Mercedes López-Baralt, Humanista del Año 2001

 

“Escribo, también, para compartir la satisfacción y la dicha que me inspiran el ser un hombre caribeño. Un hombre caribeño, oriundo de Puerto Rico, de señas mulatas – la piel prietona, los labios abultados, el pelo rizoso”. Luis Rafael Sánchez, 
Conferencia de Humanista del año 1996.

A mi madre, Emma Cardona de López-Baralt

EI Inca Garcilaso fue el primero en decirlo. Más bien en afirmarlo, en celebrarlo. Simón Bolívar lo reconoció, aunque cauto. En su Carta de Jamaica de 1815, contestando a un caballero de Kingston, se aventuró a cifrar la identidad latinoamericana en el mestizaje: “no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”. Pero al Libertador le pudo el carimbo de la mentalidad colonial, que le tentó a eludir la raíz africana que tenía justo en el patio de su casa, su Venezuela natal. Sólo la lucidez de la mirada martiana pudo devolvernos en el espejo de su palabra el rostro múltiple del continente mestizo, cuando en “Nuestra América”, de 1891, propuso la primera imagen cabal de lo que somos:

“éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura”.

Quien se atreviera a poner el dedo en el problema más urgente de la América morena, no resuelto aún, al decir: “la colonia continuó viviendo en la república”, no podía calibrarnos mejor. Más allá de mirarnos como sociedades a medio hacer, con una marcada mescolanza cultural fruto de la impronta de sucesivas metrópolis, nombró sin paliativos el dolor del mestizaje, cuya violencia reconoció en la lucha de castas y en las guerras civiles que han desangrado secularmente al continente del sur, dando lugar a la alegoría garcíamarquina de las 32 guerras del coronel Buendía. EI antecedente visionario 
de Martí allana el camino por el que transita Alejo Carpentier al cimentar su teoría de lo real maravilloso precisamente en el mestizaje en su prólogo de 1949 a El reino de este mundo:

Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y el negro, por la revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías. Pero, ¿qué es la historia de América sino una crónica de lo real maravilloso?

Pero hoy nos ocupa el primer mestizo de nuestras letras. Aurelio Miró Quesada considera losComentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega como la obra más importante de la literatura peruana; para Marcelino Menéndez y Pelayo se trata del “libro más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito”. Citado por el mismo Cervantes en su Persiles, hoy los Comentarios reales han quedado consagrados tanto como fuente primaria para la antropología y la historia del mundo andino, como para las letras hispanoamericanas. Lo manejan con confianza importantes andinistas: antropólogos como John V. Murra, Tom Zuidema y Pierre Duviols e historiadores como Raúl Porras Barrenechea, Franklin Pease G.Y. y Juan M. Ossio A.; se ocupan de su prosa literatos del calibre de ]osé Durand, Aurelio Miró Quesada, José Juan Arrom, Enrique Pupo-Walker, Margarita Zamora, Roberto González Echevarría y Julio Ortega. Pero quizá la consagración mayor venga de tantos lectores entusiastas, que mantienen viva —y sobre todo, joven— la obra del Inca al filo de su cuatricentenario.


La adhesión de Garcilaso al ideal renacentista de la concordia que abrazara como el distinguidísimo humanista que fue, nos hace olvidar a veces el profundo dolor que late tras su condición de mestizo. Pues el Inca intenta, en un arrebato de equilibrio, dar tiempo igual a indios y españoles en su obra magna, celebrando a la vez —misión imposible– la invasión española y el imperio incaico. En la primera parte del libro — Comentarios reales, de 1609 —rinde homenaje a la memoria de sus ancestros maternos; en la segunda— la Historia general del Perú— celebra, con la conquista española, la fama del capitán Garcilaso de la Vega, su padre. Pero la simetría de esta fusión tiene resquicios por los que se cuela el rencor. Que en el mestizaje de nuestro primer escritor hay más de agonía que de armonía lo veremos de inmediato.

“Entre mediado de cuerpo moreno y muy sosegado en sus razones”‘: así describía al Inca don Iñigo Córdoba Ponce de León, quien lo conoció bien. Nace el Inca Garcilaso de la Vega como Gómez Suárez de Figueroa, el 12 de abril de 1539, en el Cuzco, capital del imperio incaico hasta el comienzo de la conquista española del Perú en 1532. El nombre se le impuso en honor de uno de sus tíos paternos. Hijo natural y mestizo del capitán español Garcilaso de la Vega y de la ñusta o princesa incaica, Isabel Chimpu Ocllo, el futuro autor de los Comentarios reales proviene de ilustre estirpe tanto por el lado paterno como por el materno. El capitán Garcilaso estaba emparentado con varias glorias de la literatura española: el Marqués de Santillana, Jorge Manrique y el poeta toledano de su mismo nombre quien fuera primo hermano de su padre; Isabel llevaba sangre real incaica en sus venas, pues fue nieta de Tupac Yupanqui, sobrina de Huayna Capac, y prima hermana de los últimos incas, los hermanos y rivales Huáscar y Atahualpa.

