Cuando se observan a las economías de la región del Caribe insular, algunos hechos estilizados o tendencias sobresalientes salen a relucir para la región en conjunto. Por su condición geográfica de islas, no hay gran concentración de recursos naturales, contrario a lo que es la tendencia en Centro y Sur América, donde los recursos naturales y los productos primarios forman parte desproporcionadamente alta (en comparación con otras regiones del mundo) de sus canastas de exportación. La isla caribeña más rica en recursos naturales lo es Trinidad y Tobago, dada sus grandes reservas petroleras; el petróleo es el recurso natural de mayor exportación del Caribe. La región también cuenta con importantes refinerías de petróleo, siendo la más grande del Caribe Hovensa, en la isla de Santa Cruz (St. Croix) , una de las Islas Vírgenes norteamericanas, con capacidad de producción de 495 mil barriles de petróleo diarios (bbl/d). Otras refinerías importantes de la región y orientadas hacia la exportación son la refinería Isla en Aruba, (con capacidad de 320 mil bbl/d); la refinería Pointe-a-Pierre en Trinidad y Tobago (con capacidad de 165 mil bbl/d); y la refinería Cienfuegos en Cuba (con capacidad de 65 mil bbl/d). Está también en planes la construcción de una refinería en la isla de Jamaica (con capacidad anticipada de 250 mil bbl/d). En total, la región del Caribe en su totalidad tiene una capacidad de producción de 1.8 millones de barriles de petróleo diarios (bbl/d). Las refinerías de Hovensa e Isla reciben la mayoría del petróleo crudo de Venezuela, y la mayoría de los países del Caribe se benefician de tratos de financiamiento preferencial en la compra de petróleo (tanto crudo como destilado) que provee el proyecto Petrocaribe de Venezuela. Casi todo el petróleo refinado en el Caribe se exporta a los Estados Unidos: en 2008, las Hovensa (Islas Vírgenes norteamericanas) exportó 320 mil bbl/d a EE. UU., Isla (Aruba) exportó 87 mil bbl/d y Pointe-a-Pierre (Trinidad y Tobago) exportó 40 mil bbl/d. Los metales (hierro, níquel y bauxita) son el segundo recurso natural de mayor exportación del Caribe, y las mayores concentraciones de metales se encuentran en las islas de Cuba, Jamaica y Trinidad y Tobago. Guyana y Surinam, en el Caribe continental, también son importantes exportadores de bauxita.

La agricultura juega un papel secundario en las exportaciones de la región, a pesar de su pasado agrícola dedicado al azúcar y el café. Por las limitaciones de extensión de tierra, agua y fuerza laboral, la región es altamente dependiente de los alimentos importados, gran parte de los cuales van dirigidos a satisfacer la demanda turística de alimentos. Se estima que un 40-45% de los alimentos importados son para suplir la industria del turismo. Además, muchas de la tierras que antaño estaban destinadas a la siembra de la caña de azúcar han sido redestinadas a fines no agrícolas, como el turismo y los bienes raíces. La producción de alimentos para la exportación a gran escala está concentrada mayormente en las Antillas Mayores, y los productos agrícolas de exportación más importantes son el tabaco, el café, el azúcar, el cacao, el arroz, la sal y el pescado.

Visto desde una perspectiva macroeconómica, los productos de exportación rondan entre un 71% del total del producto interior bruto (PIB) en las islas mayores. Más aún, muchas de las islas caribeñas con alta dependencia en productos de exportación se centran en un puñado de productos primarios, los cuales representan un 50% del total de las exportaciones de la región. Estos incluyen el azúcar en Cuba, la bauxita en Jamaica, Surinam y Guyana, el petróleo en Trinidad y Tobago y las Antillas Holandesas, las bananas en Santa Lucía, Dominica, Granada, San Vicente, Guadalupe y Martinica y el café en Haití. Este patrón general de las economías caribeñas se presenta como problemático para el futuro de la región, dado que los productos primarios representan el mercado con menor crecimiento a nivel global. Incluso, otra tendencia generalizada en las carteras de exportación de los países del Caribe insular es sin duda la ausencia de diversificación de sus fuentes de ingreso y de sus productos de exportación. Aunque a nivel histórico esta tendencia ha ido cambiando hacia una mayor diversificación, que se evidencia tanto como diversidad en los productos de exportación como diversidad en los destinos de exportación. El porcentaje de las exportaciones dirigidas hacia EE. UU., por ejemplo, se ha visto reducido en los últimos años a favor de otros compradores europeos y asiáticos. La proporción del total de las exportaciones dirigidas a EE. UU. se redujo de un 44 a un 37 por ciento durante el periodo 1990-2008, mientras que el porcentaje destinado a China aumentó de 8 a 10 por ciento. En cualquier caso, se trata de una región con una alta dependencia en productos de exportación, junto con una baja diversificación (tanto de productos como de compradores) en sus canastas de exportación. Es por esto que muchas de las economías de los países/islas del Caribe han sido clasificadas como sociedades “vulnerables” o “en riesgo”.

