En tiempos recientes, la arqueología del Caribe ha experimentado marcados cambios como resultado de la gran gama de información que ha sido generada mediante la aplicación de nuevos métodos y técnicas en el estudio de las sociedades indígenas que habitaron la región desde mucho antes de la invasión europea de sus tierras. Muchas de estas investigaciones han demostrado que algunas de las ideas que existían en torno a los modos de vida y desarrollo cultural de estos grupos merecen ser revisadas, particularmente en lo referente a las formas en las que las diversas colectividades humanas interactuaron a través del tiempo y el espacio. En el presente trabajo presentaremos algunas de estas nuevas evidencias y argumentaremos que los habitantes del Caribe insular mantuvieron nexos con diversas áreas continentales a través del tiempo, en particular con los del área istmo-colombiana, región que incluye a los territorios actuales de Costa Rica, Panamá y Colombia. Estos procesos de interacción –en conjunción con los desarrollados localmente– proveyeron el marco que propició el forjamiento de las diferentes culturas que habitaron el Caribe a través del tiempo.

Delimitación de los tempranos vectores de interacción (7500 – 2500 A.P.)

La evidencia disponible actualmente señala que los primeros movimientos poblacionales hacia las Antillas comenzaron a perpetrarse a partir de 7500 AP. Hasta el presente se han postulado dos áreas principales de inmigraciones hacia las islas: 1) desde la península de Yucatán hacia Cuba y posteriormente hacia la República Dominicana (serie casimiroide), y 2) desde el noreste de Venezuela hacia Trinidad y luego hacia las Antillas Menores hasta llegar a Puerto Rico (serie ortoiroide). Al igual que lo propuesto para todos los grupos que habitaron las Antillas, se ha considerado que una vez estas sociedades arribaron a las islas se desligaron de sus regiones de origen. Por lo tanto, se piensa que los grupos asociados con ambas series se desarrollaron en las islas de forma insularizada, es decir, en total aislamiento cultural del resto de influencias continentales. Marcio Veloz Maggiolo (1980) argumenta que ambas series culturales “hibridaron” en la República Dominicana y Puerto Rico, desarrollando allí expresiones locales como las llamadas corozo en Puerto Rico y porvenir en la República Dominicana.

Sin embargo, una revisión de la literatura arqueológica del área circumcaribeña muestra que dicho proceso parece haber sido mucho más complejo de lo propuesto originalmente. Cuando comparamos los utillajes pétreos de los grupos ortoiroides o “híbridos”, particularmente los documentados en las Antillas Menores norteñas, Puerto Rico y las Islas Vírgenes, notamos marcadas similitudes con otros complejos culturales contemporáneos identificados en la porción sur del área istmo-colombiana, como los documentados en Monagrillo, Cerro Mangote y Puerto Hormiga. De modo que la evidencia disponible hasta este momento lleva a abogar por un vector de movimiento poblacional e interacciones sostenidas –proveniente de Panamá, Colombia o el noroeste de Venezuela (porción norte del lago de Maracaibo)– además de los establecidos anteriormente. La base principal para la formulación de este vector es la presencia del complejo de guijarros facetados y bases moledoras documentados en un área que comprende desde la costa del Ecuador hasta el territorio panameño. En el Caribe insular, el mismo complejo se relaciona con la serie ortoiroide y con algunas otras manifestaciones híbridas en un rango de fechas que se desplazan hasta 6000 AP en Puerto Rico, en el yacimiento Angostura de Barceloneta; 4100 AP en Puerto Ferro, en Vieques; y 3200 AP en las Islas Vírgenes.

La asociación establecida entre el complejo de guijarros facetados y bases moledoras y el repertorio culinario relacionado con estos ha sido confirmada recientemente con los estudios de almidones realizados por Jaime Pagán Jiménez en guijarros facetados e instrumentos similares de Puerto Rico. Las herramientas analizadas por Pagán Jiménez han proporcionado evidencias directas sobre un conjunto de cultígenos entre los que destacan el maíz, la yuca y la batata (aunque también otras plantas económicas netamente antillanas), escenario que duplica lo documentado en este tipo de artefactos en Colombiay Panamá.

