Rafael Cordero

Rafael Cordero

Rafael Cordero nació en San Juan en 1790. Aunque nació como un negro libre, estaba en la parte de abajo de la escala socioeconómica de sus tiempos. En una sociedad estratificada oficialmente, podía ganarse la vida en oficios sin importancia, particularmente en pequeños talleres para hacer cigarros. Rafael Cordero también se convertiría en un maestro de escuela excepcionalmente eficaz. Enseñó a otros a leer y escribir; como se negaba a que le pagaran y por su dedicación y habilidad, se ganó el respeto de la sociedad completa.

La enseñanza básica se convirtió en su vocación de por vida. Fundó una escuela modesta no muy lejos de la Iglesia San Francisco en San Juan. Enseñó a los pobres, tanto negros como blancos y a los niños de la clase media profesional en lo que se convirtió en un experimento significativo no solo en el aprendizaje sino también en la integración social. Algunos de sus estudiantes, tales como Román Baldorioty de Castro, Alejandro Tapia y José Julián Acosta, más adelante se convirtieron en líderes del movimiento abolicionista.

Cordero no predicaba el abolicionismo ni las doctrinas revolucionarias. Era un hombre sencillo y devoto que mantenía entre sus pocas pertenencias terrenales un retrato de San Antonio de Padua de José Campeche, el destacado pintor puertorriqueño de finales del siglo XVIII. Además, de enseñar a leer y escribir, Cordero enseñaba, más que nada, con su ejemplo personal: el demostró que el aprendizaje real no tenía nada que ver con el color de piel de la persona.

Cordero era también un hombre de intuición, como usualmente son los buenos maestros. En Tapia, el niño, rápidamente identificó talento literario y cuando Tapia hacia bien sus asignaciones, Cordero le pedía que se sentara debajo de un árbol en el patio y mirara los colores que cambiaban en el cielo. En una ciudad amurallada y compacta, Cordero quería que Tapia desarrollara un sentido de naturaleza y formara su sensibilidad. A Tapia jamás se le olvidó la lección. A su debido tiempo, se convirtió en una de las figuras más destacadas de las letras puertorriqueñas del siglo XIX, y en sus Memorias, reconoció la deuda que tenía con su querido maestro.

Cordero fue un verdadero humanista. A su propio y modesto modo, buscó mejorar la sociedad a través del aprendizaje y el ejemplo personal. Se ha convertido en un ejemplo de admiración y respeto para generaciones subsiguientes de puertorriqueños.

Arturo Morales Carrión
Fundación Puertorriqueña de las Humanidades
Núm. 13-1988

Autor: Grupo Editorial EPRL
Publicado: 16 de abril de 2009.

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