La primera lengua del Inca fue el quechua o runasimi, que aprendió en el hogar cuzqueño, donde escuchó con apasionado embeleso los relatos de sus parientes maternos sobre el pasado esplendor incaico. De niño observó los ritos y ceremonias de 
los incas, cuyo pasado real admiró de joven en las momias embalsamadas que le mostrara el licenciado Polo de Ondegardo. La patria es la niñez: la estrecha relación que mantuvo en sus 
años tempranos con el mundo de Chimpu Ocllo fue decisiva 
para su futura obra. En la madurez se declarará inca con orgullo, 
y conservará para la posteridad la memoria del pasado incaico
 en sus Comentarios reales.

El padre no fue menos importante en su formación. El 
capitán Garcilaso proporcionó al Inca una educación europea, concurrente con la formación oral que recibiera del lado materno.
El niño mestizo estudió tanto las letras castellanas, a través del 
ayo Juan de Alcobaza, como el latín, que aprendiera, junto a
otros alumnos mestizos, del canónigo Juan de Cuéllar. Muy 
temprano, sin embargo, sufriría el niño Garcilaso una
 humillación terrible que nunca podría olvidar y que muy 
posiblemente fue motor decisivo para la escritura de sus
 Comentarios reales, en que reivindica su linaje materno. Tenía 
diez años cuando su padre abandonó a la ñusta para casarse,
 en 1549, con una española de abolengo, Luisa Martel de los 
Ríos, con la que procrearía dos hijas, Blanca de Sotomayor y Francisca de Mendoza. Isabel Chimpu Ocllo se casó poco
 después —probablemente se trató de un matrimonio concertado
 por el capitán Garcilaso de la Vega— con un modesto mercader, Juan del Pedroche. De este enlace nacen las dos hermanas 
maternas de Garcilaso, Luisa de Herrera y Ana Ruiz. Tras el
 repudio de la madre, el niño mestizo permanece en la casa de su padre, donde vivió sirviéndole de escribiente de cartas. De adulto, Garcilaso evocará con amargura esta situación, despersonalizándola, sin embargo, con su pudor habitual, en la segunda parte de los Comentarios.

El resentimiento de Garcilaso contra su padre no empañó la admiración que siempre sintió por él, y que lo animó a escribir la Historia general del Perú para reivindicar su memoria, ensombrecida por su participación en las guerras civiles de la conquista. Cuando, tras la muerte del padre, Garcilaso viaja a España en 1560 a reclamar del Consejo Real de Indias las mercedes que entendía se le debían por su gesta de conquistador, sufrió una decepción que lo haría asumir desafiante su condición de mestizo, y más tarde, convertirse en autor. Sus solicitudes ante el Consejo de Indias tropezaron en 1563 con la negativa de su presidente, el licenciado Lope García de Castro, quien invocó las acusaciones de traición de las que había sido objeto el capitán Garcilaso por su ejecutoria en la batalla de Huarina, cuando cedió su caballo Salinillas a Gonzalo Pizarro. Dicho gesto había sido visto como uno de deslealtad a la Corona por los historiadores López de Gómara y Agustín de Zárate, y unos años más tarde, Diego Fernández el Palentino. La amargura que sintió el Inca ante las sombras arrojadas sobre la memoria de su padre fue intensa. Hacia 1590, releyendo a Gómara, anotará dolorido en los márgenes de las páginas en que éste se refiere a la participación de su padre en la batalla de Huarina: “Esta mentira me ha quitado el comer”, aunque con su habitual estoicismo añadiera, “quizá por mejor”. Aquel mismo año de 1563 se cambiará el nombre, abandonando el que se le impusiera al bautizo, de Gómez Suárez de Figueroa, por el de su padre,
 en un claro homenaje a éste. Pero el mayor desagravio que habría de ofrecer a su progenitor está en la Historia general del Perú.

Tras este desengaño, Garcilaso regresa a Montilla, para establecerse allí en casa de su tío paterno. Participa —ironías de la vida— en la guerra contra los moriscos de las Alpujarras, en Granada, y más tarde se dedica a la crianza de caballos y a la escritura. Se lanza a la ardua tarea de traducir del toscano la obra neoplatónica de León Hebreo. En 1586 termina su traducción de los Diálogos de amor, que aun hoy se la considera como la mejor versión española de dicho texto, y que lo daría a conocer como humanista. En 1590 se publica La traducción del Indio de los tres Diálogos de amor de León Hebreo. Se traslada a Córdoba en 1591 y toma órdenes menores poco después. La Florida del Inca, que estuvo gestando desde 1589, ve la luz en 1605. Garcilaso ya insiste, con orgullo desafiante, en firmar sus obras como “Indio” o “Inca”; ya desde 1601 había figurado como “Garcilaso de la Vega Inca” en las actas del bautizo del hijo de un amigo. Y en 1609 aparecen en Lisboa los Comentarios reales. cuya segunda parte, la Historia general del Perú, termina en l6l2 y habrá de ver la luz póstumamente, tras su muerte en 1616.

