Huracán Mitch, 1998

Huracán Mitch, 1998

El concepto de riesgo natural implica tanto a los fenómenos naturales a los que una región está expuesta, así como a la vulnerabilidad de una sociedad para resistir, afrontar y recuperarse de ellos. En este sentido, el riesgo natural conjuga tanto la peligrosidad del fenómeno como la vulnerabilidad de una sociedad para afrontarlo. Aunque el Caribe es una zona de alta frecuencia de incidencia de desastres naturales, en los últimos años la región ha experimentado fenómenos naturales de gran envergadura como lo fue el huracán Mitch que azotó las costas de América Central en el 1998 y, más recientemente, el terremoto en Haití en 2010. La magnitud de las repercusiones sociales, económicas y ambientales de estos fenómenos han llamado la atención de la zona a desarrollar una gestión de riesgo, es decir, a considerar la posibilidad de los eventos a los que la zona es propensa y asumir unas políticas de desarrollo a tono con las particularidades climáticas que ya no se pueden seguir ignorando. El concepto de riesgo natural insta a analizar entonces, tanto los fenómenos naturales a los que la zona es propicia, así como las medidas asumidas por las distintas sociedades que la habitan para enfrentarlos.

¿Cuáles son algunas particularidades de la zona del Caribe en cuanto a los fenómenos naturales a los que está expuesta? Particularmente, el Caribe recibe cada año la amenaza de huracanes, es también una zona propensa a terremotos e incluso a erupciones volcánicas, por mencionar solo los más significativos. Sin embargo, la manera de afrontar estos fenómenos han estado a merced de los intereses y las pautas de desarrollo asumidas en cada sociedad. Esto hace que no se pueda hablar de vulnerabilidad en sentido general, sino que habría que considerar las particularidades de cada sociedad comprendida en la región para afrontar y responder ante la ocurrencia de algún fenómeno natural. En el Caribe habitan alrededor de 36,314,000 personas, por lo que es mucha la cantidad de gente que pudiera verse afectada, como ya ha pasado anteriormente, si no se desarrollan políticas de riesgo.

La zona del Caribe se pueda delimitar en torno al mar que la ocupa: el mar Caribe. Este mar es un mar tropical que limita al norte con las Antillas Mayores (Cuba, Haití, República Dominicana y Puerto Rico), al este con las Antillas Menores, al sur con las costas de Venezuela, Colombia y Panamá y al oeste con las costas de la zona sur de México y los países de América Central. El mar Caribe se comunica con el océano Pacífico a través del canal del Panamá y con el océano Atlántico a través de las aguas que se cuelan entre el cinturón de islas que forman las Antillas, a través del paso de Anegada, entre las Antillas Menores y las Islas Vírgenes, y el paso de los Vientos localizado entre Cuba y Haití.

La temperatura del mar Caribe es de aproximadamente 28 grados centígrados en la superficie y de 4 grados centígrados en el fondo del mar. Esta temperatura de la superficie propicia la formación de huracanes cuya temporada más intensa se presenta entre los meses de junio a diciembre. La intensidad de la actividad ciclónica varía según los efectos de los fenómenos conocidos como El Niño y La Niña. Los expertos afirman que el año 2012 será uno de baja intensidad ciclónica debido a que las aguas del Caribe están experimentando un enfriamiento por efecto del fenómeno de El Niño. En ese sentido, el Caribe sufre también los efectos del cambio climático, no solo con respecto a la frecuencia e intensidad de los huracanes, sino también en cuanto a las inundaciones y sequías que estos cambios climáticos arrastran.

Uno de los huracanes más devastadores que azotó al Caribe fue el huracán Mitch. Con este huracán se conjugó tanto la peligrosidad del fenómeno, como la vulnerabilidad de la región azotada. Mitch fue un huracán que alcanzó, en un momento dado, categoría 5 y que atravesó a lo largo de la costa este de América Central. En su paso se estima que provocó la muerte de aproximadamente 20,000 personas. Los daños a la agricultura, así como a la infraestructura principalmente en El Salvador, Guatemala y Honduras fueron tan significativos que se dice que tendrán que pasar décadas antes de que Centroamérica logre recuperarse de los efectos de este huracán. Esto demostró lo extremadamente vulnerable que se encuentra esta zona de América Central.

