Adoquines y Acordanzas

Adoquines y Acordanzas

El Taller de Histriones fue una compañía de teatro de mímica fundada en el 1970 por Gilda Navarra. La mímica es el lenguaje mediante el cual se transmite al espectador la lucha interna del personaje, usando solamente el cuerpo, la postura, el porte, y el acarreo, sin sonido ni movimientos perceptibles. La mímica es el arte del silencio.

El propósito inicial del Taller fue crear una compañía de alto nivel profesional. Fue un grupo homogéneo y juntos los artistas formaban una unidad. Se logró a través de un proceso de catorce años un estilo propio y una estética uniforme para las producciones. Este estilo propio se formó con la conjunción de los artistas capaces de proyectar e interpretar un arte nuevo con su determinado entrenamiento. Se forjó un arte complejo, moldeado como un fenómeno colectivo, como un medio de expresión para los actores mimos, quienes encontraron en el teatro de movimiento, un teatro de elevadas aspiraciones. Aunque se eliminó la palabra no se eliminó la literatura, al contrario, se trasladó al discurso del movimiento. Se pretendió que el arte fuera socialmente eficiente, que le hablara a la comunidad sobre la existencia individual y al individuo sobre la existencia social.

El primer montaje fue Los tres cornudos en 1971, producida bajo los auspicios de Teatro del Sesenta. Allí se desarrolló un escenario de la Commedia dell” Arte y triunfó la tradición teatral de especie popular con sus temas de vida cotidiana, temas fálicos y estilos cómicos.

En La olla (1973), se recreó el teatro de Plauto mediante el uso de dos repartos: el de los narradores que recitaban la comedia, y el de los mimos que la dibujaban en el espacio. Se integraron el arte de la pantomima, el baile y teatro; comedia de enredo y carácter, la intriga era similar a la comedia griega. El enredo o la intriga era doble: los amores de Licónides y Fedra y la suerte que corría la olla con el tesoro que había encontrado el viejo avaro Euclión.

Ocho mujeres se produjo en 1974 bajo los auspicios de Producciones Cisne. Se escenificaron las angustias y conflictos de un grupo de mujeres acosadas por la opresión. Ocho mujeres tuvo como modelo, y a la vez modificaba, la conocida tragedia de Lorca, La casa de Bernarda Alba. El conflicto y los personajes creados por Lorca sirvieron como punto de partida para el mimodrama. Aunque éste imponía sus propias normas, acentuando, subrayando y transformando aspectos importantes en la tragedia lorquiana, Ocho mujeres puso el acento en la asfixiante situación de las mujeres víctimas de toda una trama de institucio­nes y lazos que niegan su humanidad. Se destacó el dolor, el odio y la lujuria. Allí la muerte venció a la vida.

En 1975 se montó Eleuterio boricua, también bajo los auspicios de Producciones Cisne. La obra era la historia de un coquí puertorriqueño que se resiste a la asimilación estadounidense, basada en el cuento de Tomás Blanco. Se utilizó la narración íntegra del texto, ilustrado por los personajes de la Fábula. Con esta producción, después de cuatro años de labor teatral, Taller de Histriones estableció las dos vertientes que lo definieron: trabajos de reafirmación de raíces culturales tomados de la literatura e historia isleñas y trabajos de temática universal que reflejaban metafóricamente la realidad del país. En ocasión del cuarto aniversario, el artista gráfico Antonio Martorell diseñó e ilustró un portafolio con grabados en punta seca sobre metal.

Asíntota, texto sobre un tema infinito, fue comisionado por Actividades Culturales de la Universidad de Puerto Rico en 1976. Fue una nueva representación de viejos mitos que narran el origen del ser humano y su trayectoria. La obra se expuso como una metáfora de una línea recta que se prolongaba infinitamente, pero que se acercaba constantemente a una curva sin llegar nunca a encontrarla. Tal era el sentido de las imágenes que los cuerpos en tensión y en movimiento comunicaban. La paradoja era representada por medio de la opresión y el sin sentido, donde el ser humano se lanza, como en los mimodramas, siempre a la aventura de inventarse y de significarse a sí mismo.

Abelardo y Eloísa, representada en 1978, es el relato de dos amantes, basada en la Historia Calamitatum. La relación del filósofo y teólogo escolástico francés del siglo XII, Abelardo, y de su discípula Eloísa, es la historia ejemplar y trágica de la pasión intelectual. Es también la historia del ser humano y las consecuencias de sus actos, de la audacia de ser y de existir, de la caída y del castigo. Abelardo y Eloísa nos lleva a las zonas más recónditas y decisivas de lo humano, a lo omnipotente, a la realidad del amor y a la conflictiva búsqueda de los valores morales y religiosos. Sólo la muerte pudo apaciguar la férrea voluntad de estos personajes, que aunque vencidos por la carne y el cuerpo, no fueron devorados por el tiempo. El Taller de Histriones los rescató, les dio nueva vida, estremeciendo al público con los extremos no aplacados de esperanza y desesperación, de libertad y tiranía que configura la humanidad de esta pareja. También en 1978 se hizo Un Guiñol, que trata sobre la dominación y la dependencia; describe al ser humano como marioneta, incapaz de integrarse a la lucha colectiva. El propósito del mimodrama no fue hacer un circo sino presentar el conflicto entre un empresario explotador y sus actores. Uno de los mimos imitaba al opresor, no con la capa de brujo, sino con la de mago, con la de prestidigitador que aprende un oficio de trucos.