El Inca nunca pudo olvidar su condición híbrida. “Español en Indias, indio en España: he aquí el dilema de Garcilaso”, afirmó en su momento Porras Barrenechea. Mestizaje que engendró en su persona dolorosas contradicciones vitales. El mismo nombre de indio, que asume orgulloso una y otra vez en su obra, invoca necesariamente una actitud paternalista ante la raza materna. Porque ni entonces ni hoy un hombre o una mujer andinos se llaman a sí mismo “indios”, palabra que sólo usan los españoles o peruanos occidentalizados. Ellos son runa, que en quechua quiere decir seres humanos, gente. La terrible decisión psíquica del mestizo también se hace visible en el hecho de que, despreciado por el Consejo de Indias, Garcilaso se pusiera al poco tiempo a pelear a favor del imperio español contra otros marginados como él, los moriscos. Miró Quesada alude crípticamente al problema, sin examinarlo, al decir que la rebelión de los moriscos “pudo traerle ciertos ecos de su tierra nativa…”. También hay una ambigüedad patética en el reclamo del Inca de los derechos de su padre ante el Consejo Real de Indias: pide tierras; para convertirse en su padre tiene que ser señor de la gente de su madre.

Terrible ambigüedad la del Inca: combate a otros moriscos y a la vez celebra al converso León Hebreo. Podemos entender que esto último le saliera del alma, aun cuando él mismo despacha su traducción de los Diálogos de amor como si de un capricho de “temeridad soldadesca” se tratara. El mismo Miró Quesada, perplejo ante la elección de Garcilaso, elude la verdadera raíz de esta afinidad del Inca por León Hebreo, al proponer que posiblemente lo que lo moviera a traducir su libro fuera el gusto por la sutileza intelectual compartido por ambos. Pero se trata de algo más profundo, de la andadura vital de dos escritores que comparten de alguna manera la marginalidad que la otredad racial y el mestizaje cultural suponen. Luis E. Valcárcel fue de los primeros en relacionar la situación social del Inca con la de los conversos españoles: “Nuestro Garcilaso era un indio, era un hombre de color, un infiel, a la misma altura que un morisco o un judío”. Germán Arciniegas se ocupará ya directamente de la relación entre ambos, afirmando que el traducir a un judío nacido en Portugal, hijo de Isaac Abravanel, expulsado primero de Portugal y después de España por hebreo, y hacer de esta traducción un obsequio al rey de España, defensor de la fe, es muestra de sutilísima ironía, lección de tolerancia y reconciliación. También “fue tanto como decirle a quien consideró que había perdido su lengua: No temas, que también puedes hablar en español. Le devolvió al judío la voz perdida…”. Pero la traducción del Inca habría de ser castigada: publicada en 1590, fue recogida por la Inquisición en 1593. Garcilaso hizo esfuerzos para que se impidiera la prohibición y para que se le permitiera hacer una reimpresión corregida del libro, pero fueron inútiles. En 1612, el libro ingresaría en el aborrecido índice expurgatorio.

Garcilaso alardea de su mestizaje desde 1586, en que por primera vez se autodenomina Inca. Pronto elevará su condición racial a su categoría de autor, al hacerla constar en los títulos de sus obras: La traducción del Indio de los tres Diálogos de amor de León Hebreo, La Florida del Ynca,
 Primera parte de los Commentarios RealesEscritos por el Inca Garcilasso de la Vega, natural del Cozco, y capitán de su Magestad…, Historia general del PerúEscrita por el Inca Garcilasso de la Vega, capitán de su Magestad… También lo hace desde el escudo que, ufano, incluye en la primera edición de losComentarios reales, y cuyos detalles describe así Miró Quesada: “En un lado del escudo, terciado en fajas, figuraban las armas de los Vargas, las hojas de higuera de los Figueroa, y en franja partida, las de los Sotomayor y las de los de la Vega con el “Ave María”. Al otro lado, las armas imperiales de los Incas: el Sol, la Luna, y bajo ellos el llautu y la mascaypacha mordida por dos serpientes mestizamente coronadas”. Miró también apunta al hecho de que en el escudo hay un homenaje al poeta Garcilaso, al citar su lema “con la espada y con la pluma”.

La frase citada aparece dividida: en el lado paterno figura “con la espada” y en el materno “con la pluma”. Cabe notar que la mascaypacha o corona real de los Incas no es otra cosa que el amaru, la serpiente mítica de dos cabezas que también tiene el sentido del arco iris, mediador entre la tierra y el sol. Podríamos leer el escudo desde el punto de vista andino, tomando en cuenta el simbolismo espacial que otorga valores éticos a las posiciones de hanan (alto) y hurin (bajo), del que hablara el mismo Garcilaso en el capítulo de los Comentarios reales dedicado a narrar el mito fundacional de la ciudad imperial del Cuzco. Si lo miramos, no desde la perspectiva renacentista, que entiende al espectador como eje externo de la imagen, que hace corresponder sus lados izquierdo y derecho con los de su propio cuerpo, sino desde una perspectiva medieval, que es la que asume Guaman Poma en sus dibujos, y en la que el eje es interno a la imagen, notaremos que el lado paterno cae a la derecha del eje o raya vertical divisoria del escudo en dos partes. Esta se corresponde con el espacio ritual de hanan, privilegiado y dominante. El lado materno cae a la izquierda del eje y se corresponde con hurin, espacio subordinado. Con el escudo el Inca no sólo afirma su orgullo de mestizo, sino que comunica subliminalmente la realidad de la derrota de su pueblo a manos de los conquistadores españoles. Coherentemente, la porción del lema del poeta toledano que tiene que ver con las armas, va en el lado paterno, y la que tiene que ver con la pluma, en el materno: pues si las armas destruyeron el imperio incaico, la pluma habría de restaurarlo para la memoria.

