De la década del setenta al noventa se dio en Puerto Rico el segundo avance pentecostal con características que rebasan la precisión de la teoría de “secta e iglesia”, articulada originalmente por el historiador y sociólogo de la religión, alemán y protestante Ernst Troeltsch, el sociólogo Max Weber y el eminente profesor de teología y ética Richard Niebuhr de la Universidad de Yale. Su enorme crecimiento en Puerto Rico confirma lo que se podría denominar como “la era pentecostal”.

Los movimientos pentecostales han sido entendidos teóricamente por la sociología de la religión protestante (al igual que otros movimientos en la historia de la lglesia que nacían al margen de sus estructuras en sectores pobres y desprovistos de educación y de medios económicos) como el resultado del impacto de fuertes transformaciones sociales, como los procesos de urbanización, guerras, de presión económica y grandes migraciones. Estos cambios sociales creaban profundas condiciones de ansiedad, inseguridad y desesperación, cuyas necesidades religiosas eran provistas por “movimientos carismáticos no institucionalizados”, como los llamó Max Weber. A las características de clase, la glosolalia, la profecía y la sanidad divina, y la proclamación apocalíptica de la inminente segunda venida del Señor, se une hoy la viabilidad que les confiere la radio y la televisión, los modelos de «iglesia electrónica» que provee la experiencia norteamericana y los movimientos fundamentalistas no pentecostales organizados en ministerios independientes. La movilidad social que hizo posible el crecimiento económico de Puerto Rico de los años cuarenta en adelante, unido al crecimiento de los beneficios del estado benefactor, llevó al movimiento pentecostal o pentecostalismo a desarrollarse en versiones de “sectas” en transición a “iglesia”, generalizando así una gran variedad de movimientos y concilios pentecostales, y estableciendo, inclusive, importantes cabezas de playa en las denominaciones protestantes. Esto ocurrió, precisamente, en el periodo de mayor debilidad organizativa, teológica e ideológica del protestantismo puertorriqueño, luego de la expulsión del sector más joven y capacitado liderato de las denominaciones en las décadas del sesenta y setenta.

lndependientemente de las nuevas tendencias ilustradas en el movimiento pentecostal y su nuevo interés por la responsabilidad social, la cultura del pentecostalismo está determinada por la convicción apocalíptica que hace innecesaria la participación en la acción política de transformar el mundo, el cual es malo y del cual hay que apartarse, porque la segunda venida del Señor es inminente. No existe aquí distinción entre “el mundo” natural y social, por un lado, y el carácter social y político de la corrupción de ese “mundo”. Ese carácter ascético y apolítico del milenarismo pentecostal lo lleva a estar desprovisto de una ética social pensada intelectual y teológicamente para establecer criterios políticos no partidistas en forma consciente y premeditada. Es precisamente esa condición la que lo hace vulnerable a la manipulación política de los regímenes de derecha y a ofertas del Estado, como regalos de terrenos y edificaciones para las congregaciones.

Los evangélicos, los protestantes y los pentecostales conforman un 30% de la población de Puerto Rico y hasta un 45% en el este de la isla, según los estudios de población religiosa del Rvdo. Dr. ángel Luis Gutiérrez, para el final de los años noventa. Si el pentecostalismo todavía corresponde a la tipología de secta, en la que prevalece el milenarismo apocalíptico acrítico, esta plantea, entonces, la dificultad de contribuir culturalmente a un mundo que va a “pasar” pronto, porque la segunda venida del Señor es inminente. Sobre esto, el liderato pentecostal de los numerosos concilios tiene la palabra.

Esto lleva al problema central de los desafíos del siglo XXl con el cual comienza el nuevo milenio. Si el protestantismo es una manera de entender y vivir la vida en el mundo, y por mundo se refiere a las estructuras económicas, la familia, la escuela, el Estado, etc. que forman la cabeza y el espíritu de la gente mediante el proceso de socialización, entonces ¿qué quiere decir ser evangélicos hoy día en Puerto Rico, para articular una política cultural protestante y pentecostal con el fin de participar democrática, pero eficientemente en la orientación y transformación de la sociedad a esos niveles de la vida social? Es lo que los católicos han llamado la evangelización de la cultura en su mejor sentido.

