Portada Puerto Rico en el mundo

Portada Puerto Rico en el mundo

“Entonces, reconocemos a un país una cultura elevada cuando hallamos que en él es cultivado y cuidado con arreglo a fines todo lo que puede ponerse al servicio de la explotación de la tierra por los seres hu­manos y de su protección frente a las fuerzas naturales; sintetizando: todo lo que le es útil. En un país así, se ha regulado el curso de los ríos que amenazaban con inundaciones, y mediante canales sus aguas han sido dirigidas adonde faltaban. El suelo es objeto de cuida­doso laboreo, y se lo siembra con los vegetales que es apto para nutrir; los tesoros minerales son desentrañados con diligencia, y procesados para convertirlos en los instrumentos y utensilios requeridos. Los medios de trasporte son abundantes, rápidos y seguros; […]. Ahora bien, tenemos aún otras exigencias que plantear a la cultura, y esperamos hallarlas realizadas de manera excelente en esos mismos países. Como si quisiéramos desmentir el reclamo que hicimos primero, también saludaremos como cultural que el cuidado de los seres humanos se dirija a cosas que en modo alguno son úti­les, y hasta parecen inútiles; por ejemplo, que en una ciudad los espacios verdes, necesarios como lugares de juego y reservorios de aire, tengan canteros de flores, o que las ventanas de las casas estén adornadas con ties­tos floridos. Pronto notamos que lo inútil cuya estima esperamos por la cultura es la belleza; exigimos que el hombre culto venere la belleza donde la encuentre en la naturaleza, y que la produzca en las cosas cuando pueda lograrlo con el trabajo de sus manos.” (Sigmund Freud, El malestar en la cultura)

Sinopsis:

La relación entre la naturaleza y la cultura, entre el hacer de la naturaleza y el del hombre, ha determinado por siglos el pensamiento filosófico en tanto que definición de lo humano, el pensamiento científico, en tanto que dominación de la naturaleza para provecho de los humanos y el quehacer artístico en tanto que imitación de la naturaleza. Plantear el problema de la cultura e intentar definirla supone entrar en ese entramado. El pensador Sigmund Freud propone una reflexión que, hasta ese momento no se había hecho, intenta unir los malestares de los individuos a los malestares que la cul­tura produce en el grupo. Una tesis controversial es la de Freud porque señala la cultura como problemática, y no como un hacer que hace feliz a los humanos.

Hemos perdido el malestar... en la cultura

Hemos perdido el malestar… en la cultura

¿Cómo definir la cultura en los albores de este siglo XXI? ¿Que esperaríamos de esa “impulsión erótica”, como dice Freud, que hace que los individuos se constituyan como grupo? La cultura no tiene como su finalidad al individuo sino a un conjunto de indivi­duos, a un pueblo, un país. La actividad humana que llamamos cultura, esa que es el producto de la labor, la inventiva e imaginación supone una dominación sobre la naturaleza. La cultura es el hacer humano, no el de la naturaleza. Por eso incluso cuando hablamos de cultivar la tierra – «cultura» y «cultivo»proceden de la misma raíz – designamos una intervención de los humanos sobre la naturaleza. “Cultura” designa ese “hacer” del ser humano. Así en el concepto de cultura entra todo tipo de actividad productiva y creativa, desde la labor científica, la arquitectura, la agricultura, las costumbres culinarias, tejidos, las artes, la literatura, la filosofía, en fin, todo lo que hace el estar de los humanos en la tierra más agradable. Por eso cuando Freud publica en 1930 El malestar en la cultura relaciona ese hacer propio del hombre con la búsqueda de la felicidad. La cultura debe hacer a los humanos más felices o ésta traduciría esa búsqueda de la dicha. La cultura, ese hacer humano, puede propender a fines útiles y a otros inútiles. Lo más inútil sería la búsqueda de la belleza, es decir, todo tipo de actividad que no produce nada o solo un placer contemplativo: así cultivar flores, escribir un poema, componer una canción, una sonata, escribir una novela. Lo bello no es necesariamente lindo. La búsqueda de la belleza y el horror a envejecer que caracterizan a nuestras sociedades no tienen que ver con ese hacer no utilitario de la cultura. Podemos decir sin embargo que la belleza y la felicidad son finalidades de la cultura.

