El desarrollo económico y social del Caribe ha venido acompañado de un impacto medioambiental significativo. Varios procesos directa o indirectamente relacionados con la industrialización y el desarrollo económico de la región del Caribe se asocian con los efectos medioambientales adversos: la expansión del turismo, el creciente uso de químicos en la agricultura, la migración de las zonas rurales a las ciudades, una desproporcionada asignación de tierras para la construcción de viviendas, el crecimiento poblacional, la deforestación, la degradación de los nichos de agua potable, la degradación de los recursos marinos, dificultades con los sistemas de despojo de las aguas sucias y los desperdicios sólidos, el deterioro de la calidad de agua potable y aire en las zonas densamente pobladas, incremento en los gastos de los servicios de salud causado por la polución, o la dependencia de los sectores pobres de la sociedad en la explotación de los recursos no renovables. En el caso del Caribe insular, donde la tierra es sin duda el recurso natural más escaso (por su condición geográfica de islas pequeñas), la zona evidencia una utilización intensiva y desproporcionada de este recurso para las actividades de minería, vivienda, agricultura, infraestructura, industria y turismo, lo cual conlleva un efecto ecológico adverso significativo.

El hecho de que muchas de las economías del Caribe sean fuertemente dependientes de la exportación de los recursos naturales, y de que muchos países cuenten con carteras de productos de exportación poco diversificadas, solo sirven para empeorar la situación. En la región del Caribe continental, el impacto mayor se ha dejado sentir en los bosques. Aparte de los bosques de las Antillas Mayores, los bosques más importantes de la cuenca caribeña están localizados en países caribeños-continentales. Se estima que, por ejemplo, los países de la Comunidad del Caribe (CARICOM) colectivamente poseen 32.7 millones de hectáreas de bosque, la mayoría de los cuales se encuentran en Guyana, Surinam y Belice. Guyana es, de hecho, uno de los países con mayor porcentaje de bosques entre sus tierras, con 18 millones de hectáreas de bosque, lo cual representa casi un 95 por ciento del total de sus suelos nacionales. Aunque el uso doméstico de la madera para cocinar es común en muchos sectores de la sociedad guyanesa, se estima que el mayor impacto ambiental sobre los bosques proviene de las actividades comerciales relacionadas con la agricultura, la minería y la industria de la madera. Guyana tiene un índice anual de deforestación del 0.06% anual. Otras actividades económicas con severos efectos medioambientales presentes en la región caribeña lo son las industrias de la minería y de la producción de petróleo. La minería conlleva alteraciones en los suelos y en la vegetación, y además tiene un gran impacto sobre las corrientes de agua, los drenajes, los pantanos y los acuíferos de aguas subterráneas. En lo relacionado con la producción de petróleo, la mayoría de los problemas ambientales asociados con la producción de hidrocarburos son, con mucha frecuencia, resultado de la eliminación de los subproductos. La agricultura, aunque no es un sector fuerte en la zona del Caribe insular, es también una fuente de contaminación importante en la región, particularmente desde la introducción de químicos en el proceso. Son diversos los impactos ambientales relacionados con la producción de bienes agrícolas, pero usualmente incluyen la contaminación del aire y del agua en la producción y procesamiento, y problemas asociados con la utilización insostenible del recurso de la tierra.

En el Caribe insular, por otro lado, la industria del turismo parece ser la de mayor impacto medioambiental de la región. La industria turística requiere de muchos recursos naturales y humanos. Por ejemplo, esta industria utiliza una gran cantidad de tierra para la construcción de megahoteles y campos de golf, requiere de un alto consumo de agua para las piscinas y para el regadío de los campos de golf, así como un alto consumo de energía para satisfacer las necesidades de los turistas. Otros efectos medioambientales adversos relacionados con la industria del turismo incluyen la destrucción de manglares, arrecifes de coral y playas arenosas, la extinción de las especies, la eutrofización por sedimentación de lagunas y lagos, la disposición de desperdicios sólidos a causa de los turistas y la sobreexplotación de la pesca.

