La abolición de la esclavitud fue un proceso lento, gradual y desigual a través de todos los territorios del Caribe. Luego de más de trescientos años de un sistema laboral inhumano, en el cual millones de africanos de diversas procedencias perecieron en los campos y ciudades del Caribe, el proceso de abolición era un asunto serio y de profunda ponderación para los sectores ligados a la economía de plantación, el Estado y, sobretodo, para los mismos esclavos. Inglaterra marcó el paso en el proceso abolicionista que continuaron otras potencias esclavistas, ya fuera por la presión ejercida por los vaivenes económicos y políticos del periodo o por las fuerzas ejercidas por parte de las colonias caribeñas. Cual fuere la situación, el siglo XIX caribeño vio desaparecer paulatinamente un sistema económico y social que estructuró y selló la vida de sus colonias en el devenir histórico. La abolición en el Caribe presentó un escenario diverso en el cual una multiplicidad de factores económicos, políticos, sociales y culturales se concentraron para estimular la muerte a tan nefasto orden social. En este ensayo se examina con mayor detenimiento el proceso abolicionista en las colonias inglesas por su primicia y repercusiones para el resto del Caribe. Se considera, además, el caso de Cuba y Puerto Rico, últimos dos bastiones del Imperio español en las Américas.

La emancipación del comercio esclavista

Las intensas campañas ante el Parlamento inglés en el último cuarto del siglo XVIII, las campañas de sensibilización civil y la creación de la Sociedad Abolicionista en Inglaterra marcaron el rol protagónico de los cuáqueros en el proceso abolicionista inglés. Aunque las primeras peticiones al Parlamento inglés con el propósito de anular el comercio de esclavos en 1783 y 1787 no surtieron los efectos deseados, estos no se amilanaron y arreciaron sus esfuerzos mediante la influyente figura de William Wilberforce. Finalmente, en 1791, la Cámara de los Comunes votó a favor de la abolición gradual de la esclavitud. A pesar de estos loables esfuerzos, el estallido de la Revolución haitiana y la inserción de Inglaterra en ella desvió los intereses metropolitanos en el Caribe; la coyuntura de la Revolución haitiana era perfecta para despojar a los franceses de sus colonias y acaparar nuevamente el mercado del azúcar en Europa.

A pesar de que la Revolución haitiana fue un hiato en el proceso de la abolición de la trata negrera, esta no logró doblegar el interés de los abolicionistas británicos. Sin embargo, sí influyó en la creación de nuevos argumentos para sus campañas a principios del siglo XIX. Los abolicionistas argumentaban que si se les permitía la entrada de esclavos a los nuevos territorios estos competirían con las antiguas colonias azucareras. En 1806, el Parlamento actuó acorde a estos planteamientos y decidió abolir el comercio esclavista en sus colonias a partir del 1 de enero de 1807. El Parlamento actuó mediante argumentaciones de índole económica. Sin embargo, Inglaterra instó a las demás potencias coloniales a emular sus pasos. Por ejemplo, a pesar de su renuencia, el Gobierno español se vio en la obligación de firmar un tratado 1817 en el cual se comprometía a detener las importaciones de esclavos en sus territorios precisamente en los momentos cuando la producción azucarera en Puerto Rico y Cuba se despuntaba vertiginosamente. Dos años antes, Francia se vio forzada a firmar otro tratado similar bajo las mismas condiciones y obligaciones que se les impusieron a Portugal y España. Otros, como las islas vírgenes danesas y los territorios holandeses cayeron bajo las estipulaciones inglesas al ser capturados por los ingleses en el 1807. Estos tratados, sin embargo, tuvieron pocos efectos en la importación de esclavos a los territorios franceses y españoles donde se mantuvo un flujo más o menos constante de entrada de esclavos africanos hasta mediados del siglo XIX.