En contextos tempranos de Puerto Rico también se ha identificado el aguacate, el cual es ubicuo en muchos sitios de la costa centro-norte de Perú desde ca. 4450-3750 AP y existe evidencia arqueobotánica del aguacate en contextos de Colombia cercanos a 3270 AP, lo que nos muestra la posibilidad de que el vector de movimiento del cultígeno concuerde con el de algunas de las plantas previamente mencionadas.

Anteriormente se consideraba que el maíz, la yuca y la batata, documentadas en el estudio de almidones realizado por Pagán Jiménez, habían sido introducidos por los inmigrantes saladoides a las islas en fechas próximas al 2500 AP. No obstante, la presencia de estos cultígenos en asociación con el complejo de guijarros facetados y bases moledoras, así como con ciertos procesos de cultivo y cocina en contextos prearahuacos de Puerto Rico, Vieques y la República Dominicana (similares a los observados en Panamá y Colombia), señalan la posibilidad de un movimiento poblacional directo hacia las Antillas Mayores desde el área istmo-colombiana.

Las semejanzas entre las regiones consideradas no se remiten a los implementos del orden utilitario. Otros elementos relacionados con actividades de carácter superestructural, como por ejemplo el uso de los dientes de tiburón y las cuentas de vértebras de pescado, también parecen haber sido empleados en ambas zonas. Tanto en el Caribe insular como en Panamá y Colombia se destaca, del mismo modo, el uso de ocre en asociación con los enterramientos humanos, aunque su empleo parece haber sido bastante generalizado en las culturas tempranas de todas las localidades circumcaribeñas. Particularmente en Cuba y en la República Dominicana se ha documentado además la presencia de caneyes, siendo estos elementos unas monticulaciones circulares realizadas a partir de la acumulación de capas alternadas de tierra, concha o ceniza que generalmente cuentan con dimensiones de hasta 30 m de diámetro y alturas que llegan hasta los 3 m. Estas monticulaciones, con fechas en Cuba de 4000 AP, son muy parecidas entre sí en sus aspectos tecnológicos y son contemporáneas con las documentadas en Barlovento y otros sitios de Colombia. Cabe señalar que están totalmente ausentes en contextos tempranos de las Antillas Menores, lo que permite descartar por el momento su arribo a las islas junto con la migración ortoiroide desde el noreste de Suramérica. Asimismo, en el caso de la segunda propuesta de los orígenes migratorios hacia las Antillas durante este periodo (Belice, península de Yucatán), tampoco se encuentra el complejo de bases moledoras y guijarros facetados señalados anteriormente.

Esto nos lleva a argumentar que algunas de las supuestas manifestaciones “híbridas” entre el casimiroide y el ortoiroide en realidad señalan, al menos, una manifestación cultural independiente, la cual se pudo trasladar a través de mar abierto directamente hacia las Antillas Mayores o las Islas Vírgenes desde la porción sur del área istmo-colombiana. Esto se comprueba por la ausencia de sitios prearahuacos en las Antillas Menores que antecedan temporalmente a los documentados en Puerto Rico, lo que nuevamente tiende a señalar desplazamientos directos hacia, al menos, Puerto Rico y la República Dominicana. A pesar de que la posibilidad de viajes directos a través del mar abierto desde el área istmo-colombiana hacia las Antillas norteñas parece descabellada a primera vista, los estudios de modelación computadorizada de rutas de navegación desarrollados por Richard Callaghan (2003) demuestran que dicha posibilidad es factible, especialmente desde los territorios de Colombia y el noroeste de Venezuela.

