Introducción

La Enciclopedia de Puerto Rico en Línea (EPRL) es una herramienta educativa que provee información fidedigna sobre Puerto Rico y la experiencia puertorriqueña tanto en la isla como en los Estados Unidos. La sección del Caribe enriquece y complementa la información sobre Puerto Rico y los puertorriqueños en relación con su entorno geográfico, social, histórico y cultural caribeño, así como proyecta la vasta riqueza y diversidad sociocultural de la región. Además, pretende subsanar la falta de comunicación intrarregional debido a la fragmentación lingüística que impera en la región.

La sección del Caribe se estructuró en un total de nueve (9) áreas temáticas: Ambiente y Geografía, Arqueología, Artes Plásticas, Cultura, Literatura, Música, Economía, Política y Sociedad e Historia. Cada área se desglosó en nueve (9) ensayos panorámicos, seis (6) ensayos temáticos, trece (13) ensayos especializados y trece (13) ensayos biográficos, exceptuando el contenido desarrollado en el área de Historia. El contenido histórico, por su complejidad e importancia, requiere de mayor extensión y desarrollo temático. En el área de Historia se añadieron seis (6) ensayos temático-panorámicos en los cuales se abordó desde una perspectiva amplia el desarrollo histórico correspondiente a los siglos XVI y XVII, XVIII, XIX y XX, respectivamente. Además, se incluyeron doce (12) ensayos subtemáticos que se derivaron de temas y procesos históricos que marcaron un hito en la historia caribeña e imprescindible para el cabal entendimiento del contenido de la sección del Caribe.

El Caribe se presenta esquivo y escurridizo ante cualquier intento de definición concreta. Su complejidad resalta ante los múltiples intentos y visiones a través de las cuales se han intentado definir y abordar al Caribe. El cubano Antonio Benítez Rojo ponderó sobre el Caribe como una zona dominada por el ritmo, o mejor dicho, por la polirritmia en sus expresiones estéticas, lo cual le da un carácter de unidad cultural al Caribe. Por su parte, Sidney W. Mintz, uno de los más acuciosos observadores del Caribe, resalta la importancia de la estructura y organización social de la plantación como punto de convergencia de la región. El Caribe también ha sido definido por su importancia geopolítica en función al Gobierno de los Estados Unidos luego de la guerra hispano-cubano-americana de 1898 y a través de todo el siglo XX.

En aras de aprehender las múltiples experiencias caribeñas, la definición del Caribe que nos proponemos no se rige por lógicas geográficas, la cual nos limitaría a aquellos territorios bañados por el mar Caribe, sino que es mucho más amplia, anclada principalmente en la importancia de la plantación como matriz socioeconómica. Es significativo anotar que las instituciones vinculadas a la producción agrícola y a las relaciones sociales que se derivaron de estas van a tener un peso determinante, aunque no el único, en el andamiaje en el cual se sustentaron las configuraciones políticas, económicas, sociales y culturales compartidas a través de toda la región. La experiencia caribeña se cristalizó, pues, a través de lógicas profundamente afectadas por el poder y postulados sociales y racialmente jerárquicos. Además, habría que señalar que estas experiencias se fundamentaron en un desarrollo social, económico y político irregular y descompasado en el tiempo y en el espacio en el cual los elementos compartidos de la región se experimentaron de formas diferentes y con intensidades desiguales.

El Caribe que subrayamos aquí sobrepasa los lindes territoriales y lingüísticos. Cubre alrededor de unos 7,885,010 kilómetros cuadrados o un 39% de todo el territorio de América, con una población estimada de 286 millones de habitantes. Incluye el arco de las islas que van desde las Bahamas hasta Trinidad y Tobago (Cuba, La Española [República Dominicana y Haití], Puerto Rico, Islas Vírgenes de los Estados Unidos, Anguila, Antigua y Barbuda, Barbados, Islas Vírgenes Británicas, Islas Caimán, Dominica, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves [St. Kitts and Nevis], San Vicente y las Granadinas, Montserrat, islas Turcas y Caicos, Aruba, Bonaire, Curazao, Saba, San Eustaquio, San Martín [St. Martin/St. Maarten], Guadalupe, Martinica, Santa Lucía) además de los enclaves continentales de Belice, Guyana, Guyana Francesa, Surinam y partes de Colombia, Venezuela, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, que por su desarrollo histórico y social se asemejan a una experiencia caribeña. Asimismo, es menester reconocer la intensa historia de las migraciones y de los intercambios socioculturales que se desarrollaron en y fuera de las sociedades de la región, por lo que la definición considera las comunidades caribeñas en los Estados Unidos (Nueva York, Miami, Orlando), Canadá (Toronto, Montreal), Inglaterra y Holanda.