La abolición de la esclavitud

La prohibición del comercio esclavista marcó solo el comienzo de una azarosa lucha por la libertad absoluta de los esclavos. El estancamiento económico que estaban experimentando las colonias británicas, francesas, danesas y holandesas en la producción azucarera incidió en el debilitamiento y en la justificación del sistema esclavista. El alto costo de la producción, sumado al rezago tecnológico en las plantaciones hicieron del otrora rentable comercio uno incompetente en el contexto comercial imperial e internacional. En Jamaica, por ejemplo, la producción azucarera decayó entre 1821 y 1832, en comparación al periodo entre 1799 al 1820. Las colonias francesas mostraban patrones similares de estancamiento manteniendo los niveles de producción de azúcar constante durante las primeras décadas del siglo XIX. Las excepciones fueron Cuba y Puerto Rico que experimentaron un despunte en la producción azucarera luego de la estrepitosa caída del azúcar en Saint Domingue en 1804. De igual manera, el balance comercial entre las colonias y sus metrópolis se vio fuertemente afectado. Las importaciones hacia las colonias británicas disminuyeron en un 25% entre 1821 y 1831. Por otra parte, las exportaciones francesas a su colonias mermaron en un 30% entre 1841 y 1848, año este último de la abolición de la esclavitud en sus territorios. En correlación con el paulatino desmantelamiento de la economía azucarera —tal y como se conoció durante los dos siglos anteriores— la influencia e importancia política de los intereses coloniales se redujo definitivamente en el Parlamento inglés.

El declive en la producción azucarera y el estancamiento comercial entre la metrópolis y sus posesiones requirió, entonces, a los representantes de los plantadores de las colonias a coligarse con los propósitos abolicionistas de la recién creada, en 1823, Society for the Mitigation and Gradual Abolition of Slavery. De primera instancia, la sociedad procuraba abogar por mejorar las condiciones de vida y trabajo de los esclavos por medio de la promulgación de leyes y reformas. Algunas de estas medidas fueron las siguientes:

· Se les exigía a los dueños de esclavos llevar un registro de los castigos.
· Se establecieron mecanismos para que los esclavos pudieran comprar su libertad por medio de un sistema de coartación semejante al establecido en las colonias españolas.
· Se les permitió a los esclavos prestar testimonios en las cortes locales.
· Se prohibía el uso del látigo contra los esclavos de campo.
. Se les permitió adquirir propiedades a los esclavos.
· Se debía evitar la fragmentación familiar.
. Se les concedía un día a la semana a los esclavos para descansar.

Si bien estas medidas fueron decretadas en pos de paliar la dureza y crueldad de la vida de los esclavos y estas, a su vez, respondieron tanto al contexto económico como una ideología humanitaria, en las colonias no eran del todo bienvenidas. Las legislaturas coloniales obstaculizaron fuertemente la implementación de estas medidas y los esclavos se mantuvieron sobreviviendo en paupérrimas condiciones.

En la tercera década del siglo XVIII, el incremento de las peticiones y presiones al Parlamento— aunado al declive en el comercio azucarero y las continuas sublevaciones de esclavos— socavaron desde varios flancos el sistema esclavista. Las sublevaciones, por ejemplo, fueron incrementando a medida que se dilucidaban los asuntos concernientes a la abolición en los territorios ante un Parlamento más inclinado a favorecer la disolución de la esclavitud en sus territorios. El indiscutible éxito de la Revolución haitiana, unido a los rumores de que el Parlamento había concedido la libertad, se hacía cada vez más frecuente en las colonias de habla inglesa. En 1808, a tan solo un año de la abolición del comercio esclavista, estalló una revuelta esclava en Guyana Británica. Ocho años más tarde, las tropas inglesas sofocaban una sublevación esclava en Barbados. En agosto de 18 de 1823, más de 12,000 esclavos y 50 haciendas en la costa de Demerara, Guyana Británica se vieron involucradas en una revuelta de grandes magnitudes. Ahora bien, fue en 1831, en Jamaica, donde detonó una de las más significativas y contundentes revueltas de esclavos en territorio británico en el Caribe. Se estima que participaron alrededor de 20,000 esclavos y más de 200 haciendas se afectaron por la reyerta. Su duración, al igual que muchas otras revueltas esclavas, fue efímera mas no así sus repercusiones a nivel local, en la metrópolis y a nivel internacional. Análoga a la experiencia en Demerara, la sublevación en Jamaica fue guiada por Sam Sharpe, un líder de la iglesia bautista. La conexión religiosa en estas dos últimas insurrecciones son significativas toda vez que apuntan al papel que jugaron las denominaciones no conformistas en instrumentar o proveer un lenguaje de emancipación para los más sojuzgados de la sociedad de plantaciones. De hecho, en alusión al componente religioso en el levantamiento en Jamaica, a este se le conoció posteriormente como “The Baptist War”.

