Manuel Méndez Ballester, Humanista del Año 1993

La presente disertación es el discurso de instalación de don Manuel Méndez Ballester como miembro vitalicio de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, pronunciado en el año 1981, cuando presidía la Academia el ilustre escritor don Salvador Tió. Por tratarse de un tema de permanente interés público, a Méndez Ballester le ha parecido que lo más adecuado para agradecer la distinción que le hace esta noche la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, por sus méritos como Humanista del Año, es leer este ensayo, (revisado y puesto al día) ante un público de estudiantes universitarios. Con ustedes el señor Méndez Ballester.


 

Siento verdadero placer y agradecimiento al dirigirme a ustedes desde el recinto de la Universidad Interamericana de Aguadilla, en este acto de reconocimiento que me hace la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades como Humanista del Año. Muchas gracias a la Junta de Directores de esta institución y a su director ejecutivo, mi distinguido amigo el Dr. Juan González Lamela aquí presente. Vaya también mi agradecimiento y mi saludo personal a la rectora de esta institución, la profesora Hilda Bacó y a la profesora Carmen Cazurro García de Quintana quien ha organizado esta actividad.

Por la importancia que para mí tiene la lengua española como escritor y como puertorriqueño me pareció lo más adecuado a este acto humanístico dedicarles a ustedes mi discurso de instalación como miembro vitalicio a la Academia Puertorriqueña de la Lengua y que lleva por título El ser puertorriqueño y su lengua a la luz de la filosofía de Heidegger.

Heidegger es uno de los pensadores alemanes más difíciles de entender. Decir esto es ya bastante. Es ponerlo en compañía de Hegel, de Nietzsche y de Schopenhauer. Tuve la suerte de que un amigo mío, que conocía a fondo la filosofía de Heidegger, me aconsejó no leer a Heidegger hasta tanto no leyera el Estudio preliminar que hace Emilio Estiú como introducción a la metafísica de Heidegger. Así lo hice. Es una introducción excelente para comenzar a estudiar a Heidegger. Esto en cuanto al aspecto filosófico del presente discurso. En lo que respecta a la lengua española en su choque inicial con el idioma arahuaco insular y, más tarde, con otras lenguas indoamericanas y dialectos africanos, se lo debo al brillante opúsculo del filólogo puertorriqueño Manuel álvarez Nazario que lleva por título Proceso del tiempo del español de Puerto Rico.

Profesor de filosofía, discípulo de Husserl y de su escuela fenomenológica, Martin Heidegger está considerado como uno de los pocos grandes pensadores en la historia de la filosofía occidental. A pesar de su breve y lamentable vinculación con el nacional socialismo alemán, su fama como pensador profundo sigue en pie por sus propios méritos.

A Heidegger suele encasillársele en la fenomenología y en el existencialismo, pero su pensamiento trasciende estas dos escuelas. Heidegger va más allá. Por su penetrante análisis ontológico sobre “el ser” podemos llamarle justamente el explorador del laberinto del ser. Su análisis de la Existencia es sólo un prolegómeno para formular la pregunta capital de la ontología: la pregunta que interroga por el ser de todas las cosas. Para este pensador, el ser no es existencia, sino la condición misma de todo posible existir, puesto que el ser se halla disperso en la multiplicidad de los entes o cosas que pueblan el universo. El ser humano, en cambio, es un “ser ahí”, un ser existente, como los demás entes, que goza de un excepcional privilegio porque es el único ente capaz de desocultar, con la palabra, el ser que está en estado de presencia y apariencia en cada ente.

Heidegger aparece a principios del presente siglo, en un momento en que la historia de la filosofía se encuentra escindida entre un excesivo idealismo y un inquietante nihilismo. Lo primero que hace Heidegger es arremeter contra la historia de la antología tradicional para destruirla en lo que ésta tiene la falsificación a partir de Platón y de los traductores latinos que desvirtuaron el pensamiento ontológico originario tan brillantemente formulado por Parménides y Heráclito en los albores de la filosofía griega. Su pensamiento marca, pues, una ruptura con toda la tradición filosófica de Occidente en su empeño por restaurar la filosofía de Parménides y Heráclito, dos grandes pensadores anteriores a Sócrates. Según Heidegger es preciso establecer los cimientos de un nuevo humanismo. Heidegger acomete entonces esta tarea en su monumental obra El ser y el tiempo, una de las obras capitales de la filosofía del siglo XX, publicada en el año 1927; además, en su Metafísica, en varios ensayos y en sus últimos escritos y aforismos en los que su pensamiento adquiere tonos proféticos y poéticos, al señalar que el lenguaje es inseparable del ser y que la revelación del gran misterio del ser llegará al mundo en la palabra de los grandes poetas y pensadores.