El Caribe: legado histórico

Aunque la plantación fue germen común en el devenir histórico de la región, sería artificioso asignarla como el elemento inequívoco aglutinador del Caribe. Sin embargo, y a pesar de su intrínseca diversidad y fragmentación, el Caribe exhibe características comunes que nos facilitan aprehender la experiencia caribeña, a saber: (1) todos los territorios fueron colonizados por potencias europeas; (2) en la mayoría de estos se crearon economías de plantación o estuvieron vinculadas a estas; (3) se instituyeron regímenes esclavistas; (4) surgieron culturas de resistencia; (5) y se desarrolló un sincretismo cultural sin precedentes históricos. En menor o mayor profundidad, los artículos que aquí presentamos se desprenden y ahondan en cada una de estas características.

La llegada de Cristóbal Colón a las Antillas desató uno de los capítulos más intensos de la historia moderna: la colonización, primero del Caribe y, luego, de toda América. Los reinos de España pioneros en la colonización del Caribe no fueron los únicos que usurparon todo a las pequeñas islas al oeste, atravesando el océano Atlántico desde la península ibérica. Los imperios de Inglaterra, Francia, Holanda y Dinamarca también fueron artífices y cómplices de la maraña colonial que se instaló en la zona que eventualmente se le conocería como el Caribe.

La experiencia colonial, en toda su diversidad, resalta como uno de los elementos de mayor influencia en las configuraciones sociales, políticas y económicas del Caribe. Fue punta de lanza y esquema organizativo que brindó los cimientos jurídicos y legales para la estructuración de la empresa económica de mayor importancia para el desarrollo del capitalismo en el mundo. El despojo de los recursos humanos y naturales del Caribe constituyó, entonces, su génesis histórica y fungió como paradigma en la creación y mantenimiento de las instituciones políticas, sociales y económicas en el cual se fueron desenvolviendo las sociedades caribeñas. Desde los primero asentamientos en La Española, la visión de pillaje, la depredación y el latrocinio de las potencias europeas se plasmaron en la encomienda, primera institución esclavista en las Américas. Las agudas observaciones de fray Bartolomé de las Casas muestran que “la causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días”. Denuncia, además, las atrocidades a las cuales fueron sometidos los grupos indígenas en las Antillas, mismas razones que atestiguan la ruina poblacional a tan solo unos años luego de la conquista.

El historiador dominicano Frank Moya Pons estima que al momento del encuentro la población de la isla de La Española rondaba entre 400,000 a 600,000 personas restando únicamente unos 11,000 taínos para el año 1517. El descenso poblacional fue, como queda evidenciado, de magnitudes insospechadas. Este régimen esclavista y explotador ahondó sus raíces en América utilizando al Caribe como trampolín hacia más ricas tierras en los virreinatos de la Nueva España y el Perú. En esta nueva etapa las Antillas quedaron rezagadas en la organización del Imperio español en América, con la excepción de Cuba que sirvió de astillero oficial de los galeones que llegaban a La Habana desde México y Cartagena de Indias en tránsito hacia España. El Caribe constituirá, por los próximos quinientos años, territorio explotado y acechado, no solo por España, sino por otras potencias europeas.