Cabe considerar también los efectos de la actividad económica y del turismo sobre el elemento humano, o sobre la mano de obra. Muchos economistas medioambientales o académicos contemporáneos que trabajan con temas ecológicos suelen incluir a la sociedad como parte integral del medioambiente, y suelen medir los impactos de los cambios en la actividad económica sobre las poblaciones locales como parte de sus análisis. Esto es importante para la región del Caribe, en particular, dada su historia económica reciente. La transición de economías basadas en la agricultura a economías basadas en la manufactura e industria de servicio (turismo) durante la segunda mitad del siglo XX, así como la liberalización de los mercados mediante tratados de libre comercio (como por ejemplo: TLC, CARICOM, CBI), sirvieron para evidenciar la falta de capacitación y destrezas de amplios sectores de las poblaciones isleñas, y creó una gran masa de trabajadores no diestros, desempleados o subempleados, y de sectores altamente dependientes de las ayudas del estado de bienestar y de las remesas que provienen del extranjero. Esta situación se evidencia de manera particularmente aguda en las Antillas Mayores, cuya población conjunta representa aproximadamente un 80 por ciento de la población total del Caribe, y particularmente en Cuba y Haití, dos de los países más pobres del continente americano. Este hecho ha creado una situación de desigualdad social imperante. La región de América Latina y el Caribe se mantiene como la región con la redistribución de ingresos menos equitativa del planeta. El desempleo es alto en toda la región, particularmente entre los jóvenes. Los trabajos sobre jóvenes conducido por el economista medioambiental caribeño Dennis A. Pantin evidencian cómo los problemas de desempleo y subempleo en el Caribe son principalmente problemas de los jóvenes. Al comparar los datos de siete islas caribeñas (Belice, Santa Lucía, San Vicente, Jamaica, Guyana, Trinidad y Tobago y Barbados), Pantin evidencia una tasa de desempleo en la población con edades entre 15 y 29 años que va desde 52% en Barbados a 84% en Jamaica. Por esto, muchos economistas consideran que la inversión en el recurso humano —educación, capacitación, así como salud y nutrición— es un requisito indispensable para el crecimiento y desarrollo económico de la región caribeña.

Un efecto adicional de la introducción de las economías de turismo sobre el sector social está relacionado con el precio de las tierras. En el Caribe insular, el efecto del turismo va más allá de el turismo pasajero, e incluye también el llamado “turismo residencial” —es decir, el desarrollo de complejos residenciales para la venta como casas de veraneo, muchas de las cuales son luego alquiladas como villas de lujo, con piscinas privadas y con acceso privilegiado a playas, por periodos mínimos de una semana usualmente—. Esto ha creado una demanda inusitada de tierras, lo cual ha tenido como efecto incrementos sustanciales en el precio de la tierra. Esto significa que muchos de los locales se ven imposibilitados de comprar tierras. En muchas de las islas más pequeñas, los locales constituyen una minoría de la población, y el sentido de alienación y de haber perdido control decisional sobre los asuntos del país está ampliamente extendido. Estos locales se sienten como extranjeros en sus propios países.

