Lorenzo Homar

Lorenzo Homar

A principios de la década de 1950 regresa a Puerto Rico un grupo de jóvenes artistas luego de haberse formado en París, Florencia, Madrid y Nueva York. Ellos habrán de constituir la llamada Generación del 50 cuyos principales integrantes fueron: Manuel Hernández Acevedo, Lorenzo Homar, Augusto Marín, Carlos Raquel Rivera, Félix Rodríguez Báez, Julio Rosado del Valle, José Antonio Torres Martinó, y Rafael Tufiño.

Se constituyen en un movimiento plástico con una agenda populista de crear imágenes de afirmación nacional puertorriqueña. Establecen el Centro de Arte Puertorriqueño en 1950, dedicado a promulgar la identificación del arte con el pueblo. La prédica radical de Pedro Albizu Campos les inspira a darle forma visual al reclamo de dignidad implícita en la gesta independentista de los nacionalistas. Emplean consecuentemente el medio de la gráfica, que se presta a dramáticos contraste de blanco y negro para concretar imágenes celebratorias de la fuerza de nuestra gente, o para condenar la explotación económica y colonial del Puerto Rico de principios de siglo.

La afirmación de la identidad, el rescate y monumentalización de lo autóctono, se apoyan en el muralismo mexicano, movimiento que sirvió de base para el despegue de escuelas de arte moderno en América Latina. El retrato del pueblo, el paisaje, las fiestas populares, así como la condena explícita del régimen estadounidense ocupan la imaginación de la Generación del 50. Dedican su empeño a crear imágenes visuales de identificación nacional, a crear una iconografía puertorriqueña, a la vez que denuncian la difícil situación de Puerto Rico. Pero la prédica radical de los nacionalistas alerta al régimen estadounidense de la necesidad de implantar cambios, y en la década del 50 se dan también las reformas del Partido Popular Democrático, liderado por Luis Muñoz Marín, el primer gobernador puertorriqueño electo por sufragio popular, en 1948.

Las reformas incluyeron un masivo programa de alfabetización, para el cual los artistas de la Generación del 50 diseñaron y produjeron libros, películas y los carteles que las anunciaban. En la oficialista División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO) del Departamento de Educación trabajaron prácticamente todos los integrantes de la Generación del 50, animados por el interés en contribuir con su obra al mejoramiento de las condiciones del pueblo. En Divedco confeccionaron carteles en serigrafía, medio gráfico que se ha convertido en instrumento popular para realizar todo tipo de estampa a color. De la estrecha colaboración con los principales escritores puertorriqueños para la producción de los Libros del pueblo en Divedco se desarrolló el género del portafolio de gráfica basado en la literatura, cultivado por sucesivas generaciones de artistas puertorriqueños.

La Universidad de Puerto Rico, el otro centro de desarrollo artístico durante la década del 50, había acogido a intelectuales y creadores españoles exiliados después de la Guerra Civil de España. Su presencia crea un ambiente estimulante y establece otro marco de referencia en la plástica. ángel Botello Barros funda una galería de arte exitosa en San Juan. El primer contacto de Olga Albizu y Julio Rosado del Valle con la abstracción es por medio de Esteban Vicente. El surrealista español, Eugenio Fernández Granell estimula a sus discípulos Rafael Ferrer y Roberto “Boqui” Alberti a la búsqueda de expresiones consideradas irreverentes por sus contemporáneos. La presencia contestataria de Ferrer lo lleva a emigrar a Estados Unidos, donde desempeña un papel destacado en las vanguardias internacionales, a partir de los años 60. El surrealismo inspira la obra de Luis Maysonet y de los hermanos Dobal, José y Narciso. En la Universidad de Puerto Rico, Félix Bonilla Norat encuentra un ambiente más propicio para sus imágenes fantásticas. La obra de Carlos Raquel Rivera ha recibido el mote de “surrealista”, por la manera en que combina elementos pictóricos, por lo enigmático de su figuración.

Myrna Báez

Myrna Báez

El muralismo mexicano y el surrealismo europeo incidieron en el desarrollo del arte contemporáneo de Puerto Rico, pero la escuela de Nueva York jugó un papel determinante en el rumbo posterior de la plástica puertorriqueña. En la década del 50 Nueva York desplaza a París como centro del mundo del arte contemporáneo. La devastación de Europa en la Segunda Guerra Mundial, la migración de artistas al Nuevo Mundo, el desarrollo del expresionismo abstracto, el auge económico de EEUU en la posguerra, sientan las bases para ese relevo cultural. Críticos e historiadores de arte abogan elocuentemente por la supremacía del arte abstracto, que llega a considerarse como la culminación de un desarrollo lineal desde los impresionistas hasta la pintura gestual.