Como apunta Margarita Zamora, el asumir con orgullo tal su condición de mestizo —el llamárselo a boca llena, como diría el mismo Garcilaso— está ligado a su rol como narrador de la civilización incaica ante una audiencia europea. La figura del mestizo se convierte entonces en una metáfora para la del traductor como mediador entre dos lenguas, dos culturas y dos mundos, el Viejo y el Nuevo. Son muchas las proyecciones textuales del mestizaje de Garcilaso en los Comentarios reales, más allá del escudo y de la división del libro en dos partes. El Inca vive entre dos mundos, y se ve en el deber de conciliarlos. Por una razón cultural, la de su formación renacentista, que tanto valora el ideal de la concordia. Pero también por una razón histórica, ya no tan esperanzadora. Garcilaso escribe desde una España escíndida tras la derrota de los hispanomusulmanes, la expulsión de éstos y de los hispanohebreos, y la constante persecución de los que decidieron quedarse en su tierra, forzados por la Inquisición a asumir la condición de conversos. La censura lo obliga a cuidar con denuedo todo lo que dice y a usar la entrelínea, los silencios, la ironía, a veces el halago… De ahí que no debemos dejarnos engañar por la serenidad con que Garcilaso concilia los opuestos; tras ella late un dolor muy intenso que aflora pudorosamente en sus páginas.

El dolorido sentir del mestizaje garcilasiano se puede percibir, más allá de sus vehementes protestas de fe, de su admiración por el mundo clásico y de su adhesión explícita a los planes imperiales, por su orgullo de indio y por un anti-imperialismo críptico que asumirá un tono contundente al final de la Historia general del Perú. Anti-imperialismo que emerge en pasajes elocuentes: ” …forzado del amor natural de la patria, me ofrecí al trabajo de escribir estos Comentarios…” , ” …que yo hago harto con señalarles con el dedo desde España los principios de su lengua [quechua] para que la sustenten en su pureza, que cierto es lástima que se pierda o se corrompa, siendo una lengua tan galana”; “yo, como indio Inca”; “Y por haber sido así impuesto acaso [el nombre “Perú”), los indios naturales del Perú, aunque ha setenta y dos años que se conquistó, no toman este nombre en la boca …”; “Trocósenos el reinar en vasallaje”; “Sospecho que el nombre está corrupto porque los españoles corrompen todos los más que toman en la boca”.

El mestizaje late tras la intención contestataria de los Comentarios reales, intención que vincula el texto, desde su mismo título, con las obras de otros cronistas igualmente insatisfechos con la historiografía oficial española. Este escribir contradiciendo de los cronistas americanos, como Guaman Poma y Garcilaso, les lleva a producir una escritura emparentada en su intención a lo que en su día Lezama Lima llamó arte de contraconquista. Así llamó el autor de Paradiso al arte barroco de los primeros escultores indígenas o africanos de nuestra América colonial, como el indio quechua Kondori, que insertaba los símbolos incaicos del sol y la luna, así como rostros de indios desolados en los ángeles tallados en la masa pétrea de las edificaciones de la Compañía de Jesús; o como el negro Aleijadinho, quien transformó las pilas bautismales y los púlpitos de las iglesias de Oro Preto con su arte alucinado. Este arte barroco, mestizo, que aspira a dejar la huella de su diferencia con respecto del español, se opone a la conquista de manera subliminal, afirmando la creación de algo nuevo, original. De manera parecida, pero más allá de lo formal, nuestros cronistas quisieron dejar para la posteridad su propia visión, tanto del pasado indígena, como de la conquista que pretendió obliterarlo.

Hablábamos del título del libro: Comentarios reales. Preñado de la ambigüedad que marcará la obra, sus dos palabras suscitan una lectura polisémica. Reales parece aludir a la monarquía y al linaje de los reyes incas, pero también puede leerse como “realistas” o “verdaderos”. Comentarios suponen glosas que complementan otro texto, pero en ese complementar siempre cabe el cuestionamiento, la crítica y la contradicción. En ese posible segundo sentido de ambas palabras late un dialogismo no por implícito menos importante. Pero nos interesa por ahora la primera parte del título. Todo comentario o glosa invoca un texto anterior, autorizado. Varios estudiosos coinciden en señalar que este título es en el fondo un homenaje a los Comentarios 
de las guerras gálicas de Julio César. Es cierto, pero más allá de Julio César, hay otro texto contemporáneo que impactó de manera más dramática a Garcilaso, hiriéndolo en su pundonor: la ya mencionada Historia general de las Indias de Gómara. Para Miró Quesada, el verdadero origen de los Comentarios reales está en las glosas que anotó al margen de las páginas de la crónica de Gómara: “Esas anotaciones, escritas con letra clara, tranquila y redondeada, pero en las que se transparenta su emoción interior, pueden considerarse como un germen y un anticipo de losComentarios y marcan un hito fundamental en su vocación y en su decisión de historiador”.