¿Qué quiere decir ser protestante y pentecostal, o evangélico en estos tiempos del “fin de las certidumbres”? En estos tiempos de crítica radical a la modernidad que constituyó una estructura teórica, institucional y práctica para la cultura protestante por dos siglos, ¿qué posición debe tomarse? ¿Qué quiere decir ser protestante y pentecostal respecto al neoliberalismo excluyente, respecto a la ciencia y la tecnología o la genética, por ejemplo? ¿Qué quiere decir serlo respecto a la universidad y las políticas educativas, respecto al derecho, respecto al arte y respecto a los medios de comunicación que forman y deforman la cabeza de miles de niños y jóvenes facilitando el desarrollo de la cultura de la violencia? ¿Qué quiere decir ser evangélico respecto a las políticas antidemocráticas del Estado y los gobernantes? ¿Cómo se debe responder a estos desafíos desde lo protestante?

¿Es posible desarrollar una cultura para responder adecuadamente a los desafíos de la época desde “lo protestante” y mantener una presencia respetable en el Puerto Rico de hoy y del futuro, cuando los colegios evangélicos no tienen un currículo protestante para formar niños y jóvenes? Cuentos bíblicos para niños, oraciones y coritos no son suficientes para levantar una generación de protestantes con sólida conciencia histórica y teológica. ¿Es posible mantener un protestantismo serio, articulado, consciente de su historia y fundamentos cuando los colegios no tienen un currículo propio y los mismos usan los textos de otros colegios que presuponen otra manera de entender la vida y vivirla? ¿Sobrevivirán como protestantes estudiantes que nunca han vista un libro sobre la historia de la Reforma protestante?

Si los evangélicos no tienen nada que decir a las grandes cuestiones sociales desde lo que son, desde su cultura, desde su historia, desde su teología, desde sus criterios sobre cómo distinguir y vivir en la sociedad contemporánea de Puerto Rico, entonces, da lo mismo que existan o que no existan respecto a la situación y futuro de la vida de la sociedad puertorriqueña. Es probable que en este momento las denominaciones protestantes y los concilios pentecostales, como instituciones, no hayan estudiado estas cuestiones, no tengan nada que decir y tengan que tolerar que durante la semana su gente “se conforme al mundo” y solo vivan como protestantes y pentecostales los domingos.

La literatura protestante internacional es rica en los estudios, reflexiones teológicas y criterios sobre todos estos asuntos y preocupaciones. Pero esta literatura, que requiere y presupone una teología sobre el mundo y la realidad que el clero de la década del sesenta vetó a las nuevas generaciones y que el pentecostalismo no posee en su núcleo, no es conocida por la mayoría de ese clero ni por el liderato pentecostal conservador que no ven su necesidad. Esta generalización podría resultar discordante al pastorado y profesorado protestante joven de los años noventa y a la minoría ilustrada del nuevo movimiento pentecostal. Pero se sostiene, si se aplica la máxima de la norma y las excepciones, por lo menos hasta que se realice un estudio sociológico que precise mejor la situación actual. Desde la década del sesenta existe un serio desfase entre la capacidad de los ejecutivos denominacionales para promover la cultura protestante y los sectores creadores de cultura protestante nueva, o las “excepciones”.

El hecho de que cientos de pastores se hayan graduado del Seminario Evangélico en los últimos 20 años no otorga garantías. El sector mayoritario de ese pastorado provino de campos técnicos; desprovistos de la preparación previa en los campos de las humanidades y las ciencias sociales. No hay estudios realizados sobre el aprovechamiento de los estudios teológicos en estas condiciones. Este constituye un problema académico y pedagógico de gran envergadura para el Seminario Evangélico y lo será para las próximas aventuras de educación teológica a nivel graduado, sobre el cual no se ha dicho ni escrito nada serio, aparte de los informativos de promoción que ven esta situación como algo para celebrar. Por lo tanto, está por verse el fruto de esta educación en lo relativo a cuajar una cultura protestante para responder públicamente a los problemas del país. Hay que recordar que el Seminario estuvo sujeto a políticas de retraimiento en cuanto a la participación en asuntos de cultura y política durante el régimen de la derecha que duró hasta hace unos pocos años atrás.