Sin embargo, más allá de esta aparente postura catastrófica, las pérdidas causadas por el huracán no se deben solamente a la fuerza e intensidad del fenómeno. La vulnerabilidad demostrada en la región azotada implicó que los líderes de la zona se cuestionaran acerca de cuán preparados estaban como zona para hacerle frente a este tipo de suceso. Es decir, despertó la necesidad de cuestionarse acerca de las razones que hicieron de la zona una de gran vulnerabilidad. Esta propensión a la vulnerabilidad está vinculada en gran medida a los modelos de desarrollo e intereses puestos en práctica por los países que muchas veces no van acorde con el reconocimiento de los fenómenos naturales a los que están expuestos.

La zona del Caribe es también propensa a erupciones volcánicas. El Caribe cuenta con dos arcos volcánicos: el arco de fuego de las Antillas Menores y el arco volcánico centroamericano. La formación de estos arcos se debe a su vez a la formación de las placas tectónicas debajo del fondo marino. El arco volcánico de las Antillas Menores marca el límite del mar Caribe con el océano Atlántico. En ese sentido, dicho arco se origina en la zona que hace contacto entre la llamada placa del Atlántico, que se desliza por debajo de la placa del Caribe, la que a su vez es empujada por el lado contrario por la llamada placa de Cocos. Esta última placa es la responsable de la formación del arco Centroamericano.

En este arco de las Antillas Menores hay aproximadamente unos setenta volcanes activos, sin embrago, la mayor actividad volcánica se le adjudica a cinco volcanes que han producido grandes erupciones en el pasado. Uno de estos volcanes lo es Soufrière Hills ubicado en la isla de Montserrat. En la actualidad este volcán se encuentra activo aunque a un nivel bajo. A pesar de que los desastres naturales debido a erupciones volcánicas se estiman en solo un dos por ciento, la erupción de estos puede llegar a representar gran peligrosidad, sobre todo si ocurre en zonas muy pobladas. En 1995 Soufrière Hills hizo erupción destruyendo la capital de Plymouth y forzando a muchos de los habitantes de la isla a abandonarla.

Efectos del terremoto en Puerto Príncipe, 2010

Efectos del terremoto en Puerto Príncipe, 2010

La peligrosidad de un volcán aumenta cuando se establecen poblaciones cerca de sus laderas. Esto puede ocurrir debido al desplazamiento de habitantes que, ya sea en búsqueda de trabajo o de mejores condiciones de vida en general, encuentran en las laderas volcánicas un lugar que ocupar. Este ejemplo del desplazamiento permite observar cómo la peligrosidad va de la mano con las prácticas sociopolíticas asumidas por una región.

Las implicaciones de un volcán no son solo regionales. Dada las corrientes de aire que cruzan el Caribe, las cenizas volcánicas se extienden mucho más allá del territorio donde ubica el volcán. Estas pueden afectar el tráfico aéreo en la zona u en otras aledañas, así como causar problemas respiratorios a quienes se expongan a sus cenizas debido al material irritante que las componen, como el azufre. Dada esta capacidad de las cenizas de viajar grandes distancias, el producto de las erupciones volcánicas recuerda, así como también sucede con los huracanes, que a pesar de la diversidad social y cultural que caracteriza al Caribe, la región tiene en común la exposición a la peligrosidad que representan algunos fenómenos naturales.

Los movimientos de las placas tectónicas que han dado lugar a los volcanes son también las causantes de la actividad sísmica en la zona. En el Caribe, el 80% de los terremotos se producen en el mar y la mayoría de ellos a lo largo de los límites de las placas tectónicas. Por ejemplo, la isla de Puerto Rico está localizada cerca de la falla del Atlántico. Dicha cercanía hace a la isla propensa a este tipo de actividad. La alta densidad poblacional de la isla implica que son muchas las personas expuestas a este riesgo por lo cual sería recomendable tomar acción para reducir la vulnerabilidad.

