La generación del 80, como grupo literario en Puerto Rico, surge del desencanto de la lucha fallida de las décadas anteriores de los sesenta y setenta, que se distinguían por sus grandes proyectos sociales y literarios; su denuncia de la lucha de clases, y por su contradiscurso con lo establecido por los grandes intereses y autoridades. La década del ochenta vio el choque de discursos de la era posindustrial y, en cierta medida, fue testigo de derrotas terribles como la de la huelga universitaria de 1981, la gobernación de Carlos Romero Barceló, el juicio por el Cerro Maravilla, los desalojos de Villa Sin Miedo, la tragedia de Mameyes en Ponce, el incendio del hotel Dupont Plaza, el huracán Hugo, la caída del socialismo, la posmodernidad y su industria cultural, y el plebiscito de 1989. Un poeta de la generación, Mario Cancel, alega que el resultado es la mirada irónica como forma de resistencia y la reafirmación en la individualidad radical.

Así los escritores del ochenta se ven condenados a la inmediatez, la mirada pesimista ante el futuro y su relación fallida con el pasado ante la falta de grandes proyectos o asideros; esto resulta en resistencia, ironía y burla como ejes temáticos y modos de discurso. Para sus autores, el compromiso se basaba en subvertir las concepciones en torno al erotismo, la figura de la mujer, lo patriótico; buscaban romper con los formalismos y posturas vanguardistas ya institucionalizadas.

Entre los escritores más reconocidos de esta generación se pueden mencionar a Edgardo Nieves Mieles, Rafael Acevedo, Mario R. Cancel, Carlos Roberto Gómez, Janette Becerra, Yolanda Arroyo Pizarro, Luis López Nieves, Mayra Santos-Febres, Eduardo Lalo, José Pepe Liboy, Carmelo Medina Jiménez, Frances Negrón Muntaner, Daniel Torres, Alberto Martínez Márquez, Kattia Chico y Juan Carlos Quintero. Estos autores en su mayoría aún publican y experimentan tanto con la poesía como la narrativa y la ensayística. Algunos fungen como profesores universitarios o columnista de la prensa, lo que les permite exponer sus escritos de modo amplio, así como abordar y acercarse a las generaciones incipientes de escritores.

Son destacables las repercusiones de Luis López Nieves como gestor del programa de maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón; y de Mayra Santos-Febres, quien a través de la entidad sin fines de lucro, Salón Literario Libroamérica, impulsa el Festival de la Palabra, un evento que trae a la isla numerosos escritores locales e internacionales y los enlaza con escuelas de diversos niveles y el pueblo. Ambos son narradores reconocidos internacionalmente, aunque Santos-Febres también destaca como poeta, ensayista e incluso ha trabajado el drama. Entre los textos más reconocidos de López Nieve se encuentran: El corazón de Voltaire y Seva; y entre los más reconocidos de De Santos-Febres: Pez de vidrio, Sirena Selena vestida de pena, Fe en disfraz y Nuestra señora de la noche. Ambos narradores trabajan con precisión y elegancia la novela histórica y ofrecen nuevas lecturas al devenir histórico en las dimensiones de la raza, el coloniaje y los roles del género.

En las coordenadas de género y raza destaca Yolanda Arroyo Pizarro, quien elabora temas de la sexualidad y la negritud desde la perspectiva femenina. Sus obras más reconocidas a nivel internacional son Las negras, Lesbofilias y Violeta, entre muchas otras.

Alberto Martínez Márquez, por su parte, es un gestor encomiable, su revista Letras Salvajes ha servido de enlace entre las voces hispanas. Además, su poesía posmoderna, bien pensada e irreverente, cuestiona las nociones de la poesía misma, de la tradición puertorriqueña y del canon. Precisamente junto con Mario R. Cancel editó y curó la antología El límite volcado. Antología de la generación de poetas del ochenta, una colección de valor historiográfico inigualable.

Janette Becerra se ha destacado por los galardones que ha recibido. En 2001 publicó Elusiones, este poemario estremecedor fue considerado por El Nuevo Día como uno de los mejores del año. Luego presentó una colección de cuentos sagaces: Doce versiones de soledad, el cual obtuvo primer premio del PEN Club de Puerto Rico y segundo en la categoría de creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Además, recibió uno de los premios más importantes de literatura juvenil, “El Barco de Vapor” por la novela Antrópolis en 2012, y el Premio Internacional de Cuento del Instituto de Cultura por Ciencia imperfecta. Becerra ofrece juegos vitales con la palabra y con la percepción del tiempo, el dolor, la soledad y la verdad misma.

De entre los escritores galardonados destaca mundialmente Eduardo Lalo. La isla silente, Los pies de San Juan, La inutilidad, donde, Los países invisibles, El deseo del lápiz y Simone son sus obras, algunas en las que combina la foto como elemento discursivo y central del texto. Recibió el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2013 por Simone, un galardón que lo situó como escritor y que atrajo la mirada mundial sobre la literatura puertorriqueña. Lalo cuestiona los medios de expresión, los espacios urbanos y psíquicos, y la propia literatura puertorriqueña desde el tema de la invisibilidad.

La generación del ochenta destaca por su diversidad, al punto de que críticos como José Luis Vega no la catalogan como una generación literaria en el sentido tradicional. Ese carácter heterogéneo se perfila en escritores como Edgardo Nieves Mieles, quien juega con los temas y estilos propios posmodernos, al tiempo que dialoga con la tradición y su generación anterior. Sus libros A quemarropa y Un monstruo no debe tener hermanos y otras indiscretas orgías de soledad y desarraigo muestran una trascendencia generacional en su escritura.

Asimismo, destaca Rafael Acevedo quien experimenta con géneros de ciencia ficción en Exquisito cadáver, el género de la narrativa oriental en Flor de ciruelo, la inclusión del género del reguetón en Guaya guaya, y la retoma de la tradición en Elegía franca. A Acevedo se puede incluir en la vanguardia puertorriqueña.

Los escritores de la generación del ochenta puede decirse que han forjado una escuela y estilos literarios que han sentado de bases para los escritores noveles. De allí que eventos como De-generaciones, unas lecturas poéticas que se gestaron por la isla para la década del 2000 sirvieran de enlace y diálogo entre las generaciones del ochenta y del noventa.
Autor: Alexandra Pagán Vélez
Publicado: 26 de enero de 2016.

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