El título de la obra del psicoanalista vienense publica­do entre la Primera y Segunda Guerra Mundial del siglo XX, y que es una obra de madurez, identifica un proble­ma obvio. Los seres humanos no son felices, la cultura ni la civilización han logrado, a pesar de los progresos obtenidos por la humanidad, darle una dicha plena a los humanos en su paso por la vida. Freud interroga la cultura desde el terreno familiar a esa disciplina que él mismo creara: el individuo. Se da a la tarea de extrapolar al grupo y por lo tanto a la cultura el saber que el psicoanálisis posee sobre los malestares que aquejan a los individuos. Hace entonces un diagnóstico de la cultura: ésta produce un malestar. Propone varias hipótesis para explicarlo. Primero, el proceso de aculturación de un in­dividuo precisamente supone una renuncia al placer. En otras palabras la cultura reprime las “pulsiones”, esas energías más “salvajes”, menos civilizadas de los seres humanos. El proceso de sublimación que requiere el quehacer cultural sólo es alcanzable mediante renuncia y represión, lo que produciría el malestar:

“Por último y en tercer lugar -y esto parece lo más importante-, no puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, o que otra cosa?) de poderosas pulsiones. Esta adenegación cul­tural gobierna el vasto ámbito de los vínculos sociales entre los hombres; ya sabemos que ésta es la causa de la hostilidad contra la que se ven precisadas a luchar todas las culturas”.

La cultura implica una sujeción al grupo por parte del individuo. Este sometimiento se paga con una renuncia al placer. La cultura no nos hace felices porque es el producto de una renuncia a la satisfacción y se yergue sobre una conciencia moral y un sentimiento de culpa. La interpretación freudiana apunta a una visión proble­mática. No veremos ya en la cultura sólo su cara “buena” y “positiva” sino también el sacrificio o pago que supone ese hacer que tiene no obstante como finalidad la dicha y la belleza.

¿Pero y por qué nos someteríamos a ese mandato de la cultura? Freud una vez más recurre a sus tesis sobre la formación del individuo. Hacemos cultura y renunciamos para pagar un crimen mítico, un asesinato “simbólico”, el del padre, que es aquel que instituye la ley individual en el grupo familiar y en el grupo social. A través de la cultura “expiamos” esa culpa. No olvidemos que el cristianismo ha hecho de este esquema su centro. De hecho, de todas las pulsiones que debemos reprimir, las más terribles y difíciles de controlar son precisamente las pulsiones agresivas, el odio al otro, la violencia, lo que Freud llama “la pulsión de muerte” en el individuo. Se trata de una de las tesis freudianas que más malestar han causa­do. Los individuos no sólo quieren ser felices y amar la vida sino que simultáneamente se destruyen a sí mismos y a los demás. La muerte vencería a la vida en ese duelo. El mandamiento cristiano observa Freud – “amar a lo prójimo como a ti mismo” – pone el dedo en la llaga, pues los hombres no se aman sino que se devastan, hacen guerras, matan. La cultura tendría que ser precisamente un remedio a esa destrucción, a esa “pulsión de muerte”, o trabajaría con ella. Pero, sólo lo logra reprimiendo y operando sobre una culpa. Así, nadie ama instintivamente a su prójimo, al otro. La cultura se levanta por encima de esas contradicciones, viene precisamente a tratar de avivar la pulsión de un Eros, amor, sin finalidad sexual, que contribuya a la cohesión del grupo.

¿De estas tesis sobre la cultura qué pue­de ser pertinente para entender nuestro siglo XXI y el porvenir de la cultura en Puer­to Rico? Si tenemos constancia de que la guerra no cesa aunque se ha transformado, globalizado y tecnologizado, que no por ello deja de ser violenta y dolorosa; si ade­más constatamos que la mundialización ha enriquecido a algunos pocos y empobreci­do a una mayoría, que hay grandes flujos de seres humanos desplazados por razones de guerra y miseria, concluiríamos que la década de los treinta, año en que se publica El malestar en la cultura, comparte muchos rasgos con la nuestra. La humanidad a pe­sar del “progreso”, que también produce devastación – ver el calentamiento global – no es feliz. Sin embargo, la transformación de los estados nacionales, del concepto de soberanía, del rol del estado benefactor y del desarrollo de la tecnología con su impacto sobre los medios de comunicación masiva impone otras consideraciones. Su diagnóstico sigue siendo no obstante per­tinente. La visión de Freud señala un ato­lladero que hay que tener presente cuando se define ese hacer de los seres humanos en el mundo que llamamos «cultura». Si la tesis a sostener en el contexto de Puerto Rico de cara al siglo XXI fuera que no hay una cultura viva porque no hay malestar o que, si cultura hay, ella se esfuerza en hacer desaparecer el malestar, invirtiendo así la tesis de Freud. El resultado de ello es una actividad cultural que actúa como un seda­tivo, como una droga que alivia los dolores de la sociedad puertorriqueña mientras que el cuerpo social se va desencajando por su propia incapacidad de atender el síntoma. La sociedad puertorriqueña presenta muchos síntomas de disfuncionalidad en el ámbito social y político, sin embargo negando su malestar, se prefiere una identificación con un cuerpo carnavalesco, siempre festivo, sonriente, en una fase ma­níaca y dionisiaca que ya no tiene el poder transgresivo que ese cuerpo tuvo otrora en los que las temporadas de represión que hacían posible la cultura sucedían a tempo­radas de desenfreno. Todo esto apunta a la desintegración de una estructura de la ley y de la autoridad.