La merma de mano de obra para la explotación aurífera supuso la transformación de la economía hacia la siembra de la caña como producto para la exportación. El gusto por el azúcar había aumentado sustancialmente, (aunque no con las magnitudes de un siglo después) y el azúcar de las Islas Canarias, São Tomé y Madeira no producía la sacarina suficiente para la demanda europea. Los primeros ingenios en las Antillas españolas se construyeron a base de trapiches similares a los construidos en las islas antes mencionadas. Ya para el 1527 se constatan alrededor de 25 trapiches en La Española para la producción de la caña de azúcar. De igual manera, Puerto Rico contó con cuatro ingenios azucareros para el 1548. No obstante a estos primero intentos, principalmente en La Española, el azúcar de caña no despuntó en las Antillas hispanas hasta luego del triunfo de la Revolución haitiana en los albores del siglo XIX.

El colonialismo distó de ser una experiencia idéntica a través de toda la región. Las colonias españolas, francesas, inglesas, danesas y holandesas implementaron instituciones y regímenes políticos, que aunque anclados en la usurpación, fueron diferentes. Durante el periodo inicial, por ejemplo, las colonias españolas sirvieron de trampolín a aventureros peninsulares hacia otras tierras más productivas y ricas en minerales en tierra firme. Mientas que Inglaterra y Francia maximizaron la rentabilidad y sus riquezas mediante la explotación de la producción de azúcar en sus colonias caribeñas. Los holandeses, por otro lado, fueron puntales en la extensión de créditos y en el trasiego de esclavos para la gran demanda que las islas productoras exigían.

El exclusivismo español en las Antillas fue desplazado por Francia, Inglaterra y Holanda que palparon las posibilidades de enriquecimiento con la producción de azúcar y otros productos. Barbados fue la primera colonia inglesa en el Caribe en donde se ensayó la explotación sistemática de las tierras cultivables de la región mediante la plantación como modelo socioeconómico. Esto significó el traslado de grandes sumas de dinero destinadas a construir ingenios de mayor capacidad productiva y mejor rentabilidad. Fue en esa búsqueda de riquezas bajo los privilegios que le concedía el orden colonial que florecieron en el Caribe las llamadas “sugar islands”. El modelo socioeconómico de la plantación se emuló en distintas partes del Caribe. Sin embargo, habría que destacar que este no fue un modelo único de explotación ni tampoco se implementó de igual manera en todos los territorios. La plantación adquirió matices distintos en cada isla o territorio dependiendo de un sinnúmero de factores, tales como las particularidades naturales y geográficas (extensión de tierras aptas para el cultivo de la caña, acceso a buenos puertos, etc.) y los esquemas políticos y económicos esgrimidos por las distintas potencias europeas. Ahora bien, las relaciones coloniales brindaron las estructuras jurídicas, ideológicas y económicas idóneas para el inicio y fortalecimiento de las economías de plantación en todo el archipiélago caribeño y los territorios aledaños sometidos a este régimen de explotación. La plantación, como nos recuerda Moya Pons, nos ayuda a entender por qué el Caribe fue tan importante para las potencias involucradas en el juego económico de la exportación agrícola. Estos territorios eran útiles o valiosos siempre y cuando fuera posible usufructuarlos económica y humanamente. La plantación fue la organización económica más rentable que se dio en el Caribe. Y si bien es cierto que no todos los territorios caribeños fueron dominados por la plantación, en cierta medida u otra estuvieron ligados a ella.

Los tentáculos económicos del colonialismo europeo en el Caribe entrañaron jerarquías sociales imprescindibles para el mantenimiento de un orden político y social. El orden social al cual se aspiraba, mas no siempre fue una realidad, establecía un ideal sociorracial y patriarcal que fuera capaz de organizar “armoniosamente” todos los elementos de la sociedad en pos de una mayor estabilidad social y rentabilidad económica. Las economías de la plantación —fueran inglesas, francesas, holandesas o españolas— fueron concomitantemente sociedades esclavistas, fuertemente divididas. La producción del azúcar requirió de grandes contingentes de personas destinadas a la corta de la caña y a la elaboración del azúcar.

La esclavitud africana —por unos 350 años— primó como la mano de obra ideal en la producción de productos agrícolas para la exportación desde el Caribe. Desde los primeros intentos españoles en La Española y Puerto Rico, pasando por el auge azucarero en Barbados, Jamaica y Saint Domingue, la esclavitud africana en el Caribe fue pilar y sustento de las economías atadas a la plantación. Esta experiencia esclavista en la región configuró sociedades jerárquicas e intensamente divididas étnica y racialmente. En términos generales, la esclavitud en el Caribe supuso un dominio poco menos que total por parte de una exigua elite económica blanca y libre sobre —en la mayoría de las islas y territorios— un número considerable de la población negra y esclava.

