Los inicios de la literatura puertorriqueña ocurrieron durante las primeras décadas del siglo XIX como un modo expresivo de un pueblo con conciencia de sí mismo. Es decir, para ese tiempo se desarrolló una serie de escritores que se consideraban puertorriqueños o criollos y que escribían literatura concerniente a ese espacio geográfico con el que se identificaban y que llamaban “patria”. La llegada de la imprenta en 1806 promovió la aparición de periódicos que, como La Gaceta, se convirtieron en espacios en los que figuraron esos textos iniciales que forman parte del corpus literario puertorriqueño. Mariana Bibiana Benítez, por ejemplo, publicó “La ninfa de Puerto Rico” en este periódico en 1833. En ese año, Celedonio Luis Nebot de Padilla llevó a la escena teatral Mucén o el triunfo del patriotismo, obra que se ve como una alegoría a la situación política de Puerto Rico y su relación con España.

No obstante, la obra más conocida de ese tiempo, El aguinaldo puertorriqueño (1843), reunió textos románticos criollos. Así, en Puerto Rico, los escritores fueron identificándose y solidarizándose con el terruño, lo que les motivó a escribir estampas y textos abanderados con el criollismo y regionalismo, como álbum puertorriqueño (1844) y El cancionero de Borinquen (1846). Escritores que se destacaron en esos textos antológicos son: Francisco Vasallo, Santiago Vidarte (con sus poemas “Insomnio”, “El sueño”, “La jibarita”) y Manuel Alonso (1822-1889). De Alonso también destaca el Gíbaro, un cuadro de costumbres de mucho folclor. “La fiesta del Utuao”, “Un casamiento jíbaro” y “Una pelea de gallos” muestran escenas en las que se transcribe el habla campesina (y que fue usada en estudios lingüísticos importantes). Por otro lado, Manuel Fernández Juncos redactaba habitualmente en los periódicos de la época, uno de sus poemas fue “Sursum corda”.

En este tiempo surgió un símbolo que define al puertorriqueño de modo arquetípico: el jíbaro como ícono del campesino (y eventualmente del puertorriqueño). Ramón Méndez Quiñones ofreció dos piezas dramáticas que crearon un perfil sobre este sujeto que se generalizó aun hasta entrado el siglo XX: Un jíbaro y Los jíbaros progresistas. En estas obras se muestra al jíbaro como un ser volátil, supersticioso, con gran sentido del honor y muy generoso; sin embargo, como personaje literario sirve de portavoz de las ideas ilustradas de la época, por lo que ya ese perfil se ve como una aportación literaria y no antropológica.
Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) es otro autor símbolo de la literatura puertorriqueña. Fue un escritor muy prolífico y versátil. El drama La cuarterona, la novela Póstumo el envirginiado y el poema La sataniada son obras esenciales en el canon de Puerto Rico. Sus temas y acercamientos a lo racial, femenino y político lo hacen un ser muy adelantado y asertivo.

Después de Tapia y Rivera y en esa tradición de amor patrio y búsqueda de la liberación, José Gautier Benítez (1851-1880) es un poeta cumbre. Su poema “Canto a Puerto Rico”, “A Puerto Rico (Ausencia)” y “A Puerto Rico (Regreso)” son poemas esenciales en la historiografía literaria, allí figuran sus temas predilectos: la mujer, la patria, el amor y la crítica social. También se destaca la figura del prócer Eugenio María de Hostos (1839-1903), romántico comprometido con la separación de Puerto Rico de España. Se destacó como feminista, revolucionario, educador y crítico literario. Su novela La peregrinación de Bayoán y Mi viaje al sur tienen un lugar privilegiado en las letras puertorriqueñas. Así también es importante mencionar a Lola Rodríguez de Tió, la revolucionaria y poeta exiliada que escribió uno de los poemas más famosos que vincula a Puerto Rico con Cuba, y que tituló “A Cuba”.

Por su parte, dentro de la corriente modernista, un poeta imprescindible lo fue José de Jesús Domínguez quien le antecede a Rubén Darío (nicaragüense gestor del modernismo en las Américas) en proponer una pieza de corte modernista titulada Las huríes blancas. El preciosismo, el exotismo, la configuración de un mundo fantástico y la sensualidad son rasgos modernistas presentes en este poema precursor.

