Luis Hernández Aquino

Luis Hernández Aquino

Luis Hernández Aquino se destacó como poeta, crítico literario, lingüista, antólogo, narrador y académico. Pertenece a la Generación del 1930. La poesía fue el género literario de su predilección. Su obra literaria consta de siete libros publicados, dos inéditos y más de 70 poemas sueltos. Entre los publicados, se encuentran Niebla lírica (poemas de vanguardia) (1931); Agua de remanso (1939); Poemas de la vida breve (1940); Isla para la angustia, (1943); Memoria de Castilla (1956); Del tiempo cotidiano (1961); Entre la elegía y el réquiem (1968); Voz en el tiempo (antología 1925-1952) (1952); Antología Poética de Luis Hernández Aquino (1974). Las obras inéditas se titulan: Las blancas veredas (1925) y Tiempo y soledad (1944-1951). En entrevista con Carmelo Rodríguez Hernández, Aquino habló además, de dos libros en proceso: Memoria de la sangre y Días del éxtasis.

La poesía de Luis Hernández Aquino es de carácter íntimo, aunque desarrolla también aspectos sociales. Es variada en los motivos y próxima a las expresiones poéticas de cada uno de los momentos literarios culturales en que se produce. Además, se relaciona con la vida del poeta y con las circunstancias importantes de su país y de su época. La calidad humana es una de las notas sobresalientes en ella, junto al cuidado de la forma y el deseo de comunicación. María Teresa Babín (1958) la ha enjuiciado como poesía sencilla y honda, trabajada con seriedad y amor, limpia de aditamentos superfluos, centrada en el vértice de una conciencia clara de lo que debe ser la poesía verdadera.

A través de la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo, como en el reflejo de sus ejecutorias, Hernández Aquino ha dejado en evidencia sus convicciones. Acerca de las cualidades que debe tener un autor opinaba que:

El escritor tiene que vivir intensa y extensamente. Tiene que conocer gentes de todas las estratificaciones sociales y morales. Debe vivir una vida llena de emociones, atravesar una serie de circunstancias dramáticas, o trágicas, de lo contrario enmudecería. Sería un hombre común con preocupaciones intrascendentales.

Empezó a escribir y a publicar a los 18 años, inspirado por el paisaje natal, el sentimiento intimista, nostálgico y elegíaco. Desde las primeras publicaciones aparecidas en periódicos y revistas impresiona por el grado de cultura – fue autodidacta – y por la adelantada captación poética. Muy pronto se relacionó con la Atalaya de los Dioses, el movimiento de vanguardia más importante de la poesía puertorriqueña. En Alma Latina publicó poesías en las secciones Poemas nuevos y Antología nudista de vanguardia; se dio a conocer en esas mismas páginas, como prosista, con artículos breves, muy líricos, particularmente en una página titulada: Poemas vanguardistas en prosa, en la que el tono intimista está acompañado de metáforas.

Niebla lírica, su primer libro, lo instala como un poeta distinto, que maneja brillantemente y con seguridad el lenguaje poético. Al aparecer, en 1931, los compañeros atalayistas lo consideraban como uno de los libros representativos del movimiento, junto a Responso a mis poemas náufragos, de Graciany Miranda, y Grito, de Fernando González Alberty.

Mirada como una totalidad, la poesía de Hernández Aquino constituye una respuesta del poeta frente al mundo. Y esta respuesta, en el orden del sentimiento, está próxima a la tierra, al hombre coterráneo, a las circunstancias vitales y a las cosas humildes. Conoce y examina con interés todo lo que es humano. La poetización de lo común y circunstancial parece una secuencia del espíritu observador y minucioso. Entiende que, la literatura y el arte no existen temas elevados ni pedestres. Lo mismo escribe un poema épico, como la “Oda al General don Manuel Rojas” -héroe del Grito de Lares- que los “Poemas de la vida breve”, el canto al ruiseñor matinal o la elegía a los árboles.

