Ángel G. Quintero Rivera, Humanista del Año 2009

En el arte de la trova, que entreteje la invención con la memoria, las improvisaciones populares con frecuencia invierten el significado de “lo establecido”. Con su profundo recuento de mi trayectoria humanística, Arcadio Díaz Quiñones, siguiendo el ejemplo de los trovadores, nos ha adelantado, felizmente, la verdadera conferencia magistral. Limitaré, pues, mi intervención.Gracias a la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades; gracias a Consuelo Gotay por su arte; y gracias a Arcadio por sus palabras y por su ejemplo. En realidad, quisiera agradecer a todos –presentes y ausentes- con los cuales he ido desarrollando el tipo de humanismo que orienta mi trabajo y mi vida. Primeramente a los antepasados, “los muertos de mi felicidad” en palabras de Silvio Rodríguez (en su “Pequeña serenata diurna”); luego a los colegas de la Universidad de Puerto Rico, particularmente del Centro de Investigaciones Sociales (a través del tiempo, pues ha apoyado mi trabajo durante toda mi vida profesional); a los compañeros de CEREP (Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña) que Arcadio recordó; a los vecinos que intentamos postular una Alternativa Ciudadana a la política tradicional; a los movimientos sociales y comunitarios partícipes del Premio de la Fundación Miranda a la solidaridad; a Margarita, Mareia, Ileana, ámbar… y a toda la familia íntima y extendida…

De hecho, me complace de manera especial compartir los honores de este acto con mi hermana Ana Helvia. No sólo porque fue ella siempre desde niños, en la casa y el periplo urbano, la maestra; sino también porque, desde caminos académicos distintos –ella desde las matemáticas y las ciencias naturales, y yo desde las ciencias sociales-, hemos convergido en lo que en mi libro más reciente describo como un humanismo ecológico.

Ante una semblanza tan completa y sugerente como le escuchamos a Arcadio, huelgan unos párrafos que había redactado sobre el significado de este humanismo enfrentado a una larga y poderosa tradición de concebir lo humano en contraposición a la naturaleza, de funestas consecuencias para el futuro mismo de la existencia. Sólo quería resaltar acá mis convergencias con Ana Helvia en el desarrollo de un paradigma alternativo diferente, en concordancia con las nuevas preocupaciones y sensibilidades de nuestro tiempo. Ella, por su interés en la educación, en los procesos humanos cognoscitivos de las supuestas abstracciones que representan los números y sus relaciones, ha enfatizado en la presencia, relevancia e importancia de las sensaciones y emociones –procesos de una evidente dimensión corporal– en las prácticas del raciocinio. Por mi parte, interesado en las relaciones sociales que se desarrollan en el mundo del trabajo, y las prácticas culturales asociadas a las negociaciones y conflictos producidos desde muy variadas dimensiones de la desigualdad, fui descubriendo la importancia fundamental de las cosmovisiones implícitas en prácticas estéticas entretejidas a las expresiones del cuerpo: la escultórica popular de la talla de santos, por ejemplo, o los poli-céntricos bailes de las músicas afroamericanas; que entrecruzan también, como los fenómenos cognoscitivos, lo sensorial, racional y emocional.

Por muchos años, por siglos, en su humanista esfuerzo de otorgar a lo humano la voluntad de sujeto, de haceres y aconteceres interpretados antes desde los misterios de lo sobrenatural, el pensamiento occidental en gran medida se dedicó a distinguir también lo humano de la naturaleza: a buscar y pensar en lo que nos hacía distintos a los demás animales que podría equipararnos con lo divino entendido precisamente como sobre-natural. En esta separación, lo natural se tornaba en un objeto intencionalmente distanciado sobre lo cual se actúa, como un desafío, un reto, al dominio de la voluntad humana.

Esta separación conceptual fue lógicamente base de una separación interna humana existencial entre la mente y el cuerpo, donde se concibe la razón como lo humano mientras se “expulsa al cuerpo (supuestamente nuestra naturaleza interna) del ámbito del espíritu” (en palabras del sociólogo peruano Aníbal Quijano). Esta separación profundamente esquizofrénica ha sido pilar de cierta corriente dominante en la tradición del pensamiento, donde la civilización se identifica con la razón, mientras la naturaleza –entre ella, las “pasiones” del cuerpo, sus urgencias y ¡hasta su expresividad!– como la barbarie.

