Ricardo E. Alegría, Humanista del Año 1990

Saludo:

Sr. Oscar Rodríguez, representante del Hon. Rafael Hernández Colón, gobernador del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, Hon. Héctor Luis Acevedo, alcalde de San Juan, Lcdo. Hiram R. Cancio, presidente de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, Arq. José M. García Gómez, ex-presidente de la Junta de Directores, Dr. Juan M. González Lamela, director ejecutivo, distinguidos miembros de la Junta de Directores, visitantes, damas y caballeros.

Conferencia:

Debo comenzar estas palabras, expresando mi
más sincero agradecimiento a la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades y en particular a sus tres últimos presidentes, el Prof.
Eladio Rivera Quiñones, el Lcdo. Hiram R. Cancio
y el Arq. José M. García Gómez, a su director ejecutivo, el amigo Juan M. González Lamela,
así como a todos los miembros de su Junta Directora, por el honor y reconocimiento que hoy se me concede. El mismo, aparte de la distinción que representa, es de especial significación para mí por el hecho de haber sido, junto al doctor Arturo Morales Carrión, el Lcdo. ángel Martín y otros, allá para el 1976, uno de los fundadores y organizadores de la Fundación; así como por el hecho de que, el honor que hoy se me otorga, asocia mi nombre con el de distinguidos puertorriqueños que han enriquecido nuestra cultura nacional. Los nombres de las escritoras y críticas literarias, Dra. Concha Meléndez y Margot Arce de Vázquez; de los historiadores Isabel Gutiérrez del Arroyo y Lidio Cruz Monclova; del escritor y crítico José A. Balseiro, del novelista Prof. Enrique Laguerre; del educador Jaime Benítez y del dramaturgo Francisco Arriví, son honrosa compañía.

Tengo que reconocer que la distinción que se me hace, y así lo demuestra la generosa semblanza que sobre mí ha leído el buen amigo Prof. Eladio Rivera Quiñones, ha sido principalmente motivada y justificada por mi larga y continua dedicación a la defensa, conservación, fomento, y divulgación de nuestra cultura nacional. Debo confesar que, aparte de mi familia, esta labor ha sido mi principal obsesión durante los últimos 50 años de mi vida. La misma siempre ha estado ligada a mi amor y devoción por Puerto Rico, y por mi vocación por la arqueología, la historia y el folklore que son las disciplinas que he cultivado desde mis días de estudiante.

Es esta la razón por la cual, siguiendo el ejemplo de otros distinguidos compatriotas que en el pasado fueron honrados con la distinción que hoy se me otorga, y siguiendo las recomendaciones que algunos amigos me han hecho, aprovecharé la oportunidad que ustedes me ofrecen para intentar hacer una apretada síntesis de mi labor en el campo humanístico y expresar con sinceridad, las razones que me impulsaron a dedicarle la mayor parte de mi vida. Debo, por lo tanto, pedirles que me excusen por ofrecerles estos datos que quizás puedan parecer muy personales. También debo reconocer que es posible que algunos de ustedes, los que hoy me escuchan, no compartan todos mis puntos de vista y mis interpretaciones sobre la situación cultural del país, mas estas no son otra cosa que mi más sincera interpretación de la misma, y nunca tuvieron otro objetivo que contribuir a fortalecer la conciencia nacional de mis compatriotas, así como la de divulgar las más apreciadas manifestaciones de nuestra cultura a los puertorriqueños, a los países hermanos de Hispano-América, a los Estados Unidos, a España, y otras naciones. La única razón para llevar a cabo esta tarea ha sido mi orgullo y amor por Puerto Rico y su cultura nacional y la firme creencia de que no se puede amar y servir a lo que se desconoce.

Esta vocación patriótica fue motivada y estimulada por mis padres. Nací y viví, hasta que ingresé en la Universidad, en el Viejo San Juan, frente a la Plaza de Colón, en el triángulo histórico que forman el Castillo de San Cristóbal, el Casino de Puerto Rico, donde hoy nos encontramos, la Escuela José Julián Acosta y el Teatro Municipal; el centro cultural del San Juan de los años ཐ y ཚ. Mi madre, Celeste Gallardo pertenecía a una vieja familia sanjuanera que poseía una hacienda cañera en Loíza. Ella estaba orgullosa de su familia; y tanto ella como mi tía Elisita, me transmitían la historia familiar así como las tradiciones y el folklore del Viejo San Juan y el de Loíza. Mi padre José S. Alegría había nacido en Dorado y se había criado en Barceloneta donde su padre era alcalde. Aunque había estudiado leyes y ejercía la profesión, fue principalmente un poeta, periodista y político. Fue uno de los fundadores del Partido Nacionalista y presidente en 1927. Más tarde representó al Partido Liberal en la Cámara de Representantes, presidente del Casino de Puerto Rico y director de la revista Puerto Rico Ilustrado.

Mi casa en la calle San Francisco, frente a la Plaza de Colón, era sitio de tertulias en las que participaban destacados intelectuales como Emilio S. Belaval, Rafael López Sicardó, Augusto Rodríguez, Rafael Ríos Rey entre otros. Personalidades como D. Pedro Albizu Campos, y otros líderes políticos también nos visitaban. Mi padre poseía una de las mejores bibliotecas privadas del país y estudiosos como Antonio S. Pedreira, Lidio Cruz Monclova y Rafael W. Ramírez hacían uso de ella. Las paredes de la casa se enriquecían con cuadros de José Campeche, Francisco Oller, Jordán, López de Victoria, Díaz Mackena y otros destacados artistas nuestros, cuando aún no estaba de moda el valorar el arte puertorriqueño.