Todos estos movimientos e interacciones sostenidas entre los habitantes tempranos de las Antillas y otras regiones continentales circundantes pueden ser contextualizados dentro de lo que denominamos periodo formativo pancaribeño. En todas las áreas mencionadas hasta el momento se estuvo registrando la articulación de una elite emergente que parece haber estado estableciendo actividades de despliegue público de poder. Esto pudo servir para consolidar el estatus de ciertos individuos mediante la demostración de su poder adquisitivo y aglutinador. La presencia de estos mayores niveles de complejidad social en las sociedades prearahuacas antillanas comienza a ser reconocida en la actualidad. De aceptar esta idea, se estaría ante un escenario en el que un grupo particular de individuos en algunas de las áreas señaladas estuvo estableciendo contactos lejanos que le permitiría legitimar discursos de poder mediante la apropiación de objetos, símbolos y técnicas provenientes de lugares ubicados más allá del horizonte.

La evidencia presentada señala que los contactos que se registraron en este periodo temprano no se disiparon una vez los grupos arribaron inicialmente a las Antillas, sino que fueron constantes y establecieron las pautas para las esferas de interacción y movimientos poblacionales que se comenzaron a registrar en las Antillas a partir de 2600 AP.

La intensificación de las interacciones multivectoriales en el Circumcaribe (2600–1500 A.P.)

El contexto de interacciones múltiples que parece haberse registrado en el formativo temprano de las Antillas se nutre, a partir del 2600 AP, del flujo poblacional de las sociedades arahuacas al área, arropadas dentro de lo que se conoce como la serie saladoide. La visión tradicional en la arqueología antillana establece que dicha tradición cultural inmigró desde el área del Orinoco hacia las Antillas Menores y luego hacia Puerto Rico desplazándose de isla en isla. A pesar de ello, la evidencia cronológica disponible al momento plantea una interrogante principal: ¿por qué se tienen fechas más tempranas en las Antillas Menores norteñas, como San Martín y Montserrat (2600 AP) y Puerto Rico (2450 AP), que en las islas al sur del Caribe, como Trinidad y Granada (2200 AP)? Esto permite plantear la posibilidad de viajes directos de los saladoide desde distintos puntos de Suramérica hacia las Antillas norteñas. Por lo tanto, la evidencia disponible no indica que el saladoide haya participado de un movimiento unidireccional hacia el norte del arco antillano desde el sureste de Venezuela como se plantea actualmente, sino que pudo haber conllevado un traslado directo a través de mar abierto hacia Puerto Rico y las Antillas Menores norteñas, desde las que luego pudo haber un movimiento hacia el sur para ocupar las Antillas Menores. La ausencia de fechas tempranas en las islas del sur del Caribe plantea, a su vez, problemas en torno al advenimiento de una migración arahuaca hacia las Antillas como ha sido planteado por Rouse (1992), ya que no existe evidencia concreta para establecer la direccionalidad del movimiento asumido por este investigador.

Dentro de este contexto incierto se suma, además, otra tradición antillana denominada como el huecoide. Las hipótesis sobre el origen de esta manifestación cultural ha dado lugar a uno de los debates de mayor trascendencia en la arqueología del Caribe de las últimas décadas. Las opiniones se han dividido entre aquellos que piensan que dicho complejo artefactual comprende una subserie dentro de la serie saladoide desarrollada en las Antillas Menores norteñas (i.e. huecan saladoide) o un complejo cultural distinto (huecoide) proveniente del área del río Guapo en el norte-centro de Venezuela. La cerámica de estos grupos se caracteriza por el empleo del inciso entrecruzado en zonas (ZIC) como la cualidad más distintiva, así como por la ausencia de la pintura blanco sobre rojo (WOR) que caracteriza significativamente a la serie saladoide.

