Aunque la Constitución del Estado Libre Asociado (ELA) no le otorga al gobernador de Puerto Rico el título de jefe de Estado, se puede argumentar el caso de que sí lo es, no solo en lo que respecta a sus atribuciones formales, sino por el valor simbólico que le otorga la cultura política a la institución. Para la comunidad puertorriqueña, el gobernador, más que ninguna otra institución estatal, encarna la unidad política del país.

También se puede argumentar lo contrario: que debido a la relación de subordinación de Puerto Rico a Estados Unidos, el jefe de Estado de Puerto Rico es el presidente estadounidense. Aunque se asume por algunos que el nivel de autonomía política que la isla pudo haber adquirido en 1952 —según incorporada en la Constitución del ELA (lo cual sigue provocando un polémico debate en la esfera pública puertorriqueña)—, le otorga al gobernador de Puerto Rico la potestad de representar al país ante la comunidad política internacional, el asunto sigue ambiguo en cuanto a la autoridad relativa del presidente de Estados Unidos y del gobernador de Puerto Rico.

Hay países en el mundo donde el jefe de Estado y el líder de la Rama Ejecutiva son cargos separados. En las monarquías constitucionales, como España y el Reino Unido, el rey es el jefe de Estado pero el primer ejecutivo del Gobierno es la persona elegida democráticamente para ese cargo por el pueblo. En el caso inglés, este último se conoce con el nombre de primer ministro, mientras que en España se le llama formalmente presidente del Gobierno español. En los regímenes republicanos, no obstante, los dos cargos, el de jefe de Estado y de primer ejecutivo, se funden en uno.

Es importante recalcar que al día de hoy, cuando un gobernador de Puerto Rico asiste a eventos internacionales en representación de su país (excepto cuando se trata de eventos en que participan los estados federados de Estados Unidos), el trato protocolario que se le otorga usualmente es el de jefe de Estado. Este hábito protocolario de asumir que Puerto Rico funge como un Estado nacional a pesar de sus vínculos de subordinación a Estados Unidos, suele extenderse también a otros funcionarios que representan la institucionalidad del país en eventos internacionales de todo tipo, especialmente en los campos de la cultura y el deporte. Pero el asunto adquiere más pertinencia simbólica cuando el gobernador asume la representación del país ante la comunidad internacional. En 1979, por ejemplo, cuando se celebraron en Puerto Rico los Juegos Panamericanos, se dio un caso interesante que ilustra el reconocimiento general del gobernador de Puerto Rico como jefe de Estado. Según el protocolo vigente del Comité Olímpico Internacional aplicable a todos los eventos que esta organización mundial organiza o avala, la ceremonia de inauguración de los juegos debe estar presidida por el jefe de Estado del país anfitrión. Por ejemplo, cuando se celebraron las Olimpiadas en Barcelona, España en 1992, fue el rey quien presidió la ceremonia y no el presidente del Gobierno español. En el caso de los Panamericanos del 1979, por lo tanto, a insistencias del entonces presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico, Germán Rieckehoff Sampayo, el honor no le correspondió al presidente de Estados Unidos, sino al gobernador de Puerto Rico de entonces, Carlos Romero Barceló —un suceso cuyo contenido irónico no pasó desapercibido—.

 

 

 

Autor: Roberto Gándara Sánchez
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

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