Ya a comienzos del siglo XX, Jesús María Lago publicó poemas modernistas; Luis Llorens Torres y Virgilio Dávila trabajaron los temas criollos y jíbaros desde esta corriente. En “La canción de las Antillas”,Llorens plantea los rasgos típicos antillanos y en “El patito feo”, la relación conflictiva con Estados Unidos mediante una reflexión histórica. El ensayo modernista lo cultivó Nemesio Canales en “Paliques” y Miguel Guerra Mondragón.

Más adelante, Salvador Brau, dramaturgo, ensayista y poeta, cultivó el naturalismo y el realismo magistralmente. Su novela, La pecadora, se destaca por su acercamiento social y psicológico. Manuel Zeno Gandía resaltó en el naturalismo. Su colección Crónicas de un mundo enfermo, donde figuran La charca, Garduña y El negocio, es un legado inmortal en la narrativa de Puerto Rico que cuestiona la sociedad y modos sociales de ese tiempo. Luego, escribió Redentores, obra que atestigua el cambio de soberanía por la llegada de Estados Unidos como colonos.

José I. de Diego Padró fue un escritor importante quien junto con Luis Palés Matos fundó el diepalismo, lo que introdujo el vanguardismo en Puerto Rico. El diepalismo exploraba los sonidos de modo que privilegiaba las onomatopeyas. De Diego Padró publicó el poemario La última lámpara de los dioses (1921). En la literatura de esos siglos prevalecía el realismo, el costumbrismo, la preocupación social y la revalorización poética de lo puertorriqueño como rasgos definitorios y estéticos. Un grupo que se gestó de modo contundente y que marcó un momento de desarrollo literario en el país fue la generación del 30, quien se levantó sobre una dicotomía: España y Estados Unidos. Esta polaridad llevó a que los escritores asumieran unas posturas que repercuten en la actualidad sobre el concepto del puertorriqueño y “lo” puertorriqueño.

La generación del 30 reaccionaba ante los problemas que enfrentaba Puerto Rico en esa década: la amenaza de asimilación al modelo estadounidense, la crisis social y económica. En este tiempo surgió un cuestionamiento muy serio sobre qué es la identidad puertorriqueña y sobre qué elementos históricos y sociales han contribuido (para bien o para mal) a la formación de dicha identidad. Para ello se valieron de los símbolos del jíbaro, los símbolos de la puertorriqueñidad, los ambientes sociales y naturales, y de modo económico, se atendió el tema del café y el tabaco. De esta generación se destacan el ensayo Insularismo (1934) de Antonio S. Pedreira, Prontuario histórico de Puerto Rico (1935) de Tomás Blanco, Problemas de la cultura puertorriqueña (1934) de Emilio S. Belaval y los estudios de María Cadilla de Martínez en Costumbres y tradicionalismos de mi tierra (1938), entre otros. En la cuentística es destacable Miguel Meléndez Muñoz con Cuentos de la carretera central (1941), y Abelardo Díaz Alfaro, autor que sirvió de puente con la próxima generación y quien, con Terrazo (1947), narra el mundo interior y social del campesino. En la novelística se destaca monumentalmente Enrique Laguerre, autor que numerosos académicos recomendaron para el Premio Nobel en una ocasión. Entre sus novelas más renombradas (y leídas como parte del Departamento de Educación de Puerto Rico) se encuentran La llamarada (1935), Solar Montoya (1941) y La resaca (1949), entre otras. Del teatro es distintiva la obra de Manuel Méndez Ballester con El clamor de los surcos (1930) y Tiempo muerto (1940), este célebre dramaturgo también publicó una novela, Isla cerrera (1937). Su teatro tiene una honda preocupación social y trabaja los procesos obreros frente a los modelos estadounidenses.
La poesía de la generación del 30 fue muy importante en el desarrollo literario del país al insertarse en el vanguardismo. Julia de Burgos (1916-1953) es la poeta representativa de la generación. Publicó tres poemarios: Poema en veinte surcos (1938), Canción de la verdad sencilla (1939) y El mar y tú (1954, libro póstumo). Se destaca por una poesía existencialista, feminista, política y amorosa. Palés Matos (1899-1959) se reconoce por sus temas negristas en Tuntún de pasa y grifería (1937); mas la producción de Palés en poemas como “Puerta al tiempo en tres voces”, “Asteriscos para lo intacto”, “El llamado”, entre otros, son los preferidos por la crítica por las múltiples temáticas y matices que trabajó. La poesía de Juan Antonio Corretjer (1908-1985) recogida en los poemarios Agüeybaná (1932), Amor de Puerto Rico (1937) y Cánticos de guerra (1937), se convirtieron en una muestra de la estética y de los valores nacionalistas de Puerto Rico; los temas centrales de este poeta se centran en una revisión histórica y una afiliación con la patria como deber. Por su parte, Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976) usó el verso libre para expresar inquietudes metafísicas y patrióticas en La hora del orifice (1929) y Tú, mar, yo, ella (1946). También, Clara Lair (1895-1973) publicó Arras de cristal (1937) con una poética feminista.