La lapidaria de esta manifestación cultural es el elemento de la cultura material que ha levantado las mayores controversias, ya que su iconografía dista mucho de la documentada en los sitios saladoides. Entre la lapidaria huecoide se distingue el motivo del ave con pico, elemento emblemático de dicha cultura. El tipo de pájaro representado en estos colgantes ha sido muy estudiado debido a que podría dar indicios del área de origen de esta cultura, aspecto que no está claramente definido al momento. Chanlatte y Narganes han argumentado que representan cóndores, situación que apuntaría al origen de esta tradición en el noroeste de Suramérica o el área istmo-colombiana, o un buitre rey, que señala el origen de estos grupos en el noreste de Suramérica. Sin embargo, hasta el momento no se habían identificado piezas similares en ninguna de las dos áreas de procedencia continental propuestas que pudieran arrojar luz sobre este asunto. Afortunadamente, en la revisión de la literatura identificamos piezas casi indistinguibles de las recuperadas en Puerto Rico y Vieques en la cuenca atlántica de Costa Rica por Carlos Balser. Este tipo de artefacto en Costa Rica presenta atributos tecnológicos, tipos de materia prima y dimensiones muy similares a las de la tradición huecoide. Otro tipo de pieza compartida en estas dos áreas es lo que ha sido denominado por Narganes como los batraciformes. Piezas totalmente indistinguibles a las recuperadas en Puerto Rico y Vieques han sido documentadas también en la cuenca atlántica de Costa Rica, en un periodo fechado ca. 1820±140 AP en el sitio Mercocha.

Otro tipo de objetos de corte superestructural en el huecoide son los producidos con madre perla. Estas piezas presentan una riqueza iconográfica marcada y son casi indistinguibles de las documentadas en en el cerro Juan Díaz, Los Santos en Panamá por Richard Cooke. Interesantemente, parte de las piezas panameñas fueron producidas con Pinctada, el mismo tipo de concha empleada en Puerto Rico para elaborarlas. Al igual que en Panamá, estas piezas fueron producidas a nivel intrasitio en Puerto Rico y Vieques, para lo cual se empleó un conjunto de técnicas que van desde la selección de la materia prima hasta su reducción en piezas terminadas cuyos paralelos parecen ser muy marcados entre ambas colecciones.

Aunque dichos artefactos son contemporáneos en las áreas aquí estudiadas, estos no se presentan en las Antillas en asociación con todo el repertorio artefactual documentado en Costa Rica y Panamá. Por ejemplo, las piezas de ave pico y los batraciformes se encuentran asociados a un horizonte bícromo zonal (i.e. zoned bichrome) en la cuenca atlántica de Costa Rica. El referido horizonte presenta vasijas con decoraciones y formas diferentes a las documentadas en el huecoide. Además, se presentan también metates decorados de cuatro patas, mace heads y otros tipos de artefactos que están totalmente ausentes en Puerto Rico y Vieques durante ese periodo. La situación se torna más compleja si consideramos que –a pesar que el elemento más diagnóstico de la cerámica huecoide ha sido el uso del ZIC– sitios como Punta Candelero y Hope Estate muestran que en las fases iniciales de esta manifestación cultural las decoraciones se caracterizaban por el empleo de incisos gruesos con punteado zonal, el cual también se observa como elemento decorativo minoritario en La Hueca. A su vez, este tipo de decoración plástica es más parecido a la cerámicas tempranas de Colombia como la de la manifestación Malambo, la cual, a su vez presenta marcadas similitudes con algunas variantes del horizonte ceramista prearahuaco de las Antillas, como la documentada en el Sitio Pepe de la República Dominicana y en Hope Estate en San Martín. Las técnicas de reducción y los tipos de implementos utilitarios de lítica y concha presentes en el huecoide también presentan atributos similares a los de otros sitios prearahuacos de las Antillas Mayores y de sitios formativos tempranos del noroeste de Suramérica.

