El mito es el origen. Nace de la experiencia humana de lo sagrado en la tierra. En él se narra la creación del universo, el surgimiento de los dioses, la aparición de todos los seres que habitan la existencia. Al tratarse de un momento primario, al que no se puede acceder propiamente, se funda en ello un espacio y un tiempo míticos. Es decir, un espacio y tiempo que adquieren una dimensión sagrada, en la que los seres mortales y divinos viven en un eterno devenir. El mito, a su vez, es memoria. Y puesto que es memoria, cumple una función social. Mediante la transmisión oral de la memoria mítica común, se justifica la organización de las sociedades, los rituales religiosos, las guerras, e incluso los alimentos, su cultivo y el modo de prepararlos. Por lo tanto, la tradición que sostiene la unidad cultural de un pueblo se nutre en la memoria del origen. Cuando la transmisión oral de esta memoria sigue su curso –se desarrolla y tiene diferentes desembocaduras– se está ante la mitología.

Los taínos, mucho antes de la llegada de los españoles, ya poseían sus mitos, su mitología y su religión. Eran el behique (líder religioso) y el cacique (líder político-religioso), los encargados de dirigir las ceremonias y de transmitir la tradición.

Yaya –de quien se ha sugerido, que vendría a ser Yocahu Bagua Maórocoti– era el principio elemental de la existencia; espíritu dador de la vida. Este expulsó a su hijo Yayael, quien tenía la intención de asesinarlo. Al permitir su regreso, lo mata y coloca sus huesos en una calabaza. Estos se transformarían en peces. Un día, ante la ausencia de Yaya, los cuatro gemelos, hijos Itiba Cahubaba (la gran madre, muerta en parto), liderados por Deminán Caracaracol, toman la calabaza y comen de los peces. La calabaza cae, el agua se derrama, el mar nace sobre la tierra. En otro momento, Deminán Caracaracol y sus hermanos roban el fuego, el ritual de la cohoba y el casabe a Bayamanaco, señor del fuego. Bayamanaco dispara en la espalda de Deminán. La herida crece. Sus hermanos la abren y de ella sale una tortuga.

El primer mito explica la manera en la que, gracias al sacrificio de Yayael, como al atrevimiento de Deminán, aparece el mar. Justifica así la existencia de los peces y el acto de acudir a ellos como sustento. A su vez, el robo a Bayamanaco fundamenta el casabe como alimento básico en su dieta; el uso del fuego que da calor y luz, y que permite la cocción; y la cohoba, planta que propicia uno de los rituales religiosos más importantes.

A la isla de Haití (luego llamada Española), los taínos la concebían como un gran cuerpo de mujer. Era, pues, un espacio sagrado generador de vida. Del lado este, se encontraba la cueva-serpiente divina: Iguanaboína, por donde salía el sol. Junto a ella, estaban Boínayel y Márohu. Los tres eran considerados las deidades del buen tiempo y de la lluvia fecundadora. Su contraparte eran otras tres divinidades, las del mal tiempo y los huracanes: Guabancex, Guatauba y Coatrisquie. El centro del universo era la montaña Cauta. En ella había dos cuevas. De la cueva Cacibajagua, saldrían los primeros humanos y tendría inicio la sociedad. La tercera cueva, al oeste, se llamaba Coaybay. Allí regía Maquetarie Guayaba, señor de los muertos.

Fueron tres los intentos de salir de la cueva. En el primero, el sol convirtió a Mácocael, guardián de Cacibajagua, en piedra. En el segundo, a la salida del sol, unos pescadores fueron convertidos en árboles. En el tercero, Yahubaba, quien buscaba digo (planta mágico-medicinal), fue transformado en pájaro. Finalmente, Guahayona y Anacacuya lograron salir de la cueva. En el mar, Guahayona lanzó de la canoa a Anacacuya, regresó a la cueva y se llevó a las mujeres, a las que dejaría en una isla. Guahayona hizo un viaje hacia un lugar llamado Guanín. Los niños, que habían quedado sin sus madres, de tanto llorar se transformaron en ranas (tona). Los hombres, por su parte, vieron cómo de los árboles aparecían unos seres andróginos de madera. El pájaro carpintero, Inriri, talla en sus cuerpos el cuerpo de la mujer.

En un sentido primario, la palabra religión significa unirse, reunirse; darse al uno; regresar al principio. A este principio no puede llegarse plenamente, sino por aproximaciones. Estas aproximaciones son los rituales religiosos, en los que se acude a la memoria y a la tradición.

En la religión taína existía el concepto de cemí. Esta palabra aludía tanto a las deidades como a las figuras de madera o piedra con las que se les representaba. El batey, o plaza ceremonial, enmarcaba su espacio con piedras en las que podía haber dibujos de cemíes. Aquí se llevaba a cabo el areito, celebración en la que se cantaba y bailaba. Durante esta ceremonia, se narraba la historia mítica del pueblo a todos los miembros del yucayeque. También, en el mismo espacio, ocurría el juego de la pelota.

Una ceremonia religiosa de gran trascendencia,lo era el ritual de la cohoba. Los principales hombres del yucayeque (nitaínos), junto al cacique y al behique, se reunían en el caney, espacio que fungía como templo y casa del cacique. Allí, el cacique o el behique, inhalaba el polvo de la semilla de la cohoba, mezclado con caracoles molidos para, extasiado y en trance, entablar comunicación con los cemíes. Con este acto se buscaban respuestas sobre el presente, lo venidero, o la causa de las enfermedades y cómo curarlas.

Con la llegada de los españoles, la sociedad taína fue desapareciendo violentamente. No obstante, así como ellos recreaban sus mitos mediante las ceremonias religiosas, quienes en la actualidad los leen con atención pueden recuperar su antigua memoria. Pues, cada vez que un mito es contado, el universo vuelve a nacer y el origen se devela. Así es como permanecen el sonido ancestral del areito, la aspiración sagrada del behique y el misterioso poder de los cemíes.
Autor: Kelvin Durán Berríos
Publicado: 26 de enero de 2016.

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