Portada Puerto Rico en el mundo

Portada Puerto Rico en el mundo

Occidente asiste, con una ansiedad un tanto difusa, a la marginación de la cultura letrada. En las cade­nas de librerías, cuyas grandes superficies han hecho prácticamente desaparecer a los verdaderos libreros, se puede encontrar una vastísima oferta de libros-televisión; textos diseñados para vender en grandes cantidades y para no durar, pues es pre­ferible económicamente para sus editores que den paso casi de inmediato a los “éxitos” de la próxima temporada. Esta forma de producción editorial no es nueva, existe desde el comienzo mismo del comercio de libros, pero nunca se había visto a tal punto respaldada por las grandes empresas y los puestos de venta, al punto de relegar de manera inquietante las ofertas más sólidas, a puestos cada vez menos visibles para el gran público.

Este fenómeno ejerce además un pro­ceso de sustitución casi mágico, pues los libros-televisión, que abarcan toda la gama de géneros, de la ciencia a la poesía, de la novela al tratado filosófico, permiten que el nombre de un puñado de celebridades mediáticas se conviertan en los científicos, los novelistas, los filósofos o los poetas del momento, con una autoridad que se hace más breve e insípida con cada temporada en detrimento de un número importante de practicantes de estos discursos, que el renombre de los que acaparan las mesas de novedades, condena a la oscuridad.

No es casual el éxito de colecciones como los Idiot”s Guides, que en sus volúmenes tratan los más diversos temas y en los que sus autores mastican por otros un conocimiento muy compartimentalizado, para beneficio de un lector que asume sin complejos su minusvalía, con un deseo de eficiencia que se traduce en la rápida absorción de informaciones. Estas series de libros, patentizan un modo de producción editorial, que de manera semejante a lo que ocurre en los medios de comunicación de masas con libretistas, directores o repor­teros, utilizan al autor como a un técnico, cuyo texto será formateado por un equipo de editores, a partir de una estructura y un estilo previamente decididos. El autor sería, a partir de este modelo, un profesional sus­tituible y por esto mismo, podría fácilmente convertirse en un anónimo. Estas prácticas de producción invierten el tradicional orden de los factores de la cultura letrada. El es­critor pasa a un plano secundario y la ver­dadera autoridad reside en el que contrata y quiere mercadear un producto diseñado extraliterariamente.

La cultura letrada se ve amenazada por la expansión de esta práctica, que ha logrado colonizar zonas de escritura que hasta hace poco disfrutaban de autonomía. El éxito in­discutible de esta temporada en España es La catedral del mar. Una larga novela histórica sobre la Barcelona medieval, que según los cintillos que rodean el libro, ha vendido más de un millón de ejemplares. Pilas de volúmenes de esta novela sin trascendencia se levantan por todas partes. A la misma vez, no abundan en las librerías los títulos de muchos Premios Cervantes o Príncipe de As­turias de las Letras. Si este es el caso de los que han recibido los más altos galardones, ¿cuál es el agrio destino de incontables es­critores de importancia, que por las razones que sean, no han llegado a estos niveles?

La mala hora del libro

La mala hora del libro

Un número incalculable de escritores sufren el secuestro de sus obras, por hallarse agota­das o mal distribuidas. Y, en segundo térmi­no, una buena parte de los editores, ya no respaldan una producción literaria original, sino que prefieren textos que vayan con el diseño predeterminado de sus ofertas. En ambas vertientes, la cultura secular del libro, está siendo atacada.

Los condicionantes de la languidez de la cultura letrada responden a una situación nueva. No se trata, como en otros momentos, del contrapoder ejercido por el analfabetismo (si bien, en su versión funcional, este no deja de crecer). La casi totalidad de los miembros de las socieda­des occidentales están escolarizados y un sector muy grande accede a la educación universitaria. Lo que ocurre es que hoy se puede llegar a ser médico o ingeniero, contable, arquitecto o político, sin haber pasado por la experiencia del libro. Es po­sible llegar a diplomarse y practicar una profesión, incluso con éxito, sin haber tenido que leer, sin valorar el libro ni el pensamiento que lo forma.

