Santurce

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El deterioro y abandono de los centros urbanos suelen generar, con demasiada frecuencia, proyectos grandilocuentes de “borrón y cuenta nueva” que comienzan tirándolo todo y prometiendo nuevos ambientes idílicos. Estos esquemas de urban renewal suelen resultar con la complicidad del estado, en buenos negocios para los intereses comerciales de grupos desarrollistas.

Miguel Rodríguez Casellas, decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Puerto Rico, lamenta esta rutinaria imposición de modelos de ruptura, proponiendo en su lugar una revaloración estética del país a partir de su propia tragedia ambiental. El caso de Santurce le sirve de foco.

La melena de Santurce

Santurce se parece a Puerto Rico. Mientras más lo miro más encuentro los pedazos de urbanidad quincallera que lo confirman, el desmadre caribe­ño de iniciativas inconclusas y las permanencias que na­cieron de soluciones provisionales cuyo problema nadie recuerda. A Santurce, como nadie lo mandó a hacer, nadie sabe como acabarlo. Santurce es lo que queda de él; lo que fue o quiso ser importa poco. Sobran ejem­plos para demostrarlo. El antiguo National City Bank, hoy raído y abandonado en medio de la Parada 18, fue la apuesta a un crecimiento a lo largo de la avenida Kennedy que nunca apareció; allí queda el Puente de la Constitución para dar fe de ello con más nombre que contenido formal. Las plazoletas sin salida de Minillas y el Centro de Bellas Aries son reductos de las grandes visiones de redesarrollo urbano de los sesentas y setentas que se quedaron a mitad, a Dios gracias. En tiempos más recientes Centro Europa intentó ser modelo de un nuevo urbanismo posmoderno que convenía en simular urbanidad frente a su incapacidad para producirla. Eje­cutaron ese único proyecto y nada pasó, hasta que una década y media más tarde volviéramos a ser testigos del embate posmoderno con sus fetiches de ciudad y fac­símiles instantáneos. Así denominamos a la última gran conspiración de la Banca -quien dice ser hoy filántropa y coleccionista de Arte —sobre la Tábula Rasa que se inventaron en la Parada 22 de Santurce.

Santurce

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Ciudadella, nombre dado al nuevo desarrollo de la parada 22 por algún mago del mercadeo con un grado en semiótica, destaca la intención excluyente con las claves de una ciudad que existe protegiéndose de si misma. Se alude en Ciuda­della al enclave y a la excepcionalidad de ser urbano en un lugar, Santurce, que ha resistido la disciplina urbani­zadora a lo largo de más de un siglo. Allí quedan todos los cadáveres de ciudad y los zombies del revisionismo urbano como signos mudos de una capacidad para sonar frustrada por la inconstancia. Eso es Santurce, eso es Puerto Rico y eso eres tú: rizada cinta de blanca espuma. Al rizo vuelvo después.

En Puerto Rico encaminamos iniciativas de urbanis­mo con entusiasmo adolescente. Luego las desprecia­mos como si urbanizar fuera un experimento sexual de promiscuidad desenfrenada y ética dehit and run. Santurce es el nido de amor de un urbanismo picaflor. Sus episodios inconexos, analizados individualmente, muestran un virtual vacío de significado, la de un verte­dero intrascendente de metropolitaneidad trunca. Pien­so en romances furtivos, en series de one night stands sin finalidad ulterior. Pienso en una noche de copas y en urbanistas borrachos improvisando ciudad con la amnesia de la resaca próxima. Pienso en todo eso que dicen que no edifica porque no hace bebés, familia, co­munidad, país, como si todo cupiera ahí, en ese registro que de la “a” a la “z”, deja afuera a las eñes. Eso son los pedazos de Santurce. El conjunto es otra cosa.

Desenfocado por la ocasional nube de polvo del Sahara, el conjunto de Santurce seduce al pensamiento. Uno hasta puede apreciar la belleza de este monu­mento a nuestro talento improvisador. Los saltos de escala, la estridencia de color y materiales, la lucha de Miramar por mantener su frontera vecinal frente a una parada 15 bullanguera, el merengue que se cuela, el solar baldío que es inner city sin el city, todo eso pone a prueba la poesía de una Medalla en la mano.

Pero Santurce es más que postal de townscape pintoresco, es también calle de vitalidad insospechada, animada por una mezcla que tiene a sus tasadores buscando compa­radas entre el cielo y el infierno, descifrando la titularidad de un inmueble que es downtown y arrabal a la vez.

Santurce confunde a todo el mundo. El Estado cree saber lo que hace con él pero en el fondo no tiene la más prostituta idea. Lo vende sin saber lo que vende. Santurce es una melena ensortijada que enfrenta la in­comprensión de intentos alisadores, de nuevas aceras, redadas policiales, farolas de importación europea y árboles producto de alteración genética. Santurce vive un marañal de accidentes y rupturas del cual no puede, no debe y no tiene que escapar.