El ser es el más universal de los conceptos pero también el más polémico por las significaciones e interpretaciones que le han dado. En su análisis del ser, Heidegger recorre muchas fuentes incluyendo la gramática, aunque rechaza ésta por su rígido mecanismo. Veamos la significación gramatical del vocablo “ser”. El ser, como sustantivo, deriva del verbo ser y por ello se le considera un sustantivo verbal. De manera que la forma previa, decisiva, está en el infinitivo “ser”, que es el concepto verbal, abstracto, que proclama el pensamiento general. Podemos decir “el ser” porque hemos transformado la forma abstracta del infinitivo “ser” anteponiendo el artículo “el” que señala e indica “lo que está ahí”. Si decimos “ser” a secas, la expresión resulta indeterminada. Con tal transformación lingüística del infinitivo en sustantivo verbal, el verbo “ser” cobra fijeza y pierde su indeterminación. Ya no se trata de “ser”, sino que ahora es “el ser”.

Todas las modificaciones directas del verbo “ser” obedecen a tres diferentes raíces: del sánscrito, el verbo “asus” que significa la vida, lo viviente, lo constante; de la lengua indoeuropea que dice “bhu”, “bheu” y que significa lo que brota, lo que impera y se muestra y permanece en esa posición, y del verbo alemán “sein” que significa habitar, permanecer, detenerse. De manera que cuando decimos “el ser”, su significado comprende tres significaciones con tres raíces distintas. Pero supongamos por un momento que no exista el infinitivo ser ni entendamos lo que el verbo significa. “¿Que ocurriría entonces?”, se pregunta Heidegger. “¿Es que sólo habría un nombre y un verbo de menos en nuestra lengua?” No, dice el filósofo. En ese caso no habría, en general, lengua alguna y, por lo tanto, no podríamos señalar los entes que pueblan el universo. No habría cultura ni nada de que hablar, porque el que mienta, el que dice y el que nombra es el ser humano. El hablar, el decir, el mentar y señalar es “su destino, su misterio y su miseria”, según Heidegger. Este destino diferencia al ser humano de los demás entes.

Formular la pregunta que interroga por el ser, como ha hecho Heidegger, equivale, pues a formular la pregunta capital de la filosofía desde sus orígenes en la Grecia antigua. Los grandes filósofos griegos, anteriores a Sócrates y Platón, al tender su mirada inquisitiva sobre el mundo circundante, sobre el universo poblado de entes, es decir, de cosas, lo primero que se preguntan es por el ser de estos entes. ¿Qué es el árbol? ¿Qué es la piedra? ¿Qué es el mar? ¿,Qué es un griego, un romano, un egipcio? y la primera respuesta que se dan es que cada uno de esos entes o cosas, “es”. El sol es. La piedra es. El mar es. El griego es. El universo entero es. Pero inmediatamente se preguntan: ¿qué es lo que es? ¿Qué es lo que hace que cada una de estas cosas o entes sea lo que es, que sea de este modo o de otro?, pues resulta evidente que cada ente tiene su forma peculiar de manifestarse como tal. ¿Qué es lo que hace que el ente así nombrado: el río, la montaña, el elefante, la hormiga, el ciudadano griego, sea un ente y no más bien un no-ente? y he aquí que, al seguir observando el ente, tropiezan estos pensadores con la pregunta capital: ¿Qué es lo que hace que el ente sea? Porque los entes se pueden comparar y distinguir. Cada ente tiene su configuración, su nombre, su diseño. Pero el ser del ente, lo que hace que cada ente sea lo que es y no otra cosa, eso no admite comparación. Al hacerse esta pregunta, los griegos descubren entonces que el ente tiene otro contenido, que tiene algo que lo sostiene y mantiene pero que permanece oculto, invisible. ¿Qué enigma es éste?