Las excepciones a la regla, que desde la década del sesenta comenzaron a tocar con fuerza a la puerta de la historia, anuncian que el protestantismo tiene, a pesar de todos los intentos de la represiones eclesiásticas del setenta al ochenta, una vigorosa nueva generación de pastores e intelectuales que van gestando una nueva cultura protestante puertorriqueña, tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos desde los años ochenta hasta hoy. Algunos ejemplos son esperanzadores: el profesor Luis Rivera Pagán, el intelectual más sobresaliente de esta generación de protestantes, participó en la articulación de respuestas teológicas claras ante la explotación y opresión en América Latina y el régimen colonial en Puerto Rico durante ese periodo. Desde 1989 venía perfilando en artículos lo que habrá de ser su trabajo maduro sobre las armas nucleares, publicado en 1989, con el título: A la sombra del Armagedón: reflexiones críticas sobre el desafío nuclear y la militarización de la ciencia. Esta obra constituye uno de los llibros más importantes escritos por un latinoamericano sobre las armas nucleares en medio de la Guerra Fría, cuando esta amenaza constituía el principal problema para la sobrevivencia de la humanidad. En el mismo año publicó, Senderos teológicos: el pensamiento evangélico puertorriqueño, en el que examina a cuatro teólogos que representan cuatro enfoques de hacer teología en Puerto Rico. Aquí el autor hace su más erudita aparición como historiador de la teología cristiana. Vuelve a hacerlo en Evangelización y violencia: La conquista de América, donde despliega una enorme capacidad para el manejo del voluminoso material histórico y teológico, incluido en este importante trabajo, escrito para el quinto centenario de esa conquista.

Al año 1989 también pertenece la publicación de la primera edición de mi libro, El pensamiento cristiano revolucionario en América Latina y el Caribe, ya en su cuarta edición y traducido al portugués y al alemán. Aí como del libro, Protestantismo y política en Puerto Rico: 1898-1930, resultado de investigaciones desde la década del ochenta, publicado por la Universidad de Puerto Rico en 1997 y 1998, el cual constituye la primera historia académica de las iglesias protestantes en Puerto Rico.
El Dr. Luis Rivera Pagán ha hecho un inventario completo de las publicaciones de esta nueva generación, especialmente de los que hacen su aparición en la década del noventa, tanto en su trabajo, “Pistas y sugerencias para el estudio del pensamiento protestante puertorriqueño”, publicado en Un ministerio transformador del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Todas estas publicaciones contribuyen significativamente a la cultura protestante y la cultura del país y contrastan dramáticamente con la incapacidad productiva de la derecha que trató de impedir la manifestación del espíritu por 20 años en el mundo protestante.

lgualmente, debe mencionarse ese importante sector crítico que se fue formando a contrapelo de ese dominio de la derecha durante 20 años, que tuvo que emigrar a los Estados Unidos buscando mejores condiciones de trabajo y más libertad teológica, que hoy ocupa posiciones importantes allá en el mundo hispano de las denominaciones protestantes. Es importante señalar también el amplio sector de estudiantes graduados de teología y disciplinas afines que lograron afirmar un serio compromiso académico y hoy están en Puerto Rico desempeñando posiciones de importancia y fomentando la investigación, el diálogo y las publicaciones de estos asuntos. Hay que señalar como promisorios algunos centros pentecostales de estudio como el Colegio Bíblico Pentecostal de Puerto Rico, donde se hace un serio esfuerzo por adelantar el currículo y el rigor académico. No se puede subestimar el numeroso sector pentecostal que está estudiando actualmente en el Seminario Evangélico, ya bajo otra administración y orientación y su participación en la Asociación para la Educación Teológica Hispana. Esta asociación en particular, y su expresión académica, el Programa Hispano de Verano, bajo la dirección del genial historiador protestante cubano, Dr. Justo González, se ha convertido en un supraseminario teológico que funciona como una gigantesca comunidad teológica hispana transnacional al interior de los Estados Unidos. Acoge cientos de pastores protestantes y pentecostales y posibilita una formación común con aspiraciones a la mayor excelencia posible, facilitando así estudios graduados y publicaciones para puertorriqueños y otros hispanos, además del compromiso de docenas de universidades y seminarios de excelencia en esa nación, Puerto Rico y Canadá.

Hay que concluir que existen importantes semillas para el florecimiento de una nueva cultura protestante que responda a los desafíos del siglo XXI y el comienzo del nuevo milenio, pero para que estos esfuerzos tomen coherencia y fuerza histórica serán vitales la intencionalidad y la organización. El paradigma bajo el cual podrían organizarse esos componentes en el siglo XXI, todavía está por perfilarse.
Este artículo fue adaptado por el Grupo Editorial

 

 

 

Autor: Samuel Silva Gotay
Publicado: 11 de noviembre de 2015.

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