Las rebeliones esclavas socavaron internamente el sistema esclavista. Las tensiones económicas, políticas y sociales antes expuestas presionaron al Parlamento inglés que de 1833 a 1834 acordó abolir la esclavitud en todos los territorios bajo su dominio. Con cierto grado de renuencia y preocupación se estipuló que todos los menores de seis años y todos los que estaban por nacer de madres esclavas alcanzarían su libertad. Se instituía, además, un sistema de aprendizaje hasta el 1840 que pudiera salvaguardar la estructura social de la plantación. En este sistema el exesclavo trabajaría para sus antiguos propietarias 45 horas semanales. Estos tenían derecho a asalariarse y generar ingresos que les permitieran acortar su periodo de aprendizaje. Por su parte, los antiguos propietarios se comprometían a proveerles comida, vestimenta y alojamiento a los antiguos esclavos. La ley de la abolición proveyó, en compensación a los antiguos amos, un fondo de 20 millones de libras esterlinas que pudiera aliviar las perdidas ocasionadas por la libertad de los esclavos.
Luego de la reimposición de la esclavitud en 1802 por Napoleón Bonaparte, las colonias francesas en el Caribe abolieron la esclavitud en el 1848. Muy similar a la situación británica, la propaganda y coacción de la Societé des Amis des Noirs en Francia fueron substanciales en la persecución del derrumbamiento de la sociedad esclavista. Aunque el cuestionamiento de la esclavitud como forma idónea en la relaciones de producción fue cuestionado desde, al menos, mediados del siglo XVIII, fue Victor Schoelcher la figura más prolífica en los esfuerzos por abolir la esclavitud en el Caribe francés. Desde mediados de la década del 1830 el empuje abolicionistas fue ganando terreno político e ideológico. El Gobierno francés promulgó leyes destinadas a mejorar las condiciones de vida y trabajo de los esclavos muy similares a las reformas que intentaron imponer los británicos en sus colonias. Los acontecimientos políticos en Francia en 1848 les concedieron el acceso al poder tan ansiado por los abolicionistas que no perdieron tiempo en declarar la abolición de la esclavitud. Los esclavos en Guadalupe y Martinica, exaltados por la noticia, tomaron acción y exigieron la libertad de modo inmediato. Ante el temor de una revuelta similar a la ocurrida en Haití, las autoridades locales accedieron y derogaron la esclavitud antes de que se formalizara la ley en Francia.

Los procesos abolicionistas en Inglaterra y Francia, el decaimiento de las producción azucarera en la Antillas y las continuas insurrecciones esclavas repercutieron y sentaron un precedente para la abolición en los demás territorios caribeños. En la isla danesa de Santa Cruz, por ejemplo, una sublevación de esclavos bajo el liderato de Buddhoe culminó el proceso, al gobernador Peter von Scholten declarar la emancipación de estos en 1848. Los esclavos en territorios holandeses en el Caribe obtuvieron su libertad en 1863, diez años antes de la abolición de la esclavitud en Puerto Rico.

Cuba y Puerto Rico

Puerto Rico y Cuba, los últimos bastiones españoles en el Caribe y América, declararon la libertad de sus esclavos en 1873 y 1886, respectivamente. Las condiciones socioeconómicas en Cuba y Puerto Rico durante el siglo XIX distan de las de las colonias británicas y francesas durante el mismo periodo. Ambas islas, de acuerdo a sus capacidades geográficas y de recursos vieron incrementar sus potencialidades como productoras de azúcar, satisfaciendo la demanda europea de azúcar. El crecimiento en la producción de azúcar conllevó un incremento en la importación de esclavos a las islas, pese a España haber firmado un acuerdo en 1817 con el Gobierno de Inglaterra en el cual se comprometía a terminar el comercio esclavista. En Puerto Rico, la importación de esclavos tuvo un crecimiento significativo entre 1765 y 1820. En Cuba, el acrecentamiento de esclavos fue astronómico al plasmarse un aumento de 155,700 entre 1788 y 1817. El panorama en las colonias españolas contravenía los esfuerzos que se estaban desatando en el Parlamento inglés a favor de la abolición.

