Portada del periódico El Liberal el 1 de febrero de 1898

Portada del periódico El Liberal el 1 de febrero de 1898

Establecer el lugar, la fecha y las personas que por primera vez comenzaron a jugar pelota en Puerto Rico, no es tarea fácil. Los cronistas concuerdan que -contrario a la idea generalizada de los orígenes del béisbol a partir de la invasión estadounidense del ‘98- la guerra de independencia en Cuba trajo a Isla a un grupo de refugiados que tenían un conocimiento básico de las reglas y técnicas del sport americano. Aunque no existe certeza, los periodistas deportivos localizan las prácticas entre cubanos y boricuas en un lugar denominado como las “bases redondas” (hoy la Biblioteca Carnegie) para principios de 1895. Ya para 1897, San Juan contaba con tres equipos: Borinquen, Habana y Almendares.

La influencia cubana en los equipos puertorriqueños se hizo sentir, ya que la rivalidad entre los conjuntos Habana y Almendares era una tradición en la isla caribeña. La Democracia comentaba el arraigo del “higiénico” e interesante sport en la capital, y exhortaba a los ponceños a formar un club de béisbol. En la mayoría de los casos se convocaba a una reunión para elegir la directiva del nuevo equipo a formarse. Se jugaba mayormente en el Velódromo de Santurce los domingos y días feriados.

Ante el auge bullicioso del béisbol en las vías públicas, las quejas de la población urbana no se hicieron esperar. El gobierno español, en respuesta, publicaba en 1898 un bando prohibiendo las jugadas de pelotas en las calles, plazas y paseos de la capital. Sin embargo, era letra muerta debido a que la guardia civil no daba abasto para “espantar” a la muchachería que se aglutinaba a jugar. En todo caso, el cambio de soberanía, ese mismo año, dejó sin efecto las leyes del gobierno anterior; pero para el béisbol puertorriqueño comenzó una nueva etapa.

El béisbol a principios del dominio americano

Rápidamente, los estadounidenses se dieron cuenta de que los puertorriqueños sabían jugar pelota. Según Jaime Varas, los regimientos militares rehusaron competir con los equipos de la Isla, porque “alegaban que no eran disciplinados, provocaban peleas. . .; los puertorriqueños sostenían que las peleas surgían por el incorrecto proceder de los soldados. . ., se creían superiores al talento nativo, decían frases altaneras y no aceptaban ser derrotados. Cuando se anunciaba un play era un gran problema conseguir un arbitro lo suficientemente valiente que se atreviera a asumir tal responsabilidad.

La rivalidad y apuestas entre los equipos hacían más difícil la situación. En ocasiones, el conflicto se extendía hasta el mismo público, terminando el juego en violencia. Los estadounidenses, para evitar las polémicas, organizaban anualmente varios torneos entre las diferentes oficinas y departamentos de gobierno. Cada equipo elegía una junta organizadora y señalaba un calendario de juegos y actividades. Aún así, el Departamento de Correos no se libraba de las críticas. La Democracia argumentaba: “las ventanillas para la venta de giros postales permanecen cerradas cada vez que hay un desafío”.

El País (The Country) denunciaba con tristeza que los estadounidenses con sus restricciones económicas provocaban un declive de las competencias beisboleras en San Juan. En 1902, la “Porto Rico Base Ball Association” se reunía en la Cámara de Delegados para discutir sobre la crisis de la pelota. Los presentes –estadounidenses en su gran mayoría- señalaban que hacían faltan más equipos, e incluso una de las personas sugería la formación de dos “teams” de damas. El Secretario de la Asociación, G.A. Elliot, afirmaba al San Juan News “que el efecto del baseball en la americanización del pueblo era sorprendente”.

La realidad era que mientras más pasaba el tiempo las diferencias entre los equipos americanos y puertorriqueños se acentuaban con mayor fuerza. Hasta el extremo de que el gobernador colonial asistía únicamente a los desafíos de los equipos estadounidenses. No obstante, la asistencia a los partidos de la Liga Americana disminuía marcadamente cuando los boricuas jugaban el mismo día. En represalia, los estadounidenses intentaron aminorar los partidos de los puertorriqueños, apoderándose de los terrenos los sábados y domingos.

El cronista deportivo de La Correspondencia, “Juan Bate”, criticaba que el secretario-tesorero de la Liga Americana, Mr. Thompson, objetara las prácticas y juegos de los nativos. “Bate” denunciaba: “¡valiente manera de enseñar los nuevos métodos! . . . (y añadía) los que como nosotros sabemos defender nuestro derecho, seguiremos sosteniendo esta misma conducta, hasta que se reconozca que no somos cosas, y sí merecedores de respeto de los demás”. El cronista exhortaba a los jugadores puertorriqueños a no amilanarse y a demostrar confraternidad en los momentos de crisis. La Correspondencia anunciaba, tres meses más tarde, que la disputa entre ambas ligas se había arreglado “amistosamente”.

Pero la situación permanecía tensa. Los cronistas y peloteros objetaban la política pública de austeridad del secretario de la Liga, Mr. Smith, alegando éstos que la Asociación recogía integras las ganancias de la entrada y no proveía el equipo necesario para jugar. Además, los estadounidenses ponían demasiados obstáculos a cualquier intento de expansión de la Liga puertorriqueña. “Juan Bate” expresaba: “es ridículo que para formar un club, haya que recurrir a la caja del Banco Colonial o desistir de formarlo”. Con esta acción propiciaban una mayor negligencia y desinterés de los peloteros en los desafíos de béisbol.

Los tiempos de los “buenos equipos” (Almendares, Habana y Borinquen) habían terminado, la crisis permitió la formación de equipos de mala calidad que únicamente servían para la mofa y la desfachatez. Ante esta situación, el “analista” deportivo del Porto Rico Progress, Jerry Woodward, insistía en la necesidad de traer “refuerzos” de Cuba y Estados Unidos para mejorar el nivel competitivo de nuestros jugadores. Incluso Woodward veía como un atractivo publicitario el arribo de varios peloteros famosos a la Isla.

Sin embargo, el problema no radicaba en la propaganda o en la llegada de un atleta prominente de otro país. La solución estaba en que los estadounidenses permitiesen el intercambio y el acceso de los jugadores nativos a cualquier Liga.

 

 

 

Autor: Walter Bonilla
Publicado: 29 de agosto de 2014.

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