El conjunto de influencias en la formación de la cultura huecoide nos lleva a plantear una explicación alterna para su formación. Argumentamos que esta manifestación cultural no necesariamente refleja una migración íntegra a las Antillas como ha sido planteado por algunos, sino un desarrollo cultural propiciado por las culturas prearahuacas de, al menos, Puerto Rico y Vieques, que surgió tanto por procesos internos de transformación como por las interacciones que estas mantuvieron con el área istmo-colombiana a través del tiempo. Esto puede dar cuenta del por qué las fases iniciales del huecoide muestran elementos desarrollados a nivel local asociados con las sociedades prearahuacas de las islas (por ejemplo: puntas de hueso, hachas garganteadas, lascas centrípetas, gubias, guijarros afacetados) y con un aumento gradual de elementos indicativos de estos contactos con el continente. Por lo tanto, consideramos que la formación de la cultura huecoide en las Antillas pudo haber sido el resultado de un proceso gradual de hibridación de los grupos prearahuacos caribeños con sociedades del área istmo-colombiana (y viceversa) con las cuales habían sostenido interacciones constantes previamente. Esto podría explicar el por qué la introducción de piezas de jade y otras piedras semipreciosas no ocurre en la manifestación huecoide desde sus fases iniciales como se ve en los contextos huecoide más tempranos de Hope Estate, Maisabel (Puerto Rico) o el Convento (Puerto Rico), sino que parecen haber sido introducidas luego del inicio de su desarrollo a la par con la articulación de las redes de movimiento de lapidaria documentadas en Costa Rica y Panamá a partir del 2300 AP, o tal vez un poco antes. Además, el importe de jade y otras piedras semipreciosas para ser reducidas a nivel intrasitio, como se ha documentado en diferentes niveles de Punta Candelero y La Hueca, puede estar indicando contactos mantenidos con el área istmo-colombiana a lo largo de la ocupación de dichos yacimientos.

Esta influencia occidental en la formación del huecoide fue anteriormente propuesta en el contexto antillano por Rodríguez Ramos sobre la base de un estudio de la lítica utilitaria de los sitios La Hueca y Punta Candelero. En su estudio, Rodríguez Ramos estableció la presencia de lo que denominó west to east influence corridor fundamentándose en el importe de materias primas provenientes principalmente del oeste de Puerto Rico (el pedernal, la serpentina, y la peridotita) y la República Dominicana (el ámbar y pedernal de dicha isla) en ambos contextos huecoides, adquiridas posiblemente por interacciones con los grupos prearahuacos que habitaban dicha zona. Esta apreciación también se basó en la similitud observada en las técnicas de reducción empleadas para la producción de implementos utilitarios en sitios prearahuacos de Cuba y República Dominicana. Así, como lo ya señalado anteriormente, entendemos que se debe auscultar con mayor detenimiento la posibilidad de que la manifestación cultural huecoide no haya sido una migración íntegra a las Antillas, sino que represente el desarrollo de algunos grupos prearahuacos en concomitancia con influencias del área istmo-colombiana (y viceversa), las cuales se comenzaron a forjar desde temprano en el periodo precolonial de las Antillas.

En Puerto Rico, también existe evidencia del importe de pequeñas piezas de adorno personal creadas por la aleación del oro y el cobre (i.e. guanín) durante este periodo en un contexto Saladoide, con fechas de 1810±60 AP. Durante este periodo, la producción de guanín ha sido limitada al territorio de Colombia. Es muy probable que estos identificadores de oro hayan sido tramitados en las mismas redes de interacción donde circularon las piedras semipreciosas y la madera negra pulida entre estas áreas, de las que parecen haber participado tanto los grupos huecoide como saladoide.