Parménides y Heráclito son los primeros en darse cuenta de este fenómeno, de que en este mundo entitativo, de cosas existentes, que tenemos a la vista, hay algo que está presente, y sin embargo, permanece oculto. Y a este le llaman “el ser”. Hay, pues, un ser que se manifiesta en estos entes y se identifica con dicha revelación. A este ser los griegos le llaman “physis” que para ellos significa lo que brota, lo que se manifiesta ante nuestros ojos, sea lo que sea: hombre, bestia, árbol, todo, en fin, desde el lejano resplandor de una estrella hasta el susurro del viento. Con la palabra “physis” los griegos designan el ser mismo, lo que hace posible que todo ente llegue a ser y siga siendo observable. “Physis” es, pues, una palabra omnicomprensiva que abarca el ser no solamente en su singularidad y en su pluralidad, sino en su totalidad. Pero he aquí que los traductores latinos tergiversan este vocablo y le otorgan el significado de “natura”, o sea, naturaleza, convirtiendo así, como dice Heidegger, la aurora de la filosofía griega en filosofía de la naturaleza, es decir, en una representación material de todas las cosas existentes. El ser, la “physis”, según el vocablo original, lo abarca todo porque está disperso en la multiplicidad del ente, gobernándolo todo. “…todo está lleno de lo que es” afirma Parménides, para quien el ser es “lo mismo, permanece en lo mismo, yace en sí mismo, y, así, permanece…” Y dice Heráclito en su Cosmología: “Este mundo, el mismo para todos… ha sido enteramente y es y será… La naturaleza ama el ocultarse. Sabio es que quienes oyen, no a mí sino al corazón, coincidan en que todo es uno”. Este concepto del ser de estos primeros pensadores, como algo que impera sobre todo y permanece y lo permea todo y es único frente de la multiplicidad de las cosas, lo tuercen de nuevo, según Heidegger, los filósofos posteriores al concebir el ser como idea, como algo que está fuera del ente o más allá del ente y, en esta forma, abren un abismo entre el ser y la apariencia, entre el mundo sensible y el mundo inteligible. De esta forma, Platón divide la filosofía en dos mundos al interpretar el ser como idea, al separar las cosas que tenemos a la vista, del ser de las cosas mismas y concebir el ser como una idea trascendente, iniciando de este modo la corriente subjetivista que llega hasta la filosofía moderna desfigurando totalmente el pensamiento griego originario.

Los griegos hicieron, además, otro maravilloso descubrimiento al observar el mundo de los entes. Observaron que, entre el número de entes, existe uno privilegiado, único, temible, que cuestiona el universo de los entes, el que interroga y cuestiona y tiene la audacia de rasgar el velo de la apariencia y revelar la verdad de las cosas. ¿Quién es este ente audaz, extraordinario, que se atreve desafiar el gran enigma del ser? Este ente es el ser humano, a quien los griegos consideran como un ente pavoroso que inspira terror por su violencia. Violento es este ente, según el sentido griego de la palabra, porque es un rebelde, un inconforme con las cosas tal y como se muestran y por eso las violenta, las obliga a que se revelen, a que descubran su verdadero ser. Es violento el ser humano porque subvierte y trasforma el mundo de las apariencias en busca de la verdad. Muchas cosas son pavorosas” –dice el primer canto del coro de la Antígona de Sófocles–; “nada, sin embargo, sobrepasa al hombre en pavor… Vive entre la ley de la tierra y el orden jurado por los dioses. El hombre –agrega el coro textualmente– se encuentra en el son de la palabra y en la omnicomprensión.” En una sola oración, Sófocles nos revela el don de la palabra, el lenguaje. Es decir, el hombre marcha al son, al compás de la palabra, en total comprensión, abrazándolo todo, ciñendo y rodeando todo lo existente, pues éste se encuentra en el mundo, según Heidegger, en “estado de abierto”, en estado receptivo, en comunicación con los demás entes intramundanos para, de esta forma, poder comprender a sus semejantes. A este ente asombroso, a este Prometeo que desafía a los dioses, Heidegger le llama “Dasein” o sea, “el ser ahí”, el que existe ahí, el que puede dejar aparecer, el que está ahí en cuanto hombre. En el hombre, según Heidegger, se hace patente el ser. El ser humano es signo del ser. “Signo indescifrado del ser” dirá luego el gran poeta Holderlin. Este “Dasein”, este humano que existe ahí y que en cada caso es cada uno de nosotros, no está solo ni está ahí como un espeque delante de los otros, Ese “Dasein”, ese “ser ahí” se comprende a sí mismo partiendo de su propia existencia, de su existir en el mundo comprensivamente con los demás. El acto de comprender encierra, pues, la posibilidad de interpretar y apropiarse lo comprendido. ¿Y qué es lo que hace posible esta comprensibilidad? Y aquí llegamos al punto clave para mejor entender el carácter pavoroso del ser humano. Lo que hace posible la comprensibilidad humana es el habla, la lengua. La lengua expresa la comunicación. La lengua es la articulación de la comprensibilidad, el fundamento de la interpretación, lo que hace posible la revelación misma del ser por medio de la palabra. El habla es el factor constitutivo de la existencia del “ser ahí” porque es el lenguaje existenciario que brota del “estado de abierto” del ser en el mundo. He aquí por qué el conocimiento es una forma de ser-en-el-mundo. Aquello desde lo cual el ser ahí comprende e interpreta todo lo existente en el mundo, es el tiempo. El tiempo es el horizonte de toda comprensión e interpretación del ser. De manera que el “ser ahí” es, además, un ser en el tiempo, pero no en el sentido del tiempo convencional, sino ontológico. Solamente al posar nuestra mirada en el tiempo ontológico descubrimos el carácter temporal del ser ahí, puesto que sólo podemos explicárnoslo cuando lo miramos en el horizonte escatológico como ser para la muerte. Sí, el “ser ahí” encuentra su sentido en la temporalidad. Este, a la vez, es la condición de la posibilidad de la historicidad. Para Heidegger, la historicidad es ontológica. Historicidad es el gestarse del “ser ahí” en el tiempo. Pero aunque el ser es anterior a la experiencia histórica del mundo, el ser se revela, no obstante, en el tiempo convencional y en la historia convencional, en la historia del mundo. Así, pues, el ente puertorriqueño es un modo particular de mostrarse el ser universal, del mismo modo que se muestra particularmente en el ente chino, alemán, ruso, norteamericano, español. EI ente puertorriqueño se nos revela, como los demás entes, de múltiples maneras, pues los puertorriqueños somos blancos, negros, mulatos, asimilistas, autonomistas, independentistas, católicos, protestantes, luteranos, evangélicos, cultos, analfabetos, creyentes, cínicos, comerciantes, industriales, trabajadores, patronos, profesionales, etcétera. ¿Cómo llegar entonces a la unidad de la multiplicidad? ¿Cómo remover estas múltiples apariencias para intentar descubrir lo que realmente somos? Si preguntamos qué es un puertorriqueño, nos contestarán, entre otras cosas, que es un ser natural de Puerto Rico, y con estos se ha dicho muy poco. Si preguntamos qué nos evoca la palabra puertorriqueño, nos dirán muchísimas cosas. Indudablemente que, por definición, no llegaremos a ningún lado, pues por definición no se revela jamás el ser. La verdad del ser puertorriqueño, lo que le da la unidad, “está ahí”, pero recubierta por las apariencias. Para los griegos, el aparecer le pertenece al ser. Es decir, para ellos el ser se esencializa simultáneamente al aparecer, a pesar de que el uno y el otro se hallan en mutuo conflicto. La unidad y el conflicto entre el ser y la apariencia fue tema de profunda meditación por parte de los primeros filósofos griegos. Sin embargo, esta misma cuestión queda iluminada cuando la tratan los grandes poetas trágicos del teatro de la Grecia clásica. Edipo Rey, de Sófocles, es una revelación magistral del conflicto entre el ser y la apariencia. “La tragedia de la apariencia” la llamó Karl Reinhart. Me explico.

