Los cambios más significativos en la economía de Puerto Rico ocurridos durante el siglo XIX se iniciaron durante el último tercio del siglo anterior, cuando el Imperio español, influenciado por las ideas del reformismo ilustrado, liberalizó las leyes comerciales de sus colonias americanas. Particularmente, la invasión inglesa de La Habana —devuelta mediante tratado nueve meses después— alertó a la Corona española de la necesidad de reformas en las islas del Caribe. Así autorizaron la apertura de otros puertos comerciales, tanto en sus colonias como en la Península. La medida fue exitosa, tanto así que para 1826 los puertos de Mayagüez y Ponce ya habían desplazado a San Juan como el principal puerto exportador de Puerto Rico. Esta medida sirvió además para evitar la pérdida de ingresos a través de la generalizada práctica del contrabando.

Otra reforma importante fue el establecimiento de la Real Cédula de Gracias en 1815, que terminó oficialmente la política del exclusivismo español en Puerto Rico. Esta cédula, vigente hasta 1836, eliminó aún más las restricciones al comercio con la Península, las demás colonias hispanoamericanas e, incluso, otros países, salvo la imposición de ciertas tributos arancelarios. También, esta disposición estimuló la inmigración de extranjeros, peninsulares u otros europeos, con capital y conocimiento en el desarrollo de una agricultura comercial. Esta producción estimuló el desarrollo de haciendas dedicadas al cultivo de estas siembras y la formación de una clase productora que llegó a controlar el proceso productivo de la isla. Dichas medidas acercaron a Puerto Rico a la economía internacional en la que serviría de productor de monocultivos, en especial, azúcar y café, para el mercado internacional dominado por las potencias europeas. Por otro lado, los monocultivos convirtieron a Puerto Rico en un importador de alimentos al no producir lo suficiente para autoabastecerse.

Muy importante en este proceso fue la designación de Alejandro Ramírez como el primer intendente de la isla de Puerto Rico, cuyas medidas fueron fundamentales en el crecimiento económico isleño. Sus reformas administrativas y fiscales lograron establecer un sistema de tributos que benefició al Gobierno colonial con la producción de las riquezas agrícolas. De esta manera, y por primera vez desde sus inicios en el siglo XVI, Puerto Rico fue una colonia autofinanciable y lucrativa.

Las haciendas azucareras

Este periodo de reformas económicas coincidió con dos factores externos que le dieron un poderoso impulso a la industria azucarera. Estos fueron la revolución esclava en la colonia francesa de Haití, hasta ese momento la mayor productora de azúcar del mundo; y el gran crecimiento poblacional y económico de Estados Unidos, la joven república de norte. Ambas coyunturas provocaron una mayor demanda del producto y la consecuente elevación de los precios.

Las haciendas azucareras eran complejos de producción en los que se cultivaban la caña de la que, con una rudimentaria tecnología, extraían azúcar granulada que, luego de ser empacada, era trasladada y vendida en el mercado internacional. En este proceso industrial también se obtenían otros productos derivados de la melaza, como la miel de purga (utilizado como fertilizante y repelente de hongos, alimento e ingrediente para medicamentos), ron y abono. Durante el auge de la producción azucarera puertorriqueña del siglo XIX, los productores isleños entraron en un mercado internacional muy competitivo que mantuvo bajos los precios del azúcar. La mayor producción en la isla durante este siglo se dio en 1846 con la venta de 31,256 libras de azúcar.

Al principio del siglo, los cultivos se concentraron en la periferia de la capital, en Carolina, Bayamón y El Roble (Río Piedras). Pero, al aumentar su producción, se fueron estableciendo tres importantes centros azucareros: en Mayagüez, al oeste de la isla, en Ponce en el sur y en Guayama al sureste. Para mediados del siglo se habían establecido 789 haciendas azucareras que producían el 5% del azúcar del mercado internacional. Puerto Rico, además, se convirtió en el segundo proveedor del producto para Estados Unidos, que desde entonces era su principal comprador y un importante proveedor de mercancías.

Sin embargo, la industria azucarera confrontó grandes problemas. La mano de obra consistió de esclavos importados, en su mayoría importados desde áfrica. Sin embargo, la institución esclavista fue cada vez más combatida por el Imperio británico (que participó, propició y se lucró grandemente del negocio esclavista durante los siglos XVII y XVIII), lo que encareció el precio de los esclavos y, por lo tanto, de la producción azucarera. Ya, desde mediados del siglo XIX, esta industria utilizaba mano de obra mixta y, para el último tercio del siglo, todos eran obreros libres, aunque no menos explotados.

