Cartel celebrando el décimo aniversario de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades

Cartel celebrando el décimo aniversario de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades

El cartel o afiche es uno de los productos de la era industrial que se convirtió rápidamente en medio publicitario no sólo para las manufacturas, ya que adquirió relevancia en todos los órdenes de la vida. Debe señalarse que ese género artístico ha servido de facilitador al surgimiento de discursos plásticos, culturales, ideológicos e independientes. Cuando abordamos esta tradición en Puerto Rico debemos puntualizar que su proliferación surge a fines de la década de 1940 y tomó auge durante el período de 1950-1960. A partir de esa época ha existido un flujo de obras significativas que mantienen vivo este quehacer artístico. Nuestros creadores han empleado sus respectivas poéticas ópticas de manera tal que han permitido a la sociedad deslindar y reformular hechos relevantes del acontecer isleño. El resultado ha sido positivo porque ha logrado mantener -y a veces recobrar- la memoria histórica. De hecho, el afiche se ha convertido en instrumento del perfil anímico que nos distingue. Ha servido para sostener los valores que nos identifican sin desechar las influencias positivas adquiridas del exterior.

Como otros pueblos latinoamericanos, las experiencias nefastas surgidas desde la ocupación europea hasta el momento, exigen mantener la guardia en alto. En muchos casos se ha desarrollado un espíritu de resistencia que ha asumido estrategias diferentes. Muchas veces los intereses económicos, estatales, religiosos y otros, intentaron y hasta cierto punto lograron suscitar una amnesia casi total en diferentes aspectos del pasado, ejemplo de ello son las culturas precolombinas. Resulta imprescindible destacar como gran parte de la restauración teórica en torno a los usos y costumbres de esos conglomerados se debe a los remanentes arqueológicos que legaron. Cuando miramos retrospectivamente ese panorama, tomamos conciencia de cuan significativo es mantener un registro de todo ello para tener una visión de conjunto de los que somos. Por tal razón, la voz de las artes es imprescindible como elemento de difusión. En el contexto puertorriqueño, el afiche se incorporó a la primera línea de defensa del contexto axiológico que nos identifica.

Constantemente las realidades sugieren nuevas modalidades que atentan contra las fuentes vitales que mantienen la coherencia comunitaria. Simultáneamente compartimos con la comunidad internacional situaciones que requieren soluciones compartidas. Puerto Rico no puede sustraerse a esa situación y al igual que en otros momentos críticos debemos tomar medidas para preservar las conquistas culturales alcanzadas. Cuando observamos retrospectivamente la situación de las artes en este suelo, a lo largo del siglo XX, podemos constatar la función del cartel a todos los niveles de la vida. A partir del momento en que se difundió, su uso ha constituido una expresión particularísima en el desarrollo de nuestra plástica. Entre otras funciones, la práctica sistemática del pasquín proveyó a sus creadores posibilidades experimentales a fin de acoplarse a las corrientes estéticas de la época. Su desarrollo abrió camino a la incorporación de un núcleo de creadores no sólo a los –ismos- aún en boga, también a las tendencias que bullían en Nueva York y Europa durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Dicho flujo actualmente mantiene su validez.

Arturo Morales Carrión, serigrafía del artista Ramón Oliveras

Arturo Morales Carrión, serigrafía del artista Ramón Oliveras

La naturaleza del cartel es multifacética, de primera intención es anuncio luego se transforma en documento histórico y si la calidad estética pasa la prueba del tiempo tiene la virtud de incorporarse al imaginario que se aloja en la memoria colectiva. En Puerto Rico, los talleres pioneros en ese aspecto fueron el de la División de Educación a la Comunidad (1949) y el del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ambos planteles fueron auspiciados por instituciones gubernamentales que respondían a los intereses oficiales de desarrollar campañas educativas y culturales destinadas a elevar los niveles en todos los aspectos de la vida. Para fines de los años cincuenta apareció la vertiente política de esta modalidad; al respecto podría estudiarse la labor de la “Galería Campeche” (1959-1962) bajo la dirección de Domingo García.

Más tarde surgieron otros establecimientos con propósitos similares, entre los que se destacan: Bija Alacrán, Quinqué, El seco, Cangrimán, y otros. Es menester indicar que el Museo de la Universidad de Puerto Rico y la Oficina de actividades culturales de la mencionada institución han realizado toda una colección de carteles que se distribuyeron dentro de los límites del campus. Los mismos han tenido impacto en los diferentes grupos generacionales que allí se han educado, aunque por la naturaleza cerrada y temporal de su audiencia no han alcanzado el conocimiento general que tienen los primeros. De manera más esporádica el Museo de Arte de Ponce, el Museo de Arte Contemporáneo, el Heineken Jazz Festival y los festivales Casals, el periódico Claridad y el festival de “Bomba y Plena” han contribuido a engrosar la producción. Así mismo, se han generado muchos por iniciativas privadas, comerciales y municipales.