Fue en ese ambiente donde me inicié en el amor y conocimiento de la cultura puertorriqueña. Allí, en esos años, conocí de la lucha que los intelectuales del país libraban por defender y conservar nuestra cultura.

Eran los años cuando se luchaba por mantener el español como la lengua de los puertorriqueños. De niño leía y oía, sin entender mucho, de las polémicas en la prensa de mi padre con el Comisionado de Instrucción Pública, que siguiendo instrucciones específicas de Washington insistía en la antipedagógica teoría de enseñar todas las materias de la escuela primaria en inglés.

últimamente, con sorpresa, he leído y escuchado a algunas personas decir que nuestra cultura no ha necesitado defensa pues nunca ha estado amenazada; que nuestra lengua materna, el español, no requiere defensa alguna. Estas personas aparentemente desconocen algunos capítulos de nuestra historia. Desconocen cómo en 1899, poco después de la invasión de las tropas norteamericanas, el Dr. Víctor Clark, presidente del Consejo de Educación que el Gobierno de los Estados Unidos había establecido para sustituir el legado por España, en su Informe decía:

“… La mayoría de la gente de esta Isla no habla un español puro. Su lenguaje es un patois casi ininteligible a los nativos de Barcelona y Madrid. No posee ninguna literatura y es de poco valor como un medio intelectual. Existe la posibilidad de que sería casi más fácil educar esta gente fuera de su patois en inglés que lo que sería educarlos en la elegante lengua de Castilla. Aparte de una pequeña minoría educada en Europa e imbuida en los ideales europeos de educación y gobierno, no podríamos anticipar una resistencia activa a la introducción del Sistema de Escuelas Americano y el idioma inglés”.

¿Después de conocer estas expresiones, no tenían nuestros intelectuales de las primeras décadas del siglo 20 que defender nuestra cultura y nuestra lengua materna? Mr. Clark no era un americano cualquiera cuya opinión no ameritara preocupación, era, vuelvo y repito, el presidente del Consejo de Educación.

[Hay más evidencia histórica para demostrar que fue necesario defender nuestra cultura y nuestra lengua de los fuertes y planificados intentos de asimilación por parte del Gobierno de los Estados Unidos y sus representaciones y colaboradores en Puerto Rico.]

Se podría argüir que Mr. Clark era el producto del Gobierno militar que los Estados Unidos nos impuso después de la ocupación. Más en 1901, el destacado educador norteamericano Dr. Martin Brumbaugh, designado Comisionado de Instrucción Pública de Puerto Rico por el presidente de los Estados Unidos, bajo el Gobierno civil, sostiene las opiniones de Clark, cuando en su informe sobre la educación en la isla dice: “Esta gente habla español muy imperfecto. Las maestras rurales y muchas de las escuelas de grados, tienen el mismo patois“.

Es bueno señalar que más tarde Mr. Brumbaugh reconoció el amor que los puertorriqueños tenían por su lengua materna.

No podemos pensar que la política educativa del Gobierno norteamericano tenía un fin perverso. La misma reflejaba lo que se había hecho antes en los territorios de Arizona, Nuevo México y Texas, cuando estos fueron conquistados de México e incorporados a la nación norteamericana. Estos territorios estaban destinados a convertirse en estados y para ello era necesario, como se repite una y otra vez, en toda la discusión sobre el tema, que la americanización tenía que anteceder a la integración política. El inglés, la lengua oficial de facto de los Estados Unidos, era y sigue siendo la clave de la americanización.

Otra medida implantada por el Comisionado Brumbaugh en las escuelas de Puerto Rico con el propósito de acelerar la americanización, era lo que él llamaba “ejercicios patrióticos”. En su interesante Informe dice:

“…el izar la bandera es la señal de que la escuela ha comenzado y la bandera flota durante toda la sesión. Los estudiantes entonces cantan América, Hail Columbus, el Star Spangled Banner y otras canciones patrióticas”.

Otro ejercicio favorito sigue diciendo: “era el saludo a la bandera de los Estados Unidos cada mañana al entrar a la escuela y jurar fidelidad a la gran república que representa”. El Comisionado también relata con orgullo “otros ejercicios patrióticos” que se llevaban a cabo como el recordar el natalicio de Washington, Lincoln, etc., y muy orgulloso de cumplir con su mandato de americanización le dice al secretario de lo Interior: “Por lo menos 25,000 niños participan en estos ejercicios y quizás 50,000 ciudadanos se unen a estas demostraciones patrióticas”. Y acentúa con orgullo, “Estos ejercicios han hecho mucho por americanizar la isla, más que ninguna otra agencia. Las mentes jóvenes están siendo moldeadas para seguir el ejemplo de Washington”.