Al menos una generación ha convi­vido ya con el concepto de download. En cualquier parte del mundo, usando un ordenador, se puede bajar una copia idéntica de un material digital, que llega a manos del usuario, sin aparente esfuerzo ni costo. La popularidad de programas como e-mule ha hecho que la adquisición de materiales, el download de textos, música o películas, rebase por mucho la posibilidad de consumirlos. La cultura circula, contando más su almacenamiento virtual que el ritmo natural y humano de su adquisición. ¿Para qué comprar y leer el libro si se puede bajar las obras completas o el ensayo introductorio que ha colga­do en la red algún estudiante graduado? Estos materiales no se leerán casi nunca, pero permanecerán almacenados, y esta circunstancia crea el espejismo de su consumo y aprovechamiento.

La cultura deja de ser una práctica y se convierte así en un deseo de archivista. Irónicamente, como resultado de una lógica perversa, el hiperconsumo deviene un no-consumo. El libro deja de ser un objeto de lectura y más que una mercancía, pasa a ser un objeto bibliote­cable. Quizá asistimos a una época que ha borrado como ninguna otra el lapso de tiempo entre el nacimiento y la desaparición de un libro. En su acto de ser, en su publicación y distribución, ya repta su evanescencia, que acontecerá en apenas un plazo de meses.

En ¡Tierra, tierra! Sándor Márai describe los albores de esta nueva situación: “Los libros se propagaban con la rapidez de una epidemia (como sus lectores y autores), y el libro masificado ya no era más que un instrumento auxiliar para el ser humano masificado, como las vitaminas, la radio o el automóvil. Todo el mundo tenía libros, pero muy pocos esperaban una respuesta de ellos…” Las memorias del escritor húngaro se ocupan de los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial y son un poderoso testi­monio de la implantación de un régimen totalitario. La amenaza del totalitarismo, sin embargo, no queda relegada al pasa­do. Según Jean Peyrelevade, antiguo pre­sidente del banco Francés Credit Lyonnais, solamente el 4% de la población mundial posee las acciones de bolsa que mueven la economía globalizada. Esta ínfima parte de la población del mundo ha impuesto un nuevo orden que ha debilitado todos los poderes tradicionales, incluidos la soberanía nacional y el pensamiento, y nos im­pone un totalitarismo en libertad. ¿Ante el poder de las asambleas de directores, esos nuevos politburós del mercado único, qué pueden las prácticas de aquellos que todavía esperan una respuesta de los libros?

El hecho más significativo por el mo­mento, es la dificultad de esta cultura para comprender su asedio. Como en los tiempos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, parecería existir una enorme inclinación a engañarse o a ignorar la dimensión del peligro. La realidad es que no hace falta mucho más que una generación, para que la cultura letrada, como cualquier otra práctica social de la huma­nidad, pierda la capacidad de reproducirse. ésto no es un fenómeno nuevo, pues ya se ha dado en culturas periféricas, cuyas instituciones no tenían el calado suficiente para resistir. Estas socieda­des, son el futuro de Occidente. El gran número de inmigrantes con títulos, que llegan a diario con su desesperación a costas europeas, son muestra paten­te de este hecho. Occidente aguarda, potenciando nacionalismos peligrosos e inoperantes o vanagloriándose en un pseudo pensar políticamente correcto, a que las cosas cambien de rumbo. En ambos casos, no es más que whishful thinking.

A las sociedades fuertes les cuesta pre­ver su fragilidad, es tal el poder tranquilizador de sus tradiciones, pero la realidad es que con cada día que pasa resulta más patente; basta comprobarlo en sus librerías viendo los espacios que ocupan los libros-televisión, que ya ha comenzado la reclusión en un ghetto de la herencia de la ilustración. Esta despotenciación del pen­samiento tendrá amplias consecuencias en las relaciones que estas sociedades sostienen con el poder.