En general, la generación del 30, como partícipe de un proceso económico definitorio, estableció un largo debate (que aún se mantiene) sobre la puertorriqueñidad y la relación que se tiene con Estados Unidos. De allí surgieron discursos sobre la defensa de lo hispánico, también las bases de lo que es la conciencia obrera y campesina. En otro sentido, estableció una clara conciencia sobre ser una literatura autónoma de Hispanoamérica y España, muy importante para la generación que le sigue, del 45 o del 50.

Los escritores que iniciaron su producción entre los años 1940 y 1950 introdujeron nuevos temas a la literatura puertorriqueña: la Guerra de Corea (1949), la emigración de puertorriqueños hacia Estados Unidos, el nacionalismo, el desarrollo industrial (y la integración de la mujer a cuerpo de obreros de modo contundente) y el urbanismo. Así como la generación del 30 cuestionó la realidad que atravesaban, así mismo lo hizo la generación del 45 o 50, destacándose especialmente en lo que se conoció como una renovación en la cuentística. Encaminados por Abelardo Díaz Alfaro, en esta generación se destacan los escritores René Marqués con Otro día nuestro (1955), la novela La víspera del hombre (1959) y la obra teatral, La carreta (1962). Marqués renovó también el teatro por su uso del símbolo y la escenografía. En su obra analiza, desde un punto de vista patriarcal, los roles de las personas en el entorno familiar tras la invasión de Estados Unidos, la vida de la pobreza y de los obreros, asentándose en la defensa del patrimonio cultural y el idioma español. José Luis González publicó En la sombra (1943), Cinco cuentos de sangre (1945) y El hombre en la calle (1948), donde claramente trabajó el urbanismo en la isla y Nueva York, y destaca los personajes del margen social. Después hizo un análisis histórico en El país de los cuatro pisos (1980) que estableció un debate sobre la configuración de la puertorriqueñidad. El legado de Pedro Juan Soto incluye el libro Spiks (1957), donde cuenta la vida del puertorriqueño en Nueva York, y la novela Usmail donde usa a Vieques de escenario para mostrar el conflicto de clase que resulta de la ocupación de Estados Unidos en Puerto Rico. Emilio Díaz Valcárcel cuenta los sinsabores en la psiquis puertorriqueña por la guerra de Corea en La sangre inútil (1955) y El asedio (1958).

Aunque resaltó la narrativa, la poesía contó con la voz importantísima de Francisco Matos Paoli en Canto a Puerto Rico (1952), Luz de los héroes (1954) y Canto a la locura (1962). Matos Paoli siguió la tendencia nacionalista de Corretjer, pero profundizó con una conciencia sobre la poesía como género artístico y metafísico.

Este tiempo histórico (con el Proyecto Manos a la Obra, el estadolibrismo, el éxodo de puertorriqueños a Nueva York y del campo a la ciudad, el hacinamiento en los arrabales y las terribles consecuencias de la guerra, entre otros problemas) forjó una mentalidad contestataria y de compromiso social que se encrudeció con la generación del 60. El prejuicio social, racial y de género, el triunfo de la revolución Cubana en 1959 y la lucha antibélica fueron los estandartes de este grupo.

En los años sesenta surgieron revistas como Guajana (1962), Mester (1967) y Palestra (1967), donde publicaron Vicente Rodríguez Nietzsche (principal gestor del Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico y cuyas obras son Domingo, lunes, martes; Mural; Amor como una flauta; Vuelvo a enhebrar la musical costura; A lo mejor es doble nuestro sueño; y Voces del silencio), Hugo Margenat, (Primeros poemas -Vislumbres; Breves palabras de las horas prietas; Vibraciones de aire y tierra; Ventana hacia lo último; Lámpara apagada; Mundo abierto; Erosavia; entre otros), Andrés Castro Ríos (Muerte fundada; Estos poemas; Don de la poesía, entre otros), Wenceslao Serra Deliz (Memoria; El trabajo diario; y Abra palabra; también los textos infantiles Fabián; Poemas y colores; Mi música; y Yucayeque), Jorge María Ruscalleda Bercedóniz (poemario El corazón fuera del pecho, novela Saramambiches), ángela María Dávila (Animal fiero y tierno), entre muchos otros. Algunos de estos poetas publicaron sus libros para la década del setenta. Rasgos que los definen son la militancia; por lo tanto, exigían una literatura comprometida. Un poeta de gran valor, pero que temática y artísticamente se separó del grupo, fue José María Lima; uno de sus poemarios fue Homenaje al ombligo (1966). Es importante destacar, que a partir de este tiempo los escritores coincidieron en publicaciones, antologías, talleres y espacios (universitarios y cívicos). Algunas publicaciones importantes de los años setenta corresponden a escritores del cincuenta, por mencionar un ejemplo.