Y es que el escribir contradiciendo impone una forma de dealogismo, que se manifiesta en la polémica abierta u oculta. Bernal Díaz escribe contra el mismo Gómara que tanto hizo sufrir a Garcilaso, acusándolo abiertamente de ensalzar a Cortés y de escribir sin conocimiento de causa, por no haber estado nunca en la nueva España; Guaman Poma dedica un capítulo de su Nueva crónica a las “crónicas pasadas” que pretende rebatir, entre ellas las de Oviedo, Zárate, Acosta, el Palentino, Cabello Balboa y Martín de Morúa. El Inca Garcilaso, por su parte, mantiene en sus Comentarios reales una polémica oculta contra los tres autores que mancharon la memoria de su padre: Gómara, Zárate y Diego Fernández el Palentino. Oculta, porque aunque los nombra, dice admirarlos y los cita profusamente (en ello se aleja un poco de la noción bajtiniana). No los ataca ni de frente ni de inmediato en losComentarios. Delicadamente les critica algunas interpretaciones sobre el pasado incaico, sin dejarnos saber que ellos constituyen uno de los poderosos motivos que lo impulsaron a escribir. No es sino hasta llegar a la Historia general del Perú que el lector puede inferir el por qué de la presencia obsesiva de los tres cronistas en los Comentarios. Pues al tratarlos con serena objetividad, había allanado el camino para poder desautorizar de plano, llegado el momento, su interpretación de un episodio de las guerras civiles del Perú, precisamente aquél de la batalla de Huarina. La polémica que empezó como oculta se hace entonces abierta.

En Buscando un inca Alberto Flores Galindo sugiere aun otro blanco para el escribir contradiciendo de nuestro autor. Garcilaso escribe sus Comentarios en contra de la visión del Perú divulgada por los cronistas toledanos. El virrey Francisco de Toledo, que acabó con la resistencia armada de Vilcabamba al capturar y ajusticiar a Tupac Amaru en 1572, enroló a Sarmiento de Gamboa para que escribiera suHistoria índica, publicada ese mismo año, que presentaba a los incas como tiranos y usurpadores. Con ello pretendía Toledo justificar la conquista y contradecir a Las Casas. El inca responderá a esta visión negativa de sus antepasados convirtiendo la presunta tiranía incaica en la utopía de un Estado benefactor y pacífico.

Si bien el comentario implica diálogo con un texto anterior, también tiene connotaciones de humildad. Un comentario no sólo está subordinado a otro texto, sino que es breve y conciso. Es evidente que Garcilaso no se queda en el mero tópico de la falsa humildad, tan en boga en la literatura de la época. En un momento de la España conflictiva tan bien estudiada por Américo Castro, en que la violencia contra las minorías conversas era rampante, en que todo intelectual podía encontrarse sospechoso de heterodoxia, y por ende, en que cada libro tenía que sujetarse a las normas de la inquisición, tuvieron que crearse estrategias protectoras para decir lo que se pensaba. La ironía le sirvió de mucho tanto a Cervantes como a Fernando de Rojas y al autor anónimo del Lazarillo; también los silencios. La humildad de la glosa le será utilísima al Inca. Así, en la “Protestación del autor sobre la historia” , dirá:

…y no escribiré novedades que no se hallan oído, sino las mismas cosas que los historiadores españoles han escrito de aquella tierra y de los Reyes de ella y alegraré las mismas palabras de ellos donde conviniere […] Sólo serviré de comento para declarar y ampliar muchas cosas que ellos asomaron a decir, y las dejaron imperfectas, por haberles faltado relación entera; otras muchas se añadirán que faltan de sus historias, y pasaron de hecho de verdad, y algunas se quitarán que sobran, por falsa relación que tuvieron, por no saberla pedir el español con distinción de tiempos y edades, y división de provincias y naciones: o por no entender el indio que se la daba, o por no entenderse el uno y el otro por la dificultad del lenguaje.


Cuando va a aludir por primera vez a Gómara, tiene muchísimo cuidado: “Yo quise añadir esto poco que faltó de la relación de aquel antiguo historiador, que como escribió lejos de donde acaecieron, estas cosas y la relación, se la daban yentes y vinientes, le dijeron muchas cosas de las que pasaron, pero imperfectas…” De manera que no decimos cosas nuevas, —insiste, como si no fuera su intención la de reescribir toda la historia tanto del pasado incaico como de la conquista— sino que, como indio natural de aquella tierra, ampliamos y extendemos con la propia relación la que los españoles, como extranjeros, acortaron… “.

El cuidado que tiene el Inca para poder contradecir la historiografía oficial española es muy grande. No sólo se manifiesta en la falsa humildad con que presenta sus glosas, sino en la voluntad de autorizar su voz, desde el mismísimo Premio al lector, a partir de cuatro criterios. Sabe bien que como mestizo y bastardo está en desventaja social con respecto a otros autores, que debe presentar sus credenciales. Por ello esgrime un argumento incontestable para superar las crónicas que antecedieron la suya: su autoctonía como indio (“como natural de la ciudad del Cuzco, forzado del amor natural de patria”). Dicho argumento implica aun otro, que le sirve para devaluar aquellas que fueran escritas por españoles que nunca pisaron el Nuevo Mundo, que es precisamente el caso de Gómara: el de ser testigo de vista de muchos de los acontecimientos que narra o de los hechos que describe, como irá puntualizando una y otra vez a lo largo de la obra. El tercer argumento con que Garcilaso legitima su voz es el de no tener “otro interés que el de servir a la república cristiana”. Sus protestas de fe como cristiano también se reiteran insistentemente en los Comentarios. Por último, el Inca se inserta en la tradición historiográfica española (“no diremos cosa grade que no sea autorizándola con los mismos historiadores españoles que la tocaron”), tanto para encubrir sus críticas como por ser un humanista serio que no podía obviar sus antecedentes.

