La característica principal del Caribe es su variedad: un amplio y variado territorio bañado por el mismo mar que lo nombra, compuesto por un mosaico de islas a las que un día llegaron los conquistadores europeos a traer la civilización occidental. En él se establecieron múltiples imperios que han ejercido su poder e influencia desde el siglo XVI. Durante estos siglos legaron sus idiomas, sus credos y conceptos religiosos y su particular versión de la idea del capitalismo: el afán de riquezas. El resultado es que cada isla posee su historia particular.

A pesar de la variedad cultural, racial y lingüística del Caribe, su hilo unificador ha sido el ímpetu de lucro que significó la empresa colonial. Todas las islas y territorios llamados “Caribe” vivieron bajo el régimen de plantación, basado en la esclavitud, y duró hasta su abolición a finales del siglo XIX. Con la llegada del nuevo siglo, la plantación se transformó en una industria agroexportadora con un régimen brutal de trabajo (el mismo que hacían los esclavos), pero con salarios muy bajos. A pesar de la gran variedad —política, lingüística, religiosa y racial— que existe en el entorno caribeño, su desarrollo ha estado muy vinculado al dominio político, militar y económico que ha ejercido Estados Unidos durante el siglo XX sobre la región.

Síntesis política

Con la fácil victoria estadounidense en la guerra hispanoamericana en 1898, Estados Unidos se convirtió en la potencia dominante de la región. Tras la guerra, obtuvo a Puerto Rico, y en 1917 compró las Islas Vírgenes Danesas por 25 millones de dólares, adquiriendo así territorios en el Caribe. Del mismo modo, la nueva potencia trató a las demás islas como si fueran sus colonias, es decir, con acceso privilegiado a sus recursos naturales, entrada a sus mercados, mano de obra dócil y barata, una élite política complaciente y un clima amistoso para la inversión. Durante el siglo XX, el Caribe se convirtió en un apéndice económico de Estados Unidos, sometido a sus necesidades geoestratégicas.

La estrategia geomilitar estadounidense en la región durante el siglo XX estuvo determinada en gran medida por el canal de Panamá. Inicialmente, Estados Unidos negoció la construcción del canal interoceánico con Colombia, pues Panamá era una de las provincias del país suramericano. Tras el fracaso de las negociaciones, la joven potencia apoyó con armas la tímida revuelta de un grupo independentista en esta región. De inmediato reconoció la declaración de independencia panameña, y dos semanas después, ambos países firmaron el Tratado Hay-Bunau-Varilla. En este tratado se acordó la construcción y el control perpetuo del canal y de una zona de 5 millas de ancho a cada lado. Este territorio, conocido como Canal Zone, pasó a ser territorio no incorporado de los Estados Unidos hasta su devolución al finalizar el siglo XX.

De la convivencia surgida en la “Zona del Canal” se desarrolló una peculiar sociedad. Los llamados zonians estaban constituidos por estadounidenses, militares y civiles —que laboraron en la zona—, afroestadounidenses y afroantillanos de las islas británicas que vinieron a trabajar en el canal durante su construcción entre 1904 y 1914. También vinieron españoles y emigrantes de otros países latinoamericanos. Esta sociedad reflejó los prejuicios raciales de la época y se estableció una sociedad racialmente segregada. La Zona del Canal, además, fue dura y largamente criticada por los panameños, pues dividía a su país en dos. Con el paso de los años se intensificaron las protestas contra la presencia americana en el istmo. En 1964, tropas estadounidenses masacraron a estudiantes panameños que protestaban por acercarse demasiado a la frontera del territorio controlado. Durante la década del setenta negociaron el Tratado Carter-Torrijos que establece la entrega del canal al Gobierno panameño y la devolución de las tierras aledañas en el último año del siglo XX. Con la entrega de la Zona del Canal, la mayoría de los blancos descendientes de estadounidenses regresaron al continente, mientras que los zonians negros se fueron integrando a la sociedad nacional y se hicieron panameños.

Estados Unidos no ha dudado en intervenir en otros países cuando entiende que sus intereses económicos y de “seguridad nacional” se ven amenazados. En las primeras décadas del siglo XX, las tropas americanas ocuparon las islas de Cuba, Haití y República Dominicana. Del mismo modo, Estados Unidos invadió naciones centroamericanas como Nicaragua, Honduras y Guatemala. En ocasiones los gobiernos militares de ocupación intentaron establecer algunas reformas educativas y sanitarias. El legado de estas ocupaciones fue nefasto al propiciar el establecimiento de oligarquías a las que nunca les ha interesado el desarrollo de sus países. Es necesario destacar que todas las ocupaciones militares fueron resistidas en mayor o menos medida por parte de la población. Algunas, incluso con ataques violentos a los soldados o a los intereses de los ocupadores.