De la generación del 70, en la narrativa, se destacan: Luis Rafael Sánchez (En cuerpo de camisa, La guaracha del Macho Camacho), Manuel Ramos Otero (Página en blanco y stacatto), Manuel Abreu Adorno (Llegaron los hippies y otros cuentos, No todas las suecas son rubias), Mayra Montero (Tú, la oscuridad, Púrpura profundo, La última noche que pasé contigo, Del rojo de su sombra, etc.), Edgardo Rodríguez Juliá (La renuncia del héroe Baltasar, La noche oscura del niño Avilés, Sol de medianoche), Rosario Ferré, Ana Lydia Vega, Magali García Ramis y Carmen Lugo Filipi, entre otros. Las cuatro autoras protagonizaron un “estallido” representativo de la mujer en la literatura con temas y preocupaciones propios del género femenino. En la poesía, trabajaron desde temas eróticos hasta cotidianos las poetas Rosario Ferré (Fábulas de la garza desangrada), Olga Nolla (De lo familiar, El ojo de la tormenta, El sombrero de plata, Clave de sol, Dafne en el mes de marzo, entre otros), Magaly Quiñones (Entre mi voz y el tiempo; Era que el mundo era; Cantándole a la noche misma, entre otros) e Yvonne Ochart (El libro del agua, Rantamplán, Este es nuestro paraíso, Poemas de Nueva Cork, entre otros). Representan una poética contundente en ese diálogo que surge (y se mantiene) con las generaciones y escritores puertorriqueños. Por otra parte, la antología de ensayos El tramo ancla (1985) recoge los textos de los setentistas: Ana Lydia Vega, Juan Antonio Ramos, Kalman Barsy, Edgardo Sanabria Santaliz, entre otros; aquí se discuten temas sobre el feminismo, el vegetarianismo, el SIDA, etc. Durante los años setenta, Zona de Carga y Descarga, revista gestada por Rosario Ferré, agrupó a estos escritores que, sin embargo, mantuvieron unos rasgos particulares que devienen del surrealismo de los años treinta; de la literatura fantástica del Cono Sur; del realismo embozado en los personajes marginales; del marxismo; y del feminismo.

El género teatral también ofreció grandes aportes con el Teatro Rodante de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras (originado en los años cuarenta), el Nuevo Teatro Pobre de América fundado por Pedro Santaliz y El Tajo del Alacrán fundado por Lydia Milagros González, entre otros. Luis Rafael Sánchez se convirtió en uno de los dramaturgos más importantes del grupo con obras como La farsa del amor compradito (1960), La hiel nuestra de cada día (1961), La pasión según Antígona Pérez (1968) y Parábola de andarín (1979). También se destacaron Myrna Casas con Cristal roto en el tiempo, Jaime Carrero con Pipo Subway no sabe reír, Lydia Milagros González y Gloria, la bolitera, entre otros. En el ensayo se destacó ángel Quintero Rivera con su libro Lucha obrera (1971), la revisión de Juan ángel Silén en Historia de la nación puertorriqueña (1973), o de Manuel Maldonado Denis en Semblanza de cuatro revolucionarios; Albizu, Martí, Che Guevara y Camilo Torres (1973), entre otros.

