La llegada de la civilización occidental, según expresó en su momento la entonces recién unificada monarquía española, constituyó una transformación radical para la vida de los millones de personas que vivían en el continente americano. Taínos y caribes fueron los pueblos que habitaban las islas a las que avistaron las tres naves lideradas por el explorador Cristóbal Colón en busca de una ruta alterna a las Indias para aumentar el comercio del reino español. El primer encuentro entre los europeos y los “indios” ocurrió en la isla Guanahaní en el archipiélago que actualmente llamamos Bahamas; sus habitantes recibieron al extraño con regalos y curiosidad. Colón respondió las cortesías y buscó ansioso evidencia de los grandes tesoros que esperaba encontrar en los reinos del Lejano Oriente. Nombró la isla como San Salvador y prosiguió su camino. Así se dio el inicio del movimiento expansionista europeo hacia el “Nuevo Mundo”.

Durante los cuatro viajes que hizo el almirante por el mar, que los europeos llamarían Caribe, navegó por las costas de sus islas y del continente de Centro y Sur América. En nombre de los reyes Católicos de Castilla y Aragón y de la Iglesia católica tomó posesión de aquellas tierras y les dio nuevos nombres. Antes de su regreso del primer viaje, Colón estableció en La Española el Fuerte Navidad con una treintena de hombres, cuya misión era establecer acuerdos de intercambio con los taínos, habitantes nativos de la isla. Pero al regresar al año siguiente encontraron el fuerte destruido y a sus hombres muertos. A pesar de ello, establecieron la base primera de la conquista y colonización española de las islas del Caribe y el continente americano, en aquella isla, hasta entonces llamada Haití y que fuera el centro de la cultura taína en las Antillas.

Colonización española

En un inicio, los españoles trataron de establecer una factoría mercantil, como hicieron los portugueses en las costas de áfrica, para intercambiar el oro que les trajeran los taínos. No obstante, los taínos no producían lo suficiente para satisfacer la ambición hispana, pues había entre taínos y españoles una diferencia que va más allá del físico o el color de piel. Los taínos tenían una sociedad autosuficiente, pero que no buscaba reunir excedentes; mientras que los españoles —como todos los europeos de la época— basaban la suya en la acumulación incesante de riquezas. Decidieron entonces buscar ellos mismos el oro y obligar a los taínos a que se ocuparan de la penosa tarea de lavar la arena de los ríos en busca del preciado metal.

Como la reina Isabel declaró que los pobladores de los nuevos territorios serían súbditos de Castilla, no podían ser esclavizados. Las cortes españolas establecieron entonces la encomienda: régimen de trabajo obligatorio en la que los taínos, a cambio de su labor, recibían casa, alimentos, vestimentas, educación y religión. El régimen de la encomienda fue implantado en todas las colonias españolas en América. Las autoridades coloniales en los distintos territorios conquistados asignaron centenares de taínos a los conquistadores y a la Iglesia católica quienes los obligaron a trabajar en las minas auríferas de oro o en las siembras de yuca que alimentaban a la población caribeña. La realidad para los aborígenes es que fueron privados de su libertad y anterior estilo de vida y muy pocas de las salvaguardas legales redactadas para protegerlos fueron cumplidas por los encomenderos.

Para los taínos, la llegada de la civilización occidental resultó devastadora. Fueron desarraigados de sus comunidades y forzados a vivir cerca de los lavaderos de oro o según conviniera a los intereses de los encomenderos. Su cultura y forma de vivir fueron desdeñadas como primitivas o salvajes, incluso entre los pocos europeos que lucharon a su favor. Sus creencias religiosas fueron prohibidas y les obligaron a practicar el catolicismo; su alimentación, vestimentas y maneras de vivir, sustituidas por las costumbres castellanas. Fueron sometidos además, a un riguroso régimen de trabajo y a una violenta y cruel disciplina.

En un principio, los taínos se rebelaron contra la ocupación en La Española, pero fueron vencidos ante la superioridad de las armas y tradición bélica del invasor. Lo mismo ocurrió en años subsiguientes en Puerto Rico en una rebelión liderada por Agüeybaná, el Bravo, y en Cuba, por Hatuey, un cacique que huyó de La Española y alertó a los taínos del este cubano de las malas intenciones de los barbudos. Mientras, los sobrevivientes de la guerra de la conquista no pudieron soportar la situación. Dejaron de tener hijos, escaparon al interior montañoso o se fueron a las islas de los caribes. Algunos incluso recurrieron al suicidio colectivo. Sin embargo, la mayoría murió a causa de las enfermedades que llegaron con los españoles para las que no tenían anticuerpos.