A partir de la década del treinta se instauraron varios regímenes dictatoriales que se acomodaron a los intereses americanos a cambio de su apoyo. Así, se estableció la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua, la de Fulgencio Batista en Cuba, la de François Duvalier en Haití y la de Leonidas Trujillo en República Dominicana. En el contexto de la Guerra Fría, que dominó la política exterior de las grandes potencias, Estados Unidos se ocupó más en establecer aliados que en promover causas democráticas. Es por eso que en 1946 establece en Panamá la Escuela de las Américas, para la formación de los militares del hemisferio. En ella entrenaron a la clase militar latinoamericana que protagonizó las crueles dictaduras militares durante los años de la Guerra Fría, no solo del Caribe, sino también de Centro y Suramérica.

Como reacción al intervencionismo americano, y al despotismo de los regímenes avalados por este país, es que hay que entender las revoluciones como la de Cuba en 1959 y la de Nicaragua veinte años después. Del mismo modo, Estados Unidos, temeroso de que se repitiera un proceso similar al cubano, intervino en República Dominicana, luego de un periodo de inestabilidad social tras el derrocamiento del presidente electo en las urnas, Juan Bosch en 1963. En la isla de Granada, intervinieron en 1983 para contrarrestar un golpe de estado apoyado por Cuba. También invadieron Panamá en 1989 en una criticada acción para arrestar al dictador Manuel Noriega bajo cargos de narcotráfico.

También, durante los años de la posguerra se desencadenó un proceso que culminó con la independencia de muchas de las colonias caribeñas. Las metrópolis fueron concediendo mayor autonomía a las colonias en los asuntos locales y, en el caso de las islas inglesas y danesas, trataron de encaminarlas hacia la independencia. Jamaica y Trinidad y Tobago alcanzaron la independencia de Inglaterra en 1962, y en los años subsiguientes: Barbados, las Bahamas, Dominica y Granada. Surinam, la antigua Guyana Holandesa, obtuvo la suya en 1975. Otras jurisdicciones optaron por establecer acuerdos autonómicos con sus respectivos centros metropolitanos. En 1952 se estableció en Puerto Rico el Estado Libre Asociado, que otorgó a los isleños el poder de gobernarse en asuntos locales, mantener el idioma español y una personalidad deportiva y cultural propia. Del mismo modo, Aruba, Curazao y Bonaire mantienen una relación similar con Holanda. Mientras que, Martinica, Guadalupe y Guyana Francesa son parte integral de Francia como Departamentos Ultramarinos con representación en la Asamblea Nacional y voto presidencial.

Desde la llegada de los conquistadores españoles a comienzos del siglo XVI, el Caribe fue visto como una región productora de materias primas para nutrir las industrias y necesidades de los mercados metropolitanos. Durante el siglo XX, el capital estadounidense, presente desde mediados del siglo XIX, se extendió por toda la zona caribeña. Las compañías fruteras estadounidenses controlaron grandes extensiones de tierras para la siembra del plátano (o guineo) en los países centroamericanos; del mismo modo, controlaron en gran medida los gobiernos de los países donde radicaban estas fincas.

En el Caribe isleño la presencia del capital americano se hizo sentir a través de la industria azucarera, ahora bajo su control. Cuba, República Dominicana y Puerto Rico dedicaron la mayoría de su tierra cultivable para la siembra de la caña de azúcar. La mayoría de la población se vio involucrada de alguna manera con la poderosa industria, y durante los meses de la zafra, las centrales azucareras contrataban a masas de campesinos. Sin embargo, este extenuante trabajo bajo el sol y mal pagado estaba limitado a solo unos meses, dejando a miles de trabajadores en el desamparo laboral durante largos periodos de inactividad. Este intenso uso de mano de obra resultó en multitudinarias migraciones dentro de la región. Miles de haitianos y jamaiquinos se trasladaban periódicamente a las siembras en la isla de Cuba, y otros antillanos a República Dominicana, para regresar luego —la mayoría de ellos— a su isla de origen durante el tiempo muerto.

El uso intenso de la tierra cultivable por las industrias monocultivadoras ha impedido la siembra de alimentos necesarios para abastecer a la población. Se han visto, entonces, en la obligación de importarlos, lo que provoca que los precios de los alimentos sean más alto a pesar de los bajos salarios. Incluso la Cuba revolucionaria, que se oponía al dominio extranjero, utilizó la mayoría de sus tierras cultivadas para abastecer el mercado del azúcar en el entonces eje soviético. Otra consecuencia de los monocultivos ha sido la deforestación de las islas y la consecuente erosión de sus suelos. Esto ha alterado los patrones climatológicos de la región. En particular, se ha registrado una reducción en las lluvias y un aumento en las temperaturas. Además, los abastos de agua no son suficientes para las islas más pequeñas, y su escasez ha de ser uno de los principales problemas del futuro del Caribe.

