La llegada del siglo XIX sorprendió al Caribe en plena transformación. Gran parte de las antiguas colonias europeas (principalmente las españolas) alcanzaron su independencia al inicio de este periodo. La Revolución haitiana (1791-1804) abolió la esclavitud y convirtió a Haití en el único país nacido de una revuelta de esclavos. Este siglo estuvo marcado por un lado, por la abolición de la esclavitud, sistema del cual dependían los intereses económicos de la metrópolis, y del otro, por la construcción de proyectos de nación para estos países que se independizaron y que creían depender, tanto económica como culturalmente, de los poderes coloniales europeos que los dominaban. Fue, sin lugar a dudas, un siglo de cambios y de despertares.

Según la crítica Doris Sommer, el siglo XIX fue el periodo de las “ficciones fundacionales”, de las novelas pertenecientes al romanticismo o al naturalismo que intentaron establecer un sentido de identidad nacional. Eran territorios antiguos, concibiéndose como naciones jóvenes, emergentes de una mezcla de culturas e idiomas, de luchas y supervivencia.

En el Caribe hispano, la ausencia de una burguesía nativa sólida, además de las circunstancias geográficas, impidió que estas islas participaran de la insurrección general contra España que tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XIX.

Cuba y Puerto Rico quedaron como las únicas posesiones de España en América luego del periodo de guerras de independencia que se extendió entre el 1810 y el 1825. La represión del Gobierno español sobre estas colonias llegó a tal extremo que, en 1887, se impuso un tipo de tortura, conocida como compontes, para disuadir al pueblo del deseo de participar en cualquier esfuerzo dirigido a la independencia.

Todos estos elementos influyeron en la literatura de esta época, en especial la exposición de Cuba y Puerto Rico al control español y el hecho de que la esclavitud fuera un sistema económico y social concreto en estas islas (aunque había desaparecido tanto en otras partes del Caribe, como en las ex colonias españolas). Hay que recordar que la abolición de la esclavitud no se da en Puerto Rico hasta el 1873 y en Cuba hasta el 1886.

En Cuba la producción literaria se vio afectada durante este periodo histórico debido a que muchos escritores tuvieron que exilarse por razones políticas, tanto por su oposición al dominio colonial español, como a la esclavitud. Uno de estos escritores fue José Martí, figura prominente de las letras hispanas, quien nunca publicó un libro en su isla natal mientras vivió.

Durante los primeros treinta años del siglo XIX el género que más se cultivó en esta isla fue el de los cuadros o artículos de costumbres. Estos escritos se publicaban principalmente en periódicos. Los orígenes de este género se remontan al romanticismo y a la ilustración. Estos escritos tenían una intención pedagógica (usualmente tenían una moraleja) e identificaban los tipos y las costumbres que representaban la esencia o tradición autóctona de Cuba. Igualmente, servían como instrumentos complementarios del proyecto nacional en desarrollo.

Hay varias antologías de cuadros, entre las que se encuentran: El paseo pintoresco por la isla de Cuba (1841) y Los cubanos pintados por sí mismos (1852). Muchos novelistas y poetas incursionaron en este género, pero hubo autores que se dedicaron exclusivamente a él, como Gaspar Betancourt Cisneros, José María de Cárdenas y Luis Victoriano Betancourt.

Una de las asociaciones culturales más influyentes de ese siglo estuvo compuesta por un grupo de artistas e intelectuales que se reunieron alrededor de la figura de Domingo del Monte, uno de los más fervientes detractores de la esclavitud, ya que la encontraba anacrónica e inhumana.

Algunas de las publicaciones que surgieron de este grupo fueron las novelas Francisco (1838), de Anselmo Suárez y Romero; Autobiografía de un esclavo (1839), de Juan Francisco Manzano, un ex esclavo liberado por el grupo de Del Monte; y la famosísima Cecilia Valdés (la primera parte se publicó en 1839 y la segunda en 1882), de Cirilio Villaverde.

Dentro del género de la novela se cultivó, principalmente, la novela histórica. Entre estas destacan Guatimozín (1846), que se desarrolla durante la conquista de México y El cacique Turmeque (1860), que se ambienta en Colombia. Ambas fueron escritas por Gertrudis Gómez de Avellaneda.