El auge del expresionismo abstracto coincide con el inicio de la guerra fría y la persecución desencadenada en Estados Unidos contra comunistas y todo crítico del régimen. El clima de intolerancia incide en las artes, y los defensores del arte abstracto descartan la figuración. La exposición de arte de Puerto Rico organizada en el Riverside Museum en Nueva York en 1957 recibe críticas negativas. Rockefeller había destruido los murales de Diego Rivera, un acto que sentó las bases para la obra demoledora del “mainstream” respecto a expresiones artísticas diferentes y en particular al arte comprometido que practicaba la Generación del 50. La escuela autóctona desarrollada por la Generación del 50 choca con el dogma “universalista” de la abstracción que emana de Nueva York, el prestigio de la metrópolis en pugna desigual con la afirmación de lo propio.

El conflicto negación/afirmación cultural queda explícito en las polémicas suscitadas con la creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1955, dedicado a “conservar, promover, enriquecer y divulgar los valores culturales del pueblo de Puerto Rico”. En la prensa y las vistas públicas de la ley habilitadora se destilan los agrios ataques opositores de los asimilistas, empeñados en que Puerto Rico desdeñe su historia y herencia cultural hispana y se asimile a la sociedad norteamericana. El discurso colonial de inferiorizar la cultura puertorriqueña coincide con el miedo de otros sectores a la afirmación nacional, identificada con la prédica radical de Albizu Campos.

Los talleres de gráfica, escultura, vitrales y cerámica del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) se constituyen en otro núcleo de producción artística. Allí se inician en las artes los jóvenes José R. Alicea, Myrna Báez, Tomás Batista, Rafael López del Campo, Antonio Martorell, José Rosa, y Rafael Rivera Rosa, entre otros. Los talleres del ICP evolucionan hasta convertirse en la Escuela de Artes Plásticas. Alicea, Báez, Martorell, Rosa y Rivera Rosa trabajan bajo la dirección de Lorenzo Homar, y advienen a destacados artistas gráficos, durante la próxima década. La experiencia de aprendizaje les lleva a establecer otros talleres de producción, como el Taller Alacrán, Taller Bija, Taller Capricornio, y su continuación en Nueva York, el Taller Boricua. El diseño depurado y la excelencia de la factura son parte del legado de Homar a sus discípulos. En el taller aprenden, también, a nadar en contra de la corriente, a concebir su producción en términos de su impacto social, además de consideraciones de carácter formal.

Tomás Batista y Rafael López del Campo se forman bajo el español José Vázquez “Compostela” en los talleres del ICP, y son becados para estudiar escultura en México e Italia, respectivamente. El desarrollo substancial de la pintura y la gráfica en la década del 50 no encuentra paralelo en la escultura; hay pocas comisiones públicas, y no abundan coleccionistas que apoyen su obra. Ambos se dedican a la enseñanza, y en la Escuela de Artes Plásticas desarrollan nuevas generaciones de escultores.

El prestigio internacional de la abstracción impacta a los artistas de la Generación del 50 y a los jóvenes que se van formando en estos años. Estimulado por el ambiente de sus tiempos, Julio Rosado del Valle explora el expresionismo abstracto, con éxito, gracias a su sentido del color y las texturas, a sus grandes dotes como dibujante. Olga Albizu estudia en Nueva York bajo Hans Hofmann, y trabaja en este género toda su carrera. Aunque permanece allá, exhibe su obra en San Juan consecuentemente, y sus pinturas abstractas crean una presencia en la Isla. En la Universidad de Puerto Rico se forma Luis Hernández Cruz, quien pasa a convertirse en la figura principal del arte abstracto de Puerto Rico. Hernández Cruz realiza gráficas minimalistas, trabaja en fibra de vidrio, y regresa a la abstracción lírica, basada en el paisaje, género que también trabaja Noemí Ruiz. En el Taller Galería Campeche, Domingo García atrae a un núcleo de artistas jóvenes. García también experimenta con la abstracción, y pasa a realizar serigrafías minimalistas. La Galería Marrozzini promueve expresiones experimentales, y en torno de la galería se congregan Luis Hernández Cruz, Marcos Yrizarry, Domingo López, y Carlos Irizarry, entre otros.

La relación de los artistas puertorriqueños con la escuela de Nueva York es conflictiva. El fácil acceso a la ciudad, el estímulo de los nuevos movimientos artísticos, las Becas Guggenheim que reciben varios artistas puertorriqueños en la década del 50, la substancial migración de puertorriqueños a la ciudad, el rechazo y discrimen racial del que somos víctimas, configuran una maraña de fuerzas en conflicto. La adopción de los nuevos estilos promulgados en Nueva York se concibe como ejemplo de imperialismo cultural, y el debate entre el arte comprometido de la Generación del 50 y el “universalismo” de los abstractos se agudiza, en parte, por su tangencia con la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. La expresión artística asume un papel trascendente dentro de la lucha de Puerto Rico por sobrevivir como una cultura autónoma. A finales de la década del 50, se suscita una profunda crisis por las demandas conflictivas de realizar un arte de significación social versus el discurso del universalismo metropolitano. El conflicto identidad/afirmación sustituye a los reclamos de justicia social como tema y motor de la plástica.
Autor: Dra. Marimar Benítez
Publicado: 12 de septiembre de 2014.

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