Otro producto importante fue el petróleo, extraído —también con capital americano— de las islas de Trinidad y Tobago. Además, se construyeron refinerías en las islas de Puerto Rico, Aruba y Curazao para procesar este petróleo y el obtenido en la cercana Venezuela. Sin embargo, las refinerías cerraron tras la crisis petrolera de la década del setenta. En Surinam y Jamaica también hay importantes minas de bauxita, para la confección de aluminio. De hecho, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos invadió a Surinam para evitar que los alemanes, quienes habían invadido a Holanda, controlaran su producción. En la región también ha habido modestas industrias de cerveza, ropa y alimentos, por mencionar algunas, dirigidas a satisfacer la demanda local. En las últimas décadas del siglo, y debido al crecimiento de las industrias y las megatiendas transnacionales, las industrias y los comercios locales han ido desapareciendo.

En Puerto Rico, el establecimiento del Estado Libre Asociado se utilizó como estrategia de desarrollo a través de la invitación de capital foráneo para que industrias manufactureras invirtieran en la isla. Este modelo, exitoso en sus inicios, fue implantado en otros países de la región. Con la “Operación Manos a la Obra” se crearon miles de empleos mejor remunerados, con lo que esperaban estimular el desarrollo social y económico a través del consumo. A cambio, se les ofrecieron a estas industrias sustanciales exenciones contributivas por largos periodos de tiempo. Sin embargo, estas cerraban las plantas en la isla cuando terminaban los beneficios contributivos. Bajo ese arreglo se establecieron plantas manufactureras, de refinamiento de petróleo y farmacéuticas.

Durante la década del noventa, el Congreso estadounidense eliminó la disposición que permitía este arreglo contributivo, por lo que la creación de empleos en Puerto Rico es uno de sus problemas más apremiantes actualmente. Del mismo modo, con la caída del mundo soviético a principio de la década de los noventa, la Cuba revolucionaria se vio obligada a declarar un “periodo especial” para sacar una economía que de repente perdió importantes fuentes de ingreso.

Con la transformación de los modelos económicos tradicionales, las islas caribeñas han volcado sus esfuerzos hacia la industria turística, también dominada por el capital extranjero. No obstante, al igual que en la industria de la caña, esta ofrece empleos de bajo nivel y poco salario, mayormente en el área de servicios, mientras que los puestos gerenciales mejor remunerados son casi exclusivos para los extranjeros. A su vez, se da una cierta expropiación de las áreas más bellas para el uso exclusivo de los turistas. Las grandes compañías hoteleras apenas inciden en la producción local, pues prefieren importar todos los alimentos y usan intensamente los escasos recursos acuíferos y energéticos de las islas. Además, esta industria está sometida a fluctuaciones económicas en las que las islas no influyen. A pesar del tiempo y de las distintas opciones económicas, las economías caribeñas demuestran que su mayor debilidad es su dependencia con los centros metropolitanos. En particular, las que mantienen relaciones autonómicas dependen de las aportaciones monetarias de las respectivas metrópolis.

Los índices de criminalidad han aumentado ante la escasez de alternativas económicas. Desde su inserción al sistema comercial europeo durante el siglo XVI, un componente importante de la economía caribeña se ha dado en la ilegalidad. El contrabando durante la era del exclusivismo mercantil, el tráfico de esclavos tras la prohibición de su comercio o el narcotráfico y las emigraciones ilegales de hoy son ejemplos de una larga historia. Las Antillas son el punto intermedio entre la producción suramericana y el consumo norteamericano: un puente de islas que los conecta. Las ganancias millonarias, resultado del paso del comercio ilegal de drogas, dejan en su camino un rastro de violencia criminal y de altos niveles de corrupción ciudadana, gubernamental y en las instituciones financieras.

El movimiento de los caribeños también ha sido un elemento característico de la historia de la región. Desde las oleadas de arahuacos que transitaron por el mar alelado de islas en tiempos precolombinos, los millones de africanos esclavizados para laborar en las empresas coloniales caribeñas o los esclavos que buscaron refugio en otras islas, todos reflejan la dinámica migratoria de la región. Ya sea para el corte de caña en las plantaciones azucareras o para la construcción en Puerto Rico o Miami, la necesidad de trabajadores ha sido la atracción más poderosa para propiciar este movimiento poblacional.

