A partir de 1945, los Estados Unidos lograron establecer su hegemonía tras la victoria de la Segunda Guerra Mundial, el cese de la Gran Depresión y la aceleración del curso globalizador mediante la industrialización y la construcción de armas nucleares. Este periodo de bonanza trajo consigo, además, tensiones sociopolíticas como la guerra fría con la Unión Soviética, y el surgimiento de un neoliberalismo explotador con la clase trabajadora y con los propios recursos naturales, cuyas secuelas se concretizarán décadas más adelante.
En Puerto Rico, la creación del Estado Libre Asociado y su proceso de industrialización acelerada descuidaban de modo nefasto sus recursos agrícolas y culturales. Ante esta situación se dio un proceso de emigración que generó una gran cantidad de arrabales, un éxodo notable hacia EE.UU. y una marcada desigualdad social. No obstante, y paradójicamente, hubo un gran crecimiento económico.

Para mediados de la década del 40 y comienzos del 50 los programas de radio y la publicidad se levantaron como agentes discursivos que empezaban a indicar su rol en la formación de los sujetos. Ante todo esto una comunidad de escritores empezó a cuestionar esos procesos y a darles voz a los individuos que participaron en él. La brecha temporal en la cual se sitúan hace que aún haya un debate teórico entre si se le debe denominar como la generación del 40, 45 o del 50; para propósito de este ensayo se categorizó como del 45 para coincidir con una mayoría de los teóricos y críticos literarios.

La generación del 45 es la continuación lógica (y cronológica) de la llamada generación del 30. René Marqués (cuentista más destacado de este grupo) indica que al buscar una distancia formal de España — la guerra civil española había silenciado su producción literaria en esos tiempos, así como también se dio una imposibilidad de adquirir y seguir la literatura de la América hispana (sobre todo ante la guerra de Corea)—, se interesaron por los autores estadounidenses como Hemingway y Faulkner; o Joyce, inglés.

Así, nuevas influencias estilísticas y rasgos como la nostalgia del pasado, el nacionalismo, la justicia social, la ciudad, los personajes marginales y la interferencia del modelo estadounidense se convirtieron en los ejes temáticos de la generación del 45. Este grupo de escritores estaba conformado en la narrativa por: Abelardo Díaz Alfaro, Edwin Figueroa, José Luis González, René Marqués, Pedro Juan Soto, José Luis Vivas, Emilio Díaz Valcárcel, Violeta López Suria; en la ensayística por: José Luis González, René Marqués, Josefina Rivera de álvarez, Juan Martínez Capó, Francisco Matos Paoli, César Andréu Iglesias, Josemilio González; en la poesía por: Francisco Lluch Mora, Félix Franco Oppenheimer, Laura Gallego, Violeta López Suria, Francisco Matos Paoli (poeta trascendental y modelo de las generaciones siguientes); en el teatro por: Francisco Arriví, René Marqués; y en la literatura infantil por Ester Feliciano Mendoza; entre otros.

En términos de estilo, la generación del 45 fue precursora de técnicas narrativas innovadoras que apuntaban hacia la subjetividad, como el monólogo interior y el fluir de consciencia. La generación también recurría al desbordamiento, una técnica discursiva que buscaba reflejar la interioridad en un derroche de palabras en oraciones excesivamente largas, como en “Sol negro” de Emilio Díaz Valcárcel. Estos intentos de representar lo propiamente psicológico se mostrará en los recursos tipográficos y de puntuación a los que recurren: bastardillas, itálicas, asteriscos, etc. Del mismo modo, son muy asertivos al utilizar el símbolo como medio de transmitir lo psicológico y lo existencial; este tipo de recurso se manifiesta en cuentos como “Los perros” de Abelardo Díaz Alfaro y “Un fósforo quemado” de José Luis Vivas, así como la poesía de Francisco Matos Paoli.

De otro modo, las representaciones escénicas de René Marqués muestran un nuevo acercamiento y uso de medios teatrales en los que la luz es fundamental en la configuración del escenario y de la presentación de los personajes (“Los soles truncos”, por mencionar un ejemplo). De hecho, en términos de personajes, la mujer figurará como protagonista en muchos textos, lo que en cierta medida fue ampliando la visión que se tenía sobre la sociedad urbanizada.

Todo se enmarcaba en un contexto urbano (fue una época de plena industrialización, durante la cual se dio un éxodo del campo a la ciudad). Cuentos como “En el fondo del caño hay un negrito” de José Luis González presentan la desigualdad y usan palabras soeces como referentes de la realidad social, así como se valen de una expresión más lacónica. Entonces, los espacios torvos, inhóspitos y demoledores de la ciudad estimularon un acercamiento existencialista a la realidad de los personajes y de la humanidad (como se ve en “Los inocentes” de Pedro Juan Soto y en la poesía de Matos Paoli), lo que le da una proyección universal a la producción literaria. Asimismo, además de los espacios urbanos puertorriqueños, Nueva York resalta como espacio de acción en la narración; y el discrimen y demás vicisitudes que vive la diáspora se convierten en un conflicto narrativo (Spiks de Soto) y temas de análisis en la ensayística.

Uno de los eventos que marcó la generación del 45 fue la militarización de los puertorriqueños, quienes se vieron persuadidos y obligados a participar en la guerra de Corea. La caracterización del personaje apabullado por los mecanismos indiferentes de la guerra, e inutilizado por las máquinas bélicas será una de las mayores críticas sociales que se encuentran en cuentos, hoy icónicos, como “Sangre inútil” de Díaz Valcárcel y “Una caja de plomo que no se podía abrir” de González.

En el sentido de lo urbano figura lo mediático como parte del trasfondo y ambientación de los textos. Los pregoneros, las luces de neón y los anuncios de radio son elementos presentes que forman parte de los mencionados discursos formativos; es decir, que delinean unas conductas y unos tipos de personajes inclinados al consumo (como en el cuento “En la popa del barco hay un cuerpo reclinado” de Marqués). Los textos se vuelven estudios psicológicos en torno a los personajes, a la mentalidad puertorriqueña que intenta analizar exhaustivamente el carácter social del pueblo desde el marco social que le permitía la época.

En resumen, los rasgos definitorios de esta generación son: el existencialismo, el surrealismo (el acercamiento psicológico y de corte simbólico), el compromiso social que denuncia la explotación social, industrial, militar y racial, y la universalización textual al presentar lo regional desde lo subjetivo e intrínsecamente humano. Esta generación contó con muchos exponentes, pero aquellos que conforman el canon literario son: Díaz Alfaro, Marqués, González, Soto, Matos Paoli, Arriví, Díaz Valcárcel, Lluch Mora, Figueroa y Feliciano Mendoza, como expositora de la literatura infantil con cuentos y poemas que aún se leen en las escuelas puertorriqueñas.
Autor: Alexandra Pagán Vélez
Publicado: 24 de agosto de 2015.

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