En Puerto Rico el término cultura, acti­vidades culturales, en boca de los medios masivos y de los periódicos designa una diversidad de producciones que pueden ir desde el artesanado a la farándula pasan­do por el folklore. Si bien no es incorrecto hacerlo, habría que diferenciar todas esas manifestaciones distinguiendo aquellas que problematizan el malestar y que tienden a la “inutilidad”, por lo que el mercado no tiene interés en ellas, entiéndase, no las financia, y las que vienen a disimularlo y que por lo general están sostenidas por el mercado y se venden bien. No estamos hablando de la calidad de esas expresiones. No habría que oponer una “alta cultura” contra “una cultura de masas”. Hay “culturas”, una diversidad de expresiones según los grupos sociales y las vivencias de la gente. Sin embargo, existe una complicada relación entre dinero y cul­tura que encubre la relación de la sociedad con su síntoma. Así la cultura para nosotros es otra versión del consumo que intenta aliviar el malestar y no señalarlo y pensarlo. ¿Qué rol tiene el estado? ¿Qué debe promo­ver? ¿Es superfluo invertir en la “cultura”? ¿Qué relación hay entre cultura y memoria?

El término “cultura” también posee otras acepciones. Se relaciona también con el legado dejado por las generaciones anterio­res, con la memoria y con la historia. Así toda generación recibe un legado, una herencia y con ella lo que podríamos considerar un de­ber de memoria que implica la transmisión: una generación da a la otra algo, un patri­monio, organizado en términos de costum­bres, religión, música, letras, artes, lengua y un relato del pasado que llamamos historia. Pero heredar la cultura no supone solamente aprender de memoria eso que recibimos, que nos es dado por el grupo. Un legado que recibimos a pesar nuestro porque nadie escoge el lugar donde nace ni la lengua ni una costumbre ni su historia. Se recibe todo esto al nacer, o dicho de otra manera, an­tes de que seamos individuos propiamente constituidos la cultura, el grupo, la familia ya han decidido por nosotros; ya somos sujetos de la cultura. Ahora bien, no basta con recibir ese legado sino que habría, para bien heredar, intentar transformarlo.

Habría que gastarse reinterpretándolo. Ese proceso de estudio, visita, lectura y reinterpretación de lo que se considera la memoria cultural determina que un país posea una relación dinámica y viva con su pasado. Se puede permanecer pasivo, anquilosado ante tal le­gado. Por ejemplo, el folclorismo incurre en esa práctica cuando intenta rescatar un pa­sado sagrado, intacto, porque olvida que la mirada de alguien de hoy no podrá ser nunca la del pasado. El pasado es irrecuperable de cierta forma. El historiador es alguien que a partir de documentos reconstruye, extrapola pero no puede tener una absoluta certeza de lo ocurrido. El historiador contemporáneo lo sabe. ¿Por lo tanto, nos podemos preguntar qué es heredar una cultura, cuál es el rol de los sujetos ante ese legado? En ese sentido, la tarea de la cultural seríareinterpretar ese legado activamente, hasta, inclusive, tornar­lo irreconocible. Lo novedoso y lo original en las artes y las letras es siempre el resultado de un cruce entre ese legado y la capacidad imaginativa que un artista o científico posee para hacer acopio del mismo. Sin embargo, podemos decir que es tarea de la cultura el deber de memoria. ¿Pero, qué es memoria o Historia?