La industria del turismo es una de las pocas industrias que ha reflejado un crecimiento sostenido, y el turismo ha pasado a jugar un papel central en muchas de las economías del Caribe insular a partir del triunfo de la Revolución cubana. Más de 20 millones de personas provenientes de cientos de rincones del mundo pasan cada año por el Caribe, un destino al que se llega en crucero, en avión o en barco. En la parte continental, el turismo de naturaleza y el turismo cultural tienen también un importante papel en lugares como Costa Rica o la ribera Maya. El turismo, a su vez, crea una industria indirecta como la construcción y la industria de servicio (restaurantes, operadores turísticos), que representan en conjunto la mayor fuente de ingreso del territorio, superior a los ingresos generados por el petróleo, la banca extraterritorial o cualquier otra fuente de ingreso. En las Islas Vírgenes norteamericanas, por ejemplo, el turismo representa más del 70% del producto nacional bruto (PNB), y provee más de 70% de los empleos. En general, el turismo representa aproximadamente un 30 por ciento de PNB de la región caribeña tomada en conjunto. Incluso en países como Cuba, ya para mediados de la década del noventa las divisas provenientes de la industria del turismo superaban las divisas provenientes del azúcar. El mismo patrón se evidencia para la región en su totalidad. Los ingresos provenientes del turismo para toda la región superan los $18 mil millones anuales, y representa más del 50 por ciento de los ingresos de muchas islas/Estados.