Durante este periodo todas las piezas que se tramitaron en el Caribe, tanto las semipreciosas como las de metal, se encuentran asociadas principalmente a adornos corporales. Piezas como las narigueras, cuentas y pendientes de piedras semipreciosas pueden servir como indicadores de una gestación más formal de la distribución asimétrica de poder en estas sociedades. De esto ser así, estas piezas pudieron estar expresando o traduciendo actividades que reflejaban el dominio del paisaje natural –observado en los contextos prearahuacos– hacia la proyección del hiperestatus de ciertos agentes mediante el despliegue y el control de símbolos a nivel personal. Los referidos adornos corporales que señalan conexiones externas pudieron haber sido empleados por estos individuos como emblemas de su capacidad diferencial para entablar contacto con el supramundo. Como veremos adelante, la apropiación y manipulación de estos contactos externos y de los símbolos asociados a dichos nexos, pudieron haber servido como eje inicial para la creación de linajes dominantes en las Antillas, cuyo historial se puede remontar a los vectores de interacción desarrollados desde tiempos prearahuacos en las islas.

Los vectores de interacción circumcaribeños y las manifestaciones culturales tardías de las Antillas (1500–500 A.P.)

A partir del 1500 AP en Puerto Rico comienzan a revelarse otros marcados indicadores arqueológicos de influencias externas. Entre estos se destaca el advenimiento del empleo de la deformación craneana fronto-occipital. Debido a la presencia de lo que parecen ser cabezas deformadas en asociación con el cóndor huecoide, Crespo establece la posibilidad de que este tipo de práctica haya sido introducida por dicho grupo a las Antillas. La hipótesis de Crespo parece sustentarse en la presencia del único enterramiento con deformación craneana fronto-occipital identificado en contextos agrocerámicos tempranos en las Antillas, recuperado en el sitio Morel en Guadalupe. Este enterramiento presenta ofrendas como cuentas de piedras semipreciosas similares a las identificadas en los contextos huecoide de Puerto Rico y Vieques. No obstante, este es el único enterramiento con deformación craneana fronto-occipital identificado en las Antillas Menores hasta el momento. La ausencia de la deformación cefálica en las Antillas Menores, en contextos que antecedan los de Puerto Rico (con la excepción del caso previamente mencionado), parece indicar que su desarrollo se dio de forma independiente en las Antillas Mayores o que dicha practica se difundió directamente desde algún punto de los continentes circundantes el cual no puede ser precisado al momento.

A partir de esta fecha se han notado otros cambios marcados en las Antillas Mayores, siendo uno de ellos la disminución en el énfasis del movimiento de jade, serpentina y otras piedras semipreciosas para la producción de lapidaria documentada en tiempos anteriores. Interesantemente, esto coincide temporalmente con el descenso en el énfasis del trámite de piedras verdes registrado en el área istmo-colombiana, donde se ha documentado una transición hacia el movimiento de piezas de tumbaga a partir del 1500 AP. En el Caribe insular se distingue una transición hacia el trabajo lapidario sobre la piedra dura, así como se había registrado mucho antes en los grupos prearahuacos de las Antillas Mayores, evidenciado principalmente en la producción de dagolitos, bolas pétreas, vasijas de piedra y manos cónicas, entre otros. Por lo tanto, la elaboración de lapidaria con piezas duras en las Antillas parece representar un desarrollo local de las técnicas lapidarias prearahuacas, las cuales, a su vez, se vieron nutridas, y posiblemente nutrieron, las documentadas en otros contextos circum-caribeños donde han sido registradas. De hecho, en 1954 Carlos Balser señaló que muchos de los motivos identificados en varios de los metates, así como en una “base de fertilidad” hecha de cerámica recuperados de la cuenca atlántica de Costa Rica, parecen reflejar influencias de la cosmovisión antillana derivadas de lo recopilado por Fray Ramón Pané del mito taíno. Interesantemente, Marcio Veloz Maggiolo indica que cinco metates producidos sobre piedras duras, identificados por Michael Coe como provenientes de Costa Rica, fueron identificados en las Antillas Mayores, específicamente en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.