Edipo aparece en el comienzo de la tragedia en todo su esplendor como gobernante justo y hombre de bien. Está preocupado por una plaga que azota su reino, y el pueblo acude desesperado donde él para que lo libre de aquella calamidad. Edipo manda entonces a buscar el vidente, el augur, para que le dé su luz y así poder extirpar el mal. Acude el augur y éste revela que la causa del mal está en el mismo Edipo por haber profanado el trono. Y dice más para espanto de todos. Dice que el asesino del padre de Edipo es el propio Edipo y que éste ha cohabitado con la mujer más próxima a él en su familia: con su madre. Edipo se estremece de lo que acaba de escuchar. Mientras, contempla al mensajero que le ha traído la noticia horrible, y se lanza valientemente en busca de la verdad hasta que al final de la dolorosa búsqueda se encuentra con el hecho pavoroso de su vida, con el desocultamiento de su ser, con la verdad misma cuando descubre que ha cometido incesto y parricidio: había asesinado a su propio padre y cohabitado con su propia madre. Al rasgar el velo de la apariencia y descubrir la horrible verdad de su vida, Edipo se castiga a sí mismo y en un arrebato se arranca los ojos y se presenta a su pueblo tal como él es para dar testimonio público de la verdad. Ya ciego, caminando un día por la llanura de Colono, hacia su destino final, le detiene un aldeano. Edipo le dice que le lleve al hombre que reina en aquellos lugares para darle un consejo.” ¿Y qué consejo puede recibir el rey de un hombre ciego?” le pregunta el aldeano, y Edipo le contesta: “Todas las palabras que yo diga son palabras videntes”. Es decir, palabras de un hombre que ha visto la raíz de su vida. El caso de Edipo es una de las infinitas maneras en que se revela el ser al remover el velo de la apariencia en busca de la verdad. Edipo es el ejemplo típico, según Aristóteles, de la más elevada tragedia griega.