Para la generación del 80 los cruces generacionales entre los poetas de los ochenta, los noventa y los más nuevos o novísimos son más marcados que en años anteriores. Por ejemplo, el poeta, narrador y ensayista, Rafael Acevedo,̶ autor de Contracanto de los superdecidores (1982), El retorno del ojo prodigo (1986) y Libro de islas (1989)̶ fundó la revista Filo de Juego donde publicó escritores de varias generaciones. A su vez, en el 2010 creó La Secta de los Perros, una editorial que reúne voces de los más diversos escritores. Su novela Exquisito cadáver recibió mención de honor de Casa de las Américas. Mayra Santos Febres, quien es la fundadora del Festival de la Palabra, evento que reúne escritores locales e internacionales de las más diversas generaciones, comenzó a publicar para la década del ochenta y su obra ha recibido galardones internacionales muy importantes. Sus poemarios Anamú y manigua (1991), El orden escapado (1991) y Tercer mundo (2000) trabajan lo político y social desde una perspectiva feminista y posmoderna. Santos Febres se conoce mayormente por su narrativa: El cuerpo correcto, Sirena Selena vestida de pena, Cualquier miércoles soy tuya, Fe en disfraz y Nuestra señora de la noche, entre otros, son sus libros de cuentos y novelas. Otros miembros de esta generación lo son Zoé Jiménez Corretjer (El cantar de la memoria), Kattia Chico (Efectos secundarios), Etnairis Rivera (Wydondequiera, María Mar Moriviví; Canto de la Pachamama, El día del polen), Mario Cancel (Estos raros orígenes, Las ruinas que se dicen mi casa), Alberto Martínez Márquez (Las formas del vértigo, Frutos subterráneos y Contigo he aprendido a conocer la noche), Edgardo Nieves Mieles (El amor es una enfermedad del hígado, Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Este breve espacio de la dicha llamado poema, entre otros), Eduardo Lalo ( Ciudades e islas y La inutilidad, entre otras obras que se mencionan más adelante), Elidio La Torre Lagares (Septiembre, Historia de un dios pequeño y Cáliz, entre otros), Juan Carlos Quintero Herencia (La caja negra) y Luis López Nieve (El corazón de Voltaire, Seva). Esta generación ya no indaga en la cuestión de la identidad puertorriqueña, sino que parodia los grandes discursos y hasta las grandes preocupaciones; se vale de los medios tecnológicos y recurre a los temas de la marginalidad de modo más abierto, sin la actitud moralizante de las generaciones anteriores. Por su parte, en el teatro, esta generación cuenta con dramaturgos como Abniel Marat (con obras como Dios en el Playgirl de noviembre) y Roberto Ramos-Perea (Mala sangre), cuyas obras se extienden hasta los 1990. Raiza Vidal llevó a escena Con los pies desnudos, Los vendados y Ojos negros niña mujer.

A partir de la generación del 90, los escritores surgen en el micrófono abierto, el performance, los blogs y las revistas electrónicas (a parte de los otros espacios trabajados en las generaciones anteriores). Nacen voces nuevas y las anteriores cobran una más sonoridad. Yolanda Arroyo Pizarro trabaja personajes inmigrantes dominicanos, haitianos y cubanos en su texto Los documentados. Las negras es una reunión de relatos sobre la esclavitud de las mujeres. Por otra parte, Marta Aponte Alsina escribe Vampiresas, donde incorpora a Puerto Rico a lo gótico. Otras obras suyas son: El fantasma de las cosas, Sexto sueño, Angélica furiosa, La casa de la loca y otros relatos. Los otros cuerpos es una antología importante de la literatura queer puertorriqueña, trabaja temas de la comunidad homosexual con textos narrativos y poéticos de escritores puertorriqueños de distintas generaciones como Mayra Santos Febres, Daniel Torres, Manuel Ramos Otero, Carlos Vázquez Cruz (Ares, Malacostumbrismo, Asado a las doce, Sencilla mente, etc.), y Luis Negrón (Mundo cruel),entre otros.. Asimismo, Rafael Franco Steeves en El peor de mis amigos elabora sobre la drogadicción sin intenciones pedagógicas ni de pasar juicio. Contrariamente, en El killer de Josué Montijo, un psicópata busca “limpiar” la ciudad de los drogodependientes. Otras narradoras importantes del noventa son Lourdes Vázquez (Obituario y Salmos del cuerpo ardiente, entre otros), Vanessa Vilches (Crímenes domésticos, Espacios de color cerrado) e Yvonne Denis (Bufé, Capá prieto) y Alexandra Pagán Vélez (El diccionario y el capitán, Relatos de domingo, Amargo, Cuando era niña hablaba como niña). El ganador del premio Rómulo Gallegos por la novela Simone, Eduardo Lalo, crea texto híbridos en los que los géneros literarios y visuales, así como los temas de los discursos caducos en el siglo XXI cobran una fuerza irónica. Por ejemplo, Libro de textos cuenta con dos monólogos, catorce relatos y varios poemas; En el Burger King de la calle San Francisco, con dibujos del autor; donde, y Los pies de San Juan combinan texto y fotografía. La ciencia ficción y lo fantástico se trabajan en las novelas Exquisito cadáver de Rafael Acevedo y La cabeza de Pedro Cabiya. El cómic se integra a lo literario con Daniel Torres y Pedro Cabiya. Una narradora importante es Janette Becerra quien trabaja la ciencia, lo fantástico, los juegos de video y otros temas contemporáneos en Ciencia imperfecta, Antrópolis y Doce versiones de soledad. Moisés Agosto, Daniel Torres, Ana María Fuster (Réquiem, El libro de las sombras, Bocetos de una ciudad silente, El cuerpo del delito) y Luis Negrón trabajan desde el cuento las sexualidades alternativas y la marginación como consecuencia. El correo electrónico ofrece una versión actualizada de la técnica epistolar en Archivo Catalina de Eliseo Colón Zayas.