Ya no hay tal cosa como una Historia, a lo sumo un relato “oficial” que resulta sospe­choso por ser precisamente “oficial”, es decir, una posible versión entre tantas de lo ocurri­do. La historia siempre ha sido contada desde el punto de vista de los vencedores. Entonces, sospechemos. Actualmente, solemos hablar de representación. Toda experiencia vivida es contada, relatada y eventualmente repre­sentada. Aclarar esto es necesario antes de lanzarse a pensar la cultura contemporánea. La historia no avanza irremediablemente, esa sensación de tiempo que pasa no implica ne­cesariamente Progreso. He aquí otro concep­to dudoso. En 1940, Walter Benjamin redacta sus tesis sobre el Concepto de la historia. Otro pensador que vivió en Europa durante la Se­gunda Guerra Mundial. Uno de los fragmentos más famosos se valen de un cuadro de Klee: Angelus Novus. Este ángel desgarrado y que mira hacia atrás a la vez que avanza empuja­do por una tempestad representa muy bien la historia y en particular el progreso:

“Así debe ser el aspecto en que se pre­senta el ángel de la Historia. Su rostro mira hacia el pasado.

[…] El ángel quisiera inclinarse sobre ese desastre [el pasado], curar sus heridas y resucitar los muertos. Pero una tempestad que proviene del Paraíso, se ha levantado: ha erizado las alas desplegadas del ángel; y éste ya no logra volver a recogerlas. Esta tempestad se lo lleva hacia el porvenir al cual el ángel no cesa de dar la espalda mientras que los escombros, frente a él, suben al cie­lo. Nosotros damos el nombre de Progreso a esa tempestad”.

Esta descripción que hace Benjamin del cuadro de Klee puede ser largamente comentada. Pero retengamos dos cosas al menos sobre ese “avanzar” que supone la historia y que determina el Progreso – con­cepto tan explotado en la historia política del Puerto Rico del siglo XX – y la cultura. El ángel de la historia avanza sin mirar el porvenir y en una tensión con el pasado. Solo de esa acumulación de escombros producidos por la tempestad resulta un avance que es más una huida del pasado, pues lo abandonamos con pavor o engañados por la idea de que avanzamos hacia un Progreso. Si bien avanzamos ese mo­vimiento no implica necesariamente una progresión. La cultura se hace y se inscribe a partir de los escombros que produce ese progreso, ella también es eso: escombros. Si bien la cultura debe tener como su tarea «la memoria>>, no se debe sólo pensar en contar un pasado glorioso o el relato de la víctima, en nuestro caso el relato de que todos nuestros males nos vienen del esta­tus colonial, esa posición es muy cómoda, sino también atender los fracasos, y por supuesto el malestar.

“El hombre” en tanto que concepto filosófico producto del humanismo europeo ha ido perdiendo su pertinencia a partir del momento que se demostró que solapadamente designa­ba a un “hombre blanco, europeo, racional y viril”. El “hombre” no nos incluye a todas ni a todos por lo que no es un concepto que ayude a ampliar nuestra maltrecha noción de la democracia. En su lugar, las ciencias humanas se refieren hoy al «sujeto» o a procesos de <<subjetivación>> para designar un cruce com­plicado entre la cultura y su impronta por un lado y por el otro la autobiografía individual y las construcciones de género.

El problema del lenguaje y de la representación determinaron ese desplazamiento conceptual. El pensador francés Michel Foucault hablando de la lite­ratura declara: “Desde entonces (refiriéndose al poeta Mallarme), se puede decir que la literatura es el lugar en el que el hombre no cesa de desaparecer en provecho del lenguaje. Donde “ello habla”, el hombre ya no existe. ¿Qué significa ese “ello habla” que hace desaparecer al hombre? Entiéndase que el hombre no habla sino que es hablado por la lengua, es decir, que controla menos de lo que piensa ra­cionalmente controlar al hablar. También que cuando lo hace – lo hace en un idioma que se le impone puesto que no lo escoge – arrastra consigo un legado dado por la cultura, un legado no escogido que lo conforma mucho más allá de lo que él piensa. El sujeto, no ya a “el hombre de la razón”, se construye en esa tensión difícil entre el mundo que percibe con sus sentidos, su sexualidad y el mundo que el capta por medio del lenguaje para darle significado. Por eso “el hombre ya no existe”, es decir, ese que pensaba poseer un mundo racional y verdadero y que pensaba sólo haber nacido “mujer” y “hombre” le ha dado paso a un sujeto de la representación, a alguien que no es sino que se construye. Por esa misma razón el arte, la literatura, la filosofía, la his­toria, la ciencia se han ido convirtiendo en reflexiones sobre sus propias disciplinas. El lugar de un Saber seguro y su producción han sido desplazados.

Mara Negrón
Profesora y crítica cultural
Universidad de Puerto Rico- Río Piedras

 

 

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 27 de septiembre de 2010.

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