Introducción 



Cuba es una de las islas caribeñas más reconocidas por su extensa y variada oferta musical. De primera instancia se pueden distinguir dos corrientes culturales que forman el fundamento de la música caribeña, y en particular de la música cubana: la música de herencia europea y la música de herencia africana. La presencia de ambas corrientes musicales es el resultado de la colonización de la isla por parte de la Corona española desde el siglo XVI hasta las postrimerías del siglo XIX. Durante este largo periodo de colonización la isla fue escenario de diferentes oleadas de inmigrantes de la península ibérica, de las islas Canarias, y sobre todo, de diferentes regiones del áfrica subsahariana, dándole a Cuba su perfil demográfico y cultural.

A partir de 1540, el puerto de La Habana sirvió de astillero para las flotas españolas que partían de América hasta la península ibérica. Una gran actividad económica —como parte de los servicios que se les ofrecían a las flotas— hizo de La Habana un puerto concurrido y recibidor de nuevas modalidades, instrumentos y tradiciones musicales procedentes de Europa, áfrica y de los distintos territorios de América conquistados por España. El auge económico del puerto de La Habana favoreció una primera oleada de mano de obra negra o mulata esclava y libre indispensable durante los primeros años de la colonia en la construcción de los fuertes militares y navíos. Es importante señalar que esta población negra o mulata esclava y libre gozaba de una cierta autonomía no conferida por la jurisdicción española de la época. La Habana del siglo XVIII mostraba una composición poblacional bastante heterogénea en donde el 57% era blanca y un 34% era negra o mulata libre. Durante esos primeros años de la colonización convergieron en la ciudad de entonces diferentes elementos socioculturales que repercutieron en la creación de nuevas y diferentes formas de las músicas cubanas.

El desmantelamiento de la economía haitiana a partir del triunfo de la Revolución en 1804 tuvo repercusiones económicas, sociales y culturales para el resto del Caribe y en especial para las islas de Cuba y Puerto Rico. La producción azucarera en la mayor de la Antillas acaparó una mayoría de la tierra cultivable. En las cercanías de La Habana, entre 1792 y 1806, se registró un incremento de 237 a 492 ingenios azucareros. El boom azucarero alteró, además, la composición demográfica de la isla. Se estima que entre 1763 y 1862, 750,000 esclavos africanos llegaron a las costas de Cuba. Ya para el 1827, los esclavos representaban más del 40% del total de la población. La población blanca y negra o mulata libre también incrementó considerablemente luego de la Revolución en Saint Domingue, la venta a los Estados Unidos de Luisiana en 1803 y la de Florida en 1819.

Las bases del desarrollo económico y social de Cuba propiciaron una intensa y continua interacción entre grupos de distintos orígenes étnicos. Estas interacciones sociomusicales facilitaron el florecimiento y la creación de músicas cubanas.

Música de herencia europea



La música de los campesinos, los guajiros, es de marcado origen español y canario. Este aspecto se revela por la preponderancia de instrumentos como la guitarra, el laúd, la mandolina y el tres, además del uso de la décima como estructura de sus composiciones. El género más característico es el punto cubano, en el cual la décima espinela constituye su base literaria más significativa. Esta última se compone de una estrofa en métrica de diez versos, usualmente con una combinación de ABBAACCDDC. En la zona tabacalera occidental se destaca el punto libre mientras en la zona central de la isla aún es muy popular escuchar el punto fijo. Este género se desarrolló en una multiplicidad de formas de cantar y tocar a lo largo y ancho de la isla de Cuba. En las controversias, por ejemplo, dos cantores se enfrascan en una batalla por improvisar las mejores décimas. El pie forzado, por otro lado, obliga al trovador a rimar y terminar sus décimas en el motivo o tema que se le fue impuesto, siendo estas últimas décimas un verdadero deleite de improvisación por parte del cantor.