Estas estrategias fueron decisivas para lograr que los Comentarios reales se imprimieran sin problema alguno, con la aprobación de la Inquisición. Lo que ofrece un marcado contraste con el caso de Guaman Poma, quien gritó y vociferó en su Nueva crónica, lanzó vituperios contra conquistadores y misioneros, y representó los abusos de la conquista en dibujos de una violenta sexualidad. Muy posiblemente por ello su crónica, también carta al rey, no se publicara en su momento; anduvo perdida hasta que en 1908 la recuperó para la historia el investigador alemán Richard Pietschmann. Y es que la censura en América era particularmente efectiva. Felipe II utilizó varios recursos para dirigirla: en 1556 dictó una de las disposiciones contenidas en la Recopilación de Leyes de Indias, reiterada en cédula real de 1560, ordenando a los jueces en España y en América que no consintieran la impresión y venta de libro alguno sobre materia americana, en faltando licencia especial del Consejo de Indias. El mismo rey firmaba los permisos para transportar libros al Nuevo Mundo. En el caso de la extraordinaria labor antropológica de fray Bernardino de Sahagún en México, Felipe II prohibió, por decreto de 1577, que continuase con la redacción de la Historia general de las cosas de la Nueva España, ordenando enviase a la Corona lo que tenía ya terminado. Como consecuencia de esta disposición, el manuscrito de Sahagún no se difundió sino hasta dos siglos después.

El mestizaje del Inca es, pues, el motor de un escribir contradiciendo que tiene su mejor expresión en la ironía, la entrelínea, los silencios, la retórica de falsa modestia y la humildad aparente de la glosa. Pero la tensión innegable entre los contrarios irreductibles que conforman este mestizaje y que Garcilaso pretende armonizar en su obra —su reivindicación del mundo incaico y la celebración de la conquista española— cuaja en aún otra estrategia discursiva. Me refiero a ciertos pasajes que exhiben lo que podríamos llamar un punto de vista oscilante. Se trata siempre de una sola oración en la que el Inca asume dos perspectivas distintas. A veces se identifica con su pueblo quechua para luego distanciarse de él, distanciándose a la vez de los españoles: “Por lo cual, forzado del amor natural de la patria, me ofrecí al trabajo de escribir estos Comentarios, donde clara y distintamente se verán las cosas que en aquella república había antes de los españoles, así en los ritos de su vana religión como en el gobierno que en paz y en guerra sus Reyes tuvieron, y todo lo demás que de aquellos indios se puede decir…” En otras, manteniendo a los españoles a distancia, oscila entre el punto de vista de primera persona y el de tercera persona para aludir a su pueblo (mientras alude a los españoles en tercera persona): “Yo nací ocho años después de que los españoles ganaron mi tierra y, como lo he dicho, me crié en ella hasta los veinte años, y así vi muchas cosas de las que hacían los indios en aquella su gentilidad”. Este distanciamiento de los suyos que Garcilaso se ve obligado a proclamar, quizá como estrategia protectora para evadir la censura, alterna al alimón a lo largo de la obra con su insistencia en declararse indio. La tensión es evidente, y mucho dolor costaría; dolor que no pudo acallar el abrazar el ideal de la concordia.

Pero como ha dicho hace años Eduardo Galeano, al hablar del cantor uruguayo, Alfredo Zitarrosa, el artista verdadero trueca su dolor en luces alumbradoras para los demás. No hay melancolía quejumbrosa ni victimización en las páginas del Inca, sino orgullo que traduce en la erección de un monumento verbal con el que garantizó para siempre la perdurabilidad de la memoria de su cultura. Afirmación del ser que detona el nacimiento de la utopía andina de la que nos habla Alberto Flores Galindo en Buscando un inca. Y es que en la segunda parte de sus Comentarios reales, la Historia general del Perú, Garcilaso califica la muerte por decapitación del último líder
 de la resistencia incaica, Tupac Amaru, por órdenes del virrey Toledo en 1572, como la mayor tragedia acaecida en el Perú. Con esta valientísima afirmación, nuestro Inca no ha hecho otra cosa que declarar la ilegitimidad de la conquista española. Poco nos debe asombrar entonces que en 1780 los Comentarios reales fueran prohibidos por Carlos III, al entender que servían de lectura inflamatoria para los seguidores de la sublevación mestiza de Tupac Amaru II. La postura anti-imperialista de Garcilaso se había estrenado sutilmente en La Florida del Inca, como lo nota con agudeza Raquel Chang-Rodríguez. Allí, pese a la exhortación que lanza a sus congéneres urgiendo la reconquista de las tierras recorridas por Hernando de Soto en su desgraciada expedición —paralela a la insistente adhesión a la conquista española expresada en los Comentarios— Garcilaso narra la historia desde su mismo inicio como contundente fracaso, cerrando el libro con un capítulo necrológico, donde enumera los cristianos seglares y religiosos muertos en una empresa fatalmente marcada por la discordia entre los conquistadores.