Para 1978 surgió la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades (FPH) en un momento crítico en el desarrollo del cartel, debido a que los círculos oficiales ya no daban su auspicio con el mismo fervor que lo hacía anteriormente. En ese instante la Junta de Directores y el primer director ejecutivo de la FPH, Dr. Arturo Morales Carrión, consideraron acertadamente anunciar cada proyecto con un cartel. Surgió una concepción en el desarrollo de carteles. Se incorporaron a este desarrollo artistas de diversos confines isleños quienes a la par con los autores ya consagrados, reafirmaron la fuerza que este tipo de producción alcanza entre la población. Si algo podemos afirmar es que muchas producciones han alcanzado la prominencia propia de las obras normativas. Es que con frecuencia, los cultores del género, han enfocado con acierto enfoques ejemplares al poder seleccionar imágenes que evidencian al pueblo sus problemas sociales, políticos, culturales, económicos y ambientales. Probablemente la trayectoria del cartel en la realidad puertorriqueña se ha convertido en un medio efectivo para reclamar la atención de extensos sectores poblacionales.

Debemos señalar como los afiches auspiciados por la FPH para los proyectos que patrocina han contribuido a ampliar la toma de conciencia comunal en torno a los asuntos que de una u otra forma nos afectan. Ello se debe a que el afiche queda como testigo que recuerda permanentemente las ideas vertidas en actividades que por su naturaleza son efímeras. La vigencia posterior del cartel es un recurso perpetuado de esfuerzos que no deben caer en el olvido. Resulta así, por que muchas veces el contenido óptico y literario de la publicidad constituye voces de alerta. Se ha convertido, por tanto, en instrumento ideal para establecer y mantener contacto con valores sociales y espirituales. Otras veces ofrecen a la ciudadanía la orientación imprescindible para apreciar las expresiones características que sirven de entes identificativos de una comunidad. Como si fuera poco, ha sido un medio por cuyo conducto se canalizan denuncias de todo tipo de injusticias.

Uno de los fines del cartel para buena parte de sus autores, es mantener la axiología distintiva que mantiene la coherencia nacional. Ese impulso se ha consolidado con la presencia de la FPH en Puerto Rico. Para movilizar la mentalidad de sus conciudadanos los artistas han establecido sintonías con el proceso histórico del espíritu general. Anteriormente afirmamos que el cartel en primera instancia es instrumento de difusión, luego se transforma en documento histórico y en esa función sirve de agente nutriente de la memoria colectiva. De esa manera, mantiene su vigencia, no obstante, cuando alcanzan un alto grado de reconocimiento, su presencia estética los reactualiza a medida pasa el tiempo. Es así, por que se mantienen susceptibles a la crítica del porvenir. Muchas veces suscitan hipersensibilidades capaces de hacer que sus receptores mantengan para ciertos temas, estados de alerta perennes.

En Puerto Rico, donde el cartel es una de las expresiones más relevantes de nuestras artes; su cultivo, conservación y exhibición es factor eficaz para mantener despiertos los sentimientos. Se trata de una tradición plástica que entre otras cosas sirven de contacto para mantener la continuidad de cuanto nos distingue. En ese sentido, son dínamo activador de resortes anímicos que nos llevan a contactar con el proceso espiritual hemisférico. Es interesante el hecho que en un primer momento desempeñaron un rol parecido al del muralismo mexicano. Es evidente que dicho movimiento llamó la atención del mundo para hacer comprensibles las transformaciones operadas por el programa de la revolución mexicana. De forma análoga, el cartel puertorriqueño hizo reflexionar a la población isleña para apuntalar sentimientos patrióticos. Hay que señalar que en varias exposiciones internacionales el País estuvo representado por nuestros cartelistas.

Cartel en honor a Antonio Martorell Humanista del año 2006

Cartel en honor a Antonio Martorell Humanista del año 2006

El agente catalítico de la difusión del cartel fue el advenimiento del Estado Libre Asociado (ELA) en 1952 bajo el liderato de Luis Muñoz Marín. Coincidió además con el levantamiento nacionalista (1950) y la ebullición de dicho movimiento acaudillado por Pedro Albizu Campos. Fueron estos hechos los que pusieron la opinión pública de casi todo el planeta al tanto de las situaciones aquí existentes. La sincronía de ambos eventos no fue casual pues el intento de golpe de estado es consecuencia del nuevo estatuto político. Es evidente que la utilización del pasquín fue empleado por los defensores del separatismo para difundir su ideología. Luego otros fermentos libertarios de diferentes tendencias identificaron e intensificaron su uso con iguales fines. Sin embargo, era pertinente en aquel periodo existencial la consolidación de un programa de acción a fin de proyectarnos de manera efectiva hacia la comunidad internacional. Simultáneamente se articularon expresiones, a veces antagónicas, cuyo estudio demanda investigaciones interdisciplinarias porque literatura, cine, teatro, música, al igual que las arte plásticas asumieron roles protagónicos durante ese período.