En la urbe, la cultura musical blanca estaba fuertemente influenciada por los géneros importados, principalmente de Europa, tales como el minué, la mazurca y el vals. Gradualmente fueron remplazándose por formas distintivamente cubanas. Ya a mediados del siglo XIX, el género musical más importante de la cultura nacional cubana lo era la contradanza habanera, la cual se desarrolló posteriormente a la contradanza inglesa y francesa que arrimaron a la isla con la toma de La Habana por los ingleses y con los acontecimientos en el vecino St. Domingue. En Cuba, a la contradanza se le imprimió elementos sincopados (ritmo tango) derivados principalmente de la experiencia afrocubana, los cuales la diferenciaban de las contradanzas europeas. La contradanza habanera se liberó, además, del bastonero, figura que dirigía la coreografía de los participantes. Este cambio devino en uno de los primeros bailes engarzados de toda América.

La popularidad de la contradanza criolla en las zonas marginadas de La Habana o Matanzas fue testigo de la interinfluencia entre los músicos negros y mulatos junto con elementos de la alta alcurnia que asistía a complacerse en estos concurridos bailes. En este paulatino proceso, la contradanza o danza criollizada fue cediendo en forma y gusto ante el eventual danzón. Se le atribuye al matancero Miguel Faílde la invención del danzón, mas sería pretensioso atribuirle la total responsabilidad, ya que como todo género popular, los elementos que lo componen se cuajan de forma anónima cristalizándose posteriormente en la obra de un compositor. Tal es el caso del danzón y de muchos otros géneros del Caribe.

En el danzón predomina el compás de dos por cuatro a diferencia de las danzas españolas y criollizadas en las cuales el compás de seis por ocho era comúnmente utilizado. Además, se fueron asentado patrones rítmicos como los cinquillos y tresillos que eran incómodos incluir en danzones en seis por ocho o tres por cuatro. El danzón amplía sus temas al romper con los esquemas de ABAB de las danzas y añadirles variaciones u otros temas a las piezas. Otras derivaciones del danzón continuaron a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tales como el danzonete, el mambo y el chachachá. La correspondencia de géneros musicales con elementos étnicos se hizo cada vez más difícil, toda vez que se conformó un sincretismo musical que se alimentaba de ambas tradiciones musicales.

Música de herencia africana 



Los elementos africanos en la música cubana son muy evidentes en los géneros más destacados a nivel internacional. La importación de esclavos africanos a Cuba conformó varias capas de influencia musical de áfrica, de las cuales se pueden destacar las manifestaciones de origen yoruba, bantú y dahomeyana. A pesar de las paupérrimas condiciones y las divisiones étnicas a las que fueron sometidos los esclavos, estos pudieron crear nuevas manifestaciones religiosas y musicales con los sedimentos culturales traídos de sus tierras natales. Los cabildos, primordialmente luego de la abolición de la esclavitud, fueron fundacionales en la preservación de muchos de los elementos y de las prácticas asociadas a la cultura y música del continente africano.

La esclavitud africana, que oficialmente se abolió en Cuba en 1886, cubrió todos lo puntos geográficos de las isla. Sin embargo, fue en los puertos de La Habana y Matanzas que los ritos de origen yoruba y arará encontraron terreno fértil para su florecimiento. Los ritos de la regla de ocha, como se le conoce a la religión sincrética creada de la fusión de elementos católicos y yorubas, van acompañados de distintos toques, usualmente en los llamados tambores batá, que de menor a mayor tamaño reciben los nombres de okonkolo, itótele e iya. Además son utilizados los güiros o abwes, y los tambores de iyesas, estos últimos de forma cilíndrica con un solo parche. En un complejo sistema, los santos católicos (impuestos) corresponden a distintas deidades u orishas en el panteón yoruba, a los cuales, a su vez, les corresponde un patrón o toque en particular.

Las manifestaciones religiosas y musicales de los grupos de lengua bantú, aunque menos palpables que las yorubas, igualmente fueron recreadas en territorio cubano. Los instrumentos más eminentes en las manifestaciones de este grupo son los tambores makuta, de los cuales se derivan las congas, tambores muy frecuentes en las orquestas afrocaribeñas. Además, las influencias africanas se puede observar en los grupos abakuás o sectas ñáñigas, ararás y las conocidas tumbas francesas del oriente de Cuba que hacen despliegue de conocimientos y virtuosismo percusivo en una variedad de tambores para esos fines.