Recordar al Inca Garcilaso aquí, en Puerto Rico, y a cuatro siglos de distancia, puede parecer un ejercicio puramente literario, fruto del interés —sin duda legítimo— de una estudiosa de las letras coloniales. Pero más allá de la belleza y de la actualidad siempre renovada de su obra, persistentemente joven, sentimos (me atrevo a pensar que somos muchos) una hermandad particular con este peruano universal. Y me refiero al mestizaje que compartimos. Vale traer a colación el reciente estudio realizado por el Departamento de Biología del Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico bajo la dirección del Dr. Juan C. Martínez Cruzado sobre los orígenes del DNA mitocondrial de Puerto Rico. Como el DNA del mitocondrio se hereda sólo de la madre, este tipo de experimento permite estudiar las migraciones de las mujeres por todo el mundo. Un total de 800 personas participaron como voluntarios en el proyecto, cuyos resultados fueron los siguientes: un 61% de ellas mostraron un DNA mitocondrial de origen indígena, un 27% de origen africano y un 12% de origen caucásico. “Ello implica —y cito de las conclusiones del estudio— que la migración de mujeres a Puerto Rico a lo largo de nuestros 500 años de historia ha sido mínima, en comparación a las mujeres ya existentes en Puerto Rico. Además, significa que aproximadamente dos africanas fueron traídas a Puerto Rico por cada caucásica”. Aunque un censo reciente de opinión pública muestra la lamentable negación de muchos puertorriqueños a aceptarlo, la realidad de nuestro mestizaje es, pues, contundente.

Mestizaje no sólo racial, sino cultural. Que marca —y ahora vuelvo a hablar como estudiosa de la literatura— todo lo que escribimos. En puertorriqueño, para aludir al famoso epígrafe con el que nuestro Luis Rafael Sánchez precediera una serie de memorables ensayos. En su ya citada conferencia magistral de Humanista del año 1996, afirmaba el autor de La guaracha del Macho Camacho que, inevitablemente, la puertorriqueñidad es el motor de su obra:

En este sentido, en el hecho de ser puertorriqueño sin traumatismos ni compunciones, sin ceder un ápice a los peligros de la victimización, echando manos del patriotismo cuando ha sido menester pero desacreditando la patriotería cuando ha sido necesario, he buscado, hasta encontrarlos, los materiales con que construir mi obra. Una obra que ha tenido como reiterado eje el diálogo, sin ambages, con mi tribu accidental. El diálogo se ha amparado en lo que un distinguido puertorriqueño hombre de letras, Arcadio Díaz Quiñones, llama la continuidad de la mirada. Esto es, la observación interminable, hasta los abismos de la obsesión, de mi país puertorriqueño. El país que me acompaña por doquier. El país cuya canción, dulce o amarga, quiero cantar, inevitablemente.

Hago mío, con las distancias de rigor y desde una admiración imperturbable, el espíritu que late tras las palabras de nuestro escritor. Distancias porque trabajo desde otra trinchera, la de la crítica. Hace unos años, en 1997, Josefina Berta Gómez de Hillyer me pidió que reflexionara sobre mi obra para un ciclo de conferencias auspiciado por la Biblioteca Carnegie, que dirigía por entonces con su generosidad habitual. Cuando me rompía la cabeza pensando en un título para aquel ensayo, se me ocurrió cogerle un pequeño y boricua fiao a sor Juana Inés de la Cruz tomándole prestado aquello de la curiosidad barrocacon que Lezama Lima definió la andadura vital de nuestra primera poeta. Lo titulé “La curiosidad barroca: hacia un hispanismo sin fronteras”. Porque me daba cuenta, al repasar mis libros, que me he metido en cuanto me ha dado la gana, con afán barroco o excesivo como buena “orillera” que soy. Lo dijo Borges y me lo recuerda mi hermano Arturo Echavarría Ferrari: los latinoamericanos escribimos desde los márgenes y como con hambre vieja queremos hacerlo todo hoy. De ahí que invocara la consigna de los rescatadores de tierras del continente del sur, que quitaban las cercas de los latifundios al son de “¡A desalambrar!”, al proponer un hispanismo sin fronteras donde no se le puedan poner puertas al campo, una suerte de “lugar sin límites” caribeño.

De los mitos taínos a Guaman Poma, el Inca Garcilaso, Galdós, Arguedas, Pedreira, Palés y la literatura
 puertorriqueña contemporánea: los autores y temas a los que he dedicado mi atención componen un mosaico multicolor que no dista mucho del mestizaje literario que caracteriza a nuestras letras y del que hablara don Federico de Onís en un ensayo de 1952. Pero en mi caso —también en el de mi
 hermana Luce, que va de los moriscos y San Juan de La Cruz a Luis Rafael Sánchez y José Hierro con toda comodidad— hay un denominador común entre casi todos los objetos de amoroso estudio: la resistencia cultural, la marginalidad y el mestizaje.

