¿Acaso alguien podría negar que desde diversos puntos geográficos del continente africano fueron traídas personas que, desde sus condiciones de esclavitud, influirían en los desarrollos de diversas culturas o configuraciones culturales del Caribe? Eso, francamente, no sería aceptable. Es decir, nadie podría obviar la evidente presencia de supervivencias africanas en la región caribeña. Sin embargo, es meritorio mirar un poco hacia atrás y analizar las condiciones en las cuales dichas influencias ocurrieron. Lo anterior es insoslayable si se quiere ir más allá de los enfoques que, por muchos años, han dominado este tipo de discusión.

Tradicionalmente la “influencia africana” en el Caribe se ha tomado como un conjunto de prácticas, concepciones y cosas que fueron “traídas” por los africanos y simplemente depositadas en aquello que todavía muchos insisten en llamar “cultura caribeña” (a pesar de los problemas que ha generado la precisión de lo que es la “cultura caribeña”). Esos “depósitos”, peor aún, han sido entendidos en muchas ocasiones, como “entregas” íntegras, es decir, como transferencias directas sin que mayores transformaciones las hayan matizado. Aquello “africano” influyente en las culturas caribeñas por mucho tiempo se entendió como homogéneo y monolítico, como si consistiera de una sola pieza. Así las cosas, se hace necesario reconsiderar si todo lo anterior se sostiene a la luz de diversas e innovadoras investigaciones que desde hace varios años han aparecido y que han sido ejes de discusiones y hasta de transformaciones importantes.

En primer lugar, una reconsideración debe cuestionar la unicidad a la que remite o alude la expresión “influencia africana”. De igual manera, debe reflexionar críticamente acerca de los sentidos a través de los cuales pueden reentenderse categorías como “influencia” o, incluso, “herencia” en relación con aquello “africano” en el Caribe. Por un lado, debe quedar claro que es imposible pensar que áfrica comprende de una unidad territorial y cultural. Aunque es innegable que es un continente, no deja de ser evidente que aquello que “contiene” es en sí muy diverso topográfica, geográfica y culturalmente. De tal manera que, sería insensato esperar que haya una sola influencia africana.

Aquello que vino de áfrica debe tenerse como múltiple y diverso entre sí. En ese sentido, hay que cuidarse de hablar de “influencias africanas” ya que en esa enunciación la forma plural introduce sentidos y connotaciones pertinentes e importantes. A lo que generalmente se le llama “africano” en el Caribe no corresponde o proviene de todo el continente, sino, y más bien, solo de algunas partes, que comparadas con el resto del territorio, son ínfimas. Entre estos lugares se encuentran algunos ubicados en países contemporáneos como Ghana, Senegal, República de Benín, Nigeria, Angola y Mozambique, entre otros. Algunos puertos ubicados en las costas de estos países fungieron como lugares de salida para muchos esclavos cuyo destino sería algún punto en el Caribe. De esta forma, llegaron al Caribe tradiciones, conocimientos y otros aspectos culturales de procedencias tales como asante (Ghana), akan (Ghana), ewe (República de Benín), fon (República de Benín), yoruba (República de Benín y Nigeria), efik (Nigeria), ibibio (Nigeria), congo (Angola) y ovimbundo (Angola), entre otras.

Por otro lado, se hace necesario que el uso de la palabra influencia se revise. Su significado tendría que expresar la idea de la producción de algún efecto. Inmediatamente aparece la interrogante: ¿la producción de algún efecto puede ocurrir solo de manera consciente y pensada? Esta pregunta es imprescindible en esta discusión.

Generalmente, cuando se alude a la “presencia africana” en el Caribe, se hace como si los millones de esclavos tuvieran como agenda o programa influir deliberadamente en una cultura que se ha insistido en llamar “caribeña”. La influencia se vincula con la palabra herencia. Sin embargo, cuando se habla de herencia se implica una intención de heredar, la cual es muy poco probable que haya fungido como un elemento importante en la preservación o supervivencia de los aspectos culturales traídos de diversos puntos del continente africano hacia el Caribe.

Entonces, una reconsideración implica aquí que, ahora más que nunca, se vinculen las categorías influencia y herencia con resistencia y supervivencia. Si se vuelven a analizar las condiciones de vida de la gran mayoría de los esclavos en los distintos lugares del Caribe, se tendrá una idea clara de lo pertinente que resulta reevaluar los conceptos antes mencionados. Aunque no podría plantearse que a todos los esclavos les tocó vivir lo mismo ni en la misma intensidad, bien puede afirmarse que la gran mayoría llegó forzosamente al Caribe para saciar la necesidad de mano de obra que las plantaciones requerían. A muchos de ellos les tocó vivir en condiciones realmente viles. Desde la cantidad de horas de trabajo, las condiciones de trabajo y el trato que los capataces les daban, hasta su posición en las sociedades, llamadas plantocráticas, en las cuales todo estaba pensado a partir de la posición predominante de los intereses de las metrópolis coloniales y en donde ningún esclavo poseía derecho alguno que les permitiese vivir una vida digna. Todas estas situaciones hicieron que no hubiese otra posibilidad para mantenerse en vida que no fuese a través de la resistencia.

Resistir sería vivir en continuo enfrentamiento, literal o simbólico, con los representantes de las sociedades que pretendían que todo esclavo preservara su condición, independientemente de lo que él o ella quisiese. Los actos de resistencia iban de un extremo a otro. Desde escapar y convertirse en cimarrones hasta trabajar más lentamente, desaparecer herramientas o hacer labores distintas de las que el capataz había ordenado fingiendo no haber entendido las órdenes, constituían formas de resistencia extremadamente usuales. Sin embargo, otros elementos de resistencia estuvieron relacionados con la religión, con el baile y con la música. A través de la práctica de rituales religiosos originalmente venidos del continente africano, muchos esclavos buscaban apoderarse de contextos en los cuales se les pretendía despojar de toda agencia o capacidad de acción.

