Hace algún tiempo la educadora musical puertorriqueña María Luisa Muñoz escribió en su libro, La música en Puerto Rico, uno de los primeros reconocimientos a la importancia de la música de las iglesias evangélicas en la cultura isleña:

No podemos olvidar la influencia ejercida por las iglesias protestantes con el cántico de sus himnos. El himno fue el fiel acompañante del misionero predicador del santo Evangelio; y el pueblo agrupado en congregaciones más o menos, descubrió un alborozo y satisfacción, de una manera armoniosa de alabar a Dios.

Sin duda que el canto de los himnos en las iglesias evangélicas resultó novedoso e innovador en un país en donde en la Iglesia católica romana el canto y la música habían dejado de ser una prioridad. El recién llegado himno evangélico llamó la atención, entre otras cosas, por lo agradable de sus melodías, por la forma poética, sencilla y elegante en que presentaba el Evangelio y las doctrinas de la Iglesia, y por el acompañamiento del armonio —un sustituto del órgano, asociado con la música de la Iglesia desde pasados siglos—. Por primera vez, en campos y pueblos de Puerto Rico, la gente escuchaba con curiosidad y asombro el sonido de este instrumento el cual era tocado, generalmente, por la esposa del misionero.

Himnos e himnarios

Los misioneros de las diferentes denominaciones evangélicas que se establecieron en la isla tras la invasión norteamericana en 1898 trajeron a Puerto Rico sus himnos, muchos de los cuales ya habían sido traducidos al español en España, México y otros países de América Latina durante la última parte del siglo XIX. Evidentemente existía un amplio repertorio de himnos e himnarios en español que eran usados por las iglesias en diferentes países. Es de este acervo del cual dependerán los misioneros para hacer uso de los himnos en los cultos de las nuevas misiones e iglesias.

Para conocer el amplio repertorio de los himnos en español es necesario examinar los dos primeros himnarios usados por los misioneros en Puerto Rico: El himnario evangélico (1893), y El nuevo himnario evangélico (1914). Ambos himnarios fueron publicados por la Sociedad Americana de Tratados de Nueva York, pero preparados por comités representativos de las denominaciones bautista, congregacional, metodista episcopal y presbiteriana. En su contenido, hay himnos de compositores ingleses, norteamericanos, españoles, alemanes y mexicanos. También incluye himnos con melodías folclóricas de España, Francia, Italia y Chile, como también adaptaciones de melodías de los grandes maestros como Schubert, Handel, Beethoven, Mendelssohn, Mozart, Haydn y Cherubini. La herencia de himnos, especialmente del protestantismo, estaba muy bien representada por los himnos evangélicos de los ingleses Isaac Watts y Charles y John Wesley, los himnos de la era victoriana, las canciones evangélicas (gospel songs de Estados Unidos), y en menor grado por las corales alemanas. También formaron parte de esos himnarios algunos nuevos himnos escritos por protestantes españoles y mexicanos para ser cantados con melodías ya conocidas en los himnarios protestantes. Toda esta variedad de himnos, en términos de origen, trasfondo teológico y épocas, apuntan a la ecumenicidad de la música que los misioneros trajeron a Puerto Rico. Las principales iglesias favorecieron el uso de un himnario común a ellas, como fue el caso de los Himnos de Gloria (1921), e Himnos de la vida cristiana (1939, 1967).

El gospel song

Los más destacados y aceptados himnos provinieron de la tradición norteamericana del gospel song o canción evangelista. Este himno se diferencia del clásico en sus melodías, la sencillez de sus armonías y el carácter individualista y de fervor evangélicos. Generalmente, los temas abordan la experiencia personal de la fe y la salvación, la comunión personal con Dios, la oración, la contemplación del cielo como recompensa por soportar los males de esta vida y ganar almas a través de la conversión y la predicación del Evangelio. Usados con mucho éxito en las campañas de evangelismo y avivamiento en los Estados Unidos de América durante el siglo pasado, particularmente las de Dwight L. Moody y Ira D. Sankey, estos cánticos advinieron como recursos para los misioneros y evangelistas en muchas partes del mundo, inclusive en Puerto Rico.

Luego de la incursión del pentecostalismo en 1916 y de la mano del evangelista puertorriqueño Juan Lugo, este tipo de himno se convirtió en un importante instrumento en la evangelización pentecostal del país. De hecho, el himnario Himnos de Gloria fue editado por Henry C. Ball, misionero de las iglesias Asambleas de Dios, y publicado por la Editorial Vida en 1916 y 1921. El reverendo Ball tradujo al español la mayor parte de estos himnos. Su valor en el pentecostalismo ha sido de tal magnitud y perdurabilidad que aun en El himnario pentecostal, (publicado por la iglesia de Dios Pentecostal, Movimiento Internacional en 1989), alrededor de unos 100 de los 302 himnos incluidos provienen de Himnos de Gloria.

A pesar de que algunos entendidos de la música sagrada consideran que este tipo de himno es de inferior calidad musical, aceptan, sin embargo, su eficacia para propósitos evangelizadores. Entre los más cantados del siglo XX están: Grato es decir la historia; A Jesucristo, ven sin tardar; Salvo en los tiernos brazos; Pecador, ven al dulce Jesús; Acogida da Jesús; y Hay un mundo feliz más allá. Su inquietante patrón rítmico y la constante repetición del estribillo ayuda a memorizarlos. Este será el modelo de himnos que seguirán los primeros himnógrafos puertorriqueños, añadiéndoles, sin embargo, ritmos populares como la marcha, el vals, el bolero y otros. El patrón de estrofas y estribillo se usa en la mayoría de los himnos que compondrán más adelante los himnógrafos del avivamiento de los años 30, como así también los compositores Rafael Cuna y Pablo Fernández Badillo, con una teología muy parecida en su contenido a la de los textos del gospel song.

El llamado corito breve, cántico de no más de una estrofa, tiene sus raíces en el chorus o estribillo del gospel song. Entre un pueblo mayormente analfabeto era más fácil recordar esta parte repetitiva del himno. De aquí surge la práctica en muchas ocasiones de cantar solamente el estribillo varias veces, pues es lo que mejor se recuerda. Por esta razón los coritos han sido muy útiles en los servicios evangélicos. Su gran bondad es la sencillez en su forma de expresión y generalmente contienen un ritmo animado que se presta para el acompañamiento de instrumentos de cuerda y percusión. Muchos de los originados localmente han utilizado los ritmos de la música folclórica tales como la plena, la guaracha y la polca.
Este artículo fue adaptado por el Grupo Editorial.

 

 

 

Autor: Luis Oliveri
Publicado: 30 de marzo de 2016.

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