Ante la ausencia de un sistema bancario comercial, los hacendados obtenían sus créditos en las casas de comercio que mercadeaban el producto en los mercados internacionales. Para ello utilizaban un sistema de refacción en el que el comerciante compraba toda la cosecha de antemano y facturaba un elevado interés, que llegó a ser hasta un 36%, y cobraba además una jugosa comisión por su venta. La mayoría de estos comerciantes-prestamistas eran españoles y fueron percibidos por los hacendados como adversarios de sus intereses.

La caída de precios agravó la crisis a partir de los 1870’s, lo que propició que una gran mayoría de pequeños y medianos productores perdieran sus tierras o se convirtieran en proveedores de materia prima. Para quienes pudieron costearlo significó una transformación tecnológica que mejoró la productividad y convirtió al ingenio azucarero en central. Estas costosas mejoras tecnológicas propiciaron la integración vertical de la industria, el latifundio y la proletarización de la mano de obra campesina.

Café: la montaña también produce riquezas

Los cronistas sobre Puerto Rico del siglo XVIII, como fray íñigo Abbad y Alejandro O´Reilly, señalaron que la producción de tabaco y café era para un limitado y poco lucrativo uso doméstico. A principios del siglo XIX, la principal explotación económica de la zona interior eran los hatos ganaderos y algunas estancias con frutos menores vendidas en el mercado local. No obstante, fue la explotación intensa de los ingenios azucareros en la costa la que propició cambios en el orden del interior montañoso. Al necesitar maderas para combustible se estimuló la tala de bosques, que facilitó el cultivo de esas tierras. De igual forma, con el acaparamiento de las tierras costeras para el cultivo de caña, muchos campesinos se vieron desplazados hacia el interior montañoso. Estos fueron ocupando los terrenos baldíos, los desmalezaron a machetazos y cultivaron sus modestos conucos.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, se expandieron los cultivos de café en la zona montañosa de la isla, particularmente la occidental. Esto significó la domesticación de esta región y de los campesinos que la habitaban y subsistían de ella. Así, se repitió el proceso de desplazamiento del acceso a la tierra, ya fuera su titularidad o la posibilidad de ocuparla, por una nueva élite, muchos de reciente origen español –catalanes o mallorquines– o corsos a quienes se les identificó como causantes de la explotación. Aunque es necesario destacar que buena parte de los hacendados exitosos eran criollos.

En cambio, la masa campesina pasó por un intenso proceso de proletarización en el que, a través del Bando de Policía y Buen Gobierno implantado a partir de 1838 y el registro de jornaleros de 1849; se les obligaba a trabajar so pena de cárcel y de trabajos forzosos en las obras del Gobierno. Eran designados como jornaleros todos los varones mayores de 16 años que no tuvieran suficiente propiedad para asegurar su sustento. Así, los campesinos fueron mantenidos en un estado de dependencia y miseria para beneficio de esta clase hacendada.

El proceso de poner a producir las tierras de la costa durante el aumento de la producción azucarera y luego de la montaña durante el auge del café, conllevó a que ambas industrias sufrieran un desplazamiento inicial de las familias propietarias por inmigrantes extranjeros o de otras partes de la isla con mayor capital, experiencia y conexiones comerciales que les permitieron sacar más provecho de la actividades productivas. Este proceso de desplazamiento se repetiría cada cierto tiempo. Del mismo modo, el crédito se obtenía de las casas comerciales controladas por los peninsulares de la forma ya descrita.

El Gobierno colonial español apoyó estas gestiones productivas, en especial durante el ultimo tercio del siglo XIX, cuando realizó un tardío proceso modernizador con el desarrollo de ciertas obras públicas y de infraestructura. La construcción de la carretera Central entre San Juan y Ponce, la extensión del telégrafo y el trazado de un cable submarino fueron algunas de ellas. Además, construyeron cientos de kilómetros de vías del ferrocarril, particularmente en la zona costera cercana a las centrales azucareras. Sin embargo, la mayoría de los caminos, particularmente en la montaña, eran difíciles y cuando llovía —lo que pasaba con frecuencia— se tornaban imposibles.

Uno de los problemas principales de la economía puertorriqueña era consecuencia de que las riquezas extraídas, obtenidas en estas industrias por los comerciantes europeos, que eran invertidas en sus tierras de origen una vez se retiraban, lo que privó a Puerto Rico de beneficiarse de estas. El endeudamiento de los sectores agrícolas con los comerciantes también les permitió controlar y aumentar sus riquezas obtenidas a través de la producción del azúcar y el café.

 

 

Autor: Pablo Samuel Torres
Publicado: 21 de febrero de 2016.

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