La función crítica de la cultura renace en tiempos difíciles. El olor de la carroña siempre le ha sido propicio. El proble­ma actual es que la peste no atraviesa las pantallas ni puede almacenarse por medio de e-mule. Lo que pasa no pa­rece ocurrir, por estar enmarcado en un contexto legal y libre. En La filial del infierno en la tierra, la colección póstuma de artículos redactados luego de su salida de la Alemania hitleriana, Joseph Roth exhibe una lucidez ejemplar. En una de sus columnas afirma: “No hay trastorno mental más difícil de corregir que el esnobismo espiritual colectivo.” Este es el caso, precisamente, de aquellos que se imaginan indemnes a la historia. Bush, Berlusconi, Aznar o Putin parecen estar felices en las juntas directivas. No se ven obligados a pensar en la pistola cuando se menciona a la cultura, sencillamente pueden permane­cer callados y, ese silencio, es cada día más compartido por millones de europeos.

El pensamiento que transmite el libro no es clandestino, pero deviene progresiva­mente invisible en un régimen de libertad y democracia. La cultura-espectáculo susti­tuye lo que antes era la cultura a secas. Co­mienza a resultar imperioso ser anacrónico para continuar siendo parte de la moder­nidad o, simplemente, para no claudicar. Roth expresó esta disyuntiva dramáticamente, en los albores de un conflicto que destruyó a un continente: “Un pueblo que como jefe del Estado vota a una efigie que en su vida ha leído un libro, ¿está tan lejos de quemar libros?”

Este llamado de alerta es el que le co­rresponde hacer a los que todavía piensan, independientemente de si son escuchados o no. En un artículo de John Berger, apa­recido el 17 de febrero de 2007 en El País, dedicado a la obra del periodista australiano John Pilger, el escritor británico es tajante: “Todas las palabras empleadas actualmente para justificar lo que los poderosos están intentando imponer al mundo son falsas.”

La función crítica del pensamiento no puede transformar el mundo, pero si puede en­frentar su discurso. Las palabras empleadas por el poder son un espejismo: expresio­nes vacías que se temen y son difíciles de desmentir. El pensamiento se opone a esta vacuidad hegemónica, políticamente útil.

Hace tan solo unos meses, unos es­birros asesinaron en el ascensor de su edificio de Moscú, a la periodista Anna Polikovskaya. Muchos indicios apuntan al Kremlin, que no apreciaba su cuestio­namiento de la guerra en Chechenia. En Turquía fue ultimado el escritor Hrant Dink, que había denunciado públicamente la realidad histórica del holocausto arme­nio. En ese país existe una ley que prohíbe cualquier mención de este hecho y los policías que custodiaban al joven homicida, se fotografiaron con él en el cuartel, frente a una bandera turca, en homenaje al que consideraron un héroe.

El Nóbel de 2006, el también turco Orhan Pamuk, ha debido recientemente abandonar su país por las mismas razones. Diversos países islámicos, entre los cuales se destacan notable­mente Arabia Saudí e Irán, censuran y per­siguen los contenidos de Internet. China ha llegado al punto de desarrollar programas de espionaje informático que bloquean —y persiguen— “palabras sensibles” y pronto esta tecnología, implantada con complicidad de Google, estará a la venta. Estas restricciones crasas del pensamien­to son fáciles de detectar y responden a lógicas y prácticas tradicionales.

Sin em­bargo, el hecho de que la obra de docenas de autores se encuentre marginalizada o desaparecida en las librerías occidentales, constituye un inquietante hecho, cuya “li­gereza” en relación a lo anterior, no debe ser menospreciada, precisamente por estar enmarcada por otro tipo de legalidad: en este caso no la del partido único, pero si la del mercado único. El pensamiento sufre la amenaza de los libros de diseño y se comprueba que la libertad del capital es otra forma de opresión ideológica. Leer y escribir son prácticas que progresiva­mente se hacen endebles y peligrosas. La ruindad ya no es patrimonio de armenios, persas o chinos.

Eduardo Lalo
Artista y escritor
Universidad de Puerto Rico- Río Piedras

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 27 de septiembre de 2010.

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