, tres profesores fueron instrumentales en mi formación. Primeramente, mi mentor Aguilar León quien me condujo a admirar la obra de Justo Sierra, La evolución política del pueblo mexicano, a cómo analizar los desarrollos revolucionarios y a ahondar en el pensamiento filosófico de la América Latina. Donald Penn, exdirector del departamento de Historia, me ayudó a clarificar los problemas historiográficos de la Revolución francesa y sobre Napoleón. No menos importante fue Walter Wilkinson, catedrático decano del departamento, quien dictaba los cursos del renacimiento. Los viajes previos a Italia me sirvieron para sacar mayor provecho a este período en que las humanidades florecieron e influyeron en el desarrollo de la civilización occidental.

Una vez terminados los cursos graduados y aprobados los exámenes comprensivos regresé a mi cátedra y a la investigación para la tesis doctoral. Igualdad Iglesias me había presentado a la historiadora Pilar Barbosa con la cual mantuve una estrecha amistad hasta su muerte en el 1996 a los 98 años. Doña Pilar conocía la historia política de Puerto Rico como nadie, habilidad que había heredado de su progenitor. Hablábamos regularmente por teléfono y aprendí mucho de lo que no está escrito en los libros, amén de colaborar con ella en algunos proyectos como la biografía de Sánchez Morales.

Conocí entonces a Arturo Santana, director del departamento de Historia del recinto de Rio Piedras. De primera instancia me ofreció unas clases de historia de los Estados Unidos y luego me invitó a unirme al departamento a tarea completa. Durante tres décadas disfruté de la cátedra, del intercambio de ideas con los colegas del departamento y del recinto y de otros quehaceres universitarios. Me siento honrado de haber sido parte del departamento de Historia y de haber sido profesor en la facultad de humanidades de Río Piedras. Todos esos años me mantuve activo en la investigación no solo por afición, sino también para continuar ampliando los conocimientos. Son muchas las personas que me han tendido la mano en este oficio, tanto en el Centro de Investigaciones Históricas como en la Colección Puertorriqueña. De todos ellos estaré agradecido por siempre.

De igual forma le estoy agradecido al historiador coameño Ramón Rivera Bermúdez quien sometió mi nombre para consideración como miembro de la Academia Puertorriqueña de la Historia a Aurelio Tió en 1992. Luis Díaz Soler, posteriormente Humanista del año 2000, contestó mi discurso de incorporación. En una reunión de rutina de la academia, Ricardo Alegría me nominó, para mi sorpresa, al puesto de tesorero y fui aceptado. En el 1993 fui designado a la junta del Instituto de Cultura Puertorriqueña y durante ocho años colaboré con humanistas de la talla de Enrique Laguerre, Ismael Rodríguez Bou, Osiris Delgado y Luis González Vales. De todos ellos aprendí muchísimo sobre los asuntos culturales. La vicepresidencia quedó vacante en 1995 y el estimado don Enrique sometió mi nombre y fui aceptado. Jamás pensé que esa distinción traería responsabilidades de mayor importancia en el futuro. Nunca contemplé ser nombrado presidente de la junta.

Sin embargo, así lo hizo el gobernador Pedro Rosselló en octubre de 1998. Todos los humanistas de la junta me brindaron su cooperación para poder desempeñar las responsabilidades de la institución y del Centro de Bellas Artes. Había días en que la presidencia se sentía como el cilicio atormentador que usaban los ermitaños cristianos para expiar sus faltas terrenales y poder lograr la vida eterna. Don Enrique siempre insistía que entre los puertorriqueños había más cosas que nos unían de las que nos separaban. Y así es. Con el paso del tiempo nos percatamos de que las humanidades tienen mucho que ver con esos lazos.

Desde Machu Pichu hasta Samarkanda he tratado de conocer y entender el variado legado de la creación humanística. Una experiencia imborrable fue en Munich en julio de 1988, fecha en que se presentaban las quince óperas de Richard Strauss y su ballet principal La leyenda de José. Mi tío Fernando, un devoto admirador de Strauss, organizó una peregrinación lírica la cual fue una experiencia inolvidable. Continuamos hacia el santuario lírico de Bayreuth al cual todo wagneriano que se aprecie debe asistir, por lo menos, una vez en la vida. La obra a escuchar debiera ser Parsifal la cual fue compuesta para las condiciones acústicas especiales del teatro. Por fortuna pude obtener un boleto y cumplir así un sueño.

