A finales del siglo XIX y principios del XX, desde diferentes perspectivas y experiencias históricas, las mujeres puertorriqueñas comenzaron a exigir el sufragio. La lucha sufragista no fue un movimiento monolítico, sino uno plural con distintos matices que interaccionaban entre sí y complementaban la lucha. Para las trabajadoras, el sufragio era primordialmente una vía para para alcanzar mejores niveles de vida y derechos laborales. Para las mujeres de clases medias y altas el sufragio femenino era un cuestionamiento de su posición subordinada en la sociedad patriarcal. A pesar de las diferencias, tanto obreras y burguesas, exigían una participación plena en la sociedad en la cual vivían y trabajaban; no concebían que fueran excluidas del mayor instrumento de los pueblos democráticos: el derecho al voto.

Con la llegada de la industrialización y el fortalecimiento del capitalismo en Europa y Estados Unidos, las antiguas estructuras sociales y materiales empezaron a transformarse, permitiendo un rol más activo de la mujer en la esfera pública. Las nuevas estructuras de producción y los proyectos políticos liberales de modernización de la sociedad volvieron insuficiente el hogar como único espacio de acción de las mujeres. Su inclusión en el espacio público vino acompañado de la necesidad de prepararlas y educarlas para ser partícipes de la sociedad. Sin embargo, lo anterior no significó el reconocimiento total de los derechos de las mujeres, ni el desmantelamiento del sistema de opresión patriarcal. Su inclusión se efectuaría reforzando so rol subordinado de madre y esposa. Los hombres que ostentaban el poder delimitaron fuertemente la participación de la mujer en los nuevos proyectos políticos, económicos y sociales, excluyéndolas del derecho al voto. Ante este cuadro, desde el segundo lustro del siglo XIX, sectores femeninos de las clases altas europeas y estadounidenses alzaron su voz de protesta y empezaron a cuestionar, a través de la lucha organizada, su posición dentro de la sociedad y a exigir el derecho al voto.

En Puerto Rico, bajo la bandera española, miembros de la élite intelectual liberal criolla hacían suyas las líneas argumentativas europeas de progreso y modernización defendiendo la necesidad de educar a las mujeres. Alejandro Tapia y Rivera, Salvador Brau y Eugenio María de Hostos, entre otros intelectuales, simpatizaban con la instrucción femenina, siempre y cuando no las la alejara de su función social: la crianza de los hijos. A partir de 1860, se fundaron en la isla varias instituciones educativas para mujeres: el Colegio Asilo de San Ildelfonso, El Colegio de las Madres del Sagrado Corazón, y la Asociación de Damas para la Instrucción de la Mujer. Estos intentos no representaron el reconocimiento de los derechos políticos de la mujer.

Mujeres letradas tomaron la iniciativa e incidieron en la esfera pública esgrimiendo la pluma. Ana Roqué de Duprey, maestra y escritora original del pueblo de Aguadilla, fundó en 1894 el periódico de corte feminista, La Mujer. Le siguieron otras publicaciones que abogaron por el reconocimiento de los derechos de la mujer y que tenían como gran punto de partida el sufragio femenino. Este sector incluía mujeres de la élite criolla, quienes, en un movimiento estratégico de lucha, se presentaban más interesadas en promover los derechos de la mujer alfabetizada que en romper radicalmente con las antiguas estructuras del patriarcado. Es 1896 se registran las primeras manifestaciones en pro del sufragio femenino.

El cambio de soberanía española a la estadounidense no representó la otorgación inmediata del sufragio femenino. Años de tenaz lucha lo lograron. Por un lado, las mujeres obreras inspiradas en las doctrinas anarquistas, sindicalistas y marxistas de la época comenzaron a madurar fuertes convicciones feministas que las llevaron a exigir el derecho al voto. Su conciencia de lucha nació en las injusticias e historias comunes compartidas mientras se despalillaba el tabaco, o en las lecturas a viva voz en el taller. Por otro lado, las mujeres de las clases medias y altas, burguesas, intelectuales y profesionales luchaban también por el sufragio femenino desde una perspectiva más conservadora y tradicional. Estas comenzaron a cuestionar su posición subordinada en la sociedad patriarcal.

Líderes como Juana Colón, Ramona Delgado de Otero y Luisa Capetillo tuvieron roles importantes dentro del movimiento obrero. Colón, Delgado y Capetillo exigieron entre los derechos de los trabajadores y trabajadoras el pleno reconocimiento político y social de las mujeres. Delgado escribió el 7 de septiembre de 1901 en el periódico El Pan del Pobre: “Si ocupo, como seguiré ocupando, las columnas del valiente periódico que defiende nuestros ideales, es solo con el fin de que sepan los habitantes de nuestro terruño, que las que vestimos faldas ya hemos aprendido a conocer los sagrados derechos del obrero, y que no porque seamos mujeres no hemos de entrar en la lidia hermosa de las ideas”. Líderes obreros reconocieron el reclamo y pese a la oposición, las ideas feministas fueron incluidas en el programa político de la Federación Libre de Trabajadores y del Partido Socialista.

Mujeres de clase alta y media, educadas y recién estrenadas en los nuevos espacios de trabajo fueron desarrollando una conciencia de luchas que desembocó en publicaciones y organizaciones feministas. Entre las publicaciones se destacan: Pluma de Mujer, La Mujer del Siglo XX y Nosotras. Las voces de las líderes feministas Ana Roqué de Duprey, Isabel Andreu, Mercedes Solá y María Luisa de Angelis resonaron con fuerza en los reclamos constantes.

Organizaciones como la Liga Femínea y la Asociación Feminista Popular fueron claves en la lucha por el sufragio. La Liga Femínea, compuesta por mujeres de la clase alta, fue la primera organización sufragista fundada en Puerto Rico. Dicha organización defendía el derecho al voto femenino desde las disposiciones de la Ley Jones, pero solo para las mujeres alfabetizadas. Al incluir entre en sus reclamos la participación de las mujeres en puestos políticos, la Liga cambia su nombre en 1921 a Liga Social Sufragista. La Asociación Feminista Popular de Mujeres Obreras de Puerto Rico nace en 1920 dentro del movimiento obrero y defendían el sufragio universal. Su membresía pertenecía a la industria del tabaco y eran analfabetas.

Los mítines, las marchas, las peticiones enviadas a la Legislatura se mantuvieron contantes ante la dura oposición durante toda la década del 1920. Las sufragistas consiguieron que se radicaran proyectos de voto femenino en 1919, 1921, 1923 y 1927, todos en vano. De forma parcial, en el 1929 se reconoció el derecho al voto solo a las mujeres alfabetizadas. En los comicios de 1932 estrenaron el voto miles de mujeres instruidas; resultaron electas para la Legislatura Isabel Andreu y María Luis Arcelay.

Finalmente, en 1935 fue otorgado el derecho al sufragio universal. El derecho al voto reconoció desde la legalidad del Estado la participación activa y plena de las mujeres en la esfera política. Si bien esto no representó el desarme del sistema de opresión patriarcal, sí marco el inicio de su resquebrajamiento. Gracias a mujeres valientes como Ramona Delgado de Otero, Juana Colón, Luisa Capetillo, Ana Roqué de Duprey, María Luisa Arcelay y Trinidad Padilla de Sanz, entre muchas otras, hoy las mujeres puertorriqueñas disfrutan plenamente del derecho al voto. Ellas abrieron el camino, aún inconcluso, de la equidad y justicia plena para las mujeres en Puerto Rico.
Autor: Yanelba Mota Maldonado
Publicado: 23 de febrero de 2016.

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