La producción literaria en Cuba durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo íntimamente relacionada con el deterioro de la situación colonial de la isla y con la lucha por la independencia (la llamada Primera Guerra de Independencia tuvo lugar entre 1868 y 1878). Los escritos de esta época son de denuncia y satirizan al Gobierno español. Dos figuras de las letras representan este periodo en la literatura cubana: Nicolás Heredia, con Un hombre de negocios (1883); y Ramón Meza, con Mi tío el empleado (1887).

En esta época también publican dos cubanos en el extranjero: José Martí lo hace con su novela Amistad funesta (1885), clara antecesora de la prosa modernista; y Antonio Zambrana, con El negro Francisco (1873), que trata el tema de la esclavitud.

Martín Morúa Delgado, quien recibió el nombre del “Zola negro” por sus escritos naturalistas, escribió las novelas Sofía (1891) y La familia Unzúazu (1901). Este escritor vio en el naturalismo el vehículo ideal para explorar los efectos de la esclavitud y del discrimen en la sociedad y en el individuo.

Nuevamente, y desde el exilio, Martí publicó otro libro. Esta vez es una colección para niños con el título de La edad de oro (1889). Otro escritor muy reconocido en la época y que incursionó en varios géneros literarios fue Julián del Casal.

En Puerto Rico, debido a su estatus de bastión militar secundario, la imprenta llegó a la isla tardísimo, en 1806. En ese mismo año comenzó a publicarse La Gaceta de Puerto Rico, órgano que publicó gran parte de la producción literaria del momento.

En 1843 se publica el Aguinaldo puertorriqueño y, en 1846, el Cancionero de Borinquen. Ambos son colecciones de poemas y descripciones en prosa, escritas por estudiantes. Estos libros pavimentaron el camino para la publicación de El Gíbaro, de Manuel Alonso, en 1882. Este está dividido en escenas entre las cuales se encuentran representaciones de peleas de gallos, bodas rurales, bailes folclóricos, etc.

El autor del siglo XIX en Puerto Rico que estuvo más a tono con los intereses del romanticismo fue Alejandro Tapia y Rivera. Este escritor incursionó en la poesía filosófica, la novela alegórica, el drama histórico y escribió tratados sobre estética. Sus leyendas y novelas oscilan entre su interés por lo exótico y la explotación de las posibilidades que ofrecían los materiales nativos. Entre sus obras se encuentran La palma del cacique (1852), La leyenda de los veinte años (1874), la novela histórica Cofresí (1876) y la novela Póstumo, el trasmigrado (1872).

Otro de los grandes pensadores y escritores de ese siglo fue Eugenio María de Hostos, quien con La peregrinación de Bayoán (1863) logró novelar sus pensamientos en cuanto a la relación de España y las colonias caribeñas. La primera impresión de esta novela fue confiscada en Madrid por las autoridades españolas. Es una composición en prosa poética que persigue promover, a través de un instrumento literario, el sueño de Hostos de una confederación antillana.

En Puerto Rico casi no hubo un periodo de transición entre el romanticismo y la llegada del naturalismo. Entre los principales exponentes del Naturalismo en la isla se encuentran: Salvador Brau, con su novela La pecadora (1887), que llevaba como subtítulo estudio del natural; y Francisco del Valle Atiles quien en su novela Inocencia (1884) hace un examen de un caso patológico. Sin embargo, su escritor más importante es Manuel Zeno Gandía quien quiso escribir un ciclo de novelas que llevaría como título “Crónica de un mundo enfermo”. Escribió Garduña (1896) y La charca (1894), su novela más conocida. Sus novelas comparan favorablemente con otras pertenecientes al naturalismo, publicadas en el siglo XIX en otros países de América Latina.

En República Dominicana la historia se encargó de incidir en la creación literaria del país de una manera funesta. En 1795, la parte este de la isla pasó a manos de Francia por el Tratado de Basel. Esto tuvo como consecuencia el inicio de un éxodo masivo de dominicanos a otras posesiones españolas. En 1809, España recuperó el este de la isla de Saint Domingue. Debido a esta inestabilidad política, los primeros periódicos comenzaron a imprimirse en la isla en 1821, fecha en la que el país se independizó de España.

