La práctica de reunir y valorar obras artísticas ya no es exclusivamente un ejercicio de los eruditos y los mecenas. La rentabilidad de las inversiones de estos objetos de arte destacó en la economía global a partir de los precios sin precedentes que se desembolsaron por cuadros de pintores como van Gogh, Picasso y Renoir en la década de los ochenta, y que continuó hasta recientemente con un desnudo de Modigliani, una de las piezas más costosas de la historia.

El deleite de reunir un grupo de objetos es casi siempre un indicio de afición al coleccionismo. A su vez, resulta importante para los coleccionistas diferenciar las piezas genuina de las otras infinitas que se presentan como artísticas. Tanto en las instituciones privadas —tales como museos nacionales, regionales u otras instituciones públicas— así como en las casas particulares de personas que se dedican a coleccionar arte en sí mismo —y que se consideran coleccionistas privados—, lo que genera interés es la preocupación por denominar correctamente las representaciones y descifrar cierta cronología historiográfica en el mundo del arte, independientemente de si es local, regional o internacional.

Cada vez son más los que acceden a ello por gusto o por placer, en algunos casos por el estatus social o simplemente por inversión. El coleccionismo de arte se ha disparado en el ámbito mundial en los últimos años. La globalización ha tocado este contexto a grandes rasgos desde dos puntos de vista: el primero de una manera emancipadora, en donde la globalización se entiende como un fenómeno en que las fronteras limitantes desaparecen y la mirada es más glocal (global + local). El otro punto es lo opuesto, donde surge un movimiento homogeneizante que tiende también a borrar fronteras pero con “intereses polarizados”, que subrayan las diferencias. Algo no necesariamente positivo, porque lo cultural se ve afectado de manera directa por la influencia de las casas de subastas y la publicidad excesiva. Por esta razón se dice que mucho del revuelo del coleccionismo transformó la perspectiva de la adquisición de piezas artísticas de un capricho o gusto a una buena decisión de negocios.

No obstante, los críticos y los curadores en general coinciden en que las personas que coleccionan arte lo hacen porque valoran la cultura, porque aman el arte de algún artista en particular o porque quieren adquirir cierto prestigio. A pesar de ello, existe una resistencia que pervive la incredulidad ante cualquier obra que no se considere dentro de la norma. El valor de algún objeto artístico se determina cuando el artista confronta lo suyo con otros artistas del mundo; cuando su talento y tesón son aprobados en exhibiciones de museos importantes y reciben invitaciones para exposiciones en bienales, ferias internacionales, y su crítica trasciende lo local.

A pesar de que los términos coleccionismo e inversión a menudo comparten una relación estrecha, existen grandes y destacadas particularidades entre cada coleccionista. Por lo tanto, sería arriesgado determinar quiénes lo hacen respondiendo al placer o a la rentabilidad.
Autor: Dalila Rodríguez
Publicado: 20 de diciembre de 2011.

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