Otros elementos que aparecen en las Antillas Mayores durante este tiempo son las plazas cívico-ceremoniales. La determinación del origen de estas plazas ha estado polarizado entre los que, como Sieguel, piensan que fueron el resultado de la formalización del espacio central de las villas concéntricas saladoides y, otros tales, como Alegría y Fernández, quienes han señalado que su construcción refleja el advenimiento de influencias externas, posiblemente de Centroamérica. Si tomamos en consideración que las plazas más tempranas se encuentran en sitios próximos a ríos o con accesos a estos desde la costa en Puerto Rico (como Tibes y Las Flores), podríamos argumentar en favor de que dicho espacio formalizado fue delimitado con el propósito de acarrear actividades de interacción tanto a nivel regional como interregional. Un dato importante es que los bateyes se remiten casi exclusivamente a las Antillas Mayores, encontrándose al sur de Puerto Rico solo en las Islas Vírgenes y en Antigua. De esta manera, si el desarrollo de las plazas hubiese ocurrido a partir de la evolución del espacio intracomunitario de las sociedades saladoides, entonces esperaríamos su presencia también en sitios potsaladoides tempranos en las Antillas Menores, lo que no ha sido el caso. Esto lleva a coincidir con la apreciación de Alegría (1983), Fernández (1979) y García Goyco (1984), entre otros, de que estas plazas reflejan influencias centroamericanas, aunque el área específica de procedencia de las mismas no es clara al momento. Lo que sí cabe destacarse, es que las plazas fueron espacios delimitados posiblemente para la exposición de poder mediante actividades aglutinadoras, donde posiblemente se reunían personas de diversas localidades y etnicidades como ha sido documentado en otros contextos.

No solo las plazas, sino otros elementos faunísticos como los conejillos de india, también han sido documentados en las Antillas Mayores y en Antigua (en el mismo sitio que tiene la plaza ceremonial), pero hasta el presente no se han identificado en las Antillas Menores. En Suramérica se ha trazado la domesticación de los conejillos de india hasta el área andina, atribuyéndoseles un carácter superestructural. Estos roedores no se encuentran en las Antillas Menores al sur de Antigua, lo que ha llevado a Wing a proponer, entre otras posibilidades, el movimiento directo de este recurso faunístico desde el noroeste de Suramérica hacia las Antillas Mayores en tiempos precoloniales tardíos.

Finalmente, otros tipos de artefactos que comienzan a ser importados a las Antillas Mayores, probablemente desde el territorio de Colombia, son los ídolos formales producidos con aleaciones de oro con cobre: el llamado guanín en las Antillas. En el Caribe insular no existe evidencia alguna de la fundición local de estos tipos de artefactos, lo que sugiere su importe en forma terminada a las islas. Lamentablemente, la intensidad del importe de este tipo de recurso no se puede definir con claridad por el hecho de que fue uno de los elementos apropiados por los invasores europeos que arribaron a las islas durante el periodo de contacto. Sin embargo, algunas de estas piezas han sobrevivido, principalmente en Cuba y Haití. Dos piezas se destacan en Cuba: una antropomorfa proveniente del barrio de Yaguajay y conocida como “el ídolo de oro de Banes” y otra ornitomorfa recuperada en el sitio Chorro de Maíta, situado también en el territorio de Banes. Revisiones y análisis del ídolo de Banes realizadas por expertos como Samuel K. Lothrop, Carlos García Robiou e Irving Rouse coincidieron con el propuesto origen colombiano de dicha pieza. Tanto el ídolo de Banes como la pieza ornitomorfa recuperada en Chorro de Maíta, a su vez, presentan un parecido muy marcado con piezas de Sinú en Colombia.

Comentarios finales

En el presente trabajo se han presentado evidencias múltiples, a manera de collage, de las marcadas interacciones que estuvieron ocurriendo en el área circumcaribeña. Aunque hemos enfocado nuestra atención en las Antillas, entendemos que los datos presentados deben estimular en los arqueólogos que trabajan en las áreas referidas la indagación de evidencias sobre los productos de procedencia no local que podrían estar indicando el flujo de piezas, técnicas y conceptos caribeños insulares hacia dichas zonas. Al momento, no está claro si muchas de las manifestaciones aquí discutidas fueron desarrolladas inicialmente en las Antillas o en las otras áreas referidas.

