José Antonio Dávila

José Antonio Dávila

La obra literaria de José Antonio Dávila (JAD) (1898-1941) es conocida, sobre todo, por la colección de libros que tituló Vendimia (1939), por sus Motivos de Tristán (1957), y por algunos poemas aislados que alcanzaron gran difusión, como por ejemplo, “Carta de recomendación” o “Apóstrofe al verde”. Muy poco conocidos son, en cambio Almacén de baratijas (1941) y el libro inédito Poemas; amén de otros que escribiera en inglés, sus traducciones, o la obra que con el título de Prosa que recogiera en parte la Sociedad de Autores Puertorriqueños en 1971.

Aparte de la obra primeriza que JAD comenzara desde su juventud, la mayor porción de su obra adulta coincide con la terminación de los estudios de medicina con especialidad en urología (1927) y con el brote del germen de la enfermedad -ese mismo año- que acabara con su vida: la tuberculosis. Poco antes, había contraído nupcias con una joven estadounidense, enlace que significó la ruptura con una novia de leyenda que durante muchos años no pudo amortiguar la distancia y que -según la leyenda- inspiró los tormentos de toda su poesía amorosa, incluso la de los Motivos de Tristán. Pero ese amor sostenido a pesar de las distancias de la Isolda que, como si quisiera acentuar el dramatismo de la vida del poeta, muere inesperadamente en1934 y precipita la agonía final del poeta enfermo. Empero, su poesía no se merece que el lector la valore sólo, ni principalmente, por las peripecias externas de su vida. Vale por sus méritos estéticos intrínsecos.

Tengamos en cuenta, pues, que en los años veinte, aunque sin agotar sus veneros, estaba distante ya el apogeo del modernismo que con variante nacionalista apuró sus versos en Puerto Rico y que bien pudiera representar su propio padre, don Virgilio Dávila, o el poeta enamorado de alhambras y de alturas de América, Luis Llorens Torres. Esa tercera década del siglo XX, recompuso los escombros de la Primera Guerra Mundial dentro de esa explosión de tendencias que llamamos la vanguardia. Allí están los textos de los diepalistas, los noístas, euforistas e, incluso los atalayistas, entre otras variantes boricuas del pulular de ‘-ismos’. No obstante, Josemilio González observa con razón que el intimismo neorromántico, hijo del postmodernismo hispanoamericano “es probablemente la tendencia más importante de la poesía puertorriqueña, entre 1930 y 1965”. González menciona a JAD sólo como “precursor” del neorromanticismo. No obstante, el intimismo neorromántico es la nota que predomina y que mejor define la poesía de JAD, y que si bien no sugiere declararlo iniciador de una escuela que tanto terreno inundó y fertilizó en Puerto Rico y en otros lares, sí nos inclina a considerarlo voz de antología del movimiento. Josefina Rivera de Alvarez también apunta en la lírica puertorriqueña del ཚ e incluye, en primer término, a JAD.

En el caso del intimismo neorromántico de nuestro poeta, pervive y alienta con fuerza harto evidente, sin embargo, la tradición nacional y el decir en ritmos modernistas, acaso porque las lecturas de una buena biblioteca le permitieron continuar a su manera la tradición paterna y abrevar en los clásicos españoles, o acaso por la influencia de algunos poetas ingleses preferidos (Keats, Byron, Shelley, Francis Thompson, Swinburne). Lo incuestionable es que, como han señalado algunos críticos, la poesía de JAD se distingue, entre otras cosas, por su inclinación por el soneto escrito “a la manera inglesa”, según la expresión de Francisco Matos Paoli quien lo define ante la vista de sus Motivos de Tristán, como un clásico de la forma y un romántico de fondo, además de un asediado por la fatalidad.

Como ya anotamos, Vendimia es un inventario amplio de la poesía de JAD. Los poemas de Motivos de Tristán están representados en la última sección del libro titulada “Poemas de un Amor triste”. Así como ocurre con esta sección, el libro todo está dividido en seis núcleos temáticos: “Versos del meridiano”, “Versos de la vida moza”, “Siglo de oro”, “Post-rafaelísticas”, “La rueca de Némesis”, y “Poemas de un amor triste”. “Kismet” es el poema que abre el libro así como otro “Ex-Libris” lo cierra. Las secciones son variopintas.