Mestizos los primeros y aborígenes los segundos, moriscos y taínos fueron marginados por la política imperial española, y resistieron a través de manuscritos aljamiados y mitos orales. Mestizo cultural por converso lo fue San juan de la Cruz, quien sufrió prisión en la España conflictiva, como la llamara Américo Castro. Guaman Poma y el Inca Garcilaso resistieron la marginalidad a través de su escritura valiente, lo que le costó al primero que no se publicara su crónica durante tres siglos y al segundo que se prohibiera la suya en el siglo dieciocho. Galdós —canario, isleño como nosotros— sufrió el desprecio de Valle Inclán, quien lo llamó “don Benito el garbancero” por lo que hoy reconocemos como una de sus aportaciones imprescindibles, su extraordinario discurso coloquial madrileño. Tampoco recibió el apoyo de sus padres en su candidatura al Premio Nobel de Literatura: su sempiterna compasión lo había acercado demasiado al socialismo en los últimos años de su vida. Palés y Luis Rafael Sánchez rescatan las voces olvidadas del africano original y del mulato callejero. Pepe Hierro —hoy debidamente consagrado como el poeta más importante de la España actual— dio con sus huesos en la cárcel durante el régimen franquista. Y el mismo Pedreira, pese a sus desatinos en el tema de nuestro mestizaje, escribe —hablo, desde luego, del Insularismo— un libro francamente anti-imperialista.

Marginalidad, mestizaje y resistencia cultural. ¿No estamos hablando, en el fondo, de Puerto Rico? Marginalidad del poder metropolitano, que reside, mal que nos pese, en Washington. Mestizaje tanto racial como cultural. Resistencia colectiva, no por anónima menos heroica, manifiesta en el sencillo hecho de que aún hablamos español y en él producimos una literatura pujante: el único caso en América Latina, como lo ha visto Juan Gelpí, de una sólida literatura nacional en un país que aún no ha accedido a la nacionalidad jurídica. Escribo en puertorriqueño.

Quisiera cerrar estas líneas recordando a otro mestizo, esta vez andaluz: el inolvidable Carlos Cano, quien en l992 quiso dejar huella de los marginados en medio de la celebración oficial tanto en España como en nuestra América, del quinto centenario de lo que entonces se llamó eufemísticamente “el encuentro entre dos mundos”. Cano sacó oportunamente, con ironía genial y una generosísima dosis de solidaridad con los nombrados despectivamente sudacas, el disco titulado Mestizo. En él incluyó desde habaneras hasta cuecas, desde rancheras hasta el son cubano. En la murga cachonda que abre el disco intercala con humor irónico tres voces, la del español tarambana que se va a la conquista de tierras y mulatas, con la del andaluz solidario y la del americano del sur, que se abrazan al compartir las rutas de la sangre y hasta la gaditana Puerta de Tierra que se repite una y otra vez en las ciudades muradas de las Antillas. Así nos cantó Carlos Cano, convirtiendo el mar en puente que nos une. Ese mismo mar que en sentido inverso surcara hacia Montilla hace más de cuatro siglos el Inca Garcilaso. Desde el Caribe los Andes no parecen tan lejanos.

Mestizo

por: Carlos Cano, del disco Mestizo (1992)

Moreno, pardo, de cobre,
criollo, morisco y zambo
cambujo, lobo y coyote

soy mestizo, soy mulato.

Y en mi corazón guajiras,
habaneras y guapangos,

colombianas, chacareras
bambucos, cuecas y mambos.
Mestizo, soy mestizo,
mulato, soy mulato.

Y al compás de los tambores

con el vaivén de los barcos

los indios con sus plumones

los cholos con sus tangazos

los negros con sus tangones

las negras con sus culazos

tanto labios como flores

así lo están pregonando.

Mestizo soy mestizo,

mulato, soy mulato.

Por grandes que sean los mares

triquitriquitrán


nunca podrán separarnos


que tú me lleva’ en tu sangre

y yo te tengo en mis labios

salineras salineras

triquitriquitritán

triquitriquitritán.

Las murallitas de oro


las caballitas de plata


aunque no entre por tu puerta


yo salgo por la ventana

comiendo azúcar y oliendo albahaca.

Ay niña María ábreme la puerta

que tengo en la boca azúcar morena

qué dulce, qué buena,


son pellizquitos de amores


que le pego a la canela


qué dulce, qué buena,


y vámonos

que nos vamos
 a Puerta de Tierra.

 

Con la sal de la bahía

los tambores africanos

al compás de Andalucía

así nacieron los tangos

vinieron como guajiras

se fueron como fandangos

por la ruta de la sangre

amores de contrabando.

Mestizo soy mestizo,

mulato, soy mulato.

Babalú de la guayaba

bastón de cocomacaco

garabato, filigrana


y vámonos que nos vamos

y vámonos que nos vamos

yambambé del zoromuco

con los ojos como platos

ese son cantaba un negro

que del susto quedó blanco

Mestizo soy mestizo,

mulato, soy mulato.

Y hasta en los guirís soñando

con un daiquirí en La Habana

un mojito en Floridita


en la playa una rumbita

y una mulata en la cama.

Ya viene la Nochebuena

tortilla de camarones

a Belén pastores


a Belén pastores


con la niña recordando

a los coristas famosos

esto es primoroso,


esto es primoroso.

Ay niña María ábreme la puerta

que tengo en la boca azúcar morena

qué dulce, qué buena,


son pellizquitos de amores


que le pego a la canela


qué dulce, qué buena.

A La Habana yo me voy de tarambana

yo me voy pa’ la conquista americana…

Mestizo soy mestizo,


mulato, soy mulato…

 

Autor: Mercedes López-Baralt
Publicado: 4 de mayo de 2015.

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