Debemos hacer claro que el afiche tiene la ventaja de la multiejemplaridad (la validez del cartel no depende del medio utilizado, su vigencia es tributaria de su calidad y efectividad del mensaje). Las cantidades publicadas facilitaron que llegaran a los puntos más remotos del País. El contacto directo de la gente con los mismos fue altamente efectivo y tuvieron la ventaja de la simultaneidad con que se distribuyeron. Fueron adheridos a los postes de energía eléctrica, en los escaparates de las tiendas, en tablones de edictos de escuelas públicas y privadas y en paredes de hogares. A diferencia de otras expresiones plásticas que para contactarlas se requiere que el público las visite, el cartel, le sale al paso al viandante cuando menos lo espera. De cierto modo, su efectividad en un primer instante le debe mucho al factor sorpresa.

Probablemente el teórico que con más acierto llamó la atención en torno a la calidad y eficacia de nuestros cartelistas fue el historiador y crítico de artes español Juan Antonio Gaya Nuño. Al respecto, aseguró que eran desarrollados por “estupendos pintores”. Dicha afirmación era muy acertada, pues fue precisamente la excelente formación artística que muchos de ellos ostentaban, lo que les condujo a capturar imágenes a las cuales responden los puertorriqueños de todos los niveles. La preparación académica, unida al conocimiento de la psiquis de sus compatriotas, les llevó a presentar, con naturalidad ante su público, grandes efemérides del pasado y el presente cuyo hilo unitivo ha sido el poder de convencimiento y la inspiración.

Un asunto que se debe abordar es como los artistas puertorriqueños tomaron postulados extraídos de los principios prácticos aplicados por los iniciadores del género en Europa y América; —soy de opinión que su logro inicial fue como tradujeron esos conocimientos para ajustarlos a las circunstancias locales—. Sin proponérselo concientemente confirieron a sus producciones un sello particular pues acoplaron sus estilos particulares a las realidades existenciales. Sabían que la efectividad de sus trabajos dependía de un imaginario estimulante acompañado de mensajes escritos breves y comprensibles. Consiguieron que la expresión escrita y el lenguaje plástico se fundieran con efectividad, por esa razón, sus trabajos impactaron a todos los componentes del espectro social.

La telegrafía en todos los órdenes de esas composiciones artísticas les permitió abordar asuntos trascendentales en el marco nacional y también dieron audiencia a las intimidades del pueblo. Era necesario excavar en el pasado para rescatar del olvido asuntos largamente silenciados. Por esta razón, sus transmisiones ópticas debían ostentar una sencillez análoga a sus contenidos literarios. El ahorro de color y la inmediatez de la imagen se convierten en factores garantizadores de su efectividad. El cartel es por tanto, una manifestación artística para la cual es imprescindible seleccionar rasgos esenciales a fin de capturar lo esencial para eliminar todo lo accesorio. La excelencia de la producción radica en el análisis caracterológico y la penetración en los asuntos expuestos con la intención deliberada de registrar en la memoria los asuntos tratados. Hace algún tiempo me percaté de la función visionaria de quienes se dedican a estos menesteres. Se trata de labores que; “…permitieron la cicatrización de grietas existenciales que la conjura del tiempo y la dejadez que sectores interesados no habían dejado zanjar”.

Otro aspecto asociado que no podemos soslayar es que los artistas puertorriqueños desde los años cincuenta se identificaron con diferentes corrientes estéticas internacionales activas en sus respectivos momentos. No obstante, las necesidades inmediatas de la población hicieron que las practicaran, aunque sin apartar sus miras de los asuntos que nos afectan. Buen ejemplo de ello son los acercamientos hechos a través del pasquín, al cubismo en autores como Rafael Tufiño y José Meléndez Contreras. Lorenzo Homar lo hizo a través de su caligrafía o “letrismo” como él le llamó. En su caso su vinculación, en cierto momento de su desarrollo, fue más cercana al cubismo sintético. Por su parte Carlos Raquel Rivera y Luis Maisonet Crespo insertaron surrealismo propio digno de mención. Otros se inclinaron al realismo social como lo fueron: Antonio Maldonado, Isabel Bernal, Eduardo Vera Cortés y Manuel Hernández Acevedo. Hay que agregar el expresionismo que ha tenido Domingo García, un gran exponente, y las tendencias al “pop art” que desde el taller Bija desarrollaron Rafael Rivera Rosa y Nelson Sambolín. Han existido voces independientes como las de Antonio Martorell, Luis Alonso, José Alicea y tantos otros.

Si desarrolláramos un catálogo retrospectivo de actividades culturales, políticas, sociales y de todo tipo desde mediados del siglo XX hasta hoy, nos percataremos que el cartel ha sido un medio efectivo para dejar constancia de las mismas. A su función posterior al anuncio inicial se agrega su presencia como documentos histórico y se preserva la capacidad penetradora suscitada por sus concepciones artísticas. La FPH ha sido abanderada desde sus comienzos en su reconocimiento de la importancia del cartel y posee una colección evidencial de sus aportaciones culturales. Ese acopio nos suministra visiones iluminadoras del devenir histórico-cultural de la realidad de Puerto Rico desde el momento en que se estableció hasta la actualidad.
Autor: José Pérez Ruiz
Publicado: 28 de agosto de 2014.

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