Pero quizás el cambio ambiental de mayor impacto sobre la región es de carácter global, y no puede asociarse directamente a actividades de desarrollo económico a nivel local. Las alzas en la temperatura como consecuencia del calentamiento global tienen un efecto adverso, no solo sobre los bosques, sino también sobre los arrecifes de coral que son parte del atractivo turístico de las islas, y un sector importante de la economía. El incremento de la temperaturas a causa del calentamiento global tiene de por sí un efecto directo en forma de interrupciones en los ecosistemas forestales, en la biodiversidad, en el nacimiento y mortandad de los árboles y en la calidad del agua. En el Caribe insular, los ecosistemas de las pequeñas islas son particularmente frágiles y susceptibles a los cambios asociados con el calentamiento global. Con pequeñas extensiones territoriales y poca biodiversidad, las islas son las que más se afectan por estos cambios a nivel global. Las consecuencias del calentamiento global que más afectarían a las islas incluyen el alza en los niveles de los océanos y el aumento en la frecuencia e intensidad de los huracanes, y un incremento en la temperatura de las aguas. Esto último tiene consecuencias adversas para los arrecifes de coral. La región del Caribe contiene cerca de un 9% de los arrecifes de coral del mundo, aproximadamente 20,000 millas cuadradas (52,000 kilómetros cuadrados) de arrecifes de coral. Durante los últimos diez años, el incremento en las temperaturas de las aguas, asociadas con el calentamiento global, se ha presentado como una amenaza a la supervivencia de estos arrecifes de coral. Estos corales albergan una de los hábitats más diversos de vida marina en el mundo, pero se muestran altamente frágiles a las altas temperaturas del agua. Cuando las aguas se calientan por periodos de tiempo extensos, las plantas microscópicas llamadas zooxantelas, que sirven de alimento para los corales, se mueren. La muerte de estas plantas microscópicas a gran escala se conoce como “blanqueamiento de arrecifes” (coral bleaching), y tiene como resultado la desaparición de grandes extensiones de arrecifes de coral. Los corales que habitan en estos arrecifes son importantes para las economías turísticas, dado que muchos turistas que visitan el Caribe disfrutan de actividades como la pesca y el submarinismo. Estas actividades representan un ingreso para las naciones del Caribe insular de entre $3.1 y $4.6 miles de millones de dólares anualmente.

Pero quizás la amenaza mayor del cambio climático sobre la región insular del Caribe se encuentra en la alta incidencia de desastres naturales en la zona, lo cual a su vez se asocia con el cambio climático a nivel global. El impacto económico que estos desastres naturales presuponen para las islas caribeñas es significativo. Esto es particularmente cierto en los casos de las islas pequeñas. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los costos de los desastres climáticos para la región de América Latina y el Caribe exceden los $5 mil millones anuales, y para la región del Caribe insular unos $1.4 mil millones. En el contexto del Caribe insular, el efecto de los desastres climatológicos sobre una isla pequeña se ve de forma más evidente en el caso de Haití, que fue azotada por un terremoto de 7 grados en la escala de Richter en enero de 2010, seguido por el paso del huracán Tomás en noviembre de ese mismo año. Pero el problema es un problema global y con un impacto significativo en las economías subdesarrolladas o en vías de desarrollo. Según estimaciones del Banco Mundial, los gastos en ayuda a estos países en vías de desarrollo requerirán de entre $75 y $100 mil millones anuales para hacer frente a los desastres naturales.

El estudio de 1999 sobre desarrollo sustentable en el Caribe (“The challenge of sustainable development in small island developing states: Case study on tourism in the Caribbean”, en Natural Resources Forum, Vol. 23, No. 3: 221-233), del economista especializado en temas medioambientales, Dennis A. Pantin, adelantaba la idea de que las economías en vías de desarrollo en el contexto de las islas pequeñas tenían el potencial de establecer modelos de desarrollo económico sustentable para el resto del mundo. Sin embargo, en términos generales, ninguna de las economías caribeñas puede ser definida como ecológicamente sustentable, excepto por la de Cuba. Según el Foro Mundial para la Naturaleza de la Naciones Unidas, Cuba es el único país caribeño cuyo modelo de desarrollo cumple con la definición de “desarrollo sustentable”, basado en dos criterios: desarrollo humano y “huella ecológica” (indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana relacionándola con la capacidad ecológica de la tierra de regenerar sus recursos). Cuba cuenta con un índice de desarrollo humano (IDH) de 0,8 y una huella ecológica de 1,8, los cuales la sitúan en el noveno país del mundo con mayor índice de desempeño ambiental (Environmental Performance Index, o EPI por sus siglas en inglés). Según un estudio realizado conjuntamente por las Universidades de Yale y Columbia en 2010, el EPI de Cuba era comparable con los índices de naciones altamente desarrolladas, como Islandia, Suiza, Costa Rica, Suecia y Noruega. Solo cuatro países de América Latina alcanzaron puntuaciones favorables de EPI en ese estudio: Cuba, Costa Rica, Colombia y Chile.
Autor: Luis Galanes
Publicado: 20 de marzo de 2012.

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