En búsqueda de las raíces negras surgió en 1979 Atibón, Ogú, Erzulí, y tomó forma de tributo a la mitología caribeña. Fue también una comisión de Actividades Culturales de la Universidad de Puerto Rico, proyecto que presentó y coreografió Alma Concepción. Las tres escenas que componían este coreodrama eran independientes, sin nudo dramático común, y estaban concebidas como ceremonias. No pretendían revivir los mitos originales, sino fundamentarse en ellos con la intención de representar tres vías o posibilidades de afirmación. Para lograrlo artísticamente se recurrió a lo sagrado afrocaribeño. En los tres rituales había un denominador común: una realidad amenazante y una manera de vencer esa amenaza, superándola. Atibón garantizaba que los valores tradicionales tendrían continuidad. Erzulí vencía la realidad incoherente y creaba recursos originales para apropiarse de ella. En Ogú el hombre se levantaba violentamente contra la fuerza opresora. El lenguaje coreográfico y musical era una expresión moderna y estilizada, inspirada en ritmos y movimientos afroantillanos. La desnudez del vestuario proyectaba lo esencial humano. Para esa ocasión, una vez más el artista gráfico Antonio Martorell diseñó y realizó un portafolio con temas de máscaras y diseños de la mitología afrocaribeña.

Ocho mujeres

Ocho mujeres

Soleá, en 1980 fue un diálogo entre la música de jazz y la flamenca y a la vez un estudio en movimiento. El título se refiere a una de las formas básicas del “cante-jondo” flamenco, que es un lamen­to al igual que los “blues” afroamericanos. La música de Miles Davis se convirtió en la textura sobre la cual se encontraban la tradición española y la herencia ne­gra. Ambos ritmos o ideas se encontraban a veces el uno en el otro y, en ocasiones, hacían alarde de sus diferencias. Una melancólica y a la vez dramática sensación flamenca penetraba esta pieza de jazz, una lucha entre la sangre y los propios ”duendes” del baile.

Metamorfosis, también representada en 1980, fue inspirada en el relato de Kafka. Resaltaba el contraste entre el mundo invisible del ser humano transformado y el mundo concreto exterior. En éste, el personaje transformado en insecto intentaba infructuosamente establecer comunicación con los seres humanos. En la parábola se planteaban problemas de diversa índole: el ser humano, la sociedad y el arte, las insuficiencias del lenguaje para la comunicación entre los seres humanos y finalmente de éste consigo mismo. En última instancia, las posibilidades del hombre-insecto confrontado consigo mismo fueron nulas. Sucum­bió a su propia nada. La composición musical, para guitarra, fue del puertorriqueño Ernesto Cordero, y la coreografía conjunta de Alma Concepción y Ramfis González.

En La mujer del abanico, creada en 1981, la vida era una memoria que no llegaba a reconocer el amor perdido. La memoria, trágicamente se convertía en olvido, la presencia en ausencia, la identidad y la fijeza se dispersaban. La mujer del abanico estaba basada en una leyenda japonesa, fijada en el teatro Noh, y reelaborada modernamente por el escritor Yukio Mishima. Taller de Histriones se inspiró en el arte del Oriente y su sensibilidad dramática. “Yo nací para esperar” decía la geisha Hanako, protagonista del mimodrama. Y esa afirmación era el tema y el eje de La mujer del abanico.

Fragmentos o relatos precolombinos, también concebida en 1981, tomó como punto de partida textos como el Popol Vuh de los mayas-quichés, Los Coloquios de los Doce de los aztecas, relatos náhuatl y crónicas del período de la colonización, al igual que manifestaciones artísticas precolombinas como la escultura, el diseño arquitectónico y los dibujos en cerámica. Los dos primeros fragmentos relataban el comienzo del mundo y la creación del ser humano. El tercer fragmento describía la figura del “shaman”. El ritual era sombrío. En el cuarto fragmento la comunidad entera participaba en el juego de pelota. Fragmentos fue una propuesta escénica motivada por relatos, en búsqueda de nuestras raíces indígenas y de nuestra herencia latinoamericana.

Con una donación del National Endowment for the Arts, se llevó a escena en 1982, Tocata para percusión, con música de Carlos Chávez. Taller de Histriones interpretó la obra en tres episodios de movimiento, en términos de una escritura de movimiento paralela a la escritura en sonidos. La dimensión cuerpo-movimiento se acoplaba añadiendo luz y sombra al diseño formal musical con lo que se evitaba invadir el reino del baile.

En 1984 y bajo los auspicios de la Administración para el Fomento de las Artes y la Cultura, se realizó Aura basada en la novela homónima del mexicano Carlos Fuentes. Se convirtió la obra en una exploración de las posibilidades y necesidades de la memoria, de su poder para desvanecer el tiempo, de perpetuar el amor, la juventud y la belleza, de transformar lo efímero en eterno; la fantasía y lo sobrenatural cobraban par­ticular relevancia. La mujer era oráculo, bruja, diablo y esfinge, todo a la vez.

En 1984 se presentó Adoquines o Acordanzas de San Juan, crónicas de la época, como parte del Proyecto de Arte para San Juan. José Anto­nio Daubón, Cayetano Coll y Toste, Alejandro Tapia y Rivera, Eugenio María de Hostos y ángel Rivero brindaron el material para la pieza. Joserramón Me­léndez escribió el texto en décimas y el grupo Ysla compuso la música. Ricardo Molina di­señó el vestuario, el maquillaje y la utilería, que también realizó. Era la historia de la ciudad y las plazas de San Juan desde el desembarco de los españo­les en 1493 hasta el bombardeo estadounidense en 1898. Con Adoquines o Acordanzas de San Juan, Taller de Histriones concluyó su fructífera labor después de 14 años de exquisita creación artística.
Autor: Gilda Navarra
Publicado: 29 de septiembre de 2008.

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