El triunfo definitivo del capitalismo sobre la organización de las economías, con su promesa de prosperidad y progreso fue lo que le permitió a la gran burguesía europea instrumentar su control político sobre las instituciones del Estado, con el apoyo de las aristocracias agrarias tradicionales. Para el 1870, como explica el historiador Eric Hobsbawm (The Age of Capitalism), los poderes sociales dominantes, al enfrentar una depresión económica, decidieron que podían vivir con el fastidio de las instituciones parlamentarias y el sufragio popular. Atrás quedaba la política obsesiva, en pie desde que se restauraron los regímenes autocráticos en 1815 a consecuencia de la derrota de Napoleón de oponerse a todas las iniciativas liberales, donde quiera que estas surgieran. Los poderes económicos comenzaron a ver las reformas liberales (establecer parlamentos y el sufragio) como una forma de adecuar el Estado a las necesidades de los tiempos, sin que ello constituyera necesariamente un peligro para los poderes y privilegios de las clases económicas dominantes. Al mismo tiempo, aseguraron que, a través del control de los parlamentos, la burguesía habría de adquirir una mayor participación formal en la política del Estado. A fin de cuentas, la burguesía era responsable de la prosperidad vivida; de haber organizado la actividad industrial con sus vínculos comerciales de largo alcance. El mundo agrario tradicional, sobre el cual se montaba el estamento aristocrático, constituía un anacronismo social para esta nueva sensibilidad burguesa, y aunque se consideró entonces un aliado político indispensable para contener los movimientos de la revolución social, su valor político redujo poco a poco su importancia a un nivel simbólico como tradicional de la cultural nacional.
Armada de una cultura ilustrada laica que encumbraba la racionalidad del ser humano sobre la autoridad religiosa y promovía al mismo tiempo la idea de la autonomía del individuo, la gran burguesía europea de fines del siglo XVIII había inventado el concepto de ciudadano para reemplazar, como ente político del Estado, a la antigua figura del súbdito real. Aceptar el imperativo político del parlamentarismo y la práctica del sufragio, no obstante estas limitaciones, fue un paso importante en la evolución institucional de los valores de la Ilustración. A partir de la década del 1870, por lo tanto, los regímenes constitucionales de Occidente han estado estrechamente vinculados a los parlamentos y a la práctica del sufragio. No es posible hoy reclamar adhesión a valores democráticos y humanistas que no esté legitimada por la presencia de instituciones parlamentarias; a pesar de que la nueva clase burguesa también ha mostrado enormes contradicciones y fisuras internas al promover los valores constitucionales mientras promueve simultáneamente la continuidad de prácticas de acumulación de capital por medio de la explotación de las “clases inferiores” y se empeña en mantener un sistema social montado sobre la exclusión y la inequidad. No hay que olvidar que Karl Marx y Friedrich Engels (los creadores de la crítica social más poderosa a las estructuras históricas del capital) pertenecían a las clases burguesas alemanas que habían sido beneficiadas por el auge capitalista de la primera revolución industrial, aunque tuvieron que buscar asilo político en Inglaterra. No obstante sus contradicciones internas y la continuidad y crecimiento de los movimientos políticos contestatarios, el Estado constitucional capitalista moderno con parlamentos validados por el sufragio está firmemente arraigado en la mentalidad política dominante y a la organización de los Estados de Occidente.

 

 

 

Autor: Roberto Gándara Sánchez
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

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