Aunque entré en la escuela primaria algunos años después de que Mr. Brumbaugh iniciara sus “ejercicios patrióticos”, sufrí el impacto de los mismos. Mas los mismos tuvieron en mí y estoy seguro que en muchos otros estudiantes, un efecto contrario al que esperaba y anunciaba orgullosamente Mr. Brumbaugh. Sí admiré la figura de Washington, Jefferson, Patrick Henry, Lincoln y otros patriotas, y sabía, porque mi padre me lo había enseñado, que en Puerto Rico también teníamos héroes nacionales que eran los que se habían sacrificado y luchado por Puerto Rico. No era Lincoln quien había abolido la esclavitud en Puerto Rico como se nos hacía creer, sino la lucha de Betances, Acosta, Baldorioty y Ruiz Belvis; no era Washington quien había luchado por la libertad de Puerto Rico sino los héroes del Grito de Lares, Betances, José de Diego y el hombre que en esos años estaba agitando al país, Pedro Albizu Campos. Sus retratos no estaban en la escuela junto a los de Washington y Lincoln, pero estaban en mi pensamiento, pues los mismos colgaban de las paredes de la oficina de mi padre.

Cursé la escuela elemental en la escuela pública del Viejo San Juan, en la José Julián Acosta y en la Román Baldorioty de Castro. La metodología pedagógica que se nos imponía como la enseñanza en inglés de la aritmética, la geografía y la historia, así como los libros de texto, donde nunca nos veíamos representados, contribuían a fomentar el complejo de inferioridad que todavía caracteriza a muchos de nuestros compatriotas; y a la rebeldía que nos hacía no querer aprender inglés.

En esos años las clases del segundo semestre escolar comenzaban los primeros días del año, y el día de Reyes, como nuestras efemérides históricas era día de clase. Una huelga general y una vida costó el que se declarara día festivo el 19 de noviembre, Descubrimiento de Puerto Rico.

Llegué a la Escuela Superior Central, (entonces la Central High) en los años cuando la efervescencia del nacionalismo estaba en pleno apogeo, años de los tiroteos en Río Piedras, el asesinato del Coronel Riggs y el de los nacionalistas Beuchamp y Rosado, de la Masacre de Ponce.

Allí tuve el privilegio de estudiar con don Antonio Sarriera, con José Colón y con Inés María Mendoza. Con doña Inés me inicié en el estudio de literatura puertorriqueña, leyendo bajo su dirección El Gíbaro de Manuel Alonso. Fue durante estos años que se le canceló la licencia de maestra por sus declaraciones patrióticas en defensa de la enseñanza en español, nuestra lengua materna, ante un Comité que investigaba la situación política del país. Junto a varios compañeros publicamos una carta de protesta en El Imparcial que nos valió la suspensión, castigo que no habíamos recibido por los sube y baja de la bandera de la escuela.

En esos años, específicamente en 1937, el presidente Franklin D. Roosevelt le había escrito al educador José M. Gallardo, puertorriqueño que había vivido por casi treinta años en los Estados Unidos, que lo estaba designando Comisionado de Instrucción Pública y le recalcaba la necesidad de que los puertorriqueños aprendieran inglés y en la misma le recordaba que el inglés “es la lengua de nuestra nación” y una vez más le repite que lo nombra con el entendimiento que “el inglés es la lengua oficial de nuestra nación”.

El Comisionado Gallardo ante tales instrucciones echó a un lado el plan que por años había impuesto don José Padín e intentó imponer el inglés. Su plan fracasó y Washington se enojó. Una Comisión del Senado nos visitó para ver cómo andaban las cosas por el país y uno de los senadores nunca pudo entender cómo después de más de 40 años de dominación norteamericana, el camarero que le atendió en el hotel no le pudo hablar en inglés. El comisionado Gallardo perdió su utilidad cuando en una declaración ante un Comité del Senado de los Estados Unidos, tuvo la valentía de reconocer su fracaso y declarar que:

“… el mayor error de cualquiera es pensar que nosotros podemos lograr el verdadero bilingüismo. En Puerto Rico es imposible lograr una situación donde nuestra gente pueda dominar las dos lenguas igualmente bien”.

El Secretario de lo Interior Harold Ickes, le escribió a Gallardo regañándolo por sus declaraciones, diciéndole:

“Estoy grandemente decepcionado y tendré, por supuesto que cumplir mi obligación de informar al Presidente de mis sentimientos”.

Poco después el comisionado Gallardo se vio obligado a renunciar a su gestión educativa.

Algunos años más tarde, en 1946, ocurrió otro capítulo en la historia de la defensa del español y de nuestra cultura. La Asamblea Legislativa, entonces dominada por el Partido Popular Democrático, dio su aprobación a un proyecto del senador Rafael Arjona Siaca que establecía que el español sería la lengua de enseñanza. El gobernador interino, lo vetó y la Asamblea Legislativa lo aprobó por encima del gobernador. De acuerdo con las leyes del Puerto Rico de entonces, el proyecto tenía que ir ante la consideración del presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman. Este, al vetar la ley del español como lengua de enseñanza, dijo algo que sigue teniendo vigencia en el día de hoy:

“… la solución del estatus político de Puerto Rico se podría confundir y sus soluciones retardadas por la adopción ahora de una nueva política lingüística”.

Una vez más la política prevaleció sobre la cultura y la educación.