¿Cómo podemos llegar los puertorriqueños a nuestro propio ser, a nuestra propia realidad, a esa cosa que nos sostiene y mantiene por encima de múltiples apariencias? Vamos a intentarlo con la ayuda de Heidegger. Recordemos lo ya dicho que aunque el ser es anterior a la experiencia histórica del mundo, el ser se revela en la historia convencional. Si tendemos ahora la mirada por nuestra historia descubrimos que hay un gestarse en común de los puertorriqueños, o sea, un destino colectivo. Con esta expresión, “destino colectivo” designa Heidegger el gestarse histórico de la comunidad, del pueblo, de la polis. Este destino colectivo no es el conjunto de destinos individuales. No, según él, “destino colectivo” es la coparticipación y la lucha donde se fragua a diario el destino colectivo existencialmente y de manera dialéctica, en lucha constante con nosotros mismos, con la Naturaleza y con los elementos. Es un proceso de transformación y cambio en el que hemos venido haciendo y vamos haciendo nuestro acontecer histórico, nuestro propio estilo de vida. En pocas palabras: nuestra cultura, que es la obra nuestra de cada día en su multiplicidad y en su unidad. Esa cultura es la que crea en nosotros una voluntad general, un sentido de solidaridad para continuar considerándonos puertorriqueños a pesar de nuestras diferencias y discrepancias. Pero he aquí que al llegar a la cultura nos encontramos que ésta es una multiplicidad de cosas. Es preciso, pues, seguir buscando aquello que le da unidad a la cultura, lo que la mantiene y sostiene. Y en ésta búsqueda nos encontramos que aquello que le da unidad y rumbo a nuestra cultura, porque la comprende y la mienta y la explica y la interpreta, es nuestra lengua, la lengua española tal y como la hablamos los puertorriqueños. La lengua es, pues, el resorte, la llave mágica para penetrar y comprender el reino de la cultura y la existencia finita y contradictoria en que vivimos.

La cultura puertorriqueña es la síntesis dialéctica de tres etnias distintas: la española, la taína y la africana, entendiéndose por dialéctica la lucha constante del hombre con la naturaleza, consigo mismo y con sus semejantes. Es el conflicto del hombre como protagonista y espectador al mismo tiempo de su transformación y cambio. De la triple confrontación biológica, lingüística y económica que se realiza a partir de la conquista y colonización española, arranca lo puertorriqueño al configurarse el fenómeno de nuestra cultura expresado en lengua española. Vamos al grano. Sigamos esta exploración por los caminos de la cultura.

El conquistador español le impone por la fuerza la cultura occidental a las culturas indígenas precolombinas por medio de la fuerza y la violencia y se repite la carnicería humana. Se repite la catástrofe de la conquista por el poder, signo característico de la civilización de occidente desde que afloran las primeras civilizaciones en la llanura de Mesopotamia. Desde los primeros balbuceos de las más antiguas mitologías aparece la violencia de manos de los dioses gobernantes como los detentadores del poder asistidos por chamanes, brujos y sacerdotes. Desde tiempos remotos, la violencia, la política y la religión caminan juntos, oblicuamente, mirando de sosquín para dar el golpe de sorpresa y escalar el poder. Maquiavelo, ese agudo observador italiano de la política en tiempos del Renacimiento, luego de conocer a fondo a los más ilustres políticos, pontífices, diplomáticos, reyes y capitanes de mesnadas, condotieros, esbirros, soldados mercenarios que habían servido a príncipes y pontífices, ya entrado en años, se sienta y describe la política con una sola palabra: Poder. La política es la conquista del poder, libre de obstáculos y de especulaciones filosóficas, libre de interpretaciones idealistas y repúblicas utópicas. El poder se conquista mediante la fuerza y la violencia y para eso hay que consentirles a los nuevos Estados nacionales eso que llaman el monopolio de la violencia para protegerse de los que desafían el poder y así poder llevar a cabo la política del Estado, sea la que fuere. Lo verdaderamente trágico de todo esto es cómo con la repelente filosofía absolutista de Maquiavelo y de Hobbes se consagran los imperios poderosos europeos que han gobernado el mundo desde el Descubrimiento y que sucumbieron en las dos Guerras Mundiales de este siglo. Esta media docena de superpotencias, descendientes legítimos del imperio romano, fueron bautizadas con el hisopo de Maquiavelo empezando por el poderoso imperio español que, en compañía de Portugal, experta en la compraventa de esclavos africanos, y con la colaboración de la Iglesia católica, establecieron con admirable pericia y con la posterior intervención y ayuda del Imperio británico, del Imperio holandés y del Imperio napoleónico, el sistema colonial en casi todo el Nuevo Mundo cuyas consecuencias desastrosas tenemos hoy a la vista: pobreza, hambre, corrupción pornografía, drogas, crímenes y enfermedades por doquier.