Muchas de las evidencias presentadas señalan un contexto de tramitación de elementos cuyo carácter se extiende, desde la agroeconomía y la cultura material hasta el rango superestructural, especialmente a partir del 2600 AP. Esto es de suma trascendencia debido a que emerge, desde el punto de vista superestructural en el panorama regional, una gramática ritual traducida en los diferentes contextos geoculturales, pero con una estructura subyacente similar que tendría que ser decodificada en trabajos posteriores. Aun así, el carácter del movimiento de recursos parece haber estado en continua transformación, no necesariamente en forma lineal, entre las diferentes sociedades que habitaron las Antillas a través del tiempo. El anterior argumento se refuerza cuando notamos un cambio desde el énfasis entre el movimiento de cultígenos (técnicas de cultivos y repertorios culinarios) e implementos utilitarios (e.g. destrales de concha y azadas garganteadas) hacia el movimiento de materias primas semipreciosas o identificadores personales (e.g. cuentas y pendientes) seguido por el movimiento de piezas de despliegue público (e.g. ídolos de tumbaga, piedra y madera). Estos continuos cambios en las esferas de interacción pueden estar revelándonos el inicio y desenlace de la gestación de una jerarquía social que inició desde los tiempos prearahuacos y culminó en etapa final de la historia precolonial de las islas.

A lo largo de este trabajo, el énfasis en el Caribe insular no busca señalar esta área como un recipiente de influencias de todas las zonas continentales mencionadas en detrimento de los evidentes desarrollos locales, sino insertarla dentro de un marco de interacciones más amplio con el propósito de desinsularizar la arqueología antillana. Aunque se ha enfatizado en este trabajo las interacciones del Caribe insular con el área istmo-colombiana y el sureste de los Estados Unidos, no queremos supeditar tampoco las interacciones sostenidas que tuvieron que ocurrir con el noreste de Suramérica como ha sido señalado tradicionalmente y, muy probablemente, con Mesoamérica como ha sido promovido por algunos investigadores.

Uno de los elementos que hemos querido resaltar es que, al menos, algunos de los vectores de interacción en el Caribe insular fueron delimitados inicialmente por las sociedades prearahuacas que habitaron las islas. Argumentamos que los contactos a larga distancia fueron empleados como elementos de manipulación desde tiempos tempranos, dando al traste con la imagen de que dichos procesos se remitieron únicamente a la formación de las sociedades cacicales tardías de las islas. Entendemos que muchos de los nexos a los que hicimos referencia se mantuvieron, mientras que otros fueron agregados o desaparecieron. Tal vez la presencia de los nexos (reproducidos, negociados y reformulados) expuestos a través del tiempo pueden dar explicación a las evidencias etnohistóricas que señalan la presencia de grupos arahuacos en Panamá y Costa Rica durante el periodo de contacto indoeuropeo. Las conexiones circumcaribeñas también pueden dar cuenta del carácter multiétnico de las manifestaciones culturales tardías de las Antillaslas que, lamentablemente, han sido arropadas bajo la sábana del concepto taíno, creándose así una falsa imagen de homogeneidad cultural durante las fases finales del periodo precolonial antillano.

Con este trabajo esperamos haber levantado sospechas en torno a las interacciones sostenidas entre las Antillas y los continentes circundantes. Así, de alguna manera se podrán devolver a la luz las ideas de los arqueólogos pioneros de la región, quienes a su vez miraron más allá del horizonte en busca de las conexiones entre los grupos humanos que habitaron el circumcaribe en tiempos precoloniales.
Autor: Reniel Rodríguez Ramos
Publicado: 15 de febrero de 2012.

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