A pesar de la crueldad demostrada por los españoles en su trato con los taínos por no aceptar su dominio sobre ellos, hubo voces que se alzaron contra el abuso. El fraile Antonio de Montecinos y Bartolomé de las Casas protestaron enérgicamente ante las autoridades reales. De sus esfuerzos resultaron las Leyes de Burgos de 1512, que reglamentaron el trato que recibirían los indios en las encomiendas. No obstante, estas disposiciones legales no podían ser implementadas desde la Península y los encomenderos de las colonias hicieron lo que mejor convino a sus intereses con muy poca vigilancia.

Los españoles, por su parte, acumularon cuantiosas ganancias con la extracción del oro de La Española. Con ese capital se auspició la conquista de las aledañas islas de Cuba, Jamaica y Boriquén y así extrajeron de ellas más oro. Allí se repitió la historia de repartimientos de taínos, su intento de rebelión y derrota. Con la reducción de la población taína, disminuyó a su vez la mano de obra con la que explotaban las minas de oro. Los españoles entonces trasladaron indios de las islas aledañas, y a los que se resistieron les declararon la guerra (irónicamente llamada “Justa”) por no aceptar la religión católica; y así esclavizaron a los prisioneros.

Para inicios de la tercera década del siglo, los depósitos de oro estaban prácticamente agotados, no sin antes generar abundantes beneficios a los conquistadores, a la Iglesia católica y a la Corona española. Gracias a estas riquezas, España se convirtió en el reino más poderoso de Europa durante el siglo XVI. Desde 1516, establecieron los primeros ingenios para la producción de azúcar para lo que invirtieron en máquinas y esclavos, pero con muy poco éxito. La escasez de crédito y de mano de obra, así como los problemas en el transporte y los ataques de los caribes hicieron muy difícil el desarrollo de esta industria que sería fundamental en el desarrollo histórico de la región.

Las Antillas mayores constituyeron para los españoles un laboratorio colonial. Allí tuvieron el primer contacto con los pobladores nativos y aprendieron a relacionarse con ellos, experiencia que resultó de suma importancia para ellos en su expansión por las tierras continentales. En ellas, los europeos también se adaptaron al clima y a la comida; a su vez, adaptaron sus frutos y animales al medioambiente caribeño. En La Española, Puerto Rico y Cuba —donde estaban los principales asentamiento hispanos en el Caribe— reunieron a los hombres, alimentos y animales que poblaron las expediciones de conquista de la “Tierra Firme”.

Los registros demuestran que la gran mayoría de los peninsulares que viajaron a “hacer las Américas” durante el primer siglo de colonización fueron andaluces y extremeños. No obstante, también hubo españoles de las otras regiones, así como portugueses e italianos entre los primeros colonizadores del Caribe. Fundaron una veintena de poblados durante las primeras décadas del siglo XVI. Eran muy pocas las estructuras de piedra o mampostería, solo los fuertes donde guardaban el oro y que protegían la población de los ataques indígenas. Las familias prominentes construían sus casas de madera, mientras que la mayoría de los colonos construían las suyas como los bohíos taínos y dormían en las mismas hamacas. Del mismo modo, el alimento básico de todos era el pan casabe confeccionado de la yuca. Es curioso que a pesar de catalogar a los taínos como salvajes para justificar la colonización de sus tierras y someterlos a un estado de servidumbre, adoptaron de ellos mucho de su estilo de vida y de sus conocimientos de la tierra y del clima para poder sobrevivir en el Nuevo Mundo.

Durante los primeros años tras la conquista, los nuevos poblados vivieron bajo la amenaza constante de los ataques caribes, a quienes se aliaron los taínos en un desesperado intento de recuperar sus islas. Con el paso del siglo, fueron los bucaneros y los corsarios —al servicio de los reinos europeos enemigos de España—, quienes encarnaron los ataques contra los asentamientos hispanos en el Caribe. Mas el principal objetivo de los corsarios era el atraco de las naves que transportaban las riquezas americanas a la Península. Otras veces fue la naturaleza la que representó el peligro con recios huracanes que transitan periódicamente la región durante los meses de más calor. De igual forma, los colonos sufrieron de hambrunas debido a sequías o porque utilizaron a los trabajadores encomendados o esclavizados solo en la extracción de oro, relegando tan importante tarea para satisfacer su ambición dorada.