Las interinfluencias de las manifestaciones neoafricanas en Cuba dieron paso a nuevos géneros y ritmos fuera del alcance de las limitaciones rituales. Estos se alimentaron de un sinnúmero de patrones rítmicos, instrumentos y elementos extramusicales que permearon la cultura popular cubana y, por supuesto, su música.

La rumba, género primordialmente de carácter urbano y profano, consta de tres principales modalidades conocidas como el guaguancó, el columbia y el yambú. En la rumba se sintetizaron elementos ibéricos y africanos, llevando este último aporte el mayor peso de los dos. La rumba encuentra campo libre para su desarrollo luego del proceso de emancipación en el cual diferentes capas socioeconómicas convergen en sectores pobres de las zonas urbanas.

Sincretismo musical



El arraigo de la música popular cubana en el ámbito internacional es producto, en parte, a la armoniosa y hermosa síntesis de los elementos europeos y neoafricanos en una buena parte de sus géneros populares El son, originado en el oriente de Cuba, podría considerase el epítome de tal fusión musical.

En el son temprano o montuno, las características europeas eran más evidentes, como se puede observar en la predominancia de los instrumentos de cuerda (la guitarra y el tres). No obstante, ya para el 1920, era famoso en la provincia de La Habana. Su subsecuente evolución se vio marcada por la sofisticación del sonido, por la inclusión de complejas armonías del jazz, además de la gradual adopción de tempos más rápidos y una percusión más agresiva.

La canción y el bolero fueron dos de los géneros más populares del repertorio popular cubano. En ellos también convergen varios de los elementos rítmicos y armónicos asociados a las influencias europeas y africanas. Al trovador Pepe Sánchez se le atribuye la originalidad del bolero con su composición Tristezas en 1883. Este género, primordialmente lento y romántico —sin embargo, bailable— utilizó el cinquillo en la organización de sus hermosas melodías. En sus modalidades más tradicionales estaban compuestos por secciones de dieciséis compases con un interludio o pasacalle. Algunos de los compositores más destacados a principio del siglo XX fueron Sindo Garay, Rosendo Ruiz y Alberto Villalón, para unirse más tarde Nilo Méndez y Manuel Corona. El bolero cubano encontró terreno fértil en toda la cuenca del Caribe y en México a través de compositores de la talla de los puertorriqueños Rafael Hernández y Pedro Flores o los mexicanos Agustín Lara, Roberto Cantoral, Fernando Maldonado y Armando Manzanero.

Periodo revolucionario








El periodo revolucionario ha nutrido nuevos estilos, bandas y ritmos que se han internacionalizado. En el campo de lo bailable han sobresalido Los Van Van e Irakere, dos agrupaciones con influencias del jazz, pero que conservan su corte popular y bailable.

Pero la más distintiva de las músicas de esta época es aquella asociada a la Revolución y se conoce como nueva trova: la variación cubana de la “nueva canción” de Latinoamérica. La nueva trova nació a principio de los setenta y desde entonces sus más emblemáticos representantes han sido Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, convirtiéndose en estrellas internacionales, especialmente entre los jóvenes educados de América Latina. Los principales sonidos de este estilo musical se acercan mucho más a la balada rock que a la música afrocubana. En sus temas, aunque variados, predominan las canciones de amor, pero, sobre todo, asuntos de índole sociopolítica. Al principio de los noventa, Carlos Varela también se unió al grupo de cantautores de la nueva trova, cantando el sentimiento de la juventud.

La música cubana, especialmente la popular, resuena allende de sus fronteras geográficas, asentándose en toda América Latina, Europa, áfrica, Medio Oriente y Asia.

 

 

 

Autor: Zahira Cruz
Publicado: 25 de abril de 2012.

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