La conquista provocó, pues, la confrontación de las culturas aborígenes del Nuevo Mundo y, por supuesto, el choque entre el idioma español y los dialectos e idiomas precolombinos.

Lo terrible de esta catástrofe de la conquista es que los que condenamos esta mortandad universal, este holocausto periódico de la historia en términos de la ética humanista y de la justicia, nos quedamos confundidos, perplejos de que a pesar de ésta carnicería universal, a pesar de esta carnicería humana de la conquista, a pesar de la esclavitud y del sufrimiento humano, este actor y espectador, este ser violento y pavoroso, que es el animal humano, ha logrado, a pesar de su violencia, de su voracidad y egoísmo, ha logrado alejarse cada vez más de su condición animal hasta llegar a la luna y caminar por ella, desafiando las leyes de la naturaleza. Y lo que es más sorprendente aún: desarrollar al ser humano en una probeta de laboratorio valiéndose de ese atributo maravilloso, la tecnología que le dio la naturaleza. ¿Quién se atreve a enjuiciar a este ente humano, violento y enigmático, portador de la guerra fratricida y a la vez del progreso asombroso que ha traído al mundo? ¿Quién puede descifrar esta expresión de incompatibilidad, esta sorprendente paradoja? Humorísticamente es como decir: “Aquel que posee la violencia lo puede hacer todo impunemente como si fuera el superhombre de Nietzsche”. Puede que se trate de una incompatibilidad aparente, pero hasta donde me alcanza el conocimiento, no conozco todavía a ningún teólogo o filósofo, a ningún erudito o historiador que haya explicado, a entera satisfacción, esta inefable paradoja. Ni el mismo San Agustín en La ciudad de Dios, ni ese oscuro genio de la filosofía especulativa alemana que se llama Hegel, en su Filosofía de la historia, ni Spengler en su Decadencia de Occidente, ni ese sorprendente erudito de la Historia, Arnold Toynbee, con quien tuve el privilegio de conversar en un homenaje que le tributó la Legislatura cuando estuvo aquí por invitación de la Universidad de Puerto Rico, poco antes de yo ocupar un pupitre en la Cámara de Representantes. Ninguno de estos grandes intérpretes de la Historia ha podido explicarme esta paradoja. El único que me ha dejado pensativo, fue Shakespeare en una expresión filosófica de un personaje que dice: “There are other worlds beyond your philosophies”. que en español quiere decir: “Otros mundos hay más allá de vuestras filosofías”. Pero sigamos con el lenguaje.

El español que trasplantaron los conquistadores a las Indias del Caribe donde se asentaron por primera vez al descubrir el Nuevo Mundo antes de iniciar la penetración continental de tierra firme, no era el habla tradicional de Castilla la Vieja ni el habla del antiguo reino de León y de las Asturias de Oviedo de remotos tiempos medievales. Según afirma el actual presidente de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, el notable filólogo puertorriqueño Manuel álvarez Nazario en su valioso opúsculo que lleva por título Proceso en el tiempo del español en Puerto Rico, el español que llegó a Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, venía en maridaje armónico con el habla de Castilla la Nueva, de Toledo y el castellano dialectalizado de Extremadura y de la frontera Andaluza y en parte de la lengua heredada de los reconquistadores con palabras de origen mozárabe o de influjo arábigo-andaluz. No hay que olvidar que la invasión musulmana del territorio español duró la friolera de ocho siglos y que terminó en los mismos días en que Isabel la Católica discutía con Cristóbal Colón las capitulaciones para aquel viaje memorable que terminó con el encuentro de un nuevo mundo. De manera que a toda esa gama tan variada de hablares castellanos que hemos mencionado tenemos que agregarle el dialecto de Canarias y además el vocabulario y la fraseología de la región cantábrica y de la región de levante con la jerga marinera del Mediterráneo en plena efervescencia, además, la jerga de los tripulantes andaluces, vascos, gallegos y portugueses. Esa diversidad de elementos integrantes, sumados al abundante caudal de palabras indígenas procedentes de los idiomas precolombinos y dialectos afroantillanos, se fue aglutinando y formándose con el tiempo lo que el gran filólogo español, don Ramón Menéndez Pidal, llamó luego una lengua común de tipo castellano con el inconfundible sello andaluz de Sevilla, la ciudad privilegiada entonces por la importancia que cobró como entrada para pasar a las Indias del Nuevo Mundo.