Algo similar ocurría con las músicas, los bailes y las comidas. Cuando, en los ratos libres, los esclavos se reunían para ejecutar sus músicas sabrosamente polirrítmicas, para dar pasos de danzas y para saborear alguna comida hecha al gusto de ellos y no aquella que se les daba en la plantación para alimentarlos cual si fueran bestias y no seres humanos, también llevaban a cabo actos de resistencia. Construir identidades teniendo como ideales todo aquello que habían dejado atrás en el continente africano era una manifestación de resistencia en los contextos en que se pensaba que los esclavos no debían expresarse culturalmente diferentemente a como las sociedades esclavistas del Caribe deseaban que ellos lo hicieran.

Pero, en todos estos procesos, ¿realmente hubo intenciones de influir o heredar aspectos culturales? Por no ser absolutistas, debe mencionarse que en la mayoría de los casos la intención era sobrevivir. Entonces, aquellas influencias africanas ocurrieron de manera no necesariamente planificada. Mucho menos existió concepción alguna de heredar valores culturales “africanos” para que fuesen preservados y disfrutados por generaciones futuras. Si algo se heredó, de manera deliberada, fueron medios para el apoderamiento y la supervivencia.

En segundo lugar, resulta harto pertinente reconsiderar las maneras a través de las cuales se han entendido los viajes de prácticas y saberes desde áfrica hacia el Caribe. Si se releen muchas de las investigaciones acerca de este particular, a través del lenguaje que se ha utilizado, bien podría entenderse que algunos de sus autores pudieron haber comprendido que las influencias africanas en el Caribe han sido elementos culturales que viajaron de manera intacta a través del Atlántico. Generalmente, cuando se hace alusión a los “legados” africanos la región se tiene la impresión de que se hicieron sin tomar en cuenta algo imprescindible: que ningún grupo de personas viene con sus equipajes culturales completos y tampoco estos se mantienen iguales a como llegaron.

Por un lado, es importante que aquellas “influencias africanas” a las que se han venido haciendo alusión durante este texto se entiendan, en principio, como fragmentarias. Si las procedencias de las personas que trajeron consigo tales aspectos culturales fueron diversas, sus configuraciones culturales también lo fueron. Sin embargo, la diversidad se combinó con la discontinuidad. Es decir, mucho de lo que eventualmente llegó a “reconocerse” como “africano” en el Caribe, en muchas ocasiones, ya había pasado por una serie de transformaciones que hacían difícil hallar eso mismo en algún lugar del continente africano.

Es decir, todo aquello fragmentario que del continente llegó con millones de esclavos, por un periodo de cuatro siglos, fue refabricado y remodelado de acuerdo con las nuevas y difíciles condiciones de vida que la mayoría de los esclavos encontró. Todo ello implicó que lo que eventualmente se conocería con el calificativo de “africano” quizá no sería del todo “africano” en sí y más bien el resultado de una serie de mezclas y construcciones que llevarían el nombre de “africanas”, pero que en el fondo responderían más al imaginario que de áfrica y lo “africano” se iba creando en nuestra región. Con lo anterior no se quiere ni siquiera lejanamente connotar que esas construcciones no tengan valor y no deban ser tomadas en cuenta en el análisis de las culturas del Caribe.

Deberá tenerse en cuenta que no hay culturas o configuraciones culturales naturales que no estén expuestas a continuas y diversas trasformaciones. No hay culturas puras. No hay nada puramente “africano”. Solo existen imaginarios: creaciones que surgen a partir de todo aquello que pensamos que algo es o pueda ser. No por ser imaginario deja de ser real una construcción cultural. Tradicionalmente se piensa que esto funciona de la siguiente forma: si es imaginario, pues no es real. Sin embargo, el imaginario se vuelve real cuando comienza a funcionar y a operar en cómo nos entendemos como agentes culturales en relación con las diversas configuraciones culturales. Si se utilizan algunos aspectos de “áfrica” para demarcar ciertas identidades, ya sean personales o nacionales, los imaginarios entonces dejarán de ser simples pensamientos y se convertirán en herramientas a ser utilizadas de maneras específicas. Debido a todo el tiempo transcurrido y ante los siglos de creación y recreación, al día de hoy solo podemos tener imaginarios de aquello “africano” que con los antiguos esclavos llegó al Caribe. De hecho, si se va más al fondo, podría afirmarse que aquello que vino en lo que antes nombramos equipajes culturales de los africanos que vinieron al Caribe desde el siglo XVI, también puede denominarse como imaginarios africanos. De tal forma que, no hay originales africanos que fueran desvirtuados en el Caribe. Si al día de hoy todavía podemos afirmar que existen elementos “africanos” en las culturas del Caribe, precisamente lo podemos hacer porque las estrategias de resistencia motivaron los procesos de recreación cultural de imaginarios que permitieron las afirmaciones de lo “africano” como parte de las configuraciones culturales caribeñas. Finalmente, y esto debe quedar claro, esta reconsideración general no es necesariamente la única posible.
Autor: Dr. José Alberto Cabán Torres
Publicado: 20 de diciembre de 2011.

Related Entries

Este artículo también está disponible en: English

Comente

La Fundación Puertorriqueña de las Humanidades agradece los comentarios constructivos que los lectores de la Enciclopedia de Puerto Rico nos quieran hacer. Por supuesto, estos comentarios son de la entera responsabilidad de sus respectivos autores.