El rizo de Santurce no es uniforme. La humedad del manglar original aún circula por esta cabellera de calles desalineadas y trazados incongruentes, frustrando la desesperada intervención del blowerurbanizante. No hay dubi­dubi que pueda con esta maranta de edificación. Y tampoco hace falta. La melena rubia de seis tonos que lucen los que hoy deciden que hacer con Santurce nada tiene que ver con el misterio de una ca­bellera urbana que es todo menos uniforme, ni en textura ni en color. Son seis tonos de separación los que encabezan el decision making ur­bano que hoy pretende dirigir a Santurce. Los nuevos desarrolladores de este beauty parlor de experimenta­ción urbana promueven en estos días una infusión de capital proteínico. Este racionalismo rubio no entiende. El peroxido nubla su entendimiento.

Hasta el urbanista venido a menos, Leon Krier, en­tendió la naturaleza fragmentaria e incoherente de este proyecto de ciudad inconcluso. Y es que el pobre vivía en los ochentas con su propio enjambre de irresolución. La metáfora para descifrar a Santurce la llevaba sobre su cabeza— literalmente—en la forma de una ensor­tijada melena heredada de la también europea novia de Frankenstein. Nunca se le ha escuchado tan lúcido como cuando estuvo de visita por Santurce, a Krier no a Frankenstein. Eran los años en que el urbanismo se ha­bía establecido como franquicia fija en el Estado, existía una Oficina de Asuntos Urbanos en La Fortaleza y los urbanistas no estaban enfrascados en las pendejísimas pugnas generacionales que hoy les ocupan. Era la época en que los abogados no ejercían su vocación closetera para la arquitectura desde un frustrado juego de poder ni usaban el teléfono celular para influenciar las deci­siones del gremio de los arquitectos.

Santurce

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Si algo hay que aprender del afro de Krier es que na­die tenía toda la razón, ni entonces ni ahora. El tipo que protagonizaba una campaña de vuelta al origen en las ciudades europeas, (defendiendo la invención de un ur­banismo atrincherado con los precedentes de una Euro­pa mayormente pre-industrial y tiránica), en Puerto Rico dijo que esto había que aceptarlo en pedazos y estimu­lar su inevitable diversificación. Lo cual nada tiene que ver con los esfuerzos urbanizantes que hoy invocan la continuidad de Barcelona en Santurce con la espe­ranza de borrar la bachata de sus calles (y el pretexto de mantener uniformidad en las rasantes).

Hay cabelleras que es mejor dejarles hacer lo que quieran ha­cer; liberarlas y entregarlas a una voluntad meteorológica y apostar a que sol y viento las regulen sinfónicamente. Un poco de proteína aquí, calor por allá, es todo lo que puede hacerse para resal­tar su belleza, como dicen las etiquetas de shampoos y acondicionadores de pelos malos y buenos. Eso en materia de ciudad requiere desprogramar las décadas de aprendizaje de nuestros urbanistas que, aferrados a la herencia positivista del Ancien Regime, van y vienen de Harvard con la autoridad que brinda una cabellera lacia, con tonos de miel y ceniza. Los arquitectos tienen que buscar la manera de pensar como si no lo fueran. Quizás es momento de modelarnos a partir de la lógica del beautician, ese ser que junto al decorador acecha la integridad gremial y el género de los arquitectos al compartir un mismo interés desviante y desviado por el placer y la belleza. Si un sincero examen de nues­tras prácticas gremiales en materia de hacer ciudad no bastara para que procuremos emular los métodos del estilista, es posible que la posibilidad de influenciar el juicio de alguna clienta poderosa —tijera en mano— nos convenza.

La premisa del estilista es la capacidad de inven­tar naturaleza a partir del hecho pueril de una mele­na sucia y maltratada. Es la capacidad de administrar el sucio y el maltrato, más que borrarlo en un acto de negaci6n y estafa— lo que quisiera destacar de estos héroes anónimos que actúan sobre la belleza sin las ventajas del Photoshop ni las visualizaciones computarizadas que engañan a los arquitectos que son sus propios autores.

El beautician de mi imaginación actúa sobre el crá­neo en tiempo real, sin desviar la atención a otra cosa que no sea la cara. Puede tapar ciertos rasgos, incluso minimizarlos al punto de que no existan, pero en lo que verdaderamente muestra un derroche de talento es en hacer del instante grotesco y disonante un complemento de apoyo a una trama estética elabora­da con el rostro, no sobre- impuesta a él. En las manos del estilista no existen cabelleras buenas o malas, existe un rostro que preexiste al producto químico, y existe la voluntad de eliminar o añadir, desde el punto de vista de la ilusión, sin la alternativa amputante del cirujano ni la temporalidad del Botox. A Santurce le quieren hacer una cirugía plástica cuando todo lo que necesita es un estilista que comprenda su melena y acepte la ilusión como estrategia.