Un destacado educador norteamericano, el Dr. Algerman Coleman, enviado por el Gobierno norteamericano para estudiar el problema de la enseñanza del inglés, después del fracaso del Dr. Gallardo, criticó la situación educativa que encontró y valientemente señaló:

“Los libros de texto en uso en las escuelas son todos extraños (foreign) al trasfondo donde viven los jóvenes de la isla”.

Y también se refirió a la política detrás de la enseñanza del inglés y expresó:

“Cuando alguien ha propuesto un objetivo más restringido pero quizás más realizable, han sido acusados de anti-americanos por aquellas personas que miran a la enseñanza del inglés desde otro punto vista que no es el educativo”.

Mas la situación no terminó ahí. En 1946 el presidente Truman, el mismo que había vetado la legislación sobre la enseñanza en español, designó, por recomendación del gobernador Jesús T. Piñero, al profesor Mariano Villaronga como comisionado de Instrucción Pública. Todo el mundo en Puerto Rico sabía que el señor Villaronga abogaba por la enseñanza en español, de manera que una Comisión de los líderes de la asimilación política de Puerto Rico viajó a los Estados Unidos, visitó el Senado y lograron que el nombramiento no fuese confirmado.

No fue hasta 1949 cuando el gobernador Muñoz Marín lo designó comisionado de Instrucción Pública, y mediante una Circular del Departamento, se hizo oficial la enseñanza en español, con las consiguientes protestas e interpretaciones de carácter político.

Este recuento que he hecho no tiene otro objetivo que demostrar que la conservación y defensa de nuestra lengua materna, el español ha tenido y sigue teniendo una repercusión política. ¡Y todavía hay quien opina que no ha sido ni es necesario defender nuestra cultura! Mas regresemos a nuestra historia.

En 1939, después de permanecer por un semestre en el Instituto Politécnico de San Germán, ingresé en la Universidad de Puerto Rico. Allí me tocó vivir toda la actividad de la campaña y triunfo del recién creado Partido Popular Democrático. Participé corrigiendo pruebas de El Batey en el edificio de La Democracia y durante las elecciones, como no tenía edad para votar, actué como “corredor’ dirigiendo a los electores hasta sus respectivos colegios. Después del triunfo del PPD, la administración universitaria quiso apaciguar a los estudiantes y a varios de nosotros se nos encargó la organización del primer Consejo de Estudiantes, del cual fui miembro varios años y su secretario. Durante el 1940 fundé junto a Luis Muñoz Lee la revista Caribe, que duró tres años. La revista tenía el propósito de divulgar aspectos de nuestra historia y cultura. En un editorial de la misma proponía la creación de un Centro de Estudios Puertorriqueños.

Fue entonces que me decidí a estudiar Arqueología e Historia. Mis profesores Rafael W. Ramírez, Sebastián González García, Lidio Cruz Monclova y Gustavo Agrait influyeron en mi decisión. Otro de mis profesores, Jaime Benítez, también tuvo mucha influencia en mi formación.

Ayudé a mi profesor de historia, don Rafael W. Ramírez en el pequeño museo que él organizaba como taller de su clase.

En 1941 gané el premio del Ateneo Puertorriqueño en un concurso sobre la historia de Puerto Rico.

Durante mis años universitarios organicé un grupo de arqueología para hacer exploraciones por la isla, y también combatí el prejuicio racial que algunas fraternidades universitarias habían importado de otros centros educativos.

Esta lucha creó un sisma que me llevó a fundar una fraternidad que estuviera libre del prejuicio racial y social y por esto al seleccionar su símbolo descarté los escudos heráldicos que tradicionalmente usaban éstas, para seleccionar un petroglifo de nuestros indios, donde se mostraba al hombre desnudo de color, raza y condición social. En estos días dicha fraternidad cumple 50 años.

A mediados del año 1942 me embarqué para los Estados Unidos para iniciar estudios graduados en Antropología. Había intentado ir a México pero las circunstancias de la guerra me lo impidieron y decidí ir a la Universidad de Chicago, que entonces era la institución de avanzada y de moda en la Universidad de Puerto Rico.

En Chicago pasé tres años y medio estudiando Antropología, Historia, Arqueología y Museografía. Tuve el privilegio de estudiar con grandes maestros como el arqueólogo Fay Cooper Cole, el antropólogo social Robert Redfield y el antropólogo físico Wilton Krogman. También conocí y asistí a las conferencias de Melville Herskovits, el precursor de los estudios sobre el negro en los Estados Unidos. Realicé excavaciones arqueológicas en el sur de Illinois, y viví en una reservación de indios Winnebago de Wisconsin. Durante dos años participé de un curso-taller de Museografía en el Field Museum de Chicago y allí participé en el montaje de una exposición.

Regresé a fines de 1946 con el grado de maestría en Antropología con especialización en Arqueología. Antes había hecho un viaje por varios museos de los Estados Unidos estudiando las colecciones arqueológicas antillanas y obteniendo donaciones de objetos arqueológicos y etnográficos para el Museo de la Universidad de Puerto Rico.