No obstante el auge azucarero en ambas islas, la competencia del azúcar de remolacha impactó la producción y demanda del azúcar de caña, asestando un golpe a la economía de las plantaciones cubanas y puertorriqueñas a partir de la cuarta década del siglo XIX. El azúcar de remolacha europea gozaba de subsidios y otros incentivos fiscales que permitieron que penetrara en los mercados de Francia y Alemania. Por consiguiente, las posibilidades de crecimiento económico en Cuba y Puerto Rico se vieron atropelladas por la entrada al mercado del azúcar de remolacha y, sobretodo, por las trabas fiscales impuestas por el Gobierno colonial español. Si bien el contexto económico jugó un papel importante en la abolición de la esclavitud, el antagonismo político entre liberales y conservadores, los movimientos independentistas, las continuas conspiraciones e insurrecciones de los esclavos y la influencia de la política internacional fueron fundamentales para el proceso abolicionista en Cuba y Puerto Rico.

En ambas islas las sublevaciones de esclavos incrementaron en la medida que aumentó la producción azucarera. En Puerto Rico, por ejemplo, se descubrieron conspiraciones de esclavos en 1821 en Bayamón, en 1822 en Guayama y Naguabo, en 1823 y 1843 en Toa Baja y en 1825 en Ponce. En Cuba, la llamada conspiración de “La escalera” —en la cual se detuvo a más de 2,000 negros entre los conspiradores— aterró a la población blanca y propietaria. Estas conspiraciones y sublevaciones, aunque todas fueron reprimidas fuertemente, eran un recuerdo constante de la peligrosidad del negro esclavo en la sociedad de plantación.

En 1866 el Gobierno liberal español convocó una “Junta de Información de Ultramar” con el propósito de estudiar las condiciones y agravios que aquejaban a Cuba y Puerto Rico. Los delegados puertorriqueños presentaron el “Proyecto para la abolición de la esclavitud en Puerto Rico” ante el clima favorable que presentaba el Gobierno liberal español del momento, el cual abogaba por una emancipación inmediata, pero con indemnización para los propietarios de esclavos. En Puerto Rico se estimaban unos 41,000 esclavos, lo cual hacia de la abolición un proceso un tanto más fácil que en Cuba, donde los esclavos rondaban en unos 211,247. Era de esperarse, entonces, que los delegados cubanos se opusieran a tal radical proyecto y propusieran una emancipación gradual en la cual se establecieran los más mínimos parámetros de seguridad; sobre todo ante el temor de una sublevación como la ocurrida en el vecino Haití. Las reformas de la Junta de Información de Ultramar cayeron en oídos sordos al ascender un Gobierno recalcitrante y conservador. El camino, pues, se estrechaba y la separación política se vislumbraba como alternativa viable.

La abolición de la esclavitud se vio inextricablemente atada al proceso revolucionario en Cuba y Puerto Rico, especialmente en la más grande de las Antillas. El 23 de septiembre de 1868, el Grito de Lares en Puerto Rico, comandado por el puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, proclamó la República de Puerto Rico. Las fuerzas españolas no dieron tregua y la insurrección fue rápidamente apabullada. No obstante el desaire político, la abolición de la esclavitud figuraba en la Proclama de los Diez Mandamientos de los Hombres Libres. Luego de muchísimas vicisitudes y trabas por parte de los esclavistas e incondicionales, el Grito de Yara y la Revolución Gloriosa en 1868 allanaron el camino para la proclamación de una ley para abolir la esclavitud gradualmente, tal y como los reformadores cubanos la habían planteado en la Junta de Información de Ultramar. La Ley Moret, así llamada por su autor Segismundo Moret, establecía que se concediera la esclavitud a aquellos que nacieran luego del 17 de septiembre de 1868, a los ancianos mayores de 60 años y a los esclavos pertenecientes al Estado, entre otras consideraciones. La esclavitud se abolió finalmente en Puerto Rico el 22 de marzo de 1873.