En 1822, Haití invadió a la República Dominicana y los organismos culturales promovían intensamente el uso del francés. En 1844 los dominicanos se rebelaron contra los haitianos y lograron su independencia, finalmente, en 1865.

Es claro que todos estos vaivenes políticos incidieron negativamente en la producción cultural de este territorio. Sin embargo, se publicaron varias obras importantes, especialmente a finales del siglo XIX. Entre estas cabe destacar algunas que pertenecen al género de la leyenda y la novela corta, como La ciguapa (1868) y La fantasma de Higüey (1869), ambas de Javier Angulo Guridi. La obra más famosa que se publicó en este periodo fue Enriquillo (en 1877, la primera parte y en 1882 completa), de Manuel de Jesús Galván. En esta novela se recurre al pasado indígena para atender el asunto de la definición nacional. Otra obra que debe mencionarse es Engracia y Antoñita (1892), una novela de costumbres escrita por Francisco G. Billini.

En el caso de Haití, su literatura encontró un punto de origen en la independencia del país. En 1804, hizo su debut la obra L’Hatien expatrié, de Fligneau. Sin embargo, los intelectuales de la isla seguían sumergidos en la cultura francesa. La literatura cobró entonces un matiz patriótico y se encargó de contar las hazañas de la revolución y de la independencia. Entre los principales escritores haitianos de este periodo se encuentran: Antoine Dupré, Juste Chanlatte, François-Romain Lhérisson y Jules Solime Milscent, quien fundó el periódico L’Abeille haïtienne en 1829.

Durante esta época, periódicos como Le Républicain y L’Union publicaron a los primeros románticos. L’Observateur, fundado en 1819, también publicó poesía romántica. En 1836 se formó el grupo Cénacle, que contó con los poetas Ignace Nau y Coriolan Ardouin. Luego se unieron Oswald Durand y Massillon Coicou.

La creación de obras de teatro fue sumamente importante en Haití, y dentro del género se exploró la tragedia, el drama y la comedia.

A finales del siglo XIX, la literatura haitiana se escribía en francés, no en créole, y estaba orientada casi de manera exclusiva hacia París. Esto tuvo como consecuencia que solo fuera accesible para la minoría francófona del país y ajena a la vida diaria de los haitianos, a pesar de su fuerte componente patriótico.

En el 1895, Pétion Gérome creó la revista La Ronde. Los poetas alrededor de este proyecto (Etzer Vilaire, Georges Sylvain) continuaron usando a Francia como punto de referencia. Esta línea continúo hasta la primera mitad del siglo XX con poetas como Dantès Bellegarde e Ida Faubert. Sin embargo, esto cambiaría más tarde con la escuela indigenista, bajo la cual se escribieron las primeras obras en créole.

En Trinidad y Tobago, las creaciones literarias más prominentes en el siglo XIX fueron Narrative of Louisa Calderon (1803); Rupert Gray: A Tale of Black and White (1907), de Stephen Cobham; Free Mulatto (1824), de Jean Baptiste Philippe; Emmanuel Appadocca (1854), de Maxwell Philip, la primera novela indigenista de estas islas; The Theory and Practice of Creole Grammar (1869), de J. J. Thomas; y Froudacity (1899). Durante este periodo la producción literaria estuvo compuesta de diversos géneros: diarios y memorias, narrativas de esclavos, poemas, cuentos, novelas y obras de teatro. En muchos escritos de las clases dominantes se contrastan las nociones de salvajismo y civilización para socavar el próspero proceso de autodescubrimiento de los colonizados.

Como se ha podido apreciar, el desarrollo de una literatura criolla fue tan complejo como la creación de una sociedad criolla. Incidieron en este proceso eventos históricos de una envergadura impresionante de la cual no pudieron escaparse ni los escritores, ni las obras que produjeron durante este siglo convulso.
Autor: Neeltje van Marissing Méndez
Publicado: 25 de abril de 2012.

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