Luego de la tercera década, y gracias a la promesa de mayores riquezas en la Tierra Firme, los colonos no paraban en las islas y los que había querían irse. La poca inmigración, junto a la merma de la población indígena y la llegada de los esclavos produjo una población mayormente negra y mulata, seguida de indios y mestizos dominados por unos cuantos miles de españoles. Como la mayoría de los españoles eran hombres, es de suponer que escogieran como compañeras a mujeres africanas o taínas, lo que produciría, a su vez, un aumento en la población mestiza y mulata de las islas y un fuerte intercambio genético durante el primer siglo de colonización.

Para 1570 apenas había unos 24 poblados en las Antillas españolas habitados por 7,500 españoles blancos, 22,150 “indios” y 56,000 negros, mulatos y mestizos. Estos asentamientos en la zona caribeña eran españoles más por un imperativo político que por una realidad étnica o incluso cultural. Los censos demuestran que individuos catalogados como “indios” aparecían en la lista de algunos municipios como “vecinos”, es decir casados con tierras, y por lo tanto, con acceso a los consejos municipales. Es interesante destacar hasta qué punto algunos taínos y sus descendientes lograron adaptarse y sobrevivir de alguna manera al exterminio que constituyó para su pueblo la llegada de los españoles. Para ello tuvieron que asimilarse culturalmente a la nueva realidad y, eventualmente, fueron absorbidos en el intercambio genético. El fuerte centralismo creado por la Corona para la administración de las colonias y la influencia de la Iglesia católica fueron fundamentales para la idea básica de lo hispano, y darle cohesión al Nuevo Mundo.

Ante el éxito de la empresa colonial española en América y la consolidación de su Imperio, las otras potencias europeas aumentaron sus esfuerzos por establecer colonias en el Nuevo Mundo. En un principio, Inglaterra y Francia atacaron los intereses españoles para diezmarles su poder y lograr romper su monopolio en la región. De esa manera, el Caribe se convirtió en otro frente de las guerras entre las naciones europeas. Para contrarrestar estos ataques, los españoles reorganizaron la defensa de su comercio y asentamientos durante las últimas décadas del siglo. Organizaron la construcción de un sistema de fortificaciones y establecieron guarniciones en posiciones estratégicas a lo largo de todo el archipiélago, para así proteger sus rutas de navegación comercial. De esa manera, los asentamientos de Vera Cruz, Cartagena, La Habana, Santiago de Cuba, Santo Domingo, San Juan y la Florida pasaron a ser ciudades muradas con mayor énfasis en lo militar que en lo productivo. De los asentamientos en el Caribe, La Habana fue la más beneficiada con estos cambios por estar en ruta entre la rica colonia de México y la península hispana. También, regularizaron el tráfico marítimo al programar flotas para proteger sus barcos mercantes de los piratas y corsarios. Establecieron una flota de barcos rápidos para defender las flotas y patrullaron las aguas caribeñas. El sistema funcionó mientras los españoles ostentaron una superioridad militar sobre los demás reinos europeos, lo que cambiaría durante el próximo siglo.

Como parte de la reorganización colonial, la Corona española concentró sus esfuerzos colonizadores en zonas más rentables en el continente y por ello fue abandonando las islas más pequeñas, catalogándolas de “inservibles”. Esto permitiría que, en los subsiguientes años, los otros reinos europeos se asentaran poco a poco en ellas. Si bien los españoles desalentaron los asentamientos prolongados en el archipiélago durante este siglo, los corsarios ingleses, franceses y holandeses amenazaron continuamente el tránsito de las riquezas españolas entre la metrópolis y sus colonias, al atacar sus barcos y poblados porteños. Ya en las primeras décadas del siglo XVII, las otras naciones europeas lograron romper el monopolio hispano en la región.

Esclavitud africana

Los africanos llegaron al Caribe desde el segundo viaje de Colón, cuando se inicia al proceso de colonización y conquista del “Nuevo Mundo” y con ellos, la esclavitud impuesta por los españoles. Esta institución era conocida y aceptada en el “Viejo Mundo”. Sin embargo, se hicieron esfuerzos para combatirla; por ejemplo, la Iglesia católica prohibió a sus feligreses la esclavitud de otros cristianos. Por eso, cuando la reina Isabel designó a los nativoamericanos como vasallos de su reino, y por lo tanto católicos, no pudieron esclavizarlos, al menos en un sentido legal. En Europa había: esclavos árabes, africanos y eslavos, la mayoría destacados como sirvientes, mas nunca como fuerza trabajadora productora de riqueza o alimentos.