“Kismet”, el poema liminar es la entrada a otra dimensión, asociada al tiempo ido, a las experiencias huidas en el tiempo, como ocurre con la Filí-Melé palesiana. Sin embargo, la primera sección está constituida por poemas, acaso virgilianos -por el padre, y por la identificación con la naturaleza sentida como nacional y con la vida social pueblerina. La palabra de JAD es sonora, buscada, elegida, a despecho de lo que provee su fingida inmediatez. El verso varía entre lo tradicional y lo modernista, predominando el arte mayor y el ritmo en hemistiquios. No son tópicos: la palabra emerge de su seno pleno de entraña, y emerge modernista, menos parnasiana que simbolista. Algo de Llorens hallamos, y algo del Miguel Hernández aldeano. Una nota de humor se apura en la pintura de los tipos comunitarios. Encontramos los poemas de receta modernista, pero también otros, más líricos, más descampados, un poco lorquianos acaso y, finalmente, un grupo de poemas reflexivos todavía declamatorios, del quien sabe “monologar de la llovizna”.

Los “Versos de la vida moza” recogen la energía y los impulsos vitales del poeta joven, las aspiraciones, la fuerza palpitante del amor, la inquietud religiosa. Hay en ellos lucha del espíritu, algunos poemas madrigalescos, un poco de erotismo y de perceptiva estética. “Siglo de oro” reúne sonetos dedicados a clásicos de la poesía hispánica, desde Fray Luis de León hasta Sor Juana Inés de la Cruz, aunque se destaca a mi juicio su homenaje a Lope de Vega. Los poemas “post-rafaelíticos” se detienen a observar lo concreto y lo inefable en óleos, muros, personas y momentos de otra dimensión. La ternura alcanza cumbre en alguno de ellos (“Carta de recomendación”, por ejemplo), así como la lograda transcripción de la plástica a la palabra.

Por su parte, “La rueca” cruza las aguas profundas de sus preocupaciones metafísicas, la muerte, las recapitulaciones, la indagación por “el desenlace”. Establece además en ellos un diálogo muy consciente con el lector, el oyente, el destinatario. En la última sección, ya la palabra tiende a las formas transitivas por su apostrofar, esa presencia tan fuerte de una segunda persona, concreta, que deriva hacia el tono de elegía, como se comprueba en el último de los “Poemas de un amor triste”, titulado “Para Isolda: en la otra orilla”.

Establecido de esta manera el puente con el otro cuaderno, Motivos de Tristán abre con un epígrafe del Arcipreste de Hita que alude a la lealtad en el amor: “Nunca fue tan leal Blanca Flor a Flores, nin es agora Tristán a todos sus amores”. El libro, que recoge más de cuarenta sonetos, está dividido en tres cantos de distinto tono y en contrapunto. El primero es un apóstrofe a la amada en la inmediatez y en el amanecer del amor. El segundo es sombrío, sugiere otro momento, un después, una distancia, que fungen con claras huellas de identidad y propósito expresiones como “memoria”, “aún”, “hoy”, “tu recuerdo”, “ahora”, “todavía”, “el amor pasado”, “mi afrenta”. Es un interludio que se refiere a un hecho de muerte: “Bajo la tierra está”. El canto tercero, finalmente, oscila entre “El cuervo” de Edgar Allan Poe, y las elegías de Miguel Hernández. A juicio de María Teresa Babín, estos poemas son la expresión genuina de una masculinidad recia, fortalecida por la fe en un mañana seguro después de la muerte”.

Margot Arce de Vázquez, Laura Gallego y Luis de Arrigoitía han observado en la poesía de JAD, la “poesía profunda y descarnada intensidad”. “Se mira introspectivamente -añaden-, y la limitación de su miseria corporal le sirve de acicate a la reflexión metafísica. Depurado en el dolor, y con la fe sostenida aún desde la duda tocada de aguda ironía, anhela la fusión panteísta con el cosmos. Posee “un lirismo triste y esperanzado a la vez”. Es incuestionable su lealtad a la vida. A juicio de los críticos, sus estampas de los clásicos y el tema criollo están “en un plano estético superior al de su padre”. Y como él incorpora a su lengua el prosaísmo del habla, la hace accesible al hombre popular.

Adaptado de:

Reyes Dávila, Marcos. José Antonio Dávila: “Más que vendimia, alas”. Mairena: Veinte poetas puertorriqueños del siglo XX, p 63-68, Año XX No. 45-46, 1998. San Juan.

 

 

 

Autor: Grupo Editorial EPRL
Publicado: 15 de septiembre de 2014.

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