A mi regreso se me designó subdirector del Museo de la U.P.R., el cual reorganicé y poco después al, asumir su dirección, lo denominé Museo de Antropología, Historia y Arte. Fundé el Centro de Investigaciones Arqueológicas y Etnológicas de la Universidad. Durante esos años llevé a cabo excavaciones arqueológicas en Luquillo, Loíza, Utuado y Ponce. En Loíza, en la cueva de María La Cruz, se descubrió la primera evidencia científica de la existencia de la cultura pre-agrícola y pre-cerámica en Puerto Rico. En el yacimiento de Hacienda Grande se encontró la más antigua evidencia de los primeros indios agricultores que poblaron la isla; la que se ha denominado Cultura Hacienda Grande. En Utuado, se re-excavó las plazas y bateyes de los indios taínos y se comenzaron los trámites para la adquisición del yacimiento e iniciar su restauración. En Ponce también excavé en el barrio Cañas.

En estos años me casé con Mela Pons, quien desde entonces ha sido mi compañera y más asidua colaboradora. No sólo ha ilustrado mis libros, sino que también ha sido responsable de instalar artísticamente todas las exposiciones que he organizado y ha diseñado los museos que he fundado.

De nuestro matrimonio nacieron Ricardo, abogado y José Francisco, antropólogo social. Con el premio que gané en un concurso de reportajes gráficos en España, publiqué mi primer libro La fiesta de Santiago Apóstol en Loíza, sobre la cual también hice una película documental que es hoy el más antiguo documental filmado en color.

La fiesta de Santiago Apóstol en Loíza, va dirigida a estudiar y divulgar un aspecto de la contribución de la cultura negra en nuestro país.

Recordando mis estudios sobre los indios en la escuela primaria, donde se les presentaban como si fueran los indios de las películas del oeste americano, escribí el libro Historia de nuestros indios, que ilustró mi esposa Mela, buscando darle el justo sentido a la historia de nuestros indios. Desde entonces, en nuestras escuelas se estudia la cultura de los indios que poblaron nuestra tierra.

En los años 40 y en el Museo de la Universidad, por primera vez, hicimos una exposición retrospectiva de la pintura puertorriqueña de José Campeche a Rafael Tufiño, también se hicieron las primeras exposiciones sobre hombres ilustres de Puerto Rico entre los que figuraban Hostos, Betances, Tapia, Brau, Muñoz Rivera, De Diego y Barbosa. Se presentaron exposiciones permanentes sobre hombres ilustres de Puerto Rico entre los que figuraban Hostos, Betances, Tapia, Brau, Muñoz Rivera, De Diego y Barbosa. Se presentaron exposiciones permanentes sobre imaginería popular, sobre las artesanías y la herencia negra en la Fiesta de Santiago Apóstol en Loíza.

Estas actividades culturales también requerían defensa. Se criticaba el que se usase dinero de los contribuyentes para excavar objetos “primitivos” de los indios; que se expusieran “santos de palo”, como si fueran objetos de arte; que se hiciera un libro y una película sobre una fiesta negra. A la vez, en Loíza se nos acusaba de decir que en su cultura había elementos de las culturas africanas. Aún no había llegado la moda de los estudios sobre negritud.

En 1953 recibí una beca de la Fundación Guggenheim para hacer estudios hacia el doctorado. Intenté una vez más ir a México, pero no pude y entonces me decidí por Harvard. Allí tuve la oportunidad de estudiar bajo la dirección de uno de los más destacados arqueólogos de América, el Dr. Gordon Willey, así como con el antropólogo social Clyde Kluckhohn y el antropólogo físico Earnest Hooton. En Harvard permanecí casi dos años y además de realizar los cursos doctorales, tuve la oportunidad de instalar la exposición de arqueología antillana en el Museo Peabody.

Regresé a mediados de 1954 y poco más tarde se iniciaba en el país la controversia sobre la recomendación que había hecho el gobernador Luis Muñoz Marín para crear un Instituto de Cultura Puertorriqueña.

La idea de la creación de una institución gubernamental para contribuir a la conservación y defensa de nuestra cultura, era producto de la inspiración de doña Inés Mendoza de Muñoz Marín; y contó con el apoyo de personas como Arturo Morales Carrión, Mariano Villaronga, Antonio J. Colorado y Teodoro Vidal entre otros.

La noticia de la intención de crear un Instituto de Cultura Puertorriqueña provocó una reacción similar a la que antes había tenido la política educativa de la enseñanza en español, y a la que recientemente ha tenido la declaración del español como el idioma oficial del país. Se combatió en la prensa y en la polémica se intentó con algún éxito, contraponer la cultura puertorriqueña a la cultura occidental y universal. Se llegó a negar la existencia de la cultura nacional y se acusó al Gobierno, en este caso a don Luis Muñoz Marín, de anti-americano, separatista, y de pretender establecer un organismo digno de los países totalitarios y comunistas; de dirigismo cultural. Se insinuaba que era una acción chauvinista y el primer paso de un plan para separar a Puerto Rico de los Estados Unidos.

Los opositores, temiendo perderlo todo, en un esfuerzo por suprimirle el apellido de puertorriqueño, demandaban que se le cambiase el nombre y se le llamase Instituto Puertorriqueño de Cultura.