Pero no todos los africanos vinieron como esclavos, pues entre ellos participaron en varias facetas del proceso, algunos incluso como conquistadores. Tal fue el caso de Juan Garrido, quien a los quince años se trasladó a Lisboa desde el áfrica occidental, donde se hizo católico y aprendió las maneras europeas. Luego, se trasladó a Sevilla, desde donde partió a La Española como sirviente de Pedro Garrido, de quién asumió el nombre. En la colonia logró un puesto como militar al participar de la guerra contra los taínos de aquella isla. Al lado de Juan Ponce de León participó de la conquista de Puerto Rico y la Florida; y algunos años después, se trasladó a Cuba desde donde fue a México junto a la expedición de Hernán Cortés. En la Nueva España estableció su residencia, se casó y tuvo tres hijos; y allí vivió hasta los 67 años. Garrido por su participación en la conquista de los nuevos territorios para España fue compensado con puestos de baja categoría en la administración colonial. Hubo además, otros conquistadores negros como Sebastián Toral, que participó de la conquista de Yucatán o Antonio Pérez y Juan Portugués en la de Venezuela.

Sin embargo, la gran mayoría de los africanos negros llegaron al Caribe forzosamente como esclavos. En un principio solo trajeron ladinos —es decir, que estaban cristianizados y eran hispanoparlantes—, como servidumbre de los señores españoles, y para controlar a los aborígenes. No obstante, con la reducción de la población taína, comenzaron a traer bozales, como llamaban a los africanos recién capturados, para que se encargaran de las agotadoras tareas productivas como la extracción de oro, y luego en los ingenios azucareros. La explotación del Nuevo Mundo también significó un cambio radical en la vida de muchas culturas africanas, pues ellos constituyeron la principal mano de obra de las empresas productivas del Caribe por los próximos cuatro siglos.

Los esclavos africanos, fueran ladinos o bozales, resistieron su opresiva condición desde el primer momento. Tan temprano como en 1503, Nicolás de Ovando, principal administrador de los nuevos territorios, se lamenta en sus informes a la Corona de que los ladinos incitaban a los taínos a rebelarse y se escaparon juntos al interior de La Española. Otros esclavos también escaparon a las islas de los caribes, descendientes de esas poblaciones todavía perduran hoy, y son conocidos como los “caribes negros”. Estas sociedades cimarronas se constituían en aldeas o palenques y se organizaron para resistir los constantes ataques de los amos blancos. Ellos, a su vez, atacaron los asentamientos españoles para adquirir alimentos, herramientas de trabajo, armas y mujeres. La presencia de estas comunidades fue una constante amenaza contra el orden colonial impuesto por la Corona española en el Caribe y tuvieron muchísimas dificultades para reprimirlas.

Las rebeliones de los esclavos contra su condición fue la constante a lo largo de todo el siglo en toda la región del Caribe. En 1522 se sublevaron los esclavos del gobernador Diego Colón en La Española; en 1530 hubo otro levantamiento en la ciudad panameña de Acla; así como en Venezuela en 1532; y al año siguiente, sendas revueltas en Cuba y Panamá. En 1547 se destaca la prolongada rebelión de Sebastián Lemba en La Española y la de 1550, dirigida por Juan Criollo, un esclavo de segunda generación que también se sublevó contra la cruel institución. En 1579, negros rebeldes en Portobelo, en Panamá, obligaron a los colonos españoles a firmar un tratado de paz en la que les concedían la libertad colectiva a los sublevados tras varios años de lucha.

Durante este primer siglo de conquista europea en el Caribe se asentaron las bases culturales y genéticas de lo que sería la población característica de sus islas. Desde el comienzo de la colonización española se desató la conflictiva y violenta relación entre españoles, africanos y arahuacos, que propició al mismo tiempo importantes intercambios culturales y genéticos. Con el agotamiento relativamente temprano de las minas de oro y de sus habitantes originales, las islas fueron relegadas a la defensa del Imperio español y su aspecto productivo fue secundario durante el resto del siglo. Gracias a esto, las relaciones raciales y sociales, aunque presentes y determinantes, no cobraron la contundencia y crueldad de los próximos siglos. De esa manera convivió por varias décadas una población mayormente negra, mulata y mestiza bajo el gobierno de una minoría blanca y española. Durante este siglo, se desarrolló una población criolla muy mezclada racial y culturalmente dentro del marco del catolicismo español, que fue la base del proceso de la creación del Caribe.
Autor: Pablo Samuel Torres
Publicado: 17 de febrero de 2012.

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