Santurce tiene el pelo malo aunque pase la inspec­ción de la abuela racista en Miramar, que dicho sea de paso, anda contentísima en estos días con la Nueva Zona Histórica que legaliza la autonomía blanca de su vecindario. El requinte en Santurce es apoteósico y pocos quieren reconocer la gloriosa impureza de este rincón de ciudad que habla más de la cuenta de lo que somos. La verdadera abuela de todos nosotros no vive en Miramar. Vive encerrada en una cocina de Santurce. Nuestra Malinche es de Santurce. No es blanca ni viene de Europa, ni siquiera de la calle Europa en la Veintidós.

Condado es otra cosa. El desmadre cuenta allí con varias capas de fijador y tissing vigorizante de ilusión cosmopolita que delata al turista y a los que viven como si lo fueran. Cada inflexión odiosa del Condado sensorial encuentra acomodo en el spray urbanizador que mantiene el peinado en su sitio. Pero el tissing, fiel a su artificioso origen en el ideal estético de la década de los cincuenta que ni a los senos dejó colgar con naturalidad, no es otra cosa que crear la ilusión de volumen mediante el engaño de una peinilla y dos potes de laca. Condado no es tan citadino como aparenta; ni siquiera ha podido disponer de sus propios excrementos que regresan a la calle de cuando en cuando en una improvisada seuencia de Fuentes urbanas de inconfunible hedor.

A Santurce, por el contrario, le sobra volumen, le sobra ciudad, tanta que los urbanistas alisadores no pueden bregar con su enmarañado rizo. Sueltan la peinilla antes de meterle mano a un pelo que pide que entiendan sus excesos antes de actuar sobre él. Igual creen atender lo que perciben como patologíaurbana, imponiendo una peluca de Pedrín from Miami, con el auspicio del mollero desarrollador, que también suele ser from Miami.

La cosa se complica en alguna medida cuando el salon de belleza lo administra el Gobierno con su agenda complaciente e ignorancia pericial. Pero hasta la estupidez gubernamental puede ser mitigada con urbanistas transmutados en beauticians y capacidad para darle estilo a la ciudad, reconociendo su fibra y función. El gran problema continúa siendo el cliente y la clienta testaruda, esos que acuden al peluquero con la foto del yo quiero verme así. Y es que el país entero anda cargando una foto del yo quiero verme así. La trajeron de Orlando, de Fort Lauderdale, o de algún campus estadounidense a donde fueron a estudiar y desde donde se imaginan a Puerto Rico y al resto del mundo. Y cuando el país no se ve así, el político receloso le recuerda a su urbanista-beautician que el cliente siempre tiene la razón y que todos tienen derecho a verse en su propio espejo, particularmente cuando las elecciones están a la vuelta de la esquina y el espejismo se vuelve la norma. Es esa supuesta infalibilidade del cliente, y su desfase perceptual entre hecho e ideal, lo que mantiene la melena de nuestras ciudades en perpetuo estado de emergencias. Esa es la verdadera crisis que hay que enfrentar y no en el engendro neoliberal que se han inventado los nuevos mercaderes del trauma desde nuestro parvulario político.

La realidad de Santurce (y Puerto Rico) es que no entendemos ni aceptamos los matices de su belleza mucho menos sabemos traducirla en un discurso de posibilidad. Al país lo tenemos escondido debajo de una peluca de pretensions primer mundistas que tapa el químico corrosivo e un alisado casero mal hecho. Jamás podremos encontrar el corte que mejor le queda a nuestras ciudades si enfrentamos sus fisionomías y voluntades. Existen profesionales para eso. Y existe el Estado para implanter controles al capital que paga las cuentas de campaña.

El desaliñe de nuestro país require que nos miremos detenidamente en el espejo. Se busca una Mirada fresca, ajena a la frustración que inculcan los medios de comunicación procurando cambiar todo lo que revela el espejo desde un baño convertido en beauty supply, vomitorio y arsenal de esperanza vana.

Vamos a soltarle el pelo a nuestras ciudades. Vamos a nutrirlas para que puedan rapearse al viento. Vamos a peinarlas ligeramente, con ciudado descuidado, asumiendo de una vez por todas que nuestro alegado caos engendra momentos de gran belleza y que el orden no siempre está en la erradicación de lo excepcional sino en el reconocimiento del accidente y de una diversidad que, retocada artísticamente, puede converter la vida cotidiana en una experiencia lírica. Para ejemplo, vete a ver la remodelada Plazadel Mercado de Santurce, mira lo que un buen corte puede hacer por la ciudad, con todo y que hace tiempo no le lavan la cabeza.

Miguel Rodríguez Casellas
Arquitecto y Decano de la Escuela de Arquitectura,
Universidad Politécnica

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 23 de septiembre de 2010.

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