Se advierte no obstante una evolución en su poética. En los tres primeros libros existe una carga mayor de “literatura”, en el buen sentido del término, por la mayor importancia de la imagen, cuidado de la expresión y estilización de los temas. Los críticos, entonces, calificaron a su poesía como “tan subjetiva; tan íntima, tan lejana que casi no toma del mundo exterior más que las palabras” (Luis Villaronga); en cambio, para los de la década del 30 suscita la idea de quedarse en lo inmediato, con “lo fugitivo (que) permanece y dura”, según el verso de Quevedo, que Hernández Aquino pone como epígrafe del libro Del tiempo cotidiano.

En verdad, ya antes, con Isla para la angustia, de 1943 se habían modificado los enfoques en su poesía, cuando el poeta se convierte en portavoz de un nuevo movimiento de pensamiento y de estilo literario: el Integralismo. Es el momento de integrarse con la tierra, con la historia y con la vida. Tanto en los poemas como en los editoriales de las revistas hace un llamado a los poetas del país “hacia la creación de una poesía puertorriqueña de carácter telúrico”, incitando a “sentir la sangre de nuestra tierra en las venas; que nos emocione su contenido físico y espiritual; seguir y captar el ritmo vital de nuestra naturaleza; no adormilamos en un regionalismo pintoresco, de limitaciones y sí universalizarnos en lo vital nuestro”.

El movimiento integralista, como lo ha visto Ernesto Alvarez, adquiere una significación muy alta y muy profunda, ya que “afirma el espíritu puertorriqueño” y además, “vincula la cultura en su totalidad con las manifestaciones autóctonas”. Explica que “las realidades etnográficas, geográficas y telúricas son exaltadas para de esa manera crear una realidad propia con una filosofía también propia. Los intereses del grupo integralista son comunes a los de la hispanidad. Rechaza cualquier forma de coloniaje de arte, del espíritu y del intelecto”.

La identificación del poeta con su tierra y los hombres de su tiempo se intensifica al acentuarse la crisis de los valores nacionales. Con la publicación de Isla para la angustia, nace el integralismo. Esta es la obra más representativa, el cual es un libro coherente, que representa el momento en que aparece, pero que sobrepasa temporal y radicalmente toda circunstancia. En él, el sentir histórico y la razón vital (en cuanto programa del Integralismo) se unen a una visión trascendente que Ernesto Alvarez puntualiza como una “afirmación sobre la tierra […] [y] la historia [que] es un punto de apoyo por el cual se toma conciencia para labrar un futuro; […] es el pasado energía vital que […] afirma una identidad [y] una conciencia nacional, a la par que universal […]”.

Entre los motivos que desarrollan se encuentran el recuerdo de los antepasados; con el retorno a la infancia; la evocación de Lares, su pueblo natal, con su paisaje, gentes e historia; la búsqueda y encuentro con la identidad nacional (en la prehistoria, la lengua, la cultura y la ecología); los estados de ánimo individuales y colectivos, aflorados en circunstancias transitorias o permanentes; los motivos de tristeza, angustia, afirmación o desencanto.

El tiempo, como elemento clave, adquiere varias dimensiones, aparte de la histórica. La más universal corresponde a la visión cósmica, con un tiempo de luz perenne o de oscuridad absoluta, de donde mana el misterio o se expresa la unión y dependencia del universo o el deseo de plenitud. Y, además, esa visión de la tierra que constituye en sí una teoría sobre su origen y organización: el tiempo cosmogónico. Estos motivos permean en la pieza poética “La tierra triste” de Isla para la angustia.

Frente al tiempo para recordar, está el otro, de medidas imprecisas, por lo insondable: el del olvido, el cual emerge en Antología Poética. A todo ello hay que añadir el tiempo subjetivo, medido en sensaciones de fuga, de inercia; como ley inmutable, igualadora; como silencio destructor y cotidiano. Estos conceptos sobre el tiempo lo colocan dentro de la filosofía de la poesía hispánica; con su mezcla de queja y de resignación estoica; con un balance final de serenidad y consolación.

Vista en su totalidad, la obra poética de Hernández Aquino conjuga la elegía y el réquiem, la memoria emocionada y el gesto indignado, la delicadeza y la fuerza.
Adaptado de:

De la Puebla, M. Luis Hernández Aquino: “la creación permanente”. Mairena: Veinte poetas puertorriqueños del siglo XX, p 102-110, Año XX No. 45-46, 1998. San Juan.
Autor: Mario A. Rodríguez León O. P
Publicado: 15 de septiembre de 2014.

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