La introducción del turismo, sin embargo, no ha dado los frutos deseados en términos de ocupación del recurso humano o en la reducción del desempleo. La transición de las economías basadas en la agricultura a economías basadas en la manufactura e industria de servicio (turismo), así como la liberalización de los mercados mediante tratados de libre comercio (por ejemplo: TLC, CARICOM, CBI), sirvieron para evidenciar la falta de capacitación y destrezas de amplios sectores de las poblaciones isleñas y creó una gran masa de trabajadores no diestros, desempleados o subempleados, y de sectores altamente dependientes de las ayudas del estado de bienestar y de las remesas que provienen del extranjero. Esta situación se evidencia de manera particularmente aguda en las Antillas Mayores, cuya población conjunta representa aproximadamente un 80 por ciento de la población total del Caribe, y particularmente en Cuba y Haití, dos de los países más pobres del continente americano. La creación de los mercados comunes (ej. TLC) ha tenido un efecto negativo sobre las economías caribeñas, y ha evidenciado un problema de capacitación y competitividad de sus recursos humanos, y la liberalización de los mercados ha resultado en aumentos en los índices de pobreza, de desempleo y una desigualdad social aguda. Por esto, muchos economistas consideran que la inversión en recursos humanos (educación, capacitación, así como salud y nutrición) es un requisito indispensable para el crecimiento y el desarrollo económico de la región caribeña. En cualquier caso, muchos economistas argumentan que los nuevos nichos económicos adoptados por las islas caribeñas reproducen las estructuras de las economías de plantación de azúcar con esclavos que predominaron hasta finales del siglo XIX. De hecho, este es el tema central de análisis de un grupo reconocido de economistas trinitenses reunidos en torno a la University of the West Indies, y a la figura del economista Lloyd Algernon Best y su teoría de la economía de plantación. Según esta teoría (entre los que además se encuentran los economistas caribeños como Kari Polanyi Levitt, Norman Greivan o Eric St. Cyr), las economías caribeñas contemporáneas están marcadas por un legado del sistema de las plantaciones de azúcar que les precedió.
En su ensayo fundamental sobre el tema, de 1968, titulado “Apuntes de un modelo de economía de plantación puro” (en Social and Economic Studies, Vol. 17, No. 3: 283–323), Lloyd argumentaba que: “El legado de las instituciones, las estructuras y patrones de comportamiento del sistema de plantación están tan íntimamente afianzadas que cualquier ajuste tiende a tomar la forma de una adaptación dentro de los límites de las fronteras establecidas”. Estas estructuras y patrones de comportamientos —alegaban Lloyd y sus colegas—, mantenían atrapadas a las economías caribeñas y actuaban como obstáculos del cambio. Por ello, se reivindicaba la figura del esclavo cimarrón como el poseedor de una cultura de la resistencia y como elemento fundamental para la posibilidad de un cambio en el interior del sistema. Esta cultura de la resistencia del cimarrón se reflejaba mayormente en lo que Lloyd llamaba el “sector residencial” (residentiary sector), o en las actividades de producción a niveles residenciales que emergieron luego de la abolición de la esclavitud. Por otro lado, los teóricos de la economía de plantación intentaban evidenciar la continuidad y la reproducción de las estructuras típicas de la economía de plantación en sectores económicos centrales a las economías caribeñas, como el petróleo, el gas, la bauxita, las bananas, el azúcar y el turismo. Factores como el hecho de que los recursos naturales continúan en manos de inversores extranjeros y la repatriación de las ganancias, entre otras, sirven para mostrar las similitudes entre las estructuras de las corporaciones multinacionales y las plantaciones de azúcar y esclavos. En cualquier caso, de una cosa no cabe duda: los índices de desigualdad social y redistribución no equitativa de las riquezas de la zona del Caribe insular continúan siendo los más altos del planeta.

Finalmente, y de cara hacia el futuro de la región, algunos economistas argumentan que, por su tamaño reducido (al menos para las islas menores), la supervivencia de algunas de estas naciones como Estados independientes será altamente difícil, si no imposible, durante el siglo XXI. Eventualmente, se argumenta, los pobladores de muchas de estas islas tendrán que recurrir a la migración y a la dependencia de las remesas provenientes del extranjero para su supervivencia como naciones independientes, y los Estados, a su vez, dependerán de las transferencias y ayudas provenientes de las grandes potencias y de los organismos internacionales para equilibrar sus presupuestos. Existe, por tanto, a nivel de debate académico y como hecho estilizado de la región del Caribe, la preocupación por el papel que desempeñarán las naciones pequeñas en el mundo global, o sobre las condiciones desiguales de la competencia en una economía global. Este interés por “lo pequeño” fue, de hecho, el tema central de las obras canónicas producidas por los economistas caribeños, entre las que se puede incluir la de William Gilbert Demas de 1966, “La economía del desarrollo en países pequeños con particular referencia al Caribe” (en The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science, Vol. 368: 213-214); o la de Dennis A. Pantin de 1999: “Los retos del desarrollo sustentable en pequeñas islas-Estados en vías de desarrollo: Estudio de caso del turismo en el Caribe” (en Natural Resources Forum, Vol. 23, No. 3: 221-233). Cabe resaltar, sin embargo, que la idea de que los territorios o las islas pequeñas están en desventaja económica con respecto a los territorios más grandes, y con poblaciones más altas, es tema de debate en la economía contemporánea en general, y existen ejemplos de potencias económicas con geografías pequeñas. Según el Reporte de Competitividad Global 2010-2011 del Foro Económico Mundial, por ejemplo, los cinco países con mayor índice de competitividad, en orden de mayor a menor, son Suiza, Singapur, Suecia, Finlandia y Estados Unidos, y dos de ellos —Singapur y Finlandia— son geográficamente muy pequeños y sus respectivas poblaciones oscilan en torno al 5 por ciento de lo que es la población de Estados Unidos.

 

 

 

Autor: Luis Galanes
Publicado: 20 de marzo de 2012.

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