Según el filólogo álvarez Nazario, es importantísima la huella que deja el idioma arahuaco insular en el español de las Grandes Antillas desde fines del siglo XV. Es, pues, con la cultura arahuaca con la que chocan los españoles al llegar al Nuevo Mundo. A pesar de su brevedad, la lengua arahuaca aporta al español antillano más de medio millar de palabras indígenas recogidas, al oído, por los primeros cronistas, sacerdotes españoles y oficiales reales.

En la misma forma, según álvarez Nazario, las diversas lenguas vernáculas africanas aportaron, en menor relieve que el arahuaco, un vocabulario de palabras africanas y del habla criolla afroespañola, además de los vocablos de la llamada “habla negra” que se extendió hasta fines del siglo XIX en Puerto Rico.

En esa larga noche del coloniaje español que se prolongó por cuatro siglos, en ese tipo de sociedad esclavista en que nacimos, los puertorriqueños, salíamos a tientas y por instinto en busca de nuestros arquetipos, como diría Jung, en busca de nuestra identidad, en busca de nuestras raíces puertorriqueñas para poder identificarnos, hasta que una noche descubrimos el arquetipo del jíbaro puertorriqueño. Lo descubrimos al son de la música criolla, prendido de las cuerdas de un cuatro criollo en una fiesta de Navidad en las altas tierras de nuestros cafetales. Estaba tocando un seis chorreao y los jíbaros estuvieron bailando hasta “la amanezca”. Pero fue al descender a las llanuras de nuestros cañaverales que encontramos el otro arquetipo hermano del jíbaro de descendencia africana que, machete en mano, fue el que sembró la cañas y la cultivó e hizo posible la poderosa industria azucarera, nuestra dulce caña amarga, que nos proveyó el sustento durante cuatro siglos. Este es el arquetipo de la negritud puertorriqueña que consagró para siempre en su obra poética nuestro gran poeta Luis Palés Matos. Este tema de la negritud está igualmente consagrado en la obra Vejigantes de nuestro dramaturgo Francisco Arriví y en el drama La resentida de Enrique Laguerre, el autor de La llamarada, una novela única sobre nuestros cañaverales. La cultura de la negritud puertorriqueña está hoy en la plenitud de su vigencia gracias a la extraordinaria explosión de la canción popular y de nuestra música afroantillana de relieve internacional. Seguimos en busca de más rasgos expresivos de nuestra cultura hasta que engarzamos en nuestra literatura la triple lengua del jíbaro, del mestizo y del criollo. La poesía popular hizo suya la décima y tuvo en ella una abundante, amplia y variada expresión. El cuento folklórico proliferó como la décima. Nos vigorizamos con el aliento lírico de nuestros poetas románticos y modernistas. Nuestra tierra y su problemática halló cabal expresión en la novela, en el cuento y el teatro y al presente hay afanes de renovación lingüística para incorporar al caudal de nuestra lengua el habla híbrida de nuestro tiempo y las nuevas voces que nos llegan del territorio de la ciencia, de la industria y de la técnica.

Toda esta riqueza lingüístico-cultural es nuestra. Pertenece a los puertorriqueños por obra de la lengua
y de la sangre indígena, hispana y africana, matriz lingüística y biológica donde aflora nuestra cultura en el son de la palabra, en la lengua como apertura del ser puertorriqueño, como manifestación de la nacionalidad de la consciencia nacional, fenómeno común a todos los pueblos del orbe. Este mismo fenómeno nacional es el que brota en las guerras de independencia de los pueblos hispanohablantes de América a principios del siglo pasado; el mismo fenómeno que, después de cinco siglos, reaparece en los actuales momentos bajo el signo de la autonomía de las nacionalidades en España, en Canadá, en Gran Bretaña. Extraño fenómeno éste de la nacionalidad que aparece ligado inseparablemente a la lengua y la cultura desde la Alta Edad Media, cuando las lenguas romances comienzan a espigar sobre las ruinas del latín y se escucha por primera vez la palabra “nación” entre los estudiantes de las primeras universidades medievales que se agrupaban en “naciones” de acuerdo con la lengua que hablaban y del reino de donde procedían. Digamos de paso que cuando este sentimiento nacional se institucionaliza y se organiza políticamente puede transformarse en movimiento de afirmación y defensa de la propia nacionalidad pero también puede convertirse en un movimiento chauvinista de tipo castrense al servicio de causas innobles como el racismo y el imperialismo.

El lenguaje es un acontecimiento único en la evolución. Marca el momento culminante en que el animal humano da el gran salto metafórico y se separa de la Naturaleza para instalarse en el reino de la cultura, de las ideas y del conocimiento mediante un sistema de símbolos fonéticos radicalmente distinto del código genético. Con el lenguaje aparece la misteriosa función cognitiva de la conciencia que hace posible que el ser humano se identifique a sí mismo como ente y como se r pensante. Gracias al lenguaje podemos explicarnos la estructura de la sociedad como un complejo sistema de comunicaciones de símbolos.