La estructura social de las colonias en el Caribe engendraba múltiples contradicciones. En otras palabras, la pretendida rigidez de la estructura social en el Caribe de la plantación se encontraba constantemente amenazada en la medida en que ambos grupos (propietarios y esclavos) interactuaban en las faenas y menesteres necesarios para la subsistencia de la colonia. Entre los blancos propietarios y los negros esclavos existían sectores que cuestionaban la nítida estructura social. Si bien los propietarios blancos se encontraban en la cúspide de la pirámide social, estos coexistían en la colonia con blancos de menor rango social como clérigos, comerciantes, médicos, abogados y, por último, labradores y campesinos. Por otro lado, la existencia considerable de sectores de negros y mulatos libres quebrantaba tal deseada estructura social.

Por más de 350 años las sociedades en el Caribe se desarrollaron económicamente bajo los confines de la explotación de millones de negros africanos traídos forzosamente a las costas del Caribe, marcando indeleblemente las sociedades caribeñas. No es difícil de imaginar que tal magnitud y explotación engendrara y mantuviera la idea de la superioridad blanca en detrimento de una gran parte de la sociedad. La severidad de esta explotación es palpable, además, en sus formas de resistencias. El esclavo en el Caribe luchó y luchó mucho por romper las cadenas de este sistema opresivo. Por lo que la cultura de resistencia es unas de las características más significativas de la región.

El Caribe, además, se puede concebir como compuesto por sociedades de nueva creación toda vez que se crearon como resultado de múltiples y constantes migraciones europeas, africanas y asiáticas. La heterogeneidad de las culturas caribeñas es el resultado de las dinámicas sociales internas y externas a las que fueron sometidos los pueblos protagonistas de este capítulo histórico de América. En estas dinámicas se deslindan dos experiencias caribeñas que se entrecruzan constantemente. De la cultura que nace bajo el yugo de la esclavitud y la rigidez de la sociedad de la plantación ya hemos esgrimido algunos comentarios. Sin embargo, estas formaron también culturas de la contraplantación. Ambas son partes esenciales y constituyentes de las formaciones culturales del Caribe.

Del resquebrajamiento del orden sociorracial ideal se desdibujan las culturas caribeñas como culturas sincréticas e hibridas. La tesitura cultural del Caribe devino del ingenio y la creatividad en pos de paliar las paupérrimas condiciones a las que fueron sometidos millones de sujetos subyugados. El Caribe sedujo a diferentes sectores sociales metropolitanos ávidos de lucro que enriquecieron sus manos con el movimiento forzoso de miles de humanos esclavizados. Esta combinación de seres humanos, con distintas categorías, responsabilidades, beneficios, privilegios y ubicados y relacionados de forma desigual utilizaron el Caribe y las estructuras creadas como un lienzo en el cual se desarrollaron nuevas formas de hacer, pensar y crear. Estas relaciones y, por lo tanto, manifestaciones culturales, nunca escaparon del poder. De los elementos culturales trasplantados por las diversas poblaciones (europeas, africanas, amerindias, asiáticas) brotaron culturas supersincréticas —como nos comenta Cabán en su ensayo introductorio en el área de Cultura—.

El sincretismo cultural encuentra una importante expresión en muchas de las prácticas musicales, pero sobre todo, en el sincretismo religioso en la santería o regla de ocha, el candomblé, el culto a Shangó el vudú o el rastafarismo. No menos importantes son las manifestaciones literarias y artísticas que han sido un caudal creativo en que se manifiesta toda la diversidad y sincretismo del Caribe.