Asimismo, se mezcla la crónica, el artículo periodístico, el cuento y la novela en autores como Guillermo Rebollo Gil (Decirla en pedacitos: estrategias de cercanía), Juan Carlos Quiñones (Todos los nombres el nombre), Juanluís Ramos (Reyerta TV) y Rima Brusi (Mi tecato favorito). Surgieron las biografías noveladas, como la que escribió Mayra Santos Febres: Yo misma fui mi ruta, la maravillosa vida de Julia de Burgos. Temas que rompen con la visión nacionalista son Ciudadano insano y otros ensayos bestiales sobre cultura y literatura de Juan Duchesne Winter, y Nación Postmorten. Ensayos sobre los tiempos de insoportable ambigüedad de Carlos Pabón. También la poesía se hace prosaica y mítica en Carmen R. Marín (Cosmogonías y otras sales, Salvahuidas), Cindy Jiménez Vera (400 nuevos soles); la no ficción en textos transgresores se ve en David Caleb Acevedo (Diario de una puta humilde, El oneronauta y Empírea, entre otros); y la poesía tradicional, pero revisada, en Karen Sevilla (Parque prospecto).
Aurea María Sotomayor con Fémina Faber: letra, música, ley (2004), Irma Rivera Nieves con Cambio de cielo, viaje, sujeto y ley (1999) y Vanessa Vilches en De(s)madres o el rastro materno de las escrituras del yo (2003) trabajan el ensayo desde la óptica femenina y feminista. Catherine Marsh en Negociaciones culturales: ‪los intelectuales y el proyecto pedagógico del estado muñocista‬ (2009) trabaja y analiza el discurso intelectual, al tiempo que lo cuestiona ante las nuevas sensibilidades. Los blogs de Luis Felipe Díaz, Mario R. Cancel, Guillermo Rebollo Gil, Manuel Clavell, Rima Brusi, Melanie Pérez, y Lilliana Ramos Collado se convierten en espacios en los que la nueva ensayística delibera sobre numerosos temas.

Una dramaturga destacada es Sylvia Bofill Calero con Insideout y ¡Oh natura! donde propone una nueva mirada a los roles y escenas del teatro contemporáneo. Precisamente, la obra de Aravind E. Adyanthaya y su grupo, Casa Cruz de la Luna, descansa sobre este precepto. El drama, Lecturas de la mano, y la colección de cuentos, Lajas son un gran aporte a una nueva literatura puertorriqueña.

En resumen, la literatura puertorriqueña ha sostenido un diálogo con la historia, los espacios y las personas, a nivel local, internacional y más recientemente, a nivel virtual. En términos temáticos, los centros fueron cuestionándose al punto de que hoy día los márgenes y centros no están definidos categóricamente, lo que repercutió en una mirada inquisidora a la noción de los géneros literarios y dio a luz una literatura híbrida. El papel de los medios tecnológicos en la cotidianidad también ha planteado un nuevo escritor más cercano al lector y con una exposición mayor a la de años anteriores. Cada día surgen más revistas electrónicas y los medios de impresión por demanda (print on demand), así como otras tecnologías de la impresión provocan el surgimiento de numerosas editoriales independientes y artesanales). Siempre en medio de una constante social, la literatura puertorriqueña cada vez se integra más a la literatura universal con voz propia.
Autor: Alexandra Pagán Vélez
Publicado: 26 de enero de 2016.

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