Portada Puerto Rico en el mundo

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La historia del siglo XX nos demuestra, una y otra vez, que la crispación entre izquierdas y derechas desemboca a menudo en ambientes polarizados que dificultan y en ocasiones impiden la negociación de convenios y la articulación de consensos funcionales. La proliferación de la noción antiliberal de que no es viable ni deseable conversar y hacer acuerdos con el adversa­rio, sino que sólo vale el uso de la fuerza, de la violencia, trajo al mundo guerras civiles, invasiones, revoluciones, golpes de estado, políticas represivas y regímenes fundamen­talistas.

Reconocer polaridades, sin embargo, no significa exacerbar la polarización. La ex­periencia nos dice también que al tener en cuenta los antagonismos reales del mundo actual, podemos superar la tentación de adoptar estrategias de polarización en las luchas políticas. Despojar el campo político de violencia se torna más imperativo cuando observamos lo fútil que ha sido abandonar la esperanza de convenir con los adversa­rios, de excluir la posibilidad de identificar puntos de convergencia. Ha costado mucho aprender que en los ambientes polarizados suelen predominar las fuerzas más retro­gradas, oscuras y violentas. La reciente muerte de Augusto Pinochet nos recuerda uno de esos episodios terribles del siglo XX, que ha sido superado en Chile por el ánimo moderado de abandonar los extremos dis­cursivos de la polarización y confiar en las instituciones democráticas.

Ignorar los antagonismos reales del campo político no contribuye de modo alguno a la moderación, sino al contra­rio, tiende a polarizar el campo mediante la aparición de posturas radicales, xe­nofóbicas, nacionalistas y paranoicas. El concepto de “choque de civilizaciones” que introdujo recientemente Samuel Huntington, de la Universidad de Harvard, es un ejemplo de una interpretación binaria alterna al antagonismo tradicional entre derechas e izquierdas, dotada claramen­te de un contenido de corte xenofóbico y agresivo, donde el “otro”, el inmigrante de Asia y América Latina (incluyendo el puertorriqueño), se identifica como un enemigo que amenaza la integridad na­cional angloprotestante. Como portavoz de una derecha no declarada como tal, Huntington rechaza el pluralismo cul­tural de las identidades cosmopolitas y transnacionales, abogando por un Estados Unidos revitalizado que reafirme su cultura angloprotestante histórica, sus convicciones religiosas y sus valores y que salga fortalecido de su confrontación con un mundo hostil”. (Samuel Hunting­ton, ¿Quiénes somos?)

La polarización que propone Hun­tington ha encontrado eco en la llamada “guerra contra el terrorismo”, otra “guerra santa” que identifica a un nuevo enemigo que hay que destruir por medio de la fuer­za, contraviniendo la ética cosmopolita de la democracia moderna. Urge reconocer los polos reales que se disputan el control del Estado, sin abandonar el imperativo de excluir la violencia de la esfera pública.

Roberto Gándara Sánchez
Editor
Centro de Investigación y Política Pública

Autor: Proyectos FPH
Publicado: 22 de enero de 2008.

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