Tras el retiro organicé un viaje al cono sur con el interés principal de visitar el afamado Teatro Colón de Buenos Aires. La fecha seleccionada me ofrecía la oportunidad de asistir a La valquiria. Al llegar a Chile en julio de 2005 fui al Teatro Municipal y vi que Maximiano Valdés dirigía Lohengrin. No podía creer mi suerte, dos óperas de Wagner corridas. Al maestro Valdés lo había escuchado varias veces dirigiendo nuestra sinfónica y conocía de su gran talento. La interpretación del drama musical fue de una transparencia orquestal impresionante. La calidad musical de Lohengrin fue superior a la de La valquiria.Así son las sorpresas felices en el mundo de la ópera. En otra ocasión (2007), me encontraba conversando con Alfredo Torres en su librería La Tertulia cuando el estimado colega Víctor Castro me informó que le sobraba un boleto para asistir a las cuatro óperas de El anillo del nibelungo en el santuario musical de Bayreuth. Castro llevaba catorce años en espera de boletos. Parecía que los dioses del Valhala finalmente se habían apiadado de este admirador del venerado maestro. Acepté el boleto soñado y demás está decir que las cuatro funciones fueron inolvidables y allí ni me parecieron tan largas. Este año me he unido a la conmemoración del bicentenario del nacimiento de dicho compositor donando a nuestra sinfónica cuatro tubas-Wagner provenientes de la orquesta del Metropolitan Opera.

Tras acogerme jubilosamente al retiro desempolvé la proyectada biografía de Rafael Martínez Nadal que dormía el sueño de los justos. En mi sano juicio, jamás debí haber aceptado escribir esta biografía debido a que el tema es sumamente extenso y no existía un archivo como en el caso de Iglesias. Esta obra la había comenzado Enrique Bravo en el 1982. Zoraida Fonalledas, nieta de Martínez Nadal, se me acercó y me solicitó dirigir la investigación y supervisar el proyecto. Acepté sin titubear y con entusiasmo pues el personaje es sumamente interesante y además lo admiraba por sus manifestaciones personales e ideológicas. La profesora Nilsa Rivera Colón trabajó ardua y eficazmente llegando a reunir diez cajas de fotocopias mayormente de periódicos. Bravo murió y heredé la redacción de la obra ya que no se había escrito nada hasta entonces.

Planifiqué nueve capítulos y comencé entre 1987 y 1988, con la primera etapa hasta 1924. No obstante, estaba insatisfecho con la documentación. Con la jubilación recopilé información que llenó cuatro cajas y aumenté los capítulos a quince. Todavía inconforme comencé a escudriñar cuatro periódicos, día por día, de 1932 a 1941 y voy por el 1938. Los periódicos son: La Correspondencia de Puerto Rico, El Imparcial, La Democracia y El País. Al finalizar se habrán obtenido unas diez mil fotocopias adicionales. Ahora me siento que entiendo bastante bien lo que acaeció en esa década tumultuosa de la que tanto hay que escribir. Con el favor divino espero terminar las setecientas páginas que tomará esta biografía.

Pasadas las elecciones del 2008 se me preguntó si me interesaba pertenecer a alguna junta del ámbito cultural. Contesté que estaba ocupado con la investigación, pero como me insistieron accedí a ser miembro de la junta de la Corporación de las Artes Musicales (CAM). Luego llamaron y dijeron que me tenían dos noticias, la buena era que sería parte de la junta del CAM y la mala que sería su presidente. Acepté pensando que iba a poder configurar una junta de excelencia para resolver los retos que enfrentaríamos. Así fue que logré que me dieran la mano Nydia Font (Julliard School of Music), Sylvia Lamoutte (New England Conservatory of Music) y Carmen Ana Culpeper (exsecretaria de Hacienda y exdirectora ejecutiva de la compañía telefónica). Con estas tres damas muy especiales el éxito estaba asegurado. Luego se unió al grupo el abogado Juan José Forastieri el cual aportó sus sólidos conocimientos en materias legales y financieras.