Contrario a los huracanes, y en menor medida los volcanes, los terremotos suelen ser más localizados y la región donde ubica su epicentro es la más afectada. Dada la propensión de la región a los movimiento telúricos, la pregunta con respecto a un terremoto no es si ocurrirá o no, sino cuándo. Sin embargo, los terremotos no son fenómenos que se puedan predecir por lo que usualmente toman por sorpresa a los habitantes de la región en la que ocurren. ¿Cómo puede entonces una región reducir la vulnerabilidad ante ello? Los efectos podrían mitigarse asumiendo, por ejemplo, prácticas de construcción caracterizadas por una infraestructura a tono con esta eventualidad. Gran parte de lo que hizo que el terremoto ocurrido en Haití en enero del 2010 causara alrededor de 230,000 muertes y que muchas de las estructuras en la capital haitiana colapsaran se debió a la debilidad de sus estructuras para afrontar un evento de esta magnitud. Por otro lado, se puede también educar a la población de qué hacer en caso de que ocurra un terremoto. Esto obviamente no evitará la posibilidad de pérdidas tanto materiales como físicas, pero sí ayudaría a mitigarlas.

Dada la actividad sísmica que se genera, el Caribe es una zona propensa a otros fenómenos naturales como los tsunamis, pero también es una zona propensa a otros tipos de fenómenos naturales, como lo son las inundaciones, las sequías y los deslizamientos de tierra que se han agravado con los procesos de los cambios climáticos ya mencionados. Sin embargo, independientemente de los fenómenos naturales a los que esté expuesta, se sabe que en términos generales las zonas de mayor pobreza en el mundo son las que mayor vulnerabilidad expresan ante un fenómeno natural. De hecho, lo catastrófico de un fenómeno, contrario a como se suele pensar, no es inherente a la fuerza del fenómeno en sí, sino a la pobre capacidad de recursos con los que cuenta una sociedad para enfrentarlos. En el Caribe, el 40% de sus habitantes vive en condiciones de pobreza y un 18% en condiciones de pobreza extrema. Además, tres cuartas partes vive en áreas de riesgo, lo que hace que la zona sea una muy vulnerable.

¿Qué haría que una sociedad esté capacitada para afrontar la peligrosidad de un riesgo natural? En términos generales se podrían establecer, por ejemplo, ciertas especificaciones en sus códigos de construcción para hacer estructuras más resistentes, se podría tomar en cuenta las particularidades del terreno en el que se construye, si es o no una zona inundable, se podría cuidar de no erosionar los terrenos, etc. Esto haría que ante la eventualidad de un fenómeno natural se reduzca considerablemente la peligrosidad del fenómeno.

A estas gestiones que buscan fomentar prácticas de desarrollo más a tono con las eventualidades naturales a las que está expuesta una región se les conoce como gestión de riesgo. La región del Caribe se ha dado cuenta de que la inacción de la gestión de riesgo sería más costosa que su adaptación, prolongando condiciones de pobreza y exponiendo a la zona a grandes pérdidas sociales y económicas que afectan su desarrollo. El Caribe, como región, está tratando de crear diversas gestiones para implementar políticas ambientales, desarrollar políticas de planificación, evaluar modelos de desarrollo, así como fomentar la educación ambiental. Recientemente se llevó a cabo en Cartagena de Indias, Colombia, la VI Cumbre de las Américas. El tema de la gestión ambiental en el Caribe ocupó un espacio significativo en su agenda. La zona del Caribe está consciente de los riesgos naturales a los que está expuesta y está tomando acción al respecto, aunque quede aún mucho trabajo por hacer.
Autor: Rebeca Campo Malpica
Publicado: 20 de mayo de 2012.

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