A principios del siglo XX el mayor movimiento migratorio ocurrió dentro de la misma región. Los hombres eran atraídos por ofertas de trabajo en otras islas durante los meses de la zafra en busca de los dólares que les pagaban para el sustento de sus familias. Durante el tiempo muerto regresaban a sus islas de origen para esperar, desempleados, por la próxima zafra. Así, miles de haitianos, jamaiquinos y otros isleños se trasladaron periódicamente a complementar el sustento de sus familias y la economía de las islas que los exportaban.

Con el paso de las décadas y el declive de las industrias agrícolas, los caribeños expandieron su radio migratorio y alcanzaron destinos más lejanos. Aunque es necesario recordar que, desde finales del siglo XIX, existen comunidades de caribeños en la ciudad de Nueva York. Hasta que a mediados de la década del veinte se establecieran restricciones a la inmigración, fueron muchos los afroantillanos que emigraron desde Jamaica y las Islas Vírgenes Inglesas. Los puertorriqueños, por tener la ciudadanía estadounidense desde 1917, entraban con mayor facilidad, aunque enfrentaron los mismos prejuicios que los demás inmigrantes.

Esta comunidad de afrocaribeños, hispanos o angloparlantes fue muy importante para el desarrollo de una identidad negra en Estados Unidos. Por ejemplo, el puertorriqueño Arturo Schomburg realizó investigaciones desde la ciudad de Nueva York y recopiló un importante archivo para el estudio de la historia de áfrica y de la diáspora a consecuencia de la esclavitud. De esa comunidad también surgió el jamaiquino Marcus Garvey, quien durante la década del veinte liderara el Black Movement, importante movimiento social de afirmación racial. Esta revaloración de la identidad negra entre los afroestadounidenses fue esencial para que el llamado Harlem Renaissance desplegara una clara expresión cultural de la negritud en la literatura, así como en las artes gráficas y escénicas. Este sentido de identidad racial fue vital para las luchas de estas comunidades por sus derechos civiles dentro de la sociedad norteamericana.

Sin embargo, la convivencia entre caribeños también tuvo sus historias de terror. Las diferencias raciales, lingüísticas y religiosas entre las poblaciones del Caribe generan, aún hoy, rencillas y malos tratos. El caso más terrible ocurrió durante el otoño de 1937, cuando militares dominicanos durante la dictadura de Trujillo bajo prédicas de “dominicanización” o “blanqueamiento” de la sociedad, asesinaron entre 15 y 25 mil haitianos residentes de la República Dominicana.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la migración de los isleños británicos y jamaiquinos se dirigió hacia Gran Bretaña, atraídos por las ofertas de trabajo para la reconstrucción de las ciudades inglesas destruidas durante los bombardeos alemanes. Sin embargo, a los afrocaribeños les tocaron las peores condiciones de empleo y vivían en las peores viviendas. Además, fueron víctimas de violencia racial por parte de los blancos de la clase trabajadora. Todavía hoy, los británicos negros, descendientes de aquellos, no se han integrados del todo a la sociedad inglesa y viven en peores condiciones que el resto de los británicos. También de las islas francesas se trasladaron a su metrópolis. No obstante, esta migración no fue tan numerosa, aunque aumentó de forma paulatina a lo largo del siglo. De modo que, guyaneses, guadalupanos y martiniqueses viajan sin restricciones a Francia al ser ciudadanos de los Departamentos Ultramarinos Franceses.

La influencia de estas comunidades ya centenarias de caribeños en los centros metropolitanos, revitalizada con constantes oleadas migratorias, se ha destacado en varios renglones de la cultura globalizada de hoy. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, la variedad cultural caribeña ejerce gran influencia en la gastronomía y en la moda. Sin embargo, la más visible de las aportaciones caribeñas a la cultura popular globalizada ha sido en la música. Valiosísima ha sido la aportación de músicos cubanos y puertorriqueños al muy americano jazz. De la convivencia de distintas naciones caribeñas que unieron su tradiciones musicales surgió una variada gama de ritmos afro-latinos: charanga, pachanga, bugalú y la salsa. Además, desde los ochenta la mezcla de influencias caribeñas, anglo e hispanas, se integró a lo afroestadounidense en la cultura del hip-hop.

A manera de conclusión

Todavía, en el siglo XXI, es la fragmentación lo que define el Caribe. Es muy poco lo que conocemos de la realidad histórica y actual de otros lugares de la región. Debido a la dependencia de economías más poderosas para subsistir, en particular la de Estados Unidos, los caribeños no han podido sostener una sociedad ágil, estable y provechosa para la mayoría de la población. A pesar de ello, el carácter variado y múltiple de los caribeños ha permitido importantes aportaciones a la cultura global, ya sea en la literatura, las artes gráficas o cinematográficas, o en la cultura popular y mediática.
Autor: Pablo Samuel Torres
Publicado: 11 de julio de 2012.

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