Cuando comenzamos las labores, el CAM tenía un presupuesto de 6.3 millones de dólares. Luego descubrimos que el déficit era de $6.2 millones. Gracias al gobernador Luis Fortuño se pudo pagar la deuda y el presupuesto se aumentó a $7.5 millones en el 2010, a $8.4 en el 2012 y terminó en $9.1 millones con la nueva administración. Se instituyeron medidas de austeridad, se hicieron reformas y se estabilizó la corporación gracias a los conocimientos en la administración de entidades culturales de Melissa Santana quien fue contratada como directora ejecutiva. Para esa época, el maestro Valdés era ya director titular de la Orquesta Sinfónica. Sin aumento de sueldo, asumió conjuntamente la dirección del Festival Casals y del Festival Interamericano y perfeccionó la calidad musical de la orquesta. Con gran imaginación, amplió el repertorio de las tres instituciones ajustándose al presupuesto disponible. Me siento muy afortunado de haber podido compartir con el maestro Valdés estos años memorables.

Jamás soñé que tendría la satisfacción de presidir la junta del ICP y del CAM, dos de las juntas culturales más importantes de nuestro país. Además que iba a ayudar a fomentar y difundir la música de los grandes compositores y sus intérpretes contribuyendo así a mejorar la calidad de vida de nuestro público.

En noviembre del 2011 tuve la dicha de acompañar al maestro, en mi carácter particular, cuando fue invitado por su santidad Benedicto XVI para ofrecer un concierto en el Vaticano con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias de la cual es exdirector. El volver a Roma me ofreció la oportunidad de refrescar las experiencias culturales del lugar. Fue dicha ciudad la que inspiró la Tosca de Puccini que de sus óperas es mi preferida. Tampoco podemos olvidar que la gran urbe del Tíber ya había inspirado a Wagner a componer Rienzi, su primera ópera exitosa. En su versión original incluyó un ballet pantomima de cuarenta minutos que narra la historia de Roma. La estatua del contradictorio tribuno se halla entre las escalinatas del Campidoglio, maravilloso conjunto arquitectónico, y lugar en que Rienzi encontró su abrupto y sangriento final.

Aproveché el viaje para dedicarle una semana a Nápoles en la cual se encuentran lugares de importancia histórica y artística. Casi todo el mundo pasa por ella de camino a Pompeya, Amalfi o Capri, pero no todos se detienen a conocer la ciudad que inspiró el Cosi fan tutte de Mozart. Los monarcas borbones no gozan de gran reputación en la historia. Los reyes de esta familia, que reinaron en Nápoles durante los siglos XVIII y XIX, tienen muy mala fama por sus gestiones políticas. Mas sin embargo, su legado cultural es sobresaliente ya que, en parte, heredaron la gran colección artística de sus antecesores Farnese incluyendo el célebre palazzo donde sucede el segundo acto de Tosca. Muy poca gente visita sus tres palacios, el Real, el de Capodimonte y el de Caserta con su magnífico teatro. Algunos amantes de la música no fallan en visitar el bellísimo Teatro de San Carlo (1737) localizado adjunto al palacio real. Fue aquí donde Rossini adquirió fama internacional y fortuna durante su estadía en la corte napolitana mientras el rey reprimía el liberalismo duramente. Este legado borbónico es verdaderamente extraordinario y digno de verse.

Con este relato cuasi biográfico habrán podido notar que mi ruta hacia las humanidades comenzó de niño por las experiencias que tuve la fortuna de vivir y por las personas que me llevaron aún sin proponérselo por ese camino. Mi ruta fue adquiriendo fuerza durante la adolescencia, arrancó definitivamente durante mis estudios universitarios y se afianzó con mi carrera profesional tanto en la cátedra como en mi participación en trabajos de índole cultural. He recibido grandes satisfacciones sin buscarlas y me siento sumamente feliz de que la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades me honre hoy como Humanista del Año 2012. Agradezco profundamente a los miembros de la junta de directores de la Fundación por este honor que me han concedido. Es el mejor regalo de cumpleaños que se puede recibir. Agradezco también a todos los familiares, amigos y colegas que me han ayudado a través de los años, algunos de los cuales están presentes.

Muy buenas noches a todos.

 

Autor: Gonzalo Córdova
Publicado: 28 de abril de 2015.

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