Afortunadamente, la recomendación del gobernador Muñoz Marín, tan vilipendiado por algunos durante esos años y tan elogiado ahora, prevaleció y la Asamblea Legislativa, bajo el liderato de don Ernesto Ramos Antonini y Jorge Font Saldaña en la Cámara de Representantes y Samuel R. Quiñones en el Senado, le dio su aprobación a la legislación y así en junio de 1955 se fundó el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

El gobernador Muñoz Marín designó una magnífica Junta de Directores integrada por el antropólogo Eugenio Fernández Méndez, el historiador Arturo Morales Carrión, el jurista José Trías Monge, el novelista Enrique Laguerre y los escritores Salvador Tió y José Buitrago así como por el Sr. Teodoro Vidal.

Fue esta Junta la que me designó para organizar y dirigir la institución. Algún tiempo después el gobernador Muñoz Marín confirmó mi nombramiento. Por algún tiempo prevaleció, entre algunas personas, una actitud hostil hacia la institución. Hubo fuerte oposición a muchos de nuestros programas como el de la restauración de las zonas históricas. Más de una persona creyó que el mismo detendría el progreso, abogando porque en San Juan se permitiese demoler manzanas de casas entre la Plaza de Colón y la Plaza de Armas. En Ponce se quería hacer un “New York chiquito”. Otro programa que despertaba críticas y burlas era el del fomento de las artesanías. Se decía que este tipo de expresión artística era de países del Tercer Mundo y que las artesanías no tenían el valor artístico que les adjudicábamos. En burla, algunos profesores universalistas se referían al Instituto como “Aguadilla en San Juan”, que era entonces la única tienda de artesanías de la ciudad capital.

Los festivales de teatro puertorriqueño eran con frecuencia atacados y algunos pedían que se suspendieran.

Mantuvimos con firmeza nuestros programas y el hecho de que habíamos logrado establecer centros culturales en muchos pueblos nos dio una fuerza que hizo que algunos políticos comenzaron a reconsiderar sus ataques a la cultura puertorriqueña. Ya para fines de los años 60, nuestro pueblo la había redescubierto y se sentía orgulloso de su tradición. El apoyo que el país mostró a los programas de la cultura nacional fue, en parte, responsable de que los políticos que la atacaban y negaban modificasen su actitud; y desde entonces expresan que esta subsistirá bajo cualquier situación política que sufra el país.

La obra del Instituto de Cultura Puertorriqueña en la defensa, conservación, fomento y divulgación de nuestra cultura nacional es evidente y bien conocida. Basta recordar una síntesis de los logros alcanzados durante los 18 años que me correspondió el privilegio de dirigirlo:

  • La organización del Archivo General de Puerto Rico que dirigió Luis Rodríguez Morales.
  • Iniciar la catalogación sistemática de los documentos históricos sobre Puerto Rico en los Archivos españoles.
  • El fomento de la investigación arqueológica, histórica y folklórica en el país.
  • Creación de la Biblioteca General de Puerto Rico.
  • La formación de la mayor colección de objetos de interés histórico y artístico reunida en Puerto Rico, rescatando algunos de estos objetos arqueológicos y artísticos que estaban en el extranjero.
  • Restauración del más importante centro ceremonial indígena del área antillana en Caguana, Utuado.
  • Fundación de la Escuela de Artes Plásticas de Puerto Rico.
  • Publicación de cientos de libros relacionados con diversos aspectos de nuestra cultura.
  • Restitución al pueblo de la principal música puertorriqueña del pasado y el presente, a través de grabaciones, publicaciones y conciertos públicos.
  • Conservación y fomento de la artesanía puertorriqueña, iniciando las ferias y exposiciones de arte popular en el país.
  • Contribución a que nuestro pueblo tenga un mayor conocimiento de los hechos históricos y hombres ilustres del país, auspiciando actos conmemorativos y erigiéndoles monumentos.
  • Establecimiento de los festivales de teatro puertorriqueño, Internacional y de Vanguardia, contribuyendo a crear un teatro profesional y una activa clase teatral. Programa que con gran entusiasmo y dedicación dirigió Francisco Arriví.
  • Divulgación y fomento de las artes plásticas a través de exposiciones como la Bienal del Grabado y muestras de la obra de nuestros artistas en Puerto Rico y el extranjero.
  • Restauración de algunos de los principales monumentos históricos del país.
  • Contribución a la conservación y restauración de las zonas históricas del país, y a la restauración de sus edificios.
  • Organización apertura de los 15 museos sobre diversas manifestaciones de la cultura puertorriqueña.
  • Apoyo y ayuda a las instituciones y agrupaciones dedicadas al fomento de diversas manifestaciones de nuestra cultura.
  • Fundación de 76 centros culturales en los pueblos del país, que auspician miles de actos culturales.
  • Creación del primer ballet folklórico de Puerto Rico -Areyto- que dirigió la Sra. Irene Mclean.
  • Conservación y fomento del uso de nuestros instrumentos musicales y típicos como el cuatro y el tiple.
  • Haciendo uso de un enfoque antropológico expusimos al país las raíces raciales y culturales de nuestra nacionalidad y cultura.
  • Se otorgaron becas y ayudas económicas a centenares de artistas, músicos, cineastas, bailarines, escritores.
  • En síntesis, contribuyendo a través de sus múltiples programas y actividades, a que nuestro pueblo tenga hoy un mayor conocimiento y aprecio de su historia y cultura, fortaleciendo así la conciencia nacional.