El Caribe contemporáneo

El Caribe contemporáneo acarrea un legado histórico que conlleva profundas influencias en las configuraciones políticas, económicas, sociales y culturales de la región. Desde el punto de vista sociopolítico, la región caribeña resalta más por sus divergencias que por sus similitudes. Por ejemplo, en el Caribe coexisten sistemas republicanos en la República Dominicana, Trinidad y Tobago, Surinam, Guyana y los territorios estadounidenses de Puerto Rico e Islas Vírgenes; sistemas parlamentarios que en su mayoría pertenecen la Mancomunidad de Naciones del Reino Unido, con la excepción de los territorios holandeses de Bonaire, Saba y San Eustaquio, que son considerados como municipalidades del Reino de los Países Bajos, mientras que Aruba, Curazao y San Martín se consideran países dentro del mismo Reino. El Caribe francófono, por su parte, está organizado como sistemas semipresidenciales.

En términos generales, como nos comenta José Raúl Perales en área de Política y Sociedad, el Estado en el Caribe “ha jugado un papel más directo en el desarrollo económico y social de los países del Caribe que en los países latinoamericanos o de Norteamérica”. Sin embargo, a pesar de su cercanía, es un Estado débil en que su rol principal se ha limitado a ejercer su función de administrador o árbitro sobre las relaciones productivas.

El azúcar dejó de ser el producto de mayor valor de exportación en el Caribe para dar paso a lujosas habitaciones de hoteles de las cuales millones de europeos y norteamericanos suelen salir a tomar baños de sol y gastar miles de dólares en sus vacaciones anuales. El Caribe de playas paradisíacas recibe más de veinte millones de turistas provenientes en su mayoría de los Estados Unidos y Europa. Las islas Bahamas, Jamaica, Puerto Rico, las Islas Vírgenes (USA) y la República Dominicana son los principales destinos turísticos de la región del Caribe insular. En las Bahamas, por ejemplo, en el 2010 el turismo representó el 46.1% del total del producto interior bruto (PIB). Luego de muchos años de ausencia en este importante sector económico, la isla de Cuba —con su inmenso litoral, capacidad habitacional y rica cultura— se perfila como uno de los destinos más codiciados de la región. La importancia del turismo se entrevé en el incremento sustancial de 1.8% en 1989 a 13.8% en el 2005 del total de PIB de Cuba. Sin embargo, apostar al turismo como fuente de desarrollo económico presenta retos de índole económico, ambiental y cultural que deben ser atendidos simultáneamente con el desarrollo de las instalaciones turísticas de la región.

El Caribe se desangra y alimenta simultáneamente de las múltiples migraciones en y fuera del Caribe. La falta de desarrollo económico y social y la relativa posibilidad que tienen los caribeños de viajar y asentarse en las antiguas metrópolis como en otras zonas de la región hacen del Caribe una zona de continuo movimiento humano. Las grandes poblaciones de puertorriqueños, cubanos, dominicanos, trinitenses y jamaiquinos en los Estados Unidos y Canadá resultan en relaciones económicas, sociales y culturales trasnacionales. También es el caso de jamaiquinos y trinitenses en Inglaterra, martiniqueses, guadalupeños y haitianos en Montreal y Francia. Existen, además, poblaciones significativas de haitianos en República Dominicana y dominicanos y cubanos en Puerto Rico.

El Caribe presenta un reto para cualquier obra que intente sintetizarlo en su totalidad. El lector experto se percatará de omisiones temáticas durante su exploración de la sección del Caribe. Las omisiones que aquí quedan plasmadas no son el resultado de una intensión en particular, sino que reflejan la misma complejidad y heterogeneidad de la región. Este ensayo pretende, entonces, darle una mirada general al Caribe anclada en cinco aspectos específicos y tratados de forma muy general. Los artículos que presenta la sección del Caribe de la Enciclopedia de Puerto Rico en Línea ahondan y expanden en los temas (y otros) que someramente se han delineado aquí de forma introductoria.

La Fundación de las Humanidades se complace en presentar ante el público cibernauta la sección del Caribe de la Enciclopedia de Puerto Rico en Línea. Nuestro esfuerzo fue destinado a brindarle información útil a un lector ávido de conocimientos sobre el Caribe para su enriquecimiento intelectual. Esperemos que sea del agrado de todos.
Autor: Hugo R. Viera Vargas, Ph.D.
Publicado: 11 de julio de 2012.

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