No es el momento ni el lugar para discutir a fondo la compleja historia de las implicaciones sexistas y racistas de la trayectoria a donde fue conduciendo esta particular manera de concebir lo humano en contraposición a la naturaleza, incluso a la naturaleza que abarcaba internamente su propia existencia. Sólo quería recalcar que el humanismo ecológico en el cual entiendo que Ana Helvia y yo nos insertamos, en lugar de enfatizar en las distinciones entre lo humano y la naturaleza, visualiza a ambas como esferas interactivas de una misma realidad compartida. Donde el futuro de ambas, hoy denominado sostenibilidad, no puede cimentarse en nociones de dominio, sino de complementariedad. No me refiero, pues, a una nueva teoría sobre lo humano y su entorno, sino a unos cambios en perspectivas, prioridades, paradigmas y sensibilidades que pueden llegar a constituir un terreno de diálogo y acciones concertadas entre variadas visiones, prácticas y teorías solidariamente complementarias.

Los nuevos paradigmas y visiones alternas se desarrollan sólo parcialmente desde el trabajo intelectual, al cual Ana Helvia y yo nos dedicamos formalmente, como universitarios. La mayoría van conformándose (al menos, inicialmente) desde las prácticas sociales mismas; prácticas que el trabajo intelectual puede, humildemente, ayudar a resaltar. De hecho, como sociólogo he dedicado mis mayores esfuerzos, entiendo, a investigar y analizar la profunda sabiduría de diversas prácticas populares; inicialmente en las prácticas solidarias de la lucha obrera en su historia y, más tarde, en las prácticas populares de elaboración estética de nuestra imaginería, nuestra música y sus bailes. El carácter colectivo de estas prácticas para nada opaca la presencia de protagonistas; sean productos de una sofisticada tradición de espontaneísmo barrial como nuestro Sonero mayor Ismael Rivera o enriquecidos por una formación de cosmopolitismo erudito como Campos Parsi o Ernesto Cordero, para concentrar el ejemplo en el ámbito de nuestro lenguaje musical; sean expresiones populares cultas, como las composiciones salseras de Tite Curet Alonso, o cultas populares como los boleros de Silvia Rexach. Todos y cada uno, eso sí, en interacción con múltiples hacedores anónimos.

El rescate de la sabiduría popular ecológica incluye además el redescubrimiento de saberes ancestrales y de prácticas sociales e históricas. Entre los saberes ancestrales un buen ejemplo sería la afro-espiritualidad energética y colectiva de las potencias (en y de –más que sobre- la naturaleza) presente en el politeísmo cultural de nuestro catolicismo popular, con las variadas vírgenes, santos y reyes magos de sus tallas maravillosas; y entre las prácticas históricas, el “bricolaje” cimarrón inclusivo de la gastronomía popular, o el “arte de bregar” en torno a un acto tan simultáneamente biológico y cultural, como es comer.

No es casualidad, a mi juicio, que hoy día en Puerto Rico las luchas ecológicas sean fundamentalmente comunitarias. Y sus principales enemigos: los grandes intereses económicos orientados al lucro individual. Me gustaría concluir estas breves palabras adhiriéndome al compromiso social de la pedagogía y el humanismo que de mi hermana admiro (como el compromiso con la esfera pública que he admirado siempre también, enormemente, de Arcadio Díaz Quiñones). Ana Helvia y yo, cada cual en su estilo, sus diversos énfasis, capacidades, convicciones y prioridades, compartimos la combinación, que nos legó nuestro padre, de investigación-reflexión y análisis universitario indisolublemente relacionado con la vocación de intervención pública. Y en la buena vieja tradición de la lucha obrera y comunal, ante los poderes establecidos frente a los cuales chocan los principios de nuestro humanismo compartido, nuestros trabajos distintos se encontrarán hermanados por su carácter de desafío; y junto a tantas personas, organizaciones y movimientos con los cuales compartimos preocupaciones, proyectos y utopías, serán ambos también, y sobre todo, testimonios hermanos de solidaridad.

 

 

 

Autor: Ángel G. Quintero Rivera
Publicado: 29 de abril de 2015.

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