En 1973 llegué a la conclusión de que debería retirarme de la dirección del Instituto. Lo había organizado y dirigido durante 18 años, bajo cuatro gobernadores: Luis Muñoz Marín, Roberto Sánchez Vilella, Luis A. Ferré y Rafael Hernández Colón. Pensé que era tiempo de que viniera otra persona con ideas nuevas y otros enfoques. Creía sinceramente que ya la institución había adquirido tanto prestigio y estaba tan firmemente establecida en nuestra sociedad, que no podrían hacerle daño. El gobernador D. Rafael Hernández Colón no deseaba que abandonase el servicio público y me pidió que idease alguna otra institución que pudiese llevar a cabo algunas de las funciones que no había podido realizar en el Instituto. Recordé nuestra dificultad por poder integrar la obra del I.C.P. con la de la Universidad y la de los Departamentos de Instrucción Pública y la de Parques y Recreos. Fue así como surgió la idea de la Oficina de Asuntos Culturales del Estado Libre Asociado. La misma tendría rango de Secretaría de Gobierno y estaría adscrita a La Fortaleza. El objetivo sería coordinar las actividades culturales de los diferentes departamentos y agencias del Gobierno. Inicié la Oficina como siempre, con un modesto presupuesto y solo cuatro empleados. Se logró hacer un plan para la Casa Blanca en el cual colaboró Parques y Recreos, Obras Públicas y el Instituto. Más tarde otros proyectos como el de una Escuela de Jardinería para proveer verdaderos jardineros al Estado y el de un Cuerpo de Guarda-Parques para cuidar los parques públicos, se estrellaron frente a la burocracia. Lo mismo pasó con el Paseo del Frente Portuario y el del Paseo junto al mar de la Avenida Muñoz Rivera, que dejamos diseñados y no se hicieron hasta años más tarde. Frustrado por la inactividad a que me condenaban los trámites burocráticos, renuncié en octubre de 1976, para acogerme a la jubilación después de más de 30 años de servicio público.

Fue entonces que ayudé al Dr. Arturo Morales Carrión a organizar la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Durante mis reuniones con el Dr. Morales Carrión, quien para entonces era el presidente de la Universidad, recordé que hacía algunos años había acompañado a don Luis Muñoz Marín a las Islas Vírgenes para invitar al físico nuclear Robert Oppenheimer, a que viniese a Puerto Rico a dirigir un Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico, que Muñoz, Casals, Jaime Benítez y el Dr. Roberto Busó, habían creado poco antes. La negativa del señor Oppenheimer, quien ya estaba enfermo, de aceptar la dirección del Centro, hizo que éste quedase inactivo. Me interesé por organizarlo y en 1976 solicité una audiencia al Consejo de Educación Superior que era el organismo que había creado el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico, para pedirle que reactivase dicha institución, pero como una entidad académica a nivel graduado, autónoma y que además de Puerto Rico incluyese el área del Caribe. Miembros del Consejo como Aurelio Tió, el Dr. Luis Torres Oliver, el Dr. Rafael Arrillaga Torréns y doña María Arroyo de Colón, apoyaron la idea y designaron la primera Junta de Síndicos. Esta estaba integrada por el propio Arturo Morales Carrión, el Dr. Torres Oliver, la Dra. Concha Meléndez, el Sr. Enrique Laguerre, el Dr. Francisco López Cruz, D. Fernando Chardón y el pintor Rafael Ríos Rey. Fue esta la Junta que me designó para organizar y dirigir el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

El Centro otorga el grado de maestría en Artes con especialización en Estudios Puertorriqueños y del Caribe. También, en colaboración con la Universidad de Valladolid, se otorga el doctorado en Filosofía y Letras. El Centro ya ha graduado, en 13 años, unos 70 estudiantes y un buen número de las tesis de grado han sido publicadas por el propio Centro y por editoriales privadas. El Centro no sólo ofrece un programa académico sino que también lleva a cabo un programa de investigaciones, producción de películas documentales, de publicaciones, así como de cursillos y conferencias públicas. También publicamos una revista semestral. Nuestra biblioteca es la única abierta al público en el Viejo San Juan.

El Centro tiene hoy su sede en el histórico edificio del antiguo Seminario Conciliar, que fue restaurado con estos propósitos. Tenemos convenios académicos y culturales con diversas instituciones y universidades de México, Guatemala, la República Dominicana, Islas Canarias y España.

La huella del Centro ya se hace sentir en el país ya que son muchos los egresados nuestros que ocupan posiciones de importancia en nuestras universidades y colegios, así como numerosos centros culturales.

En 1978, después de una visita al campus de la Universidad del Turabo, a la cual había dado el nombre unos años antes, impresionado con el ambiente que allí reinaba, así como con la facultad y estudiantado, propuse a su joven rector el amigo Juan M. González Lamela, la creación de un Centro de Estudios Humanísticos. La idea fue acogida con entusiasmo por el presidente, el amigo José Méndez y desde entonces el mismo ha contribuido a la divulgación de disciplinas humanísticas y la organización de un museo y un centro de investigaciones humanísticas.

No deseo terminar esta historia, sin hablarles de los dos últimos proyectos que ahora ocupan mi atención.