Hay una unidad indisoluble entre el ser puertorriqueño, nuestro pensamiento y nuestro lenguaje, por lo que es preciso que cuidemos de nuestra lengua. El olvido de ella equivale al olvido de nuestro ser. En la misma medida en que vayamos relegando nuestra lengua iremos perdiendo nuestra sensibilidad de ser puertorriqueños. A medida que vayamos desplazando nuestra lengua y adquiriendo otra, iremos transformando nuestra manera de ser, de pensar. Nos iremos transformando en otro ser que ya no sería el ser puertorriqueño. Sería otro, pero no el nuestro. A mi entender, ya se ha iniciado esta peligrosa transformación en nuestra comunidad. Esta metamorfosis es consecuencia en gran medida de la profunda división política que hay en la comunidad puertorriqueña del descalabro moral que padecemos de la desorientación, de la duda, del cinismo y de la apatía que existen hoy en Puerto Rico.

Responsable principalmente de este descalabro es el sistema colonial que todavía padecemos. De las instituciones de occidente que trasplantaron los conquistadores españoles a Puerto Rico y de las instituciones que ellos crearon, algunas han desaparecido y otras están en proceso de deterioro. Desapareció la sociedad de tipo esclavista con derecho de pernada, así como la sociedad de compraventa de esclavos. Desapareció el sistema de encomiendas y repartimiento de tierras a pobladores privilegiados de la Corona. Desaparecieron los latifundios. Todo esto se fue transformando en otro sistema de explotación colonial para beneficio exclusivo de la metrópoli española, disfrazado con el resonante nombre de mercantilismo europeo bajo el manto protector de un Estado político absolutista. Este sistema periclitó afortunadamente con la guerra entre España y los Estados Unidos en 1898. Desde entonces, hace un siglo, Puerto Rico es un territorio no incorporado del Congreso de los Estados Unidos.

Las sociedades humanas, sin excepción, están constreñidas, por su propia naturaleza, a renovarse periódicamente por razón de la incesante actividad creadora y descubridora del ser humano, por la actividad científica y tecnológica y por el misterioso devenir del tiempo en la Historia. Con esto quiere decir que ya es hora de renovar nuestras aspiraciones, nuestra visión del mundo. Tenemos que reflexionar sobre nuestra vida colectiva y reclamar lo que más nos convenga políticamente teniendo presente en todo momento nuestra suprema flaqueza que es la economía. La economía es un factor imprescindible para lograr la estabilidad en las comunidades humanas. Sin la economía y sin la lengua no es posible la existencia humana. Creo que, con sabiduría, con mutuo entendimiento, con buena voluntad y sacrificio podemos construir nuestra propia economía. Lo que no debemos hacer jamás es negociar, renunciar a nuestra lengua a cambio de la economía. Esto sería nuestro suicidio colectivo.

No se puede cambiar de lengua como quien cambia de ciudadanía. La ciudadanía es un concepto jurídico. La lengua no. La lengua es un enigma de la evolución humana. Cada lengua tiene su óptica peculiar para comprender el mundo, una relación única con la poesía con el paisaje, la convivencia, la religión, la política, las artes y con los hábitos, las costumbres y aspiraciones de los que la hablan. La lengua es nuestra única señal de identidad. Cuando insistimos en cuidarla y conservarla no es que repudiemos otras lenguas ni que intentemos aislarnos, sino todo lo contrario. Queremos afirmarnos, como las demás lenguas, dentro del contexto de la propia cultura. Queremos afirmarnos dentro de la universal pluralidad de las lenguas. Tampoco queremos decir que nuestra lengua es la superior, sino que es la única adecuada para expresar lo que somos. Sólo los puertorriqueños podemos dar testimonio de nuestra propia realidad, de nuestra propia verdad.

Repito. Este es el momento de levantar el paradigma de nuestras aspiraciones colectivas. Sigamos adelante sin temores ni lamentos, siempre atentos y vigilantes de la importantísima función de la política. Sigamos adelante trabajando, leyendo, aprendiendo, informándonos de todo lo importante que sucede en el mundo, en el campo de las ciencias naturales, en las artes y los deportes, en la tecnología, en las humanidades y en la alta cultura con la ayuda poderosa de nuestra lengua materna, la lengua universal de don Quijote de la Mancha.

 

 

 

Autor: Manuel Méndez Ballester
Publicado: 22 de abril de 2015.

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