En Cuba la situación fue diferente. El propietario del ingenio de la Damajagua, Carlos Manuel de Céspedes, proclamó la República de Cuba y liberó a sus esclavos haciéndolos parte del nuevo ejército liberador. Este acto en el oriente de Cuba dio paso a la primera guerra de independencia de la perla de las Antillas que duró hasta 1878 (acto seguido se desató lo que se conoció como la Guerra Chiquita que tuvo una duración de dos años adicionales). La guerra de los Diez Años socavó un sistema esclavista que encontraba mayor apoyo en las grandes plantaciones del occidente de Cuba. Tomando en consideración que ambos bandos proclamaron la libertad a todos aquellos esclavos que participaran en la guerra, era de esperarse que estos aprovecharan e implantaron su propia lógica en el confuso proceso del conflicto bélico: la búsqueda de su libertad personal. Ante tal ambiguo panorama, el Gobierno español actuó por medio de la ya discutida Ley Moret que le fue extendida a Puerto Rico y a Cuba.

La ley Moret fue el comienzo de los esfuerzos coloniales por abolir la esclavitud de forma gradual. En 1880 se promulgó la Ley de Patronato como un último recurso para regular y aplazar lo inevitable: la abolición absoluta de la esclavitud en Cuba. Los, ahora llamados, patrocinados estarían bajo la tutela de sus antiguos amos quienes debían de asumir mayores responsabilidades ante estos. El reglamento estipulaba una fecha de expiración en la cual todos los esclavos de Cuba debían de ser libres; la ley establecía la posibilidad de la compra de la libertad, a plazos, por parte del esclavo; se erigieron juntas provinciales y locales que en teoría velaran por el buen cumplimiento de la nueva ley; el patrono (antiguo amo) estaba obligado a pagarle un jornal a sus patrocinados; los patrocinados tenían la opción de llevar sus peticiones a las juntas locales o provinciales si los patronos no cumplían con sus obligaciones. El patronato fungió como paso intermedio en el proceso de la abolición en Cuba. La guerra de los Diez Años, la Ley Moret y la Ley del Patronato coadyuvaron en el desmantelamiento paulatino de la esclavitud en Cuba. Finalmente, el 7 de octubre de 1886, el Gobierno español decretó la terminación de la Ley del Patronato y, por ende, la esclavitud en Cuba.

Conclusión

La abolición de la esclavitud en el Caribe fue un proceso de yuxtaposiciones y ambigüedades en el cual se pretendía proteger los intereses, primordialmente, de los hacendados propietarios. Sin embargo, en el siglo XIX se conjugaron varios factores de índole política, económica, social y humanitaria que forjaron el camino para la desaparición legal de la esclavitud. Las tesis que se han esbozado varían desde perspectivas humanitarias hasta puntos de vista economicistas. Esta última fue la visión que predominó en la tesis del historiador y hombre de Estado trinitense Eric Williams, quien sostuvo en su influyente estudio, Capitalism and Slavery, que la baja rentabilidad del sistema esclavista en las plantaciones azucareras en el Caribe inglés en los comienzos del siglo XIX fue la razón principal para la desaparición del comercio esclavista y la eventual abolición esclavitud. La argumentación economicista de Williams caló hondo entre la comunidad de historiadores al contravenir la visión tradicional anclada en la benevolencia y el humanitarismo de la sociedad inglesa. Sin embargo, el debate historiográfico sobre la abolición se enriqueció al revisarse la tesis de Williams, por los historiadores Roger Anstey y Seymour Drescher. Ambos cuestionaron las premisas cuantitativas en las cuales descansaba la tesis de Williams: ni el comercio esclavista fue tan fructuoso ni el impacto de la Revolución haitiana en las economías de plantación en las colonias británicas fue tan desastroso como el trinitense pretendió demostrar. De esta manera socavaron las premisas en las cuales se sustentaba la tesis del Williams: que el desarrollo capitalista y la Revolución Industrial inglesa fue producto de las cuantiosas ganancias devengadas por la producción azucarera en sus colonias caribeñas.

Más allá de las consideraciones académicas, el último bastión de la esclavitud en el Caribe fue en la isla de Cuba en 1886 —restando solo Brasil, que logró abolirla dos años más tarde—. La emancipación esclava en el Caribe dio paso un periodo de incertidumbre en el cual los antiguos esclavos debían de adaptarse y sobrevivir en un contexto de discriminación racial y pocas oportunidades de subsistencia. Por otro lado, las economías coloniales debían de adecuarse y mantener la producción azucarera sin uno de sus más preciados activos: la mano de obra esclava.

 

 

 

Autor: Hugo R. Viera Vargas, Ph.D.
Publicado: 11 de mayo de 2012.

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