Uno de estos es el insistir que Puerto Rico debe estar representado como Miembro Asociado en la UNESCO. La UNESCO es una institución cultural y aquellos países que como Puerto Rico no tienen soberanía política pueden ser miembros asociados. Los miembros asociados tienen todos los derechos de los miembros en propiedad, con la excepción del voto. Cuando inicié estas gestiones hace unos años también surgió oposición y como de costumbre se escucharon los mismos argumentos políticos que hoy se escuchan con motivo de la Ley que hace del idioma español nuestro idioma oficial. Se ha argumentado que es mejor formar parte de la delegación norteamericana que tener una delegación propia. Esto es falso. Hemos pertenecido a la delegación norteamericana por muchos años y no hemos visto un solo proyecto cultural de la UNESCO en Puerto Rico. Por otro lado, la delegación norteamericana en la UNESCO solo puede actuar dentro del grupo regional que incluye a los Estados Unidos, Europa y la Unión Soviética. Por el contrario, si Puerto Rico tuviese propia delegación, esta formaría parte del Grupo Latinoamericano. Hace unos años los Estados Unidos se retiró de la UNESCO. Sigo creyendo que Puerto Rico debe insistir en formar parte de esta institución internacional de carácter cultural, que nos puede ayudar en programas educativos de museos, bibliotecas y de salud. La participación en la UNESCO nos uniría más a los pueblos hermanos de Hispano-América y nos aseguraría la autonomía cultural que ahora solo tenemos en el campo del deporte.

El otro proyecto en que estoy envuelto es el de dotar a Puerto Rico del Museo de las Américas, que habrá de ser el principal museo antropológico de las Antillas y donde presentaremos la historia del desarrollo de la cultura en las Américas partiendo de las sociedades aborígenes, el descubrimiento y exploración de América, la conquista y colonización, la participación del negro en las sociedades americanas, la vida colonial y el desarrollo de las nacionalidades. Las salas permanentes del Museo culminarán con una gran exposición sobre las artes populares de las Américas.

Las exposiciones se harán con la tecnología más avanzada de la museografía. El Instituto Smithsonian cooperará con nosotros con una gran exposición sobre el Medio Ambiente Americano, la Unión Soviética se hará responsable de la exposición sobre la Entrada del Hombre en América y España instalará la exposición sobre el Descubrimiento y Exploración de América. Buena parte del Museo, que se instalará en el histórico edificio de Ballajá, se espera abrir al público en octubre de 1992.

Como habrán podido ver, seguimos activos en la defensa, conservación, fomento, enriquecimiento y divulgación de nuestra cultura nacional.

Toda esta labor humanística, pero también puertorriqueña y patriótica no hubiera sido posible sin la enseñanza y el estímulo de mis padres; sin los antecedentes históricos de tantos puertorriqueños como Muñoz Rivera, De Diego, Pedreira, Rafael W. Ramírez, Cruz Monclova, Tomás Blanco, Margot Arce, María Teresa Babín, Salvador Tió, Arturo Morales Carrión y muchos otros que marcaron el camino. Tampoco puedo olvidar el estímulo que me ofrecieron mis profesores como Sebastián González García, Gustavo Agrait y Jaime Benítez, así como el conocimiento que me brindaron los profesores de antropología y arqueología de Chicago y Harvard. El apoyo y respaldo que siempre me ofreció doña Inés Mendoza y don Luis Muñoz Marín, así como la confianza de los otros gobernadores del país durante mi incumbencia en el Instituto de Cultura Puertorriqueña, así como la de los miembros de su Junta de Directores como Enrique Laguerre, que nunca cuestionaron mis iniciativas. Mis leales colaboradores del Instituto de Cultura Puertorriqueña como Luis M. Rodríguez Morales, Francisco Arriví, Walter Murray Chiesa, Roberto Beascoechea, José Hernández Matos, Marisa y Efraín Rosado, Eladio López Tirado, Isabel Gutiérrez del Arroyo, Amaury Veray, Héctor Campos Parsi, José Oliver, Lorenzo Homar, Francisco López Cruz, Augusto Rodríguez, Juanita Cuadrado, Raúl Joglar, Lilliene Pérez Marchand, Amílcar Tirado, Compostela y muchos otros.

En la Asamblea Legislativa de Puerto Rico siempre encontré el apoyo de don Ernesto Ramos Antonini, Samuel R. Quiñones, Arcilio Alvarado, Jorge Font Saldaña, águedo Mojica, Gilberto Concepción de Gracia y muchos otros representantes y senadores del pasado, al igual que hoy Miguel Hernández Agosto, José Ronaldo Jarabo, Velda González, Héctor López Galarza, entre otros que siempre han apoyado nuestras iniciativas.

Tampoco puedo olvidar a colaboradores del Centro de Estudios Avanzados como Pedro Puig, Eladio Rivera Quiñones, José R. de la Torre, Luis Díaz Soler, José Soto, Lyssette Carrillo, Carmen Sylvia Arroyo, Amalia Alsina y otros.

Y claro está, a mi esposa y colaboradora de 44 años Mela y a mis hijos Ricardo y José Francisco así como a mis hermanos José, Félix y María Antonieta. A todos ellos corresponde una parte de este reconocimiento que ustedes, tan generosamente me otorgan hoy.

 

 

 

